Miedos

Estoy haciendo maletas, preparando un viaje relámpago a una nueva ciudad donde tengo que ir a firmar y, al dudar entre qué ropa meter en la maleta, comienza a asaltarme un sentimiento familiar, pequeño y escondido, que casi siempre logro controlar aunque nunca deje de latirme por dentro: el miedo.

Es un miedo de andar por casa, ya lo he dicho, no más grande que un garbanzo o un guisante, es más bien un resquemor, un diminuto recelo, pero se tiene en alta estima y si oye que le llamo así se me ofendería.

Me ataca cuando preparo actividades que tienen que ver con mi ego, me obliga a revisar en el bolso varias veces si llevo bolígrafos que no me fallen a la hora de firmar, me hace comprobar en el espejo que tengo algo de tripa y debo disimular metiéndola para dentro si aparece algún periodista dispuesto a hacerme una foto para el periódico local, me exige que me ponga tacones para disimular que soy bajita y, sobre todo, me hace mirar una y otra vez las páginas de Internet que informan de la meteorología en Internet.

Hoy la he mirado y estoy tranquila, mi miedo sonríe y se evapora mientras yo suspiro aliviada al enterarme de que, aunque es puerto de mar, y la gente desea sol y playa, el día que yo esté, bolígrafo en ristre, con la tripa para dentro sin casi respirar, con mis pies encerrados en tacones y mi sonrisa más brillante dispuesta a deslumbrar a mis incautos lectores, ese día, para mi alivio, en la ciudad lloverá.

Compartir:
  • Print
  • email
  • Facebook
  • Twitter
  • del.icio.us
  • Google Bookmarks
  • Meneame
  • Bitacoras.com

Deja un comentario