Antes de nada, comencemos reconociendo las que, para muchos, podrían ser las estúpidas creencias de cada cual: yo creo que los objetos tienen vida. Y no me refiero a “vida inanimada”, como las plantas, que se limitan, en el pleno sentido de la palabra, a vegetar, sino vida de la de verdad, con pensamientos propios, sentimientos, odios y filias. Pero no todos los objetos, sólo algunos. En concreto los libros y los juguetes, y quizá también algunos otros objetos de uso personal, como zapatos, ropa o joyas, pero eso está todavía por demostrar.
Con respecto a libros y juguetes, eso sí, tengo plena certeza ya que, sin ir más lejos, conozco a una perra de peluche llamada Pepa capaz de ahuyentar por sí sola a las más siniestras pesadillas. Y, en cuanto a los libros, me los imagino pegados o incluso apechugados, tapa con tapa, en los estantes de las librerías caseras y comerciales hablando entre sí con conversaciones que sonarían a nuestros oídos como susurros de páginas pero que tendrían, lo sé, la enjundia de las que mantenían los árboles en el bosque animado de Wenceslao Fernández Flórez.
Estoy segura de que los libros tienen su orgullo, y sus complicados sistemas de castas y clases, igual que nosotros, y que el lugar donde éstos se muestran más feroces es, sin duda, no ya la feroz mesa de novedades, sino las baldas de las bibliotecas.
Últimamente, no ya por la crisis, que hace desistir a tantas personas de comprar libros, sino por la recién citada ferocidad de las mesas de novedades, que hace que los libros desaparezcan y se descataloguen a velocidad de vértigo, me he hecho usuaria de la biblioteca de mi barrio, a la que acudo con frecuencia para localizar libros que me ayuden en la maravillosa pero ingente tarea de documentarme para mi próxima novela. Siempre me quedo prendada de la hojita de papel adherida con pegamento al ejemplar en donde se detallan las fechas de pedido y devolución de la obra. Es como un código secreto que me esfuerzo por desentrañar, como el movimiento de las bandadas de pájaros o los bancos de peces en el aire o en el mar, imprevisible pero tan matemáticamente ejecutado que una no puede dejar de sospechar que hay señales susceptibles de ser interpretadas sólo por los iniciados en su magia secreta.
¿Por qué un libro se ha pedido sólo dos veces en el año de su incorporación a la biblioteca y luego, tras tres años de abandono, vuelve a ser solicitado con insistencia en los últimos meses? ¿Por qué el que tú buscas no se ha pedido en décadas y, justo el mismo día antes de que vayas a por él te lo quita otro lector de las manos? ¿Se mirarán ellos con envidia o condescendencia o incluso por encima del hombro ―o del lomo― orgullosos de ser los más reclamados unos, los más humillados y olvidados otros?
Nadie puede afirmarlo, pero yo sé que lo hacen, y que unos sufren por el olvido y otros, no necesariamente los mejores, se jactan del favor de un público tan impredecible como voluble o esquivo. Por eso yo, en cuanto compruebo que el que acabo de rescatar viene a mis manos tras años de indiferencia, indefectiblemente me alegro de haberlo hecho.
No puedo evitarlo, siempre he tenido una extraña vocación por amparar a los perdedores.


