Me levanto temprano y compruebo que no olvido nada. Llevo zapatos cómodos, maquillaje en su neceser, un vestido que me hace parecer delgada y, también, ropita fresca para el viaje, botellas de agua suficientes y juguetes varios para entretener el camino.
Bajamos desayunados, el coche está a punto y, después de acomodar maletas y asegurar a la niña emprendemos el camino a Gijón, a la Semana Negra, donde a las ocho de la tarde de ese mismo día tendré que presentar mi novela.
Apenas hemos hecho veinte kilómetros, sin llegar siquiera a la autopista, la niña dice que se siente mal y tiene ganas de vomitar. “¿Aguantarás hasta llegar a una gasolinera?”, le preguntamos, y con la cabeza nos dice que sí. La vemos, estamos a treinta, a quince, a cinco metros y, de pronto, cual riego por aspersión nos empapa con su desayuno. El coche antes limpio, su sillita acolchada, nuestra ropa, todo huele a leche agria. Hay llantos, y más toses y más vómitos, y en la maldita gasolinera, que bien podía haber estado cinco metros antes, nos aseamos como podemos y hacemos acopio de bolsas de plástico antes de seguir.
Ilusos, no sabemos que, más o menos a cada ochenta kilómetros, la niña seguirá vomitando durante todo el trayecto. Agotados, tensos los brazos de sujetar la bolsa de plástico cerca de su boca, de conducir en silencio pendientes de cada tos y cada suspiro, de cada uno de sus gestos o cambios en su respiración, nos detenemos en mitad de Castilla y comprobamos que queda por delante casi tanto trecho como el recorrido, y han pasado las horas detenidos en gasolineras limpiando babas, y no sabremos si llegaremos a tiempo.
Decidimos seguir, todavía la niña vomitará más, hasta un total de siete veces, y a las ocho menos veinte de la tarde entramos al fin en Gijón, sucios, sudados, vomitados y exhaustos. Nos dirigimos al recinto de la Semana Negra pero, por obras en la ciudad, nos perdemos. A las ocho menos diez me bajo del coche, sin cambiarme, sin pintarme, sin que se me ocurra nada que decir, y me topo ante la carpa donde me espera Paco Ignacio Taibo II tirándose de los pelos del bigote. Nos dirigimos al escenario, conectan los micrófonos y, aunque luego vendrán muchas más preguntas de amigos que escriben un email extrañándose de por qué no se nos vio en Gijón, por qué desaparecí, por qué vine y me fui tan rápido, él hace la primera pregunta: “Y, para ti, ¿qué es el suspense?”.


Muy bueno !!! me gustó mucho. Un abrazo, Maia
uuufffff. Qué odisea. Se te olvida mencionar las típicas frases que contribuyen a llegar al mismo final, pero justificando carencias/ausencias.
“te dije que la niña es pequeña para un viaje tan largo”
“Vamos todos, vamos todos que, así disfrutamos de un tiempo juntos, tú y tus ideas…”
“¿No puedes ir un pocuqito más deprisa?..No llegamos…no llegamos…”
“A la izquierda, a la izquierda aquí, ¿no ves que por esta calle ya pasamos cuando lo dijo el GPS y está cortada?”
“Primera y última vez que…”
La presión, los nervios, las situaciones tan incómodas como imprevistas, contribuyen siempre a que los papeles sean los primeros en desaparecer folio a folio con cada kilómetro recorrido.
Que pases un verano tan estupendo como tus libros!!
¡Qué mérito tienes!
Acabo de descubrir tu blog buscando información sobre ti ya que, por pura casualidad, cayó en mis manos “Y punto” y no lo puedo dejar de leer: me encanta.
Te felicito por tu talento y por esta maravillosa novela en concreto. Procuraré buscar “Mantis” lo antes posible.
El post del viaje a Gijón está simpatiquísimo (para los que no pasaron la odisea…), siento que hayas llegado en esas condiciones a mi ciudad, y sobre todo, no haberte conocido en la Semana Negra. Te espero el año que viene.
Es un placer descubrir escritoras como tú que cuentan historias interesantes con impecables recursos narrativos y con el plus de mostrar cómo a las mujeres siempre se les exige más que a cualquier otro currante…
Saludos y sigue dándonos buenos libros.
Gracias a ti por escribir y compartir.