Rosalía

Para muchos, era esa señora de sonrisa monalisanesca que salía en los billetes de quinientas pesetas, mis preferidos, porque a diferencia de los de Falla, marrones, o de los de los Reyes Católicos, de un verde que ahora relaciono con los dólares, éstos eran azules, de un azul suave, nada agresivo, que me recordaba al mar, al mío y al que cantaba Rosalía.

¿Por qué hablo de ella hoy? Porque acaban de llamarme para pedirme una entrevista con motivo del 125 aniversario de su muerte, que se cumple precisamente hoy.

Me preguntan por qué me gusta Rosalía y puedo responderle muchas, muchas cosas. Porque desde pequeña siempre me gustó su estatua en el Paseo de la Herradura del Parque de la Alameda de Santiago, donde se la ve pensativa y casera, tal y como estamos todos antes de sentarnos a escribir y sin saber lo que vamos a decir; porque me gusta que uno de mis parques favoritos lo fuera también de ella, los Jardines de San Carlos de Coruña; porque me gusta cómo suena la voz de Pucho Boedo cuando cantaba Negra Sombra y porque cada vez que oigo esa canción, como si fuera uno de aquellos emigrantes que oían “Suspiros de España” fuera de la patria, me dan ganas de llorar; porque recuerdo a mi madre enseñándome a recitar su Adiós ríos, adiós fontes y porque recuerdo haberlo hecho cuado tenía siete años, en plena Transición, subida encima de una mesa; porque no es llorona, ni blanda, ni engolada ni tan romántica como parece; porque sufrió, y le puso nombres preciosos a sus hijos; porque su poema A xustiza pola man me inspiró buena parte del argumento de Mantis y porque sí, porque quiero, porque me peta y me da la gana y es actual, valiente, única, y me gusta, mucho, el valor que le echaba a sus escritos y lo bien que lo hacía.

Compartir:
  • Print
  • email
  • Facebook
  • Twitter
  • del.icio.us
  • Google Bookmarks
  • Meneame
  • Bitacoras.com

Deja un comentario