26
Abr 10

Las otras

Hace dos o tres días recibí un email de un amigo. Pendiente de mí, como buen amigo cercano, y sabedor de cuánto soy yo reacia a hacerlo (tanto como a oírme cuando emiten una entrevista grabada porque siempre me parece que hablo fatal y que con lo de las erres no se entiende nada; tanto como a verme en las fotos que los medios publican de mí, siempre hablando y con la papada colgando, siempre más gorda de lo que yo me veo frente a mi espejo de todos los días), se tomó la molestia de teclear mi nombre y el de mi novela y me buscó en Internet.

Consternado, constató que hay más Mercedes Castro que yo.

Tuve que calmarle, casi hasta consolarle, y convencerle de que yo soy más que consciente de que mi nombre es de lo más común. Luego, presa de la curiosidad pero resistiéndome todavía a buscarme, que Google es veneno para el ego, tanto da si es para subirlo como para bajarlo, le pregunté por las otras Mercedes Castro.

Una es actriz, y gallega como tú, me informó, y tiene un blog con un toque intimista muy real.

La otra (aunque habrá más, no me cabe duda) es mexicana y cantante de rancheras. Sale en las fotos con corbatín y sombrero de ala anchísima y tiene un montón de discos a sus espaldas.

Él lo comentaba asombrado, sorprendiéndose más todavía de que, al parecer, cualquiera de las dos tuviera más entradas en Internet que yo.

Yo me reí porque, realmente, lo de las entradas me importa muy poco y lo de que puedan confundirme algún día con una aguerrida cantante de rancheras me hace bastante gracia.

Pero más tarde, por la noche, justo antes de dormirme, pensé en esas otras Mercedes Castro que no soy. Actuando bajo los focos ambas, una sobre las tablas de un escenario, la otra tal vez en un plató. Me pregunté cómo sería vivir en su piel y cómo, tal vez, se verían ellas en la mía, y me planteé buscarlas y proponerles un intercambio de personalidades.

Aunque fuera sólo por unos días, lo más probable es que fuera una experiencia edificante y la mar de educativa.


21
Abr 10

El fin de los cuentos

Últimamente hablo mucho de los cuentos. Los cito cada vez que alguien me pregunta por los orígenes o las fuentes de “Mantis” y explico sin reparos el porqué de equiparar a Teresa, su protagonista, con una doncella presa de una maldición; a Ofelia, su madre, con la bruja más piruja o a Germán, el papparazzo, con un príncipe azul a lomos de una Harley.

Lo cierto es que los cuentos de hadas, de damas hechizadas, de Santas Compañas y montes oscuros y perdidos, me acompañan desde niña y, ahora lo sé, no hace mucho que acabo de descubrirlo, son el origen de mis ganas de escribir y, más que probablemente, la causa última o primigenia de mis historias y de que vosotros estéis leyéndome, desde donde sea, al otro lado de la pantalla, ahí.

De niña siempre estaba enferma y alrededor de mi cama siempre había alguien dispuesto a entretenerme con un cuento. Pero cada vez son menos los que lo hacían, tantos años atrás, y todavía viven para recordármelo.

Se van yendo poco a poco, van dejándome cada vez más sola, y desguarnecida, me dejan perdida, tanto como cuando era niña, aburrida y confusa, atrás.

Hoy se ha ido una de esas personas, tenía muchos, muchos años, y era pequeña y frágil como la niña que un día me dijo que fue, una que se metió en una cueva encantada y encontró un cocodrilo allí adentro con sus ojos de cristal. Tenía malas pulgas, y la piel tan delicada y blanca que era casi translúcida, y casi cien años y mucha paciencia y amor por las plantas y perejil plantado en tiestos en el alféizar de su ventana y una piel de nutria que cazó su padre sobre la cama y muñecas de porcelana durmiendo en sus almohadas y golondrinas azules y rosas y negras colgadas de las paredes de su cocina.

No diré cómo se llamaba. Sólo que la quería. Que tenía que irse pero no sé por qué nunca pensé que fuera a hacerlo. Ya sé que soy tonta, pero las niñas somos así, ingenuas y estúpidas, caprichosas y egoístas, siempre queremos una última historia y exigimos a los más viejos que nos la cuenten una y otra vez y, si por nosotras fuéramos, no les dejaríamos jamás abandonarnos, nunca permitirnos dejar de ser pequeños, no parar de hablar y seducirnos jamás.


19
Abr 10

La paliza

En esto consiste un plan de promoción: te levantas un domingo y te pones a cocinar para dejar víveres hechos, y la casa lo más recogida posible, y tu ropa planchada porque luego, entre semana, ya no podrás detenerte a hacerlo. Luego buscas el bolso más grande y contundente que tengas y lo llenas con todo aquello susceptible de ser necesitado a lo largo de tu gira: desde un rodillito de ésos que tienen un papel adhesivo que se lleva las pelusas de tu ropa a un cepillo plegable para el pelo, otro para los dientes, el cargador del móvil, caramelos para la tos por si se te va la voz, una novela para leer en los trayectos eternos de los trenes, barra de labios, libreta para anotar las mil ideas que se me vienen a la cabeza en esos viajes y, por supuesto, un par de bolígrafos para firmar lo que se ponga por delante.

Luego dejas tu ropa bien preparada, todo listo para no tener que despertar a nadie a las tantas de la mañana, el despertador a su hora, y otro más en algún lugar insospechado de la casa, para que no se te peguen las sábanas, y te vas a dormir soñando con los angelitos, o con preguntas aviesas de los periodistas (ésas que siempre temes y nunca llegan porque son las que tienes dentro de ti y ellos son mucho más educados de lo que aparecen en las pesadillas, barbaridades, del tipo “¿Es usted una impostora?”, o “¿No le han dicho nunca que su novela es rematadamente mala?”), o con las listas de los libros más vendidos que vuelan como cometas sobre tu cabeza y te hacen sentir que nunca las alcanzarás.

Al día siguiente, poco más de cuatro o cinco horas después de acostarte, suenan los despertadores y te duchas, y desayunas, y te vistes y te pintas y sales a la calle de noche y coges un taxi y luego un tren o un avión y el lunes estás en Santiago, el martes en Ferrol, el miércoles pasas por casa a media tardes y vuelves a planchar ropa y hacer comida, el jueves en Barcelona y el viernes en Sevilla bajo un chaparrón y no paras de hablar y sonreír y tomar cafés que revuelves con parsimonia mientras piensas tu próxima respuesta pretendiendo inútilmente que sea original.

Te felicitan, te hacen preguntas nuevas que nunca esperas, y tú en las estaciones te fijas en las librerías de paso y en sus escaparates y estanterías soñando con ver tu libro. Está ahí, a prudencial distancia de los verdaderos bestsellers, y siempre te preguntas para qué sirve esto, si realmente los lectores que buscan estarán escuchando al otro lado del receptor, y si les gustará oírte o, por el contrario, estarán ya a estas alturas hartos de ti. Si siempre, por más que te esfuerces, seguirán ganando los mismos. Si, por una vez, sólo por una, alguien lo logrará y el pez grande será comido por el chico.


7
Abr 10

¿Qué hay de nuevo?

Bugs BunnyBueno, pues ya estoy aquí otra vez. Dando la vara.

Me encantaría que este blog tuviera voz, pero no la mía, que me canso de arrastrar erres y con los años cada día pesan más y avergüenzan menos. Una como de dibujos animados estaría bien. Sí, la de Bugs Bunny royendo una zanahoria y diciendo, con esa ironía característica el “¿Qué hay de nuevo, viejo?” que tan famoso le hizo. Sé que debería ponerme en plan autor, con ya una novela a mis espaldas y otra recién nacida, y apoyar una mano en el mentón y enarcar una ceja y dármelas de escritora y decir todo eso de que esta obra me confirma como narradora y corrobora mi talento pero, la verdad, ni yo termino de creérmelo. Por eso opto por la caricatura y, si procede, incluso por el esperpento, y por eso elijo también a un conejo dibujado en un papel para saludaros.

Yo antes tuve un blog, el que escribí durante el tiempo que duró la sorprendente, por larga, promoción de mi anterior (y primera) novela, Y punto., y es probable que muchos de los que me leyeron vayan a seguir haciéndolo ahora. A ellos, que ya me conocen, y a los que vengan (y que bienvenidos serán), cabría advertirles acerca de un par de cosas, para que luego no se diga que no avisé:

1. Mi propósito inicial al inaugurar mi primera bitácora, hace ya dos años atrás, era contar en primera persona cómo una autora novel vivía el lanzamiento de su primera novela, una obra un tanto atípica, y a qué nuevos retos enfrentarse una vez concluido el reto de haberla escrito. Ahora, mi propósito es básicamente el mismo: con lo que ya sé, con lo que he vivido, vayamos a la aventura de promocionar la segunda, si no perezco en el intento.

2. ¿Cómo soy ante la campaña que se avecina? La misma, pero más mayor y, por tanto, no puedo negarlo, más descreída. Espero que más irónica y, pese a todo, menos dolorida.

3. Y, como diría Perales en su obra maestra: ¿Y cómo es ella?

Me refiero, claro está, a Mantis, y a su protagonista, Teresa.

Pero es demasiado largo para contarlo ahora, puede que sea mejor comenzar a ser algo malévola y dejarlo para el siguiente post.

Ahora, si me lo permitís, me despediré recordando aquélla primera intervención en el blog a raíz de Y punto.: decía que escribir era para mí como abrirme en canal y mostrar las entrañas al aire.

Sigo pensando lo mismo, pero me he tomado las molestias de cortar la carne en filetes, adobarla, cocinarla y servirla acompañada de una fina salsa de intriga, amor, humor, dolor, sexo y melancolía.

Pasen y lean, y coman, y llénense las tripas.

La cena está servida.

► Contacto para los lectores: mercedescastro123@hotmail.com


9
Sep 08

Esto es todo, amigos

PARA PONERSE EN CONTACTO CON LA AUTORA:

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- Contacto directo con la autora: prensa.mercedescastro@gmail.com

- Con el dpto. de Prensa de Alfaguara: prensa_alfaguara@santillana.es / 91.744.91.61 /

Jefa de Prensa de Alfaguara, Rosa Junquera: junqueraro@santillana.es / 91.744.92.21

► Contacto para los lectores: mercedescastro123@hotmail.com

Si fuera breve y concisa, tan concisa que hasta daría rabia, este post de hoy, el último -lo voy avanzando ya para que nadie se me lleve un disgusto al final- sería tan obvio y exiguo como el título de aquella canción de los Beatles: “Hello Goodbye” (por cierto, que alguien pase aviso al señor Bill Gates de que el corrector del Word, al citar el nombre del grupo, lo cambia por “Vétales”).

Y es que, queridos amigos, lectores, blogeros compañeros, editores, periodistas que se meten aquí para preparar las entrevistas y público en general: esto se acaba.

¿Qué por qué? Por la sencilla y breve razón de que la promoción de Y punto. lo ha hecho.

Me quedan ya sólo un par de bolos por pueblos que prometí hace tiempo, no veo la necesidad de seguir explicando en qué consiste sacar una primera novela a la calle porque ésta lleva ya ocho meses rodando y sé que a partir de ahora podrá hacerlo solita y, lo que es más importante, Clara se ha ido.

No es que haya muerto para mí, no es que la eche de más (aunque debo confesar que tampoco la echo mucho de menos, o al menos no tanto como hace unas semanas), no es que esté harta de ella ni la quiera. Todo lo contrario.

Pero tengo otra criatura que atender, y es quien ahora ocupa plenamente mis días. Me levanto con ella en la cabeza, me duermo pensando en ella, busco frases que podrían encajar en su boca y poco a poco le voy poniendo una casa, un trabajo, un poco de gente que la rodee en su mundo de papel para no estar tan sola.

Obviamente, creo que huelga la explicación, es la protagonista de mi nueva novela, y por ella me he alejado del mundo, de los amigos, de los actos literarios y hasta un poco de la familia.

Es un pequeño círculo vicioso, pero creo que, por algún que otro post anterior, ya todos sabéis cómo soy de intensa cuando escribo y qué pienso de la promoción y de que el autor dé la cara. Yo quiero ser coherente con lo que me gusta hacer, que es escribir, y me gustaría no tener que preguntarme a mí misma dentro de unos años qué pasó con mi siguiente novela, adónde fueron a parar mis ganas de escribirla, cómo pudieron perderse mis días entre compromisos y obligaciones generadas por la promoción.

No voy a cerrar el blog ni mucho menos, me gustaría dejarlo así, como está, abierto hasta el infinito a todos vuestros comentarios que, por supuesto, seguiré leyendo, y más ahora (y no negaré que por orgullo y coquetería) acongojada y asustada como estoy ante la página en blanco que todos los días se abre ante mí y me hace dudar de si realmente valgo para esto. También prometo, como ya sabéis que hago, responder poco a poco a todos los comentarios que me llegan si lo hacen con una dirección de correo electrónico verídica a la que pueda hacerlo (no como el que se hace llamar “Caín”, que me lleva a mal traer).

Me encantaría que esta página web fuera como uno de esos cementerios americanos a los que va la gente a sentarse junto a las tumbas mudas de sus seres queridos, jugando a la comba sobre ellos, cotilleando, hablando y comunicándose aunque no puedan responderles. Yo estaré ahí, pero prestaré mi voz a otro personaje, y no a esta Clara Deza gruñona a la que me parezco por momentos.

Aquí os dejo, por último, mi dirección de email y, por supuesto, a todos, a los habituales y a los inusuales, a los fieles y a los exigentes, a Leandro (que me ha aguantado carros y carretas) y a mi madre y a mi portero y todos y cada uno de los lectores que en ferias del libro y eventos me habéis dado vuestro cariño, mi eterno agradecimiento.

Hasta pronto,

Mercedes


11
Jul 08

Veranito.

Llega el veranito y me puede la vagancia. No sé si se me nota, supongo que sí, porque tengo el blog tan poco alimentado de contenidos que se diría ya que está famélico.

A mí lo que me gusta en verano es tirarme a la bartola en la playita y rascarme el barrigón mientras oigo de fondo el ruido del mar, llevarme una novela bien tocha a la orilla y sentarme a leer sintiendo cómo al pasar las páginas cruje la arena que se cuela entre ellas e ir poco a poco quedándome dormida con el ejemplar abierto sobre mi tripa para descubrir, al final de la tarde, que estoy más roja que una gamba por el sol exceptuando la zona en que el libro me protegió con sus páginas del maldito ozono (si es que no se ha derretido y la pasta de papel se ha quedado pegada a mi piel y las páginas me han tatuado de letras el ombligo, que todo puede ser).

Así eran los veranos de mi juventud y adolescencia, veranos de tardes eternas y de playas sin horario, de libros sólo para mí y nulas obligaciones, de bocatas de jamón y polos de limón.

Luego crecí y vinieron los suspensos y las horas de estudio al caer la tarde. Cuando conseguí un curro que me pagara las vacaciones volví a vaguear durante todo un mes, y aunque se me hacía corto respecto a los interminables veranos del estudiante, sabía sacarle partido.

Ahora he crecido más todavía, hasta he publicado una novela, hay que ver, y ya está todo definitivamente perdido: mi próximo verano, éste en el que ya estoy metida, se plantea lleno de trabajo.

Primero me iré a Gijón, a comer fabada y beber sidra durante la Semana Negra, y más tarde me escaparé a Galicia a seguir firmando ejemplares de “Y punto.” en tres librerías. Hay que ver qué dura es la vida, comer tortilla en Betanzos antes de ir a firmar a Donín el lunes 21 de julio, en donde creo que hasta darán una copita de vino, sin duda para motivarme; darme una vuelta por la calle Dolores de Ferrol, pillarme un cucurucho de helado de fresas con nata en Ramos y seguir firmando en la Central Librera Uno el martes 22 animada por la conversación de Miguel Justo, marcharme hasta A Coruña, seguir con los helados en las terrazas de los soportales de la plaza de María Pita, para coger fuerzas, y firmar en Arenas el miércoles 23 hasta que llegue la hora de acercarse hasta La Bombilla a por unos pinchos que me reanimen después del agotador ejercicio de mover un boli sobre un papel…

Si es que la vida del escritor es esclava como pocas.

Acercaos, venid a hacerme una visita en cualquiera de esos días, y os lo cuento en persona. A ver si entre todos aliviamos un poco mi sufrimiento.

 


30
Jun 08

Pena, penita, pena.

Como parte de la resaca de mi trabajo como editora, a veces amigos, conocidos, colegas, me encargan cosillas, pequeñas chapuzas, algún que otro informe de lectura, un dossier de prensa y, eso lo resaltan mucho todos, mi más sincera opinión.

Y yo, que soy una viciosa, como una de las cosas que más placer me ha proporcionado en la vida ha sido desvirgar libros, pues no me resisto y no me atrevo nunca a decir que no. Por eso este fin de semana de fútbol, pasiones desatadas y borracheras en las calles con la excusa de la selección y alegría sana y vandalismos varios y cláxones a las 5 de la mañana y viva la madre que los parió, me lo he pasado tirada en un sillón, acrecentando con paciencia mi ya desbordada celulitis y leyéndome una novela de casi 700 páginas que, ella sí, estaba repleta de pasión, y sexo, y hasta religión, y sentimientos y sensaciones desbordadas.

Ah, qué gustazo, y también, ah, qué horror.

Me explico, y de paso explico también lo de desvirgar originales, no vaya a ser que alguien se lo tome por el lado malo (es decir: el bueno): abrir un manuscrito que muy poca gente ha leído antes, quizás el autor y su madre, o su novia, o en todo caso su agente literaria, toquetear las páginas y descubrir las pequeñas erratas que luego los correctores eliminarán, los sentimientos a flor de piel demasiado evidentes que luego algún editor pulirá, hasta los lapsus involuntarios en lo escrito que revelan, en plan psicoanalítico mucho más de lo que el escritor querría (como aquella vez que en un ensayo sobre Juan Ramón Jiménez un escritor siempre se refería a “Putero y yo”) es un privilegio tan sólo comparable a, en mi caso, estrenar zapatos nuevos.

Y, en cuanto a la novela que me enviaron para que, tras leérmela, les redactara un par de propuestas de contraportada, recién traducida y aún con erratas y deslices que sé que nunca llegarán a la imprenta porque sus editores son gente seria, es una de las primeras novelas de una de mis autoras favoritas, A. S. Byatt, cuya Posesión me ha tenido poseída desde que la leí el año pasado (está en la colección de compactos de Anagrama, bien barata, pero advierto de que es bastante densa), y cuando me refiero al horror que va junto al placer a lo que aludo es a esa desazón que te entra cuando, al cerrar un libro que aún no ha sido publicado, sabes que se trata de una de esas obras que nunca llegará a ser mayoritaria, que la apreciarán unos pocos, los pacientes, los elegidos, los que miran más allá de la mesa de novedades. Se titula La virgen en el jardín y la publicará Alfaguara en muy breve tiempo.

Cómo querría que la disfrutara todo el mundo aunque, por otra parte, tal y como está el patio, ya dudo de cuántos serán capaces de imbuirse en ella, de leerla hasta el final, de comprenderla, me llena de pavor saber que estará en los escaparates, en las librerías, sola y desamparada como a un niño que se deja uno olvidado en unos grandes almacenes. Me alegra que la publiquen, sí, pero por otro lado me lleva la pena, penita, pena.

Pd. Aun así, la recomiendo encarecidamente a los que tenga buen gusto por la Literatura con Mayúscula.


23
Jun 08

Sólo soy yo.

Una de las novelas que más me ha gustado de los últimos tiempos (y cuando digo tiempos me refiero a años) se titula “Jardines de Kensington” y la escribió Rodrigo Fresán allá por el 2003. Tuve la oportunidad de conocerle hace unos meses en una fiesta literaria en Barcelona y cuando le dije lo mucho que le admiraba se me quedó mirando con cara de “¿Pero quién coño es esta petarda?”. Como la fiesta ya estaba más que avanzada y el alcohol corría por las venas de muchos, y como la verdad es que yo sí tengo cara de petardilla (o, al menos, no la tengo ni de súper editora ni, mucho menos, de súper autora) le disculpo y no se lo tengo en cuenta.

Y si escribo esto es porque viene doblemente a cuento para argumentar la siguiente afirmación: es mejor no querer conocer a quien se admira.

Los escritores, como los cineastas, como los locutores de radio, tendrían que quedarse en casita y procurar dejarse ver lo menos posible. No deberían venderse libros por la cara bonita de nadie, no deberían hablar los autores, ni opinar, ni salir en la tele o la radio. Si tienen algo que decir, que lo digan desde sus páginas, ya sean ficción, ensayo o poesía: el que sabe leer, bien puede hacerlo entre líneas y sacar sus propias conclusiones.

Pero, claro, el hambre aprieta y los bolos están bien pagados, y hoy día la promoción es obligada a menos que te apellides Sallinger, por ejemplo. Por eso concedemos entrevistas, y hablamos en la radio aggastgando las egges, y sonreímos sudorosos desde nuestras casetas en la Feria del Libro de cualquier ciudad que la presente, y damos conferencias, y firmamos libros, y nos dejamos ver. Pero no tendríamos que hacerlo.

“Jardines de Kensington”, entre otras cosas, cuenta la historia de los hermanos que inspiraron a J. M. Barrie la historia de Peter Pan. Todos acabaron fatal, y el propio Barrie también y, sobre todo, creo que la novela habla del choque durísimo entre la realidad y la ficción y cómo este combate desigual siempre deja heridos entre los vivos, los reales.

Cuenta la leyenda que Barrie, que era bajito y feo y tenía un hermano mayor maravilloso que murió en un desgraciado accidente, entró en la habitación de su madre a oscuras poco después de que éste muriera y su madre, confundida, le llamó por el nombre del difunto. Él respondió: “No, mamá, sólo soy yo”.

Y esto mismo es lo que les digo a los enamorados de Clara Deza (la protagonista de “Y punto.”) que vienen a verme: “Ella no existe. Sólo soy yo”.


16
Jun 08

Feria del Libro de Madrid.

He pasado calor, mucho calor, como soy novata no fui pertrechada por abanico ni miniventilador a pilas y claro, he sudado la gota gorda, pero no por los rigores del Sol en El Retiro, no, señores, sino porque, como me dijo mi mamá justo antes de salir de casa el sábado por la mañana, “Hay que demostrarle a los lectores que una sabe apreciar su esfuerzo, Mercediñas, que si ellos han tenido la santa paciencia de leerse las se-is-cien-tas y pico páginas de tu novela, ¿no vas a tener tú cinco minutos para escribirles una dedicatoria en condiciones a ellos?”.

Por eso me propuse mejorar, ya que no en ventas o éxito sí al menos en la extensión de mis dedicatorias al ínclito Ken Follet, que vale que dicen que firmó 2.050 ejemplares en tres horas, pero no pasaba de poner su nombre en cada libro y sanseacabó, mientras que yo me extendía y me extendía y volvía a contarles mi vida por escrito a cada uno de los lectores que, tan majos y tan amables, quisieron que les firmara un ejemplar de mi novela.

Sí, amigos, y por eso parecía que siempre tenía gente. Lo aprendí del difunto José Hierro. Se iba todos los años a El Retiro con una caja de rotuladores Carioca y, sacando la lengüilla fuera, se esmeraba en hacer unos dibujos preciosos para cada admirador de árboles con todas sus hojas, y pájaros, y mariposas volando que, al menos, sus buenos cinco minutos le llevaban.

Yo, por desgracia, me olvidé la caja de lápices Alpino en casa, pero al menos, ya que no obras de arte, les daba a los míos conversación, que en eso soy una crack. Y juraría que hasta se iban contentos, aunque no sé por qué algunos se echaban las manos a la cabeza como si les doliera… Debía de ser el sol, es que cómo se les ocurre venir sin gorro.

En todo caso, y por eso es por lo que escribo este post, estuve en la Feria del Libro de Madrid, firmé este sábado y este domingo pasados en turnos de mañana y tarde ¡y sobreviví!

Lo más curioso es que no vino nadie a pegarme ni a darme con el libro en la cabeza de canto, no, la gente fue de lo más amable, vinieron algunas policías nacionales y ertzainak a darme las gracias por escribir sobre ellas, antiguos amigos, compañeros de trabajo, lectores de blogs que habían oído hablar bien de mí, que se fiaban de las críticas (ilusos), que se dejaban recomendar por buenos lectores que ya habían digerido “Y punto.” y que, ahora, se daban el capricho de llevárselo firmado… Hubo un momento maravilloso en que se me vinieron de golpe casi más de veinte personas a la caseta y creí llorar de la emoción. Luego resultó ser uno de esos chaparrones repentinos y veraniegos que nos asolan por estas fechas en Madrid y se resguardaban en mi toldo. Algunos, por disimular, hacían que miraban el libro y le daban la vuelta para leer la contra la mar de interesados… Pero en cuanto volvió a salir el sol lo dejaron sobre la mesa y se fueron tan contentos a por “Un mundo sin fin” o “El juego del ángel” y me dejaron con el sabor en la boca del pringado que cree que le ha tocado la lotería de hoy cuando en realidad está mirando un boleto del sorteo anterior.

Allá ellos. Yo, con mis colegas en la caseta, con la charleta y el buen rollo y sin nadie que me abra la novela para que no pierda tiempo buscando donde firmar, sigo siendo feliz.

Mil gracias a todos.


12
Jun 08

Pseudónimos.

Diccionario de la RAE, Pseudónimo: 1. adj. Dicho de un autor: Que oculta con un nombre falso el suyo verdadero. 3. m. Nombre utilizado por un artista en sus actividades, en vez del suyo propio.

En los últimos tiempos se está poniendo de moda lo de escribir una novela o un artículo periodístico y firmarlo con pseudónimo. Hasta aquí bien, nada que objetar, cada uno que rubrique como quiera una obra de su propiedad. Lo que ya me parece más discutible es que la propia editorial o periódico desvelen en la biografía del autor su verdadera identidad, el talento que se oculta tras ese falso nombre, como si intentasen con lo del pseudónimo en la portada dar un poco de misterio al asunto pero tampoco sin pasarse, que si el público no sabe en menos de cinco segundos de qué escritor se trata entonces vendemos menos ejemplares o al despistado lector se pasa por alto la columna.

El primero que rompió el fuego fue El secreto de Christine, que firmó tanto en la edición inglesa como en castellano un desconocido Benjamin Black, aunque a continuación, en la biografía del autor en la solapa, aparecía el nombre del famosísimo escritor irlandés John Banville (y luego la editorial volvió a reincidir un año más tarde con El otro nombre de Laura). Le siguió los pasos La providencia, de un tal Emilio A. Foureaux, y, de igual modo, si mirábamos su biografía en el ejemplar sólo una página después, nos encontrábamos nada menos y nada más que con la foto de Miliki (sí, el de Los Payasos de la Tele), también conocido como Emilio Aragón. Otro ejemplo: hace unos días vi en la revista Qué Leer un anuncio de la nueva novela de Enrique Moriel, ¡pero si ya desveló su editorial hace un año que tras ese pseudónimo se escondía Francisco González Ledesma! y ahora, para colmo, acabo de leer un artículo de opinión en El País firmado por alguien llamado Martín Girard, pero la columna termina diciendo: “Martín Girard es el pseudónimo de Gonzalo Suárez“.

¡Pero copón!, que diría Joaquín Reyes en Muchachada Nui, ¿un pseudónimo no trata de ocultar la verdadera identidad de alguien que no quiere ser reconocido ni descubierto?

Al final, y quién me lo iba a decir a mí, el único que es coherente con el tema de los pseudónimos es el todavía desconocido Víctor Saltero, un rico empresario que juega a ser escritor (se ha autopublicado a bombo y platillo los hits patrios Sucedió en el AVE, Sucedió en La Moncloa, El amante de la belleza y Desde la ventana) y que como dijo Rafael Reig en sus divertidísimas columnas en El Cultural “Visto para sentencia”: Víctor Saltero escribe a hachazos. Por lo menos el tal Saltero cumple los requisitos de la definición de “pseudónimo” en el diccionario y sigue manteniendo a día de hoy su anonimato.

Que me aspen si entiendo los misterios del marketing editorial.

Pd: por mucho que la RAE diga lo contrario, para mí pseudónimo es y será siempre con “ps” inicial.