Mayo, 2010


27
May 10

La gente que me escucha…


La gente que me escucha y me habla es la gente que viene a verme en las ciudades que visito, en este viaje a ninguna parte que comencé hace una semana y que, curiosamente, me lleva a todos lados, son los dueños de las sonrisas y las bromas que me regalan a cada escala de este periplo de maleta bajo el brazo y sueño atrasado y calor y hasta, como dice la canción, zapatos manchados por el polvo del camino.

Es la gente que espera paciente a que empiece el acto y la sala se llene con los rezagados, la que sonríe cuando hablo y me da seguridad porque sé que me entienden, no importa de qué provincia sean, los lectores que alzan la mano y preguntan y los libreros que les convocan, y les conocen la mayoría de las veces, y les llaman por su nombre y con los que compartimos, al final, alguna copa de vino y un pincho de tortilla.

Siempre están ahí. No me defraudan, hay libreros que decoran con mimo su local y ponen en el escaparate una mesa del restaurante Barbantesa decorada con los ejemplares de “Mantis” y, sobre ella, la carta con el menú compuesto por los títulos de los capítulos de mi libro; hay otros que se emocionan si los cito en los agradecimientos y hacen de una noche de viernes una velada de amigos con los que compartir anécdotas de gatos y veterinarios y los sabores de sus comidas que aparecían en “Y punto.”; hay editoras vocacionales que además trabajan en una librería y que abren champán cuanto terminas de hablar y analizan tu obra ante el público coruñés como las mejores críticas literarias, y vigueses que llenan toda una sala y se ríen con tus bobadas y te invitan a volver cuando quieras y que nunca te defraudan.

Y los libreros convocan a la prensa, y te reciben como si fueras de su familia, y la promesa de volver, y el agradecimiento por escribir y el tuyo, más que ninguno, porque te leen.

Esto fue Galicia la semana pasada, en Vigo (Casa del Libro); en A Coruña (librería Nós); en Betanzos (librería Donín) y en Pontevedra (librería Cronopios).

Estoy agotada, pero no me arrepiento. Y esta semana en las dos Castillas, en Zaragoza y el domingo en la Feria del Libro de Madrid. Que siga la fiesta.


24
May 10

El viaje a ninguna parte

El viaje a ninguna parte consiste en bajar de un altillo una maleta, llenarla con ropa que no se arrugue y te haga parecer presentable y digna, y maquillaje que te borre las ojeras, y sandalias cómodas, y cepillo y pasta de dientes, y un libro que sabes que no vas a leer porque te faltará tiempo para hacerlo, y despertadores que te arranquen a tiempo del sueño, y sonrisas que regalar, y ganas de escuchar y el secreto deseo de que te escuchen.

Consiste en iniciar un viaje en coche con la parte de atrás llena de bocadillos, botellas de agua fresquita, juguetes con que entretener el camino de los que viajan contigo, paciencia para los kilómetros que han de venir y un buen repertorio de ilusiones y amigos que sabes que te irán a ver, que te esperan en cada una de las paradas.

Luego llegas a una ciudad tras varias (muchas) horas de asfalto, te lavas la cara, te pintas los labios, te pones las sandalias cómodas y el vestido que no se arruga y que te hace parecer alguien, la cara de escritora que sabe lo que cuenta y por qué lo hace, y buscas la librería donde te esperan y te reciben con los brazos abiertos libreros que parece que te conocen de siempre porque te han leído y los lectores que en algún momento de despiste compraron tu obra y la leyeron, o te oyeron hablar en una entrevista y pensaron que sería agradable volver a oírte hablar pero en persona, y los comerciales de tu editorial que van a apoyarte o quizás, incluso, a hacer bulto prestos a llamar al resto de la familia por si hiciera falta, no sea que la autora se desilusione al ver la sala medio vacía de oyentes.

Pero eso nunca pasa. Siempre hay fieles que acuden, y los amigos de tus amigos de la ciudad que visitas, y lectores que son también como tus amigos, y despistados que pasaban por allí y decidieron quedarse, y hasta la madre de algún escritor vigués que la avisó para que no se perdiera mi actuación.

Y te sientas, y hablas, y todos sonríen y hasta te aplauden, y les firmas dos, cuatro, veinte, todos los libros que haga falta, y te despides con besos las promesas de fotos que aseguran que te enviarán y regresas al coche dispuesta a seguir quemando kilómetros hasta hacer cuatro ciudades en cuatro días, como los cómicos de antaño, sólo para llevar tu voz a donde haga falta, para vender una docena de libros más, para seguir adelante, para convencerte de que esto vale la pena porque, de verdad, la vale.


17
May 10

Sin prisa

En mi post anterior hablaba de los libros que voy a buscar a la biblioteca, y uno de los que he leído más recientemente es “El caso Arbogast”, de un alemán llamado Thomas Hettche a quien la crítica de su país lleva años alabando como joven promesa o, seguro que a estas alturas, ya valor consagrado y que aquí, en cambio, es totalmente desconocido.

He de admitir que no llegué a esta novela por instinto, buenas críticas (ya todas ellas pasadas, pues la obra no es reciente) o pura chiripa, sino por la recomendación ―¡ah, la bendita recomendación, que tanto favor nos hace a autores como yo!― de un magnífico lector y mejor bloguero, Ricardo Bosque, y que, si bien en el inicio de la novela, sin duda bien escrita, me pregunté adónde iría la trama, a medida que avancé en la lectura no pude despegarme de ella y sentirme cada vez más fascinada por la maestría del autor.

¿Por qué este enamoramiento? Porque posee una cualidad nada usual en los libros de publicación más reciente, la falta de prisa.

A mí me lo dicen los lectores, y es un requisito que sé que se maneja en las editoriales, y lo encuentro en los bestsellers más vendidos y en las películas más vistas: el vértigo, el correr, el contarlo todo en los cinco primeros minutos o folios, el no dar pausa ni tregua al lector o al espectador… En resumen: la prisa.

Se ve que tenemos todos tan poco tiempo que ni una oportunidad damos a las historias de desarrollo pausado, que avanzan incrementando cada vez más la tensión y empiezan con calma para irse acelerando, o desarrollando, o atrapándonos, poco a poco. Por eso, también, ya no nos paramos a escuchar las batallitas de los viejos y cortamos a los niños de malos modos cuando quieren liarnos con alguno de sus cuentos de lengua de trapo.

Pero esta novela no se arredra, ni se deja importunar, y avanza lenta pero segura y nos enreda, y seduce, y atrapa sin hacernos correr pero, tampoco, dejarnos escapar.

Bravo por la maestría del autor y por su valor. Por resistir, por la mesura y la calma, por escribir bien, por devolvernos la fe en valores que no tendrían que caer en desuso, que no deberían perecer jamás.


14
May 10

Libros en espera

Antes de nada, comencemos reconociendo las que, para muchos, podrían ser las estúpidas creencias de cada cual: yo creo que los objetos tienen vida. Y no me refiero a “vida inanimada”, como las plantas, que se limitan, en el pleno sentido de la palabra, a vegetar, sino vida de la de verdad, con pensamientos propios, sentimientos, odios y filias. Pero no todos los objetos, sólo algunos. En concreto los libros y los juguetes, y quizá también algunos otros objetos de uso personal, como zapatos, ropa o joyas, pero eso está todavía por demostrar.

Con respecto a libros y juguetes, eso sí, tengo plena certeza ya que, sin ir más lejos, conozco a una perra de peluche llamada Pepa capaz de ahuyentar por sí sola a las más siniestras pesadillas. Y, en cuanto a los libros, me los imagino pegados o incluso apechugados, tapa con tapa, en los estantes de las librerías caseras y comerciales hablando entre sí con conversaciones que sonarían a nuestros oídos como susurros de páginas pero que tendrían, lo sé, la enjundia de las que mantenían los árboles en el bosque animado de Wenceslao Fernández Flórez.

Estoy segura de que los libros tienen su orgullo, y sus complicados sistemas de castas y clases, igual que nosotros, y que el lugar donde éstos se muestran más feroces es, sin duda, no ya la feroz mesa de novedades, sino las baldas de las bibliotecas.

Últimamente, no ya por la crisis, que hace desistir a tantas personas de comprar libros, sino por la recién citada ferocidad de las mesas de novedades, que hace que los libros desaparezcan y se descataloguen a velocidad de vértigo, me he hecho usuaria de la biblioteca de mi barrio, a la que acudo con frecuencia para localizar libros que me ayuden en la maravillosa pero ingente tarea de documentarme para mi próxima novela. Siempre me quedo prendada de la hojita de papel adherida con pegamento al ejemplar en donde se detallan las fechas de pedido y devolución de la obra. Es como un código secreto que me esfuerzo por desentrañar, como el movimiento de las bandadas de pájaros o los bancos de peces en el aire o en el mar, imprevisible pero tan matemáticamente ejecutado que una no puede dejar de sospechar que hay señales susceptibles de ser interpretadas sólo por los iniciados en su magia secreta.

¿Por qué un libro se ha pedido sólo dos veces en el año de su incorporación a la biblioteca y luego, tras tres años de abandono, vuelve a ser solicitado con insistencia en los últimos meses? ¿Por qué el que tú buscas no se ha pedido en décadas y, justo el mismo día antes de que vayas a por él te lo quita otro lector de las manos? ¿Se mirarán ellos con envidia o condescendencia o incluso por encima del hombro ―o del lomo― orgullosos de ser los más reclamados unos, los más humillados y olvidados otros?

Nadie puede afirmarlo, pero yo sé que lo hacen, y que unos sufren por el olvido y otros, no necesariamente los mejores, se jactan del favor de un público tan impredecible como voluble o esquivo. Por eso yo, en cuanto compruebo que el que acabo de rescatar viene a mis manos tras años de indiferencia, indefectiblemente me alegro de haberlo hecho.

No puedo evitarlo, siempre he tenido una extraña vocación por amparar a los perdedores.


11
May 10

Lo que me gusta y lo que no

Está visto que una pretende ser elegante y no le dejan. Está visto que lo que todos queremos es marcha, como dice la canción, y valor, y mojarse, y al toro.

Pero con precauciones.

Dice la leyenda que un día a un escritor le pidieron en un suplemento cultural una lista de las obras que había leído últimamente, las más recientes, y de autores contemporáneos y, a poder ser, nacionales, y el muy osado la dio, y además con motivos y argumentos de por qué o por qué no le gustaban ésas y no otras novelas. Luego, pasados los días, se inauguró la feria del libro de su localidad, y cuando fue a ir a firmar a la caseta que le correspondía notó como que le llovía encima. Pero sólo a él.

Entonces comprendió de la necesidad de, a partir de ese día, cada vez que acudiera a un acto literario, llevar paraguas.

Pues bien, queridos amigos, como soy osada, pero no imprudente, he decidido hacer una lista muy muy muy abierta de novelas que me gustan o no y por qué, dejando a cada uno de los inconscientes lectores de este blog la libertad necesaria para poner nombres o títulos donde yo sólo daré argumentos y motivos, muchos de ellos obvios.

Empezaré con las novelas. Ahí va:

NO ME GUSTAN las novelas mal escritas.

NO ME GUSTAN las novelas que tienen contraportadas que destripan el argumento.

NO ME GUSTAN las novelas que tienen portadas que imitan a otras portadas de novelas de éxito.

NO ME GUSTAN las novelas que empiezan bien y acaban mal.

NO ME GUSTAN las novelas que empiezan mal y acaban peor.

NO ME GUSTAN las novelas terminadas con prisas para llegar a tiempo a un plazo o a un premio.

NO ME GUSTAN las novelas que llevan una faja que avala su calidad en base a la cantidad de ejemplares vendidos.

NO ME GUSTAN las novelas que llevan fajas que nombran a Bolaño o a Stieg Larsson, autores muertos que vete tú a saber qué estaban leyendo antes de morir y por qué variados motivos.

NO ME GUSTAN las novelas deprimentes.

NO ME GUSTAN las novelas que justifican lo mal escritas que están en base a lo trepidante de su trama.

NO ME GUSTAN las novelas que, para ser definidas, deben compararse a otras novelas que, indefectiblemente, fueron un éxito.

NO ME GUSTAN las novelas que son la versión española de un éxito internacional.

Y NO ME GUSTAN las novelas que no se defienden solas.


6
May 10

Cuentos de hadas

Como ando por ahí dando entrevistas y diciendo que mi novela es como un cuento de hadas envenenado, hay periodistas que suelen preguntarme por mi cuento de hadas favorito. Hay muchos, y yo no soy muy de elegir ni hacer listas, como el protagonista de “Alta fidelidad” ni, en absoluto, atreverme a quedarme, de todos los discos, de todas las películas, de todos los cuentos, con uno. Así que al final, descorazonados, terminan por preguntarme, al menos, por el último que he leído.

Y ése sí lo sé: “Matar un ruiseñor”.

Tengo que confesar que vi la película antes, lo cual tampoco es malo en un buen número de casos de adaptaciones cinematográficas de obras literarias; y tengo que confesar que, si bien caí presa del encanto serio y contenido de Atticus (o Gregory Peck, sin duda de Óscar), no terminé de ver claro por qué ese personaje se había convertido en un mito, hasta tal punto que muchos de los que luego se matriculaban en Derecho en los Estados Unidos a lo que aspiraban de mayores era, en el fondo, a ser como él.

A mí quien me fascinaban eran los niños, los dos, y su amigo, que luego supe que estaba inspirado en la descripción que de sí mismo y su niñez Truman Capote hizo a la autora de la novela, Harper Lee.

El caso, para no seguir con la lluvia de datos, es que hace poco que he terminado de leerla y no puedo quitarme de la cabeza ni a los personajes, ni a sus historias, ni al barrio y el mundo en el que viven, un mundo de locos y perros rabiosos, de iglesias diferentes para negros y blancos, de tesoros ocultos en los huecos de los árboles y niños sin madre intrépidos y desvergonzados, un poco insensibles, como se definen en “Peter Pan”, y totalmente desavisados de los peligros que les acechan.

Soy muy llorona, no es la primera vez que lo digo, por lo que no sé cuánto de mérito tendrá que esta novela me haya hecho reír a carcajadas, sonreír con cara de boba y llorar unas cuantas veces.

Lo que me pregunto es por qué ninguna novela reciente me ha hecho sentir lo mismo y, sin embargo, estos niños que ahora serían ancianos me recuerdan tanto a mí y a mi propia infancia.

Tal vez porque, cuando se cuenta con sinceridad, es un patrimonio eterno y atemporal. Como los cuentos de hadas, como los niños que nunca crecerán sobre el papel.