
La gente que me escucha y me habla es la gente que viene a verme en las ciudades que visito, en este viaje a ninguna parte que comencé hace una semana y que, curiosamente, me lleva a todos lados, son los dueños de las sonrisas y las bromas que me regalan a cada escala de este periplo de maleta bajo el brazo y sueño atrasado y calor y hasta, como dice la canción, zapatos manchados por el polvo del camino.
Es la gente que espera paciente a que empiece el acto y la sala se llene con los rezagados, la que sonríe cuando hablo y me da seguridad porque sé que me entienden, no importa de qué provincia sean, los lectores que alzan la mano y preguntan y los libreros que les convocan, y les conocen la mayoría de las veces, y les llaman por su nombre y con los que compartimos, al final, alguna copa de vino y un pincho de tortilla.
Siempre están ahí. No me defraudan, hay libreros que decoran con mimo su local y ponen en el escaparate una mesa del restaurante Barbantesa decorada con los ejemplares de “Mantis” y, sobre ella, la carta con el menú compuesto por los títulos de los capítulos de mi libro; hay otros que se emocionan si los cito en los agradecimientos y hacen de una noche de viernes una velada de amigos con los que compartir anécdotas de gatos y veterinarios y los sabores de sus comidas que aparecían en “Y punto.”; hay editoras vocacionales que además trabajan en una librería y que abren champán cuanto terminas de hablar y analizan tu obra ante el público coruñés como las mejores críticas literarias, y vigueses que llenan toda una sala y se ríen con tus bobadas y te invitan a volver cuando quieras y que nunca te defraudan.
Y los libreros convocan a la prensa, y te reciben como si fueras de su familia, y la promesa de volver, y el agradecimiento por escribir y el tuyo, más que ninguno, porque te leen.
Esto fue Galicia la semana pasada, en Vigo (Casa del Libro); en A Coruña (librería Nós); en Betanzos (librería Donín) y en Pontevedra (librería Cronopios).
Estoy agotada, pero no me arrepiento. Y esta semana en las dos Castillas, en Zaragoza y el domingo en la Feria del Libro de Madrid. Que siga la fiesta.






