Hace dos o tres días recibí un email de un amigo. Pendiente de mí, como buen amigo cercano, y sabedor de cuánto soy yo reacia a hacerlo (tanto como a oírme cuando emiten una entrevista grabada porque siempre me parece que hablo fatal y que con lo de las erres no se entiende nada; tanto como a verme en las fotos que los medios publican de mí, siempre hablando y con la papada colgando, siempre más gorda de lo que yo me veo frente a mi espejo de todos los días), se tomó la molestia de teclear mi nombre y el de mi novela y me buscó en Internet.
Consternado, constató que hay más Mercedes Castro que yo.
Tuve que calmarle, casi hasta consolarle, y convencerle de que yo soy más que consciente de que mi nombre es de lo más común. Luego, presa de la curiosidad pero resistiéndome todavía a buscarme, que Google es veneno para el ego, tanto da si es para subirlo como para bajarlo, le pregunté por las otras Mercedes Castro.
Una es actriz, y gallega como tú, me informó, y tiene un blog con un toque intimista muy real.
La otra (aunque habrá más, no me cabe duda) es mexicana y cantante de rancheras. Sale en las fotos con corbatín y sombrero de ala anchísima y tiene un montón de discos a sus espaldas.
Él lo comentaba asombrado, sorprendiéndose más todavía de que, al parecer, cualquiera de las dos tuviera más entradas en Internet que yo.
Yo me reí porque, realmente, lo de las entradas me importa muy poco y lo de que puedan confundirme algún día con una aguerrida cantante de rancheras me hace bastante gracia.
Pero más tarde, por la noche, justo antes de dormirme, pensé en esas otras Mercedes Castro que no soy. Actuando bajo los focos ambas, una sobre las tablas de un escenario, la otra tal vez en un plató. Me pregunté cómo sería vivir en su piel y cómo, tal vez, se verían ellas en la mía, y me planteé buscarlas y proponerles un intercambio de personalidades.
Aunque fuera sólo por unos días, lo más probable es que fuera una experiencia edificante y la mar de educativa.




