Como soy de natural terco, sigo dándole al tarro, esta vez por culpa de (o más bien “gracias a”) una pregunta atinada que me ha llegado en el email de un lector: ¿Cómo puede ser que Matar un ruiseñor me haya enganchado tan fácilmente y, en cambio, A sangre fría me haya dado tanta pereza al principio si son prácticamente coetáneas?
Aclaro: Matar un ruiseñor se publicó en 1960 y, aunque A sangre fría vio la luz finalmente en 1966, lo cierto es que Capote empezó a escribirla al poco de cometerse los brutales crímenes que dieron lugar a su argumento, ocurridos en 1959. Por tanto, siguió la investigación y el proceso desde el principio y tuvo que esperar a escribir los últimos capítulos varios años, pues los abogados de los asesinos condenados a la pena de muerte después de la tragedia interpusieron, lógicamente, diversas apelaciones y moratorias que tardaron casi cinco años en resolverse. En Capote, una película excepcional, se habla de esta espera y cómo exasperaba al autor, pues no podía poner el punto final hasta haber presenciado la ejecución.
Y ahora respondo a mi pregunta: “Es fácil”, dirían muchos, y hasta yo misma. Matar un ruiseñor es, en principio (sólo en principio) una novela amable, con niños, que habla de veranos jugando y abogados heroicos, vecinas cotillas y negritos simpáticos. A sangre fría, en cambio, habla de asesinos, y comienza con sus horrendos crímenes para luego describirlos a ellos, a sus sociopatías y, finalmente, su ejecución.
Puede. Ya he dicho que ambas obras me han gustado muchísimo, me han fascinado, pero todo argumento es susceptible de ser visto del revés, y es que ¿acaso hoy día no arrasan novelas como la trilogía “Millenium”, en las que el morbo y la fascinación que nos despierta es elemento fundamental de su éxito?
Así pues y de nuevo: ¿por qué algunos textos perduran y se mantienen vigentes y vivos, como nuevos, por qué sigo leyendo la manoseada edición de Los tres mosqueteros de mi padre, tan, pero tan sobada, y me sigue fascinando como ayer a pesar de haber sido publicada en 1844, y el Buscón de Quevedo me sigue hablando tan, pero tan moderno con sus cuatrocientos años a sus espaldas mientras novelas escritas ayer mismo envejecen y mueren en el estante de los libros decrépitos?
Su magia, supongo. Será que están benditos con el don de la inmortalidad, y aunque muchos se olviden de que existan, ellos no pierden por eso sus privilegios acechándonos ahí, a la espera, para volver a fascinarnos si decidimos buscarlos y leerlos.


Eso es lo que me pasa o pasaba con Galdós. Cuando leí Doña Perfecta me enganché a su literatura. Estaba aún en el Instituto y me cogía todos los libros de Galdós que podía. Hoy después de 20 años reconozco con pena y vergüenza que no me acuerdo de muchas de sus obras, tendré que hacer una nueva batida por su literatura. Literatura del XIX que me embrujaba en el XX.