Junio, 2010


30
Jun 10

Usos y costumbres

Estoy, como siempre, leyendo. Ahora tengo entre manos un clásico del siglo xx, una obra maestra y rompedora que cambió muchos esquemas sobre el modo de narrar de su tiempo y cuyo título no mencionaré porque me lo reservo para un post futuro, posiblemente el próximo, y porque, además, no voy a hablar en éste de la obra en sí sino de su lenguaje, un lenguaje que ni siquiera es el del autor, o no en buena medida, sino el de la traductora y, lo más importante, de su tiempo.

Me explico: la obra en cuestión se publicó originalmente en 1965 y yo tengo ante mí una traducción que data de 1966. Ya digo que se trata de un texto absolutamente conocido y que pasará a los anales de la literatura y, sin embargo, la primera vez que intenté leerlo, en esta misma edición y hace tres o cuatro años, tuve que abandonar el empeño a menos de cuarenta páginas de haberlo iniciado.

Durante tiempo me he preguntado qué es lo que nos hace repudiar en un momento determinado textos que para el común de los mortales son obras maestras, cuánto hay de pose en ciertas adoraciones o rechazos y, en mi caso particular, si no tendré yo alguna tara, una vía de escape, una fuga en el estanque de mi cerebro donde se bañan la capacidad crítica o el gusto que me impida apreciar lo que los demás adoran.

Pero en este caso concreto, sí supe identificar, un tiempo después, el porqué de mi deserción: era lo obsoleto del lenguaje. Palabras como “chiclé” (no, no es un cliché mal escrito, sino la goma de mascar), “nerviosidad” o “escultistas” las que me echaban para atrás y me llevaron a dejar de lado esta lectura.

Debo de ser más mayor o menos impaciente, porque esta tarde, varios años después de aquella huida, estoy embelesada con esa misma obra en esa misma edición y, además, disfruto como un enana con estos términos o las notas a pie de página que en 1966 aclaraban al lector español que Halloween es una tradición que se celebra en la Noche de los Difuntos o que los “escultistas” son, en realidad, boy scouts, y en qué consiste la asociación a la que pertenecen. Me parece un valor añadido, un plus de encanto y costumbrismo delicioso e iluminador, y no puedo menos que acordarme de una compañera de piso que tuve, años ha, que se consideraba muy culta pero se negaba a ver películas en blanco y negro por considerarlas poco modernas.

Pobre. Nunca disfrutará de Casablanca, ni de Ciudadano Kane, ni de Lolita o la primera media hora de El mago de Oz. Claro que tampoco con La lista de Schindler.

En cuanto a mí, estoy segura: me estoy haciendo vieja. Bienvenida sea la vejez.


24
Jun 10

Flora y fauna en El Retiro

Cuando recibí el encargo de escribir esta crónica pensé en hablar de la fauna habitual de El Retiro, de todos los animales y transeúntes cotidianos que a diario frecuentan el Paseo de Coches y que, tal vez atemorizados por las hordas de lectores y curiosos, desaparecen como por arte de magia durante la Feria del Libro. ¿Adónde irán?, me decía, ¿de quién se esconden los gorriones, las ardillas, los perros que pasean a sus dueños, los caballos que hacen su ronda bajo un policía y los veloces patinadores?

Sin embargo, tras recorrer la Feria esta calurosa mañana, por primera vez en mucho tiempo no como editora o escritora, ni siquiera, como vengo haciendo desde veinte años, como lectora, sino con los ojos y la actitud del cronista que luego va a contarlo, decidí cambiar de idea y hablar de la fauna, pero de esa otra mucho más humana que invade el parque estos días.

Vi, ante la caseta donde firmaba Julia Navarro, a sudorosos lectores enjaulados como leones entre vallas de seguridad que, imagino, pretendían cercarlos de los demás viandantes. También distinguí a asistentes editoriales que corrían de un lado para otro en busca de botellas de agua con que regar a sus autores, y a cazadores de autógrafos que fotografiaban a escritores sin saber quiénes eran o qué habían escrito, y a varios cámaras de televisión acosados por niños que saltaban a su alrededor, y a Domingo Villar con su sonrisa de siempre arropado por sus fieles.

Así mismo, fui testigo de la extraordinaria extensión de la cola de los urinarios, sin duda la más larga de todas, y del singular fenómeno de las “colas ocultas”.

¿Qué espera toda esta gente situada en la parte trasera de las casetas?, le pregunté a un guardia de seguridad. Y éste me reveló que eran fans de Chuck Palahniuk, que firmaba en la caseta de la FNAC y que, para que no entorpecieran el tráfico, habían decidido desviarlos, sacarlos de en medio, como si tuvieran una enfermedad infecciosa. Y yo, fiel lectora del novelista estadounidense, decidí incorporarme a su lista de admiradores.

Durante más de una hora esperé con paciencia, rodeada de lectores modernos, en buena parte tatuados y con piercings, y todos menores de cuarenta años. Me pareció de lo más normal que tuviéramos que aguardar fuera de la vista del público, en la trastienda, habida cuenta de que los ejemplares que todos atesorábamos lucían títulos tan poco edificantes en un jueves de Corpus como Snuff; El club de la lucha, Monstruos invisibles o Asfixia. A eso de las 14:30 su editor en castellano, Claudio López Lamadrid, anunció que sólo quedaban cinco minutos de firma y me alegré como una niña al saber que yo sería la última agraciada con el placer de ver al autor. Unos minutos después al fin me coloqué ante él con devota emoción. Llevaba una rebeca de punto de un rosa pálido a juego con su camisa de rayas, y no pude menos que plantearme si no me habría confundido de cola y no estaría, tal vez, ante el mismísimo Antonio Gala.

Pero no. Era Chuck.

Durante un instante nuestras miradas agotadas se encontraron, en la suya brilló un leve resplandor sorprendido quizá porque era la única de sus lectoras que llevaba en brazos a una niña pequeña. Se preguntaría sin duda cómo una madre de familia (supuestamente un ser responsable) puede leerle. Yo, a mi vez, reparé en su cara de buen tipo, en su aspecto totalmente inofensivo, en su imagen de contable de alguna oficina bancaria de Portland, y dudé de cómo alguien tan aparentemente tranquilo puede sacar tantos demonios fuera.

La fauna, me dije. Y es que, aunque no lo parezca, todos llevamos a una bestia dentro. Y la sacamos a pasear una vez al año por El Retiro para que, al menos, lea.

(Publicado en El País)


21
Jun 10

El hueco

Me levanto por la mañana, me siento a desayunar sin prisas, pues para eso es sábado, y comienzo a notarlo. Me ducho, me visto con calma, planeo el resto del día, bajo a por el periódico y me permito hacerlo sin tener que correr, y la sensación se acrecienta. Poco antes del mediodía termino por identificarla.
Ya sé qué es. Claro, son las mañanas de fin de semana sin más compromisos que los personales, las tardes con amigos y familia en terrazas o parques, el irse a dormir sin planificar la ropa del día siguiente ni comprobar en Internet la previsión del tiempo para comprobar si hará frío o calor en tal o cual provincia.
Porque no voy a achicharrarme en ninguna caseta, ni a pintarme los labios para estar presentable sabiendo que poco a poco la pintura irá desapareciendo tras besos y sonrisas y un poco de sudor, ni tampoco me preocupará que llueva, ni que los zapatos sean cómodos, ni que vengan a verme más o menos personas porque ya no me asusta firmar mucho o poco.
No. Pero lo echo de menos.
No habrá más Feria del Libro o, como decían en aquella maravillosa canción de Danza Invisible, no habrá más fiestas mañana. No habrá calor, ni colas o envidias, ni gente que viene a contarte que ha leído tu libro, o te ha oído decir tonterías en alguna radio, ni la presión de ver cómo funciona la novela que has pasado más de tres años escribiendo, el mirar de reojo cómo una señora se para ante ella, la toma, la mira, lee la contra y la devuelve a su lugar o decide, con tu consiguiente suspiro de alivio, llevársela firmada por ti.
No, no habrá más Feria hasta el próximo año, ni fiestas ni almuerzos que la acompañen, ni saludos a escritores ni prisas por llegar a la caseta a tiempo.
Soy libre de nuevo en mis siempre ajetreados fines de semana.
Pero, ya lo he dicho, comienzo a echarlo de menos.


12
Jun 10

Las chicas

No termino de acostumbrarme, debe de ser que todavía soy novata en estas lides y, por tanto, ingenua por más que no deje de repetir la de años que hace que voy, ya como lectora, editora o autora, a la Feria del Libro de Madrid.

La cosa ocurre más o menos así: llega un señor, o una señora, casi siempre maduros y amabilísimos, en la mayoría de las ocasiones solos, se acercan a mí con timidez pero con una sonrisa, como si les diera vergüenza conocerme en persona cuando, en realidad, hace ya mucho que me conocen, porque me leen desde hace tiempo, y me ofrecen para que les firme ejemplares de “Y punto.” o de “Mantis” o de ambos.

Los libros se nota que están leídos, sobados, y ellos se disculpan con una nueva y afable sonrisa por no comprarlos en el momento y, por tanto, no hacerle el gasto al amable librero que me acoge en su caseta. Yo les excuso, faltaría más, para lo que estoy es para firmar antes que para vender, les digo, para hablar con mis lectores y, sin duda, ellos lo son, y si se vende, pues bien, y si no, pues también, pero en realidad a mí lo que me motiva es el palique, conocer a quien ya me conoce a través de mis libros y, con todo mi esmero, con toda la concentración de que soy capaz, un poco cortada por la posibilidad de estar a la altura de sus expectativas, precisamente las de ellos, que me han leído tanto, esbozo unas palabras que espero les llenen tanto como me llena a mí su visita.

Entonces ellos recogen el ejemplar firmado, me dan muy respetuosos la mano, (casi nunca se atreven a plantarme un beso) y, justo antes de irse tan contentos con sus libros bajo el brazo, me dicen: “Y, por favor, déle recuerdos a las chicas”.

“¿A qué chicas?”, les pregunto sorprendida.

“A Clara y a Teresa, por supuesto. Las conozco tanto que ya son como de la familia”.

Mientras se alejan satisfechos, consigo reprimir un gesto de fastidio asombrado. No sólo están convencidos de que existen, es que estoy segura de que, pese a mis esfuerzos, además de que las consideren más reales, cualquiera de las dos les cae mejor que yo.


10
Jun 10

Matisse

Estuve dos años respondiendo a la misma pregunta en cada entrevista, en realidad todo lo que duró la promoción de mi primera novela, “Y punto.”: ¿Qué hay de parecido entre usted y Clara Deza, el personaje protagonista de su primera obra?

Y, aunque es verdad que tanto Clara como yo somos gallegas, y decimos muchos tacos, demasiados, y tenemos buenos amigos y problemas con la falta de urbanidad de la ciudad en que vivimos, Madrid, la verdad, y por tanto la única respuesta, era siempre la misma: “El gato”, decía, y entonces tenía que explicar que tanto Clara como yo teníamos una gata gris a rayas bastante gruñona que respondía al nombre de Matisse.

Y era cierto: mis personajes y yo nos parecemos en algunas cosas, pero no en todas, y lo único real y común era ella, la gata, que me acompañó durante muchas de las noches de esos nueve años en que escribí “Y punto.”.

Como ya he dicho también en muchas, muchas otras entrevistas, escribí la novela básicamente por las noches, cuando todos, menos Matisse y yo, dormían. Si me quedaba en blanco, si no sabía por dónde tirar, si me fallaban la inspiración, o las ganas, o me vencía el sueño, solía levantarme de la silla y darme un paseo por la casa a oscuras, y miraba por la ventana, o me iba a la cocina a por otro café y ella, siempre, siempre, me acompañaba. Luego se sentaba en mi regazo y ronroneaba un poco, o maullaba, tan comilona como siempre, para pedirme un poco de jamón de york, o jugaba con mi mano que se movía sobre el teclado o sobre su enemigo acérrimo, el puntero del ratón.

Por eso ella fue siempre lo único real en la novela, una obra de ficción a la postre, porque estuvo siempre presente durante la gozosa, otras veces dura gestación de cada una de sus páginas. Y por eso está en los agradecimientos y nunca dejaba de citarla en las entrevistas. Para que, a su modo, cuando terminara la última de sus 7 vidas, pudiera asegurarse la eternidad.

Hoy Matisse se ha ido. Y Clara Deza y yo estamos un poco más huérfanas.


3
Jun 10

En Feria

En la Feria de Libro de Madrid hay cosas que se repiten edición tras edición, año tras año, novela tras novela.

Hay niños que piden que les firmes un autógrafo en una libreta llena de más firmas y que se van sin saber quién eres, acaso sólo un garabato más en su colección.

Hay señoras que se empeñan en que les vendas la novela de María Dueñas porque afirman que tienes, en realidad, mucha más cara de librera o dependienta que de escritora, dónde va a parar.

Hay cámaras de televisión que buscan a los autores más famosos (que no vendidos, o admirados, o respetados, o siquiera queridos) y niños descontrolados que saltan detrás agitando las manos y buscando su segundo de oro en la pantalla.

Hay chicas de los departamentos de prensa de todas las editoriales corriendo de un lado a otro buscando en las terrazas botellines de agua con que regar las gargantas de los autores.

Y camareros de las terrazas que exigen el pago de la carísima consumición por adelantado porque no terminan de fiarse de los escritores.

Y autores que venden o que no venden y que miran siempre de reojo al otro, al compañero de caseta, porque firma más o menos.

Y jóvenes novelistas que llegan con su primera, tal vez con su segunda novela debajo del brazo, y esperan cargados de ilusión a que venga a verles alguien, puede que un amigo, quién sabe si un lector.

Yo fui ayer a la feria, estuve cuatro horas allí, me encontré con los editores parapetados tras sus gafas de sol, con libreros que son amigos, con otros autores con los que he trabajado en el pasado, me trajeron botellines de agua, y, al final, me clavaron cuatro euros por un tinto de verano que me supo a gloria.

Pero, sobre todo, traté con lectores, muchos más de los que esperaba. Personas que leyeron “Y punto.” y venían buscando “Mantis”, que llegaban con sus ejemplares terminados, forrados y sobados o con la lectura mediada y me pedían por favor que siguiera sorprendiéndoles, que no les contará qué iba a pasar, lectores que antes eran oyentes, porque me escucharon un día en la radio y les caí bien y pensaron que valía la pena probar suerte a leerme.

Y, sobre todo, lectores que son amigos, que tienen ochenta años o apenas veinte, que vienen con su familia y se sacan fotos conmigo, como Mayka, y me convierten, al hacerlo, en un miembro más. Lectores que me defienden, que me recomiendan, que sin vergüenza proclaman a gritos a todos los paseantes que soy la mejor, que vale la pena leerme, que luchan por hacer que venda un libro más.

Lectores, amigos, devotos que no merezco.

Que me abruman tanto que temo fallarles, pero que me dan esperanzas de conseguir ser merecedora de su aprecio.


1
Jun 10

Ancha es Castilla

No sé cómo se lo montaría Don Quijote, alguien tan enamorado de los libros como yo y, por lo que se ve, casi tan loco como servidora, pero yo, esta semana pasada, no a lomos de Rocinante sino en un utilitario, me di un buen tute a lo largo y ancho de las dos Castillas.

Descansé escasamente el lunes y el martes de mi periplo galaico por las Rías Altas y Bajas y, el miércoles, me eche de nuevo a la carrera y a la carretera para acercarme a Guadalajara sin dejar de sorprenderme por lo cerca que está de Madrid y lo lejana que parecía en sus calles llenas de paseantes sin prisa, en sus plazas con terrazas habitadas de camareros amables que no exigían el pago de la consumición por anticipado, en los parques repletos de niños que, para variar, cuidaban sus padres y abuelos y sus vías peatonales sin motos que las invadieran ni coches insolidarios ni viandantes siempre con prisa o el sudor del metro, del tren de cercanías, del autobús repleto pegado a la piel. Allí, en Guadalajara, conocí a Emilio y a Carlos Cobos y disfruté de su paciencia, de su templanza y, sobre todo, de su conversación, y tras una presentación muy, muy íntima, en la impresionante Biblioteca Municipal, de un agradable paseo de vuelta por la calle Mayor hasta el coche que nos llevaría de nuevo a Madrid.

Al día siguiente, jueves, tomé un tren de alta velocidad para acercarme a Valladolid en busca de Estrella, mi hada madrina favorita, y Carlos, mi ogro predilecto. Ambos son los propietarios de Oletvm, una librería tan enorme como familiar y ejemplar, y allí, como si no hubieran pasado más de dos años desde mi última visita, como si no hubiera dejado de visitarla nunca, como si me hubiera ido ayer, retomé el contacto con un público que ya conozco, hecho en su mayor parte de amigos a los que hay que sumar nuevas adquisiciones, como Jesús, un cocinero despistado pero abierto y amable que insólitamente reconoció cierta validez en los platos que propongo en “Mantis”.

Me fui de Valladolid muy tarde, y con lluvia, con los zapatos mojados y un indudable pesar en el alma, saciada de cariño y de magníficas viandas, con la tripa llena y el corazón encogido y al día siguiente, viernes, de nuevo tras un viaje en coche realizado en la sobremesa, llegué a Toledo, donde nos esperaban, en la librería Taiga, viejos amigos como Alberto y Gonzalo, y el nuevo reto de seguir hablando de “Mantis” procurando que cada palabra, cada frase, cada concepto, pareciera dicho por primera vez. Creo que lo conseguí, creo que todos quedaron contentos, o así lo parecían mientras compartíamos canapés.

Tal vez la única persona triste, a pesar de los libros firmados, de las enhorabuenas y las entrevistas, del calor de los lectores y los amigos que venden tus libros sabiendo que con cada uno que sale de sus manos te hacen crecer no ya en ventas sino en lectores, fuera yo.

Porque siempre tardo en volver a verles mucho más de lo que quisiera.