En esto consiste un plan de promoción: te levantas un domingo y te pones a cocinar para dejar víveres hechos, y la casa lo más recogida posible, y tu ropa planchada porque luego, entre semana, ya no podrás detenerte a hacerlo. Luego buscas el bolso más grande y contundente que tengas y lo llenas con todo aquello susceptible de ser necesitado a lo largo de tu gira: desde un rodillito de ésos que tienen un papel adhesivo que se lleva las pelusas de tu ropa a un cepillo plegable para el pelo, otro para los dientes, el cargador del móvil, caramelos para la tos por si se te va la voz, una novela para leer en los trayectos eternos de los trenes, barra de labios, libreta para anotar las mil ideas que se me vienen a la cabeza en esos viajes y, por supuesto, un par de bolígrafos para firmar lo que se ponga por delante.
Luego dejas tu ropa bien preparada, todo listo para no tener que despertar a nadie a las tantas de la mañana, el despertador a su hora, y otro más en algún lugar insospechado de la casa, para que no se te peguen las sábanas, y te vas a dormir soñando con los angelitos, o con preguntas aviesas de los periodistas (ésas que siempre temes y nunca llegan porque son las que tienes dentro de ti y ellos son mucho más educados de lo que aparecen en las pesadillas, barbaridades, del tipo “¿Es usted una impostora?”, o “¿No le han dicho nunca que su novela es rematadamente mala?”), o con las listas de los libros más vendidos que vuelan como cometas sobre tu cabeza y te hacen sentir que nunca las alcanzarás.
Al día siguiente, poco más de cuatro o cinco horas después de acostarte, suenan los despertadores y te duchas, y desayunas, y te vistes y te pintas y sales a la calle de noche y coges un taxi y luego un tren o un avión y el lunes estás en Santiago, el martes en Ferrol, el miércoles pasas por casa a media tardes y vuelves a planchar ropa y hacer comida, el jueves en Barcelona y el viernes en Sevilla bajo un chaparrón y no paras de hablar y sonreír y tomar cafés que revuelves con parsimonia mientras piensas tu próxima respuesta pretendiendo inútilmente que sea original.
Te felicitan, te hacen preguntas nuevas que nunca esperas, y tú en las estaciones te fijas en las librerías de paso y en sus escaparates y estanterías soñando con ver tu libro. Está ahí, a prudencial distancia de los verdaderos bestsellers, y siempre te preguntas para qué sirve esto, si realmente los lectores que buscan estarán escuchando al otro lado del receptor, y si les gustará oírte o, por el contrario, estarán ya a estas alturas hartos de ti. Si siempre, por más que te esfuerces, seguirán ganando los mismos. Si, por una vez, sólo por una, alguien lo logrará y el pez grande será comido por el chico.
Tags: Mantis


Bienamada;
Sí que es una paliza en toda forma, pero ¿qué le vamos a hacer? Es parte del territorio. Pero esto no es en vano — tal vez ahora no lo sepas, pero yo sí.
Déjame que te cuente, desde el otro lado del cristal, cómo se ven las cosas: tomemos de ejemplo la Librería de Bolsillo (Adosinda 3, en esta pequeña ciudad junto al mar, en el Norte, más conocida por Xixón). La librería,propiedad de mi amigo Valentín, es pequeña, de barrio, pero se sostiene bien precisamente gracias a una clientela fiel.
Tilda y el de la voz hacemos tertulia regular ahí por las tardes, es nuestro Je Reste. Enonces, vemos y llevamos el termómetro.
Hasta hoy, a casi dos semanas de aparecer ‘Mantis’, se han consumido cinco porciones, eso sin contar la propia. Dos de ellas, cuando, Tilda en regazo, leo partes de ella en voz alta — ostensiblemente a Valentín, pero llamando la atención de dos clientes curiosos, una es de nuestras regulares y muy adepta a Mankell, Fred Vargas y anexas, el otro es un espontáneo que entró de la calle-, hay sonrisas y desazón conforme avanzo por el capítulo (la descripción de la comida en Barbantesa con dos personajes sui-géneris). Termina en que pregunten ¿qué es esto? ¿Lo tiene? Y sí, claro.
Valentín ha ordenado más ejemplares. El sábado aparecerá una reseña a media plana, a nivel Asturias, que firma un tal Miguel Cane (ese marica estridente e inoportuno con el que a veces me confunden ¡horror al crimen!) en El Comercio. Previendo esto, Valen desea tener algo más en almacén, por si las dudas. Cuando ése Cane reseñó la reedición de Anna Karenina, se vendieron un par de ejemplares – y era la reedición de 40€ de Alba.
Al margen, Fani, la esposa de Valentín, preside y organiza un club de lectura y se ha hecho de un ejemplar de bolsillo de las aventuras y desventuras de Clara Deza. Le ha gustado lo suficiente como para anexarlo a la lista de lecturas del grupo — que ha leído a Carlota Brontë, Jean Rhys, Joyce Carol Oates, Pahnuk y Capote, siendo los únicos españoles hasta ahora Lorenzo Silva y ahora vuestra elegante merced- así que habrá pronto una orden de 20 ejemplares de Y punto. , en bolsillo, para ser leídos.
Como ves, la paliza no es infructuosa. Tu voz se deja oír, fuerte y clara, sin necesidad de amplificadores ni de caramelos de orozúz. Estás presente: Teresa se manifiesta y cuenta su historia, sirve sus platos a más y más, y más comensales.
Tilda y yo observamos, nos regocjamos (necesitábamos algo que nos regocijase, tú sabes de nuestra ilusión esperando esto) y por supuesto, recomendamos la especialidad del menú, a beneplácito de Valentín, que lucha la lucha del librero independiente y diminuto, pero tenaz.
No sé si la gira te traiga a esta esquina, o será hasta el verano que te veamos, pero sábete tan querida, adorada, sazonada, horneada, perfumada y deleitada como siempre, vida-de-mi-vida.
Y la gira, sigue. Y nosotros, a cada paso detrás de ti.
Amorosamente,
Tilda y su humano.
Paciencia!!!