Estoy, como siempre, leyendo. Ahora tengo entre manos un clásico del siglo xx, una obra maestra y rompedora que cambió muchos esquemas sobre el modo de narrar de su tiempo y cuyo título no mencionaré porque me lo reservo para un post futuro, posiblemente el próximo, y porque, además, no voy a hablar en éste de la obra en sí sino de su lenguaje, un lenguaje que ni siquiera es el del autor, o no en buena medida, sino el de la traductora y, lo más importante, de su tiempo.
Me explico: la obra en cuestión se publicó originalmente en 1965 y yo tengo ante mí una traducción que data de 1966. Ya digo que se trata de un texto absolutamente conocido y que pasará a los anales de la literatura y, sin embargo, la primera vez que intenté leerlo, en esta misma edición y hace tres o cuatro años, tuve que abandonar el empeño a menos de cuarenta páginas de haberlo iniciado.
Durante tiempo me he preguntado qué es lo que nos hace repudiar en un momento determinado textos que para el común de los mortales son obras maestras, cuánto hay de pose en ciertas adoraciones o rechazos y, en mi caso particular, si no tendré yo alguna tara, una vía de escape, una fuga en el estanque de mi cerebro donde se bañan la capacidad crítica o el gusto que me impida apreciar lo que los demás adoran.
Pero en este caso concreto, sí supe identificar, un tiempo después, el porqué de mi deserción: era lo obsoleto del lenguaje. Palabras como “chiclé” (no, no es un cliché mal escrito, sino la goma de mascar), “nerviosidad” o “escultistas” las que me echaban para atrás y me llevaron a dejar de lado esta lectura.
Debo de ser más mayor o menos impaciente, porque esta tarde, varios años después de aquella huida, estoy embelesada con esa misma obra en esa misma edición y, además, disfruto como un enana con estos términos o las notas a pie de página que en 1966 aclaraban al lector español que Halloween es una tradición que se celebra en la Noche de los Difuntos o que los “escultistas” son, en realidad, boy scouts, y en qué consiste la asociación a la que pertenecen. Me parece un valor añadido, un plus de encanto y costumbrismo delicioso e iluminador, y no puedo menos que acordarme de una compañera de piso que tuve, años ha, que se consideraba muy culta pero se negaba a ver películas en blanco y negro por considerarlas poco modernas.
Pobre. Nunca disfrutará de Casablanca, ni de Ciudadano Kane, ni de Lolita o la primera media hora de El mago de Oz. Claro que tampoco con La lista de Schindler.
En cuanto a mí, estoy segura: me estoy haciendo vieja. Bienvenida sea la vejez.






