Satisfaré la curiosidad de algunos: la obra a la que me refería en el post anterior era A sangre fría, una auténtica maravilla en prosa como en contenido que me ha hecho reflexionar, tanto en voz alta durante una agradable charla en el club de lectura del Casino Amistad Numancia, en Soria, como en soledad ante mi ordenador.
¿De verdad un texto con una antigüedad de poco más de cuarenta años (la novela se publicó en 1966, como la traducción que yo leí) puede considerarse ya obsoleto?
Le he dado muchas vueltas a qué diferencia lo evocador de lo viejo, lo antiguo de lo trasnochado, lo nostálgico de lo revenío, y me ha venido a la memoria un ensayo excelente y sobrado de humor pero que no por ello deja de cantar verdades como puños titulado Gracias por no leer y cuya autora es Dubravka Ugresic.
En esta obra la autora traza un panorama bastante desalentador de los modos y maneras del mercado editorial anglosajón y cuenta anécdotas sumamente divertidas sobre los usos absurdos que el negocio está generando y cómo conceptos que hablan de modas y obsolescencia se comienzan a aplicar a los libros. Cuenta, por ejemplo, cómo durante eventos como ferias del libro y encuentros similares se organizan en Estados Unidos las citas entre autores primerizos y editores que, al modo de los productores retratados por Robert Altman en la película The Player (aquí se tituló El juego de Hollywood) conceden, previo pago de una buena suma, no más de cinco minutos al autor en potencia para explicar el argumento de su obra y decidir si vale la pena aceptar el manuscrito y leerlo o no, perpetrando así, por otra parte, una doble humillación: rechazarles y vapulearles en esa especie de cita rápida en la que les desengañan sobre el futuro exitoso de sus escritos que nunca llegarán a bestsellers y, además, sablearles.
Describe también cómo un grupo de protesta con ganas de tocar las narices se dedicó a mecanografiar novelas clásicas de la literatura y, cambiando nombres y localizaciones, enviarlas a los editores de hoy en día. Según parece, muchos han rechazado ya Cien años de soledad, Guerra y paz y hasta Lolita porque, al parecer, tienen comienzos lentos. Vaya, que al principio de la historia no pasa nada.
¿Os lo imagináis? ¿Sois capaces de ver a Gabo intentando resumir el argumento de su saga a un editor en menos de cinco minutos? ¿A Clarín recibiendo una carta de otro que le rechaza su Regenta porque, tras la minuciosa descripción de Vetusta, el conflicto de la trama tarda casi un centenar de páginas en aparecer?
Yo sí, y me echo a temblar. Seguro que Capote también estaría entre los rechazados.


Creo que hay una traducción más reciente. Yo leí la de Anagrama, de Fernando Rodríguez.
A mí me llamó la atención en la traducción que dejase sin traducir jeelly beans (gominolas) y root beer (cerveza de raíz).
Je, je, yo también me he preguntado muchas veces si autores a los que hoy se consideran clásicos tendrían éxito en nuestro tiempo. Me quede con una joya de la literatura de aventuras y un autor maravilloso, Juio Verne, para citar un ejemplo, y sus 20.000 leguas de viaje submarino. Páginas y páginas detallando el fondo marino; sus peces, su flora subacuáitca, sus montes y mil detalles que, en su día, jamás habían visto la mayor parte de los mortales, no como hoy que gracias a Costeau y la 2, pues podemos recrear con facilidad los paisajes descritos por Verne, incluso la Atlántida, jeeee.
Y ese panfleto cayera en manos de un avispado editor del siglo XXI, ¿qué pasaría? Creo que ninguno de nosotros tenemos la menor duda: tijeretazo por aquí y por allá, para dejar la obra reducida a la mitad, acentuando los momentos de acción y aventura -que no se nos duerma el personal- y omitiendo las descripciones detalladas, preciosas y precisas del mundo marino. Sí, seguro, y 20.000 leguas no sería el mismo libro.