No sé cómo se lo montaría Don Quijote, alguien tan enamorado de los libros como yo y, por lo que se ve, casi tan loco como servidora, pero yo, esta semana pasada, no a lomos de Rocinante sino en un utilitario, me di un buen tute a lo largo y ancho de las dos Castillas.
Descansé escasamente el lunes y el martes de mi periplo galaico por las Rías Altas y Bajas y, el miércoles, me eche de nuevo a la carrera y a la carretera para acercarme a Guadalajara sin dejar de sorprenderme por lo cerca que está de Madrid y lo lejana que parecía en sus calles llenas de paseantes sin prisa, en sus plazas con terrazas habitadas de camareros amables que no exigían el pago de la consumición por anticipado, en los parques repletos de niños que, para variar, cuidaban sus padres y abuelos y sus vías peatonales sin motos que las invadieran ni coches insolidarios ni viandantes siempre con prisa o el sudor del metro, del tren de cercanías, del autobús repleto pegado a la piel. Allí, en Guadalajara, conocí a Emilio y a Carlos Cobos y disfruté de su paciencia, de su templanza y, sobre todo, de su conversación, y tras una presentación muy, muy íntima, en la impresionante Biblioteca Municipal, de un agradable paseo de vuelta por la calle Mayor hasta el coche que nos llevaría de nuevo a Madrid.
Al día siguiente, jueves, tomé un tren de alta velocidad para acercarme a Valladolid en busca de Estrella, mi hada madrina favorita, y Carlos, mi ogro predilecto. Ambos son los propietarios de Oletvm, una librería tan enorme como familiar y ejemplar, y allí, como si no hubieran pasado más de dos años desde mi última visita, como si no hubiera dejado de visitarla nunca, como si me hubiera ido ayer, retomé el contacto con un público que ya conozco, hecho en su mayor parte de amigos a los que hay que sumar nuevas adquisiciones, como Jesús, un cocinero despistado pero abierto y amable que insólitamente reconoció cierta validez en los platos que propongo en “Mantis”.
Me fui de Valladolid muy tarde, y con lluvia, con los zapatos mojados y un indudable pesar en el alma, saciada de cariño y de magníficas viandas, con la tripa llena y el corazón encogido y al día siguiente, viernes, de nuevo tras un viaje en coche realizado en la sobremesa, llegué a Toledo, donde nos esperaban, en la librería Taiga, viejos amigos como Alberto y Gonzalo, y el nuevo reto de seguir hablando de “Mantis” procurando que cada palabra, cada frase, cada concepto, pareciera dicho por primera vez. Creo que lo conseguí, creo que todos quedaron contentos, o así lo parecían mientras compartíamos canapés.
Tal vez la única persona triste, a pesar de los libros firmados, de las enhorabuenas y las entrevistas, del calor de los lectores y los amigos que venden tus libros sabiendo que con cada uno que sale de sus manos te hacen crecer no ya en ventas sino en lectores, fuera yo.
Porque siempre tardo en volver a verles mucho más de lo que quisiera.
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Valeeeeeeeeeeeee!!! Valee Yaaa!!! Y estaba a punto de soltar un taco con eñe, pero recordé que sólo son niños y que la hucha de los tacos va camino de los 20 euros y eso que se inauguró el mes pasado, con el fin de que la crisis, a su escala, lavase la boca del enano que ya habla. Y casi todos esos euros son míos. Algo hará el cerdito. Así que me miran, cada uno con su diestra en el coche de bomberos, mientras la mía se lo arrebata prometiendo que quien mejor se porte será dueño del camión hasta el domingo. Y volvemos a la calle que sólo habíamos subido a cambiar un pañal, pero a éste le siguieron dos camisetas y un pis. Ya vamos con retraso. Cinturones de seguridad y a buscar en el cargador el cd del enano que habla. Esta sáltala que ya no me gusta. Protesta desde el atril de sus siete años. Esta, ésta, la de “pereza”. Atento al pequeño que tiene pinta de quedarse sopa. Al semáforo. A las exigencias del mayor. A ver si encuentro aparcamiento. Una vuelta. Nada. Al párking y ya me fastidia. No queda muy lejos, pero el enano mudo descubrió hace poco que tiene piernas y sabe usarlas y no hay forma humana ni extraterrestre de acoplarle en una silla de paseo. Como mucho, si está de buenas, el triciclo, pero no me cabe en el coche. Si se que tener hijos es esto compro una furgoneta. Así que nene sube al brazo de papá y no te muevas mucho. Caminamos. Llegamos. La Castro con el micro. Enfrente los “fans”, bien compuestos y ordenaditos, sin hacer ruido, como buenos chicos. Miro el reloj. Las ocho y cuarto. Cuando telefoneé dijeron que cerraban a y media así que sujetar la bestia será cosa de cuarto de hora. Comienza a berrear y hacer esfuerzos por escapar de mi brazo. Le suelto. No hay más opciones. Corre a las escaleras, como si nunca hubiese visto unas y ahí pasamos el tiempo subiendo y bajando. El mayor comienza con sus frases “tengo hambre”, “me aburro”, “¿cuando nos vamos?”. Inspiro. No tiene la culpa, le entiendo. Se me ocurren mil respuestas, pero al final uso una que comprenda fácil. La de las dos horas que tuvimos que esperar, él sobre mis hombros para ver a Ronaldinho en un entreno… Se despertó la bestia..ahorita sigo…