General


10
Jun 10

Matisse

Estuve dos años respondiendo a la misma pregunta en cada entrevista, en realidad todo lo que duró la promoción de mi primera novela, “Y punto.”: ¿Qué hay de parecido entre usted y Clara Deza, el personaje protagonista de su primera obra?

Y, aunque es verdad que tanto Clara como yo somos gallegas, y decimos muchos tacos, demasiados, y tenemos buenos amigos y problemas con la falta de urbanidad de la ciudad en que vivimos, Madrid, la verdad, y por tanto la única respuesta, era siempre la misma: “El gato”, decía, y entonces tenía que explicar que tanto Clara como yo teníamos una gata gris a rayas bastante gruñona que respondía al nombre de Matisse.

Y era cierto: mis personajes y yo nos parecemos en algunas cosas, pero no en todas, y lo único real y común era ella, la gata, que me acompañó durante muchas de las noches de esos nueve años en que escribí “Y punto.”.

Como ya he dicho también en muchas, muchas otras entrevistas, escribí la novela básicamente por las noches, cuando todos, menos Matisse y yo, dormían. Si me quedaba en blanco, si no sabía por dónde tirar, si me fallaban la inspiración, o las ganas, o me vencía el sueño, solía levantarme de la silla y darme un paseo por la casa a oscuras, y miraba por la ventana, o me iba a la cocina a por otro café y ella, siempre, siempre, me acompañaba. Luego se sentaba en mi regazo y ronroneaba un poco, o maullaba, tan comilona como siempre, para pedirme un poco de jamón de york, o jugaba con mi mano que se movía sobre el teclado o sobre su enemigo acérrimo, el puntero del ratón.

Por eso ella fue siempre lo único real en la novela, una obra de ficción a la postre, porque estuvo siempre presente durante la gozosa, otras veces dura gestación de cada una de sus páginas. Y por eso está en los agradecimientos y nunca dejaba de citarla en las entrevistas. Para que, a su modo, cuando terminara la última de sus 7 vidas, pudiera asegurarse la eternidad.

Hoy Matisse se ha ido. Y Clara Deza y yo estamos un poco más huérfanas.


3
Jun 10

En Feria

En la Feria de Libro de Madrid hay cosas que se repiten edición tras edición, año tras año, novela tras novela.

Hay niños que piden que les firmes un autógrafo en una libreta llena de más firmas y que se van sin saber quién eres, acaso sólo un garabato más en su colección.

Hay señoras que se empeñan en que les vendas la novela de María Dueñas porque afirman que tienes, en realidad, mucha más cara de librera o dependienta que de escritora, dónde va a parar.

Hay cámaras de televisión que buscan a los autores más famosos (que no vendidos, o admirados, o respetados, o siquiera queridos) y niños descontrolados que saltan detrás agitando las manos y buscando su segundo de oro en la pantalla.

Hay chicas de los departamentos de prensa de todas las editoriales corriendo de un lado a otro buscando en las terrazas botellines de agua con que regar las gargantas de los autores.

Y camareros de las terrazas que exigen el pago de la carísima consumición por adelantado porque no terminan de fiarse de los escritores.

Y autores que venden o que no venden y que miran siempre de reojo al otro, al compañero de caseta, porque firma más o menos.

Y jóvenes novelistas que llegan con su primera, tal vez con su segunda novela debajo del brazo, y esperan cargados de ilusión a que venga a verles alguien, puede que un amigo, quién sabe si un lector.

Yo fui ayer a la feria, estuve cuatro horas allí, me encontré con los editores parapetados tras sus gafas de sol, con libreros que son amigos, con otros autores con los que he trabajado en el pasado, me trajeron botellines de agua, y, al final, me clavaron cuatro euros por un tinto de verano que me supo a gloria.

Pero, sobre todo, traté con lectores, muchos más de los que esperaba. Personas que leyeron “Y punto.” y venían buscando “Mantis”, que llegaban con sus ejemplares terminados, forrados y sobados o con la lectura mediada y me pedían por favor que siguiera sorprendiéndoles, que no les contará qué iba a pasar, lectores que antes eran oyentes, porque me escucharon un día en la radio y les caí bien y pensaron que valía la pena probar suerte a leerme.

Y, sobre todo, lectores que son amigos, que tienen ochenta años o apenas veinte, que vienen con su familia y se sacan fotos conmigo, como Mayka, y me convierten, al hacerlo, en un miembro más. Lectores que me defienden, que me recomiendan, que sin vergüenza proclaman a gritos a todos los paseantes que soy la mejor, que vale la pena leerme, que luchan por hacer que venda un libro más.

Lectores, amigos, devotos que no merezco.

Que me abruman tanto que temo fallarles, pero que me dan esperanzas de conseguir ser merecedora de su aprecio.


1
Jun 10

Ancha es Castilla

No sé cómo se lo montaría Don Quijote, alguien tan enamorado de los libros como yo y, por lo que se ve, casi tan loco como servidora, pero yo, esta semana pasada, no a lomos de Rocinante sino en un utilitario, me di un buen tute a lo largo y ancho de las dos Castillas.

Descansé escasamente el lunes y el martes de mi periplo galaico por las Rías Altas y Bajas y, el miércoles, me eche de nuevo a la carrera y a la carretera para acercarme a Guadalajara sin dejar de sorprenderme por lo cerca que está de Madrid y lo lejana que parecía en sus calles llenas de paseantes sin prisa, en sus plazas con terrazas habitadas de camareros amables que no exigían el pago de la consumición por anticipado, en los parques repletos de niños que, para variar, cuidaban sus padres y abuelos y sus vías peatonales sin motos que las invadieran ni coches insolidarios ni viandantes siempre con prisa o el sudor del metro, del tren de cercanías, del autobús repleto pegado a la piel. Allí, en Guadalajara, conocí a Emilio y a Carlos Cobos y disfruté de su paciencia, de su templanza y, sobre todo, de su conversación, y tras una presentación muy, muy íntima, en la impresionante Biblioteca Municipal, de un agradable paseo de vuelta por la calle Mayor hasta el coche que nos llevaría de nuevo a Madrid.

Al día siguiente, jueves, tomé un tren de alta velocidad para acercarme a Valladolid en busca de Estrella, mi hada madrina favorita, y Carlos, mi ogro predilecto. Ambos son los propietarios de Oletvm, una librería tan enorme como familiar y ejemplar, y allí, como si no hubieran pasado más de dos años desde mi última visita, como si no hubiera dejado de visitarla nunca, como si me hubiera ido ayer, retomé el contacto con un público que ya conozco, hecho en su mayor parte de amigos a los que hay que sumar nuevas adquisiciones, como Jesús, un cocinero despistado pero abierto y amable que insólitamente reconoció cierta validez en los platos que propongo en “Mantis”.

Me fui de Valladolid muy tarde, y con lluvia, con los zapatos mojados y un indudable pesar en el alma, saciada de cariño y de magníficas viandas, con la tripa llena y el corazón encogido y al día siguiente, viernes, de nuevo tras un viaje en coche realizado en la sobremesa, llegué a Toledo, donde nos esperaban, en la librería Taiga, viejos amigos como Alberto y Gonzalo, y el nuevo reto de seguir hablando de “Mantis” procurando que cada palabra, cada frase, cada concepto, pareciera dicho por primera vez. Creo que lo conseguí, creo que todos quedaron contentos, o así lo parecían mientras compartíamos canapés.

Tal vez la única persona triste, a pesar de los libros firmados, de las enhorabuenas y las entrevistas, del calor de los lectores y los amigos que venden tus libros sabiendo que con cada uno que sale de sus manos te hacen crecer no ya en ventas sino en lectores, fuera yo.

Porque siempre tardo en volver a verles mucho más de lo que quisiera.


27
May 10

La gente que me escucha…


La gente que me escucha y me habla es la gente que viene a verme en las ciudades que visito, en este viaje a ninguna parte que comencé hace una semana y que, curiosamente, me lleva a todos lados, son los dueños de las sonrisas y las bromas que me regalan a cada escala de este periplo de maleta bajo el brazo y sueño atrasado y calor y hasta, como dice la canción, zapatos manchados por el polvo del camino.

Es la gente que espera paciente a que empiece el acto y la sala se llene con los rezagados, la que sonríe cuando hablo y me da seguridad porque sé que me entienden, no importa de qué provincia sean, los lectores que alzan la mano y preguntan y los libreros que les convocan, y les conocen la mayoría de las veces, y les llaman por su nombre y con los que compartimos, al final, alguna copa de vino y un pincho de tortilla.

Siempre están ahí. No me defraudan, hay libreros que decoran con mimo su local y ponen en el escaparate una mesa del restaurante Barbantesa decorada con los ejemplares de “Mantis” y, sobre ella, la carta con el menú compuesto por los títulos de los capítulos de mi libro; hay otros que se emocionan si los cito en los agradecimientos y hacen de una noche de viernes una velada de amigos con los que compartir anécdotas de gatos y veterinarios y los sabores de sus comidas que aparecían en “Y punto.”; hay editoras vocacionales que además trabajan en una librería y que abren champán cuanto terminas de hablar y analizan tu obra ante el público coruñés como las mejores críticas literarias, y vigueses que llenan toda una sala y se ríen con tus bobadas y te invitan a volver cuando quieras y que nunca te defraudan.

Y los libreros convocan a la prensa, y te reciben como si fueras de su familia, y la promesa de volver, y el agradecimiento por escribir y el tuyo, más que ninguno, porque te leen.

Esto fue Galicia la semana pasada, en Vigo (Casa del Libro); en A Coruña (librería Nós); en Betanzos (librería Donín) y en Pontevedra (librería Cronopios).

Estoy agotada, pero no me arrepiento. Y esta semana en las dos Castillas, en Zaragoza y el domingo en la Feria del Libro de Madrid. Que siga la fiesta.


24
May 10

El viaje a ninguna parte

El viaje a ninguna parte consiste en bajar de un altillo una maleta, llenarla con ropa que no se arrugue y te haga parecer presentable y digna, y maquillaje que te borre las ojeras, y sandalias cómodas, y cepillo y pasta de dientes, y un libro que sabes que no vas a leer porque te faltará tiempo para hacerlo, y despertadores que te arranquen a tiempo del sueño, y sonrisas que regalar, y ganas de escuchar y el secreto deseo de que te escuchen.

Consiste en iniciar un viaje en coche con la parte de atrás llena de bocadillos, botellas de agua fresquita, juguetes con que entretener el camino de los que viajan contigo, paciencia para los kilómetros que han de venir y un buen repertorio de ilusiones y amigos que sabes que te irán a ver, que te esperan en cada una de las paradas.

Luego llegas a una ciudad tras varias (muchas) horas de asfalto, te lavas la cara, te pintas los labios, te pones las sandalias cómodas y el vestido que no se arruga y que te hace parecer alguien, la cara de escritora que sabe lo que cuenta y por qué lo hace, y buscas la librería donde te esperan y te reciben con los brazos abiertos libreros que parece que te conocen de siempre porque te han leído y los lectores que en algún momento de despiste compraron tu obra y la leyeron, o te oyeron hablar en una entrevista y pensaron que sería agradable volver a oírte hablar pero en persona, y los comerciales de tu editorial que van a apoyarte o quizás, incluso, a hacer bulto prestos a llamar al resto de la familia por si hiciera falta, no sea que la autora se desilusione al ver la sala medio vacía de oyentes.

Pero eso nunca pasa. Siempre hay fieles que acuden, y los amigos de tus amigos de la ciudad que visitas, y lectores que son también como tus amigos, y despistados que pasaban por allí y decidieron quedarse, y hasta la madre de algún escritor vigués que la avisó para que no se perdiera mi actuación.

Y te sientas, y hablas, y todos sonríen y hasta te aplauden, y les firmas dos, cuatro, veinte, todos los libros que haga falta, y te despides con besos las promesas de fotos que aseguran que te enviarán y regresas al coche dispuesta a seguir quemando kilómetros hasta hacer cuatro ciudades en cuatro días, como los cómicos de antaño, sólo para llevar tu voz a donde haga falta, para vender una docena de libros más, para seguir adelante, para convencerte de que esto vale la pena porque, de verdad, la vale.


17
May 10

Sin prisa

En mi post anterior hablaba de los libros que voy a buscar a la biblioteca, y uno de los que he leído más recientemente es “El caso Arbogast”, de un alemán llamado Thomas Hettche a quien la crítica de su país lleva años alabando como joven promesa o, seguro que a estas alturas, ya valor consagrado y que aquí, en cambio, es totalmente desconocido.

He de admitir que no llegué a esta novela por instinto, buenas críticas (ya todas ellas pasadas, pues la obra no es reciente) o pura chiripa, sino por la recomendación ―¡ah, la bendita recomendación, que tanto favor nos hace a autores como yo!― de un magnífico lector y mejor bloguero, Ricardo Bosque, y que, si bien en el inicio de la novela, sin duda bien escrita, me pregunté adónde iría la trama, a medida que avancé en la lectura no pude despegarme de ella y sentirme cada vez más fascinada por la maestría del autor.

¿Por qué este enamoramiento? Porque posee una cualidad nada usual en los libros de publicación más reciente, la falta de prisa.

A mí me lo dicen los lectores, y es un requisito que sé que se maneja en las editoriales, y lo encuentro en los bestsellers más vendidos y en las películas más vistas: el vértigo, el correr, el contarlo todo en los cinco primeros minutos o folios, el no dar pausa ni tregua al lector o al espectador… En resumen: la prisa.

Se ve que tenemos todos tan poco tiempo que ni una oportunidad damos a las historias de desarrollo pausado, que avanzan incrementando cada vez más la tensión y empiezan con calma para irse acelerando, o desarrollando, o atrapándonos, poco a poco. Por eso, también, ya no nos paramos a escuchar las batallitas de los viejos y cortamos a los niños de malos modos cuando quieren liarnos con alguno de sus cuentos de lengua de trapo.

Pero esta novela no se arredra, ni se deja importunar, y avanza lenta pero segura y nos enreda, y seduce, y atrapa sin hacernos correr pero, tampoco, dejarnos escapar.

Bravo por la maestría del autor y por su valor. Por resistir, por la mesura y la calma, por escribir bien, por devolvernos la fe en valores que no tendrían que caer en desuso, que no deberían perecer jamás.


14
May 10

Libros en espera

Antes de nada, comencemos reconociendo las que, para muchos, podrían ser las estúpidas creencias de cada cual: yo creo que los objetos tienen vida. Y no me refiero a “vida inanimada”, como las plantas, que se limitan, en el pleno sentido de la palabra, a vegetar, sino vida de la de verdad, con pensamientos propios, sentimientos, odios y filias. Pero no todos los objetos, sólo algunos. En concreto los libros y los juguetes, y quizá también algunos otros objetos de uso personal, como zapatos, ropa o joyas, pero eso está todavía por demostrar.

Con respecto a libros y juguetes, eso sí, tengo plena certeza ya que, sin ir más lejos, conozco a una perra de peluche llamada Pepa capaz de ahuyentar por sí sola a las más siniestras pesadillas. Y, en cuanto a los libros, me los imagino pegados o incluso apechugados, tapa con tapa, en los estantes de las librerías caseras y comerciales hablando entre sí con conversaciones que sonarían a nuestros oídos como susurros de páginas pero que tendrían, lo sé, la enjundia de las que mantenían los árboles en el bosque animado de Wenceslao Fernández Flórez.

Estoy segura de que los libros tienen su orgullo, y sus complicados sistemas de castas y clases, igual que nosotros, y que el lugar donde éstos se muestran más feroces es, sin duda, no ya la feroz mesa de novedades, sino las baldas de las bibliotecas.

Últimamente, no ya por la crisis, que hace desistir a tantas personas de comprar libros, sino por la recién citada ferocidad de las mesas de novedades, que hace que los libros desaparezcan y se descataloguen a velocidad de vértigo, me he hecho usuaria de la biblioteca de mi barrio, a la que acudo con frecuencia para localizar libros que me ayuden en la maravillosa pero ingente tarea de documentarme para mi próxima novela. Siempre me quedo prendada de la hojita de papel adherida con pegamento al ejemplar en donde se detallan las fechas de pedido y devolución de la obra. Es como un código secreto que me esfuerzo por desentrañar, como el movimiento de las bandadas de pájaros o los bancos de peces en el aire o en el mar, imprevisible pero tan matemáticamente ejecutado que una no puede dejar de sospechar que hay señales susceptibles de ser interpretadas sólo por los iniciados en su magia secreta.

¿Por qué un libro se ha pedido sólo dos veces en el año de su incorporación a la biblioteca y luego, tras tres años de abandono, vuelve a ser solicitado con insistencia en los últimos meses? ¿Por qué el que tú buscas no se ha pedido en décadas y, justo el mismo día antes de que vayas a por él te lo quita otro lector de las manos? ¿Se mirarán ellos con envidia o condescendencia o incluso por encima del hombro ―o del lomo― orgullosos de ser los más reclamados unos, los más humillados y olvidados otros?

Nadie puede afirmarlo, pero yo sé que lo hacen, y que unos sufren por el olvido y otros, no necesariamente los mejores, se jactan del favor de un público tan impredecible como voluble o esquivo. Por eso yo, en cuanto compruebo que el que acabo de rescatar viene a mis manos tras años de indiferencia, indefectiblemente me alegro de haberlo hecho.

No puedo evitarlo, siempre he tenido una extraña vocación por amparar a los perdedores.


11
May 10

Lo que me gusta y lo que no

Está visto que una pretende ser elegante y no le dejan. Está visto que lo que todos queremos es marcha, como dice la canción, y valor, y mojarse, y al toro.

Pero con precauciones.

Dice la leyenda que un día a un escritor le pidieron en un suplemento cultural una lista de las obras que había leído últimamente, las más recientes, y de autores contemporáneos y, a poder ser, nacionales, y el muy osado la dio, y además con motivos y argumentos de por qué o por qué no le gustaban ésas y no otras novelas. Luego, pasados los días, se inauguró la feria del libro de su localidad, y cuando fue a ir a firmar a la caseta que le correspondía notó como que le llovía encima. Pero sólo a él.

Entonces comprendió de la necesidad de, a partir de ese día, cada vez que acudiera a un acto literario, llevar paraguas.

Pues bien, queridos amigos, como soy osada, pero no imprudente, he decidido hacer una lista muy muy muy abierta de novelas que me gustan o no y por qué, dejando a cada uno de los inconscientes lectores de este blog la libertad necesaria para poner nombres o títulos donde yo sólo daré argumentos y motivos, muchos de ellos obvios.

Empezaré con las novelas. Ahí va:

NO ME GUSTAN las novelas mal escritas.

NO ME GUSTAN las novelas que tienen contraportadas que destripan el argumento.

NO ME GUSTAN las novelas que tienen portadas que imitan a otras portadas de novelas de éxito.

NO ME GUSTAN las novelas que empiezan bien y acaban mal.

NO ME GUSTAN las novelas que empiezan mal y acaban peor.

NO ME GUSTAN las novelas terminadas con prisas para llegar a tiempo a un plazo o a un premio.

NO ME GUSTAN las novelas que llevan una faja que avala su calidad en base a la cantidad de ejemplares vendidos.

NO ME GUSTAN las novelas que llevan fajas que nombran a Bolaño o a Stieg Larsson, autores muertos que vete tú a saber qué estaban leyendo antes de morir y por qué variados motivos.

NO ME GUSTAN las novelas deprimentes.

NO ME GUSTAN las novelas que justifican lo mal escritas que están en base a lo trepidante de su trama.

NO ME GUSTAN las novelas que, para ser definidas, deben compararse a otras novelas que, indefectiblemente, fueron un éxito.

NO ME GUSTAN las novelas que son la versión española de un éxito internacional.

Y NO ME GUSTAN las novelas que no se defienden solas.


6
May 10

Cuentos de hadas

Como ando por ahí dando entrevistas y diciendo que mi novela es como un cuento de hadas envenenado, hay periodistas que suelen preguntarme por mi cuento de hadas favorito. Hay muchos, y yo no soy muy de elegir ni hacer listas, como el protagonista de “Alta fidelidad” ni, en absoluto, atreverme a quedarme, de todos los discos, de todas las películas, de todos los cuentos, con uno. Así que al final, descorazonados, terminan por preguntarme, al menos, por el último que he leído.

Y ése sí lo sé: “Matar un ruiseñor”.

Tengo que confesar que vi la película antes, lo cual tampoco es malo en un buen número de casos de adaptaciones cinematográficas de obras literarias; y tengo que confesar que, si bien caí presa del encanto serio y contenido de Atticus (o Gregory Peck, sin duda de Óscar), no terminé de ver claro por qué ese personaje se había convertido en un mito, hasta tal punto que muchos de los que luego se matriculaban en Derecho en los Estados Unidos a lo que aspiraban de mayores era, en el fondo, a ser como él.

A mí quien me fascinaban eran los niños, los dos, y su amigo, que luego supe que estaba inspirado en la descripción que de sí mismo y su niñez Truman Capote hizo a la autora de la novela, Harper Lee.

El caso, para no seguir con la lluvia de datos, es que hace poco que he terminado de leerla y no puedo quitarme de la cabeza ni a los personajes, ni a sus historias, ni al barrio y el mundo en el que viven, un mundo de locos y perros rabiosos, de iglesias diferentes para negros y blancos, de tesoros ocultos en los huecos de los árboles y niños sin madre intrépidos y desvergonzados, un poco insensibles, como se definen en “Peter Pan”, y totalmente desavisados de los peligros que les acechan.

Soy muy llorona, no es la primera vez que lo digo, por lo que no sé cuánto de mérito tendrá que esta novela me haya hecho reír a carcajadas, sonreír con cara de boba y llorar unas cuantas veces.

Lo que me pregunto es por qué ninguna novela reciente me ha hecho sentir lo mismo y, sin embargo, estos niños que ahora serían ancianos me recuerdan tanto a mí y a mi propia infancia.

Tal vez porque, cuando se cuenta con sinceridad, es un patrimonio eterno y atemporal. Como los cuentos de hadas, como los niños que nunca crecerán sobre el papel.


28
Abr 10

Tiempos modernos

Llevo ya varios días de entrevistas y promoción y, claro, hablo bastante de los cuentos de hadas y de cómo están tan presentes en “Mantis”. Como una cosa lleva a la otra, y como pareciera que ahora los cuentos se han puesto de moda gracias a cierta ministra empeñada en borrar del mapa a las princesas fregonas, terminé recordando una canción de mi adolescencia muy pegadiza, de un grupo llamado La Mode y, como sé que todo está, no ya en los libros, como decía la sintonía de un programa televisivo, sino en Youtube, finalmente di con ella. El tema en cuestión se llama “La evolución de las costumbres”, y el estribillo seguro que sigue grabado a fuego en las retinas de muchos. Venía a decir algo así como: “Son los tiempos modernos que nos toca vivir, se acabó el sueño eterno, es mejor no reír. Se hacen ferias de muestras, de la modernidad, a los cuentos de niños se les cambia el final”. Pero también se habla de alimentar cuervos, y necios conjurados y hadas robadas y magia perdida.

Lo curioso es que la canción tiene al menos veinte años y, si las escuchas ahora, es absolutamente vigente y su letra un prodigio. Yo vi el vídeo (hecho para un mítico programa, “La Bola de Cristal”, que nos ha formado a tantos) y no pude evitar pensar que otros más recientes son puros hijos de éste y las reflexiones de la canción, tan antiguas, con esos simcas que se ven por detrás del grupo en la pantalla, son mucho más profundas y certeras que muchas de las bobadas que nos ponen hoy en la radio.

He aquí el enlace, http://www.youtube.com/watch?v=hIsiglRGR54 , pinchadlo, vale la pena.

Y otro día sigo con los cuentos (si es que la canción no lo ha dicho ya todo) y con el pop español.