Últimamente hablo mucho de los cuentos. Los cito cada vez que alguien me pregunta por los orígenes o las fuentes de “Mantis” y explico sin reparos el porqué de equiparar a Teresa, su protagonista, con una doncella presa de una maldición; a Ofelia, su madre, con la bruja más piruja o a Germán, el papparazzo, con un príncipe azul a lomos de una Harley.
Lo cierto es que los cuentos de hadas, de damas hechizadas, de Santas Compañas y montes oscuros y perdidos, me acompañan desde niña y, ahora lo sé, no hace mucho que acabo de descubrirlo, son el origen de mis ganas de escribir y, más que probablemente, la causa última o primigenia de mis historias y de que vosotros estéis leyéndome, desde donde sea, al otro lado de la pantalla, ahí.
De niña siempre estaba enferma y alrededor de mi cama siempre había alguien dispuesto a entretenerme con un cuento. Pero cada vez son menos los que lo hacían, tantos años atrás, y todavía viven para recordármelo.
Se van yendo poco a poco, van dejándome cada vez más sola, y desguarnecida, me dejan perdida, tanto como cuando era niña, aburrida y confusa, atrás.
Hoy se ha ido una de esas personas, tenía muchos, muchos años, y era pequeña y frágil como la niña que un día me dijo que fue, una que se metió en una cueva encantada y encontró un cocodrilo allí adentro con sus ojos de cristal. Tenía malas pulgas, y la piel tan delicada y blanca que era casi translúcida, y casi cien años y mucha paciencia y amor por las plantas y perejil plantado en tiestos en el alféizar de su ventana y una piel de nutria que cazó su padre sobre la cama y muñecas de porcelana durmiendo en sus almohadas y golondrinas azules y rosas y negras colgadas de las paredes de su cocina.
No diré cómo se llamaba. Sólo que la quería. Que tenía que irse pero no sé por qué nunca pensé que fuera a hacerlo. Ya sé que soy tonta, pero las niñas somos así, ingenuas y estúpidas, caprichosas y egoístas, siempre queremos una última historia y exigimos a los más viejos que nos la cuenten una y otra vez y, si por nosotras fuéramos, no les dejaríamos jamás abandonarnos, nunca permitirnos dejar de ser pequeños, no parar de hablar y seducirnos jamás.
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La vida es así. No vale darle vueltas. Es ley. Habrá mil frases más en el botiquín de emergencias donde los profesionales de las despedidas guardan su ajuar. Yo jamás supe qué decir. “Lo siento mucho” es lo más que me arranco a pronunciar. Odio los funerales.
La última vez que participé en uno, (asistir es limitarse a mirar), fue en febrero. La iglesia, pequeña de por sí, se quedó diminuta. Cinco grados en la calle. De pie. Trajeado y sólo. Así viví la despedida que tronaba a todo gas por los altavoces. Luego en la cola, esa cosa horrorosa, en la que uno muestra sus respetos al difunto. Un carrusel de caras, que desfila ante familia y féretro, me salté el protocolo. Me salí de la fila para dar un beso a la viuda y a los mellizos. Y con la vista nublada volví al trenecito tratando de no golpearme con nada. Andrés era un tipo de esos que todo lo que tienen de grande , lo tienen de bueno. De esos que tenías que escuchar con atención sí o sí. Que hablan bajito. Despacio. Rozaba los 40 y la puerta de su casa cuando una carretera por la que bajaba dos veces todos los días, aparcó su vida para siempre en una cuneta. La vida, que es así…
Así que despues de bajar al cementerio, cuando todos se fueron. Me quedé un rato más, para echarle la bronca. Que no se puede hacer esto Andrés. Que tú no deberías irte. Que contaba contigo…
Hoy 21 de abril mi Samuel cumple 7 años. Hoy se levantó sin ayudas y corrió hasta mi cuarto para soltarme un “¿no tienes que decirme nada papá?” todo sonrisa coja él, desdentaíto mío. A la salida del cole las mamás y los compis le felicitaban. No vamos a celebrarlo. Bien que me jode. Aun quedan cuatro meses muy achuchados para poder sacar la cabeza de este túnel crisiaco. Cuento los días. Los cumpleaños son para los niños. Algo inventaremos en agosto…
… la vida, que tiene estas cosas.
Es que sin cuentos no se puede vivir.
Lo sentimos mucho. Pensamos mucho en ti.
Tilda y su humano.