Estuve dos años respondiendo a la misma pregunta en cada entrevista, en realidad todo lo que duró la promoción de mi primera novela, “Y punto.”: ¿Qué hay de parecido entre usted y Clara Deza, el personaje protagonista de su primera obra?
Y, aunque es verdad que tanto Clara como yo somos gallegas, y decimos muchos tacos, demasiados, y tenemos buenos amigos y problemas con la falta de urbanidad de la ciudad en que vivimos, Madrid, la verdad, y por tanto la única respuesta, era siempre la misma: “El gato”, decía, y entonces tenía que explicar que tanto Clara como yo teníamos una gata gris a rayas bastante gruñona que respondía al nombre de Matisse.
Y era cierto: mis personajes y yo nos parecemos en algunas cosas, pero no en todas, y lo único real y común era ella, la gata, que me acompañó durante muchas de las noches de esos nueve años en que escribí “Y punto.”.
Como ya he dicho también en muchas, muchas otras entrevistas, escribí la novela básicamente por las noches, cuando todos, menos Matisse y yo, dormían. Si me quedaba en blanco, si no sabía por dónde tirar, si me fallaban la inspiración, o las ganas, o me vencía el sueño, solía levantarme de la silla y darme un paseo por la casa a oscuras, y miraba por la ventana, o me iba a la cocina a por otro café y ella, siempre, siempre, me acompañaba. Luego se sentaba en mi regazo y ronroneaba un poco, o maullaba, tan comilona como siempre, para pedirme un poco de jamón de york, o jugaba con mi mano que se movía sobre el teclado o sobre su enemigo acérrimo, el puntero del ratón.
Por eso ella fue siempre lo único real en la novela, una obra de ficción a la postre, porque estuvo siempre presente durante la gozosa, otras veces dura gestación de cada una de sus páginas. Y por eso está en los agradecimientos y nunca dejaba de citarla en las entrevistas. Para que, a su modo, cuando terminara la última de sus 7 vidas, pudiera asegurarse la eternidad.
Hoy Matisse se ha ido. Y Clara Deza y yo estamos un poco más huérfanas.











