Abril, 2010


28
Abr 10

Tiempos modernos

Llevo ya varios días de entrevistas y promoción y, claro, hablo bastante de los cuentos de hadas y de cómo están tan presentes en “Mantis”. Como una cosa lleva a la otra, y como pareciera que ahora los cuentos se han puesto de moda gracias a cierta ministra empeñada en borrar del mapa a las princesas fregonas, terminé recordando una canción de mi adolescencia muy pegadiza, de un grupo llamado La Mode y, como sé que todo está, no ya en los libros, como decía la sintonía de un programa televisivo, sino en Youtube, finalmente di con ella. El tema en cuestión se llama “La evolución de las costumbres”, y el estribillo seguro que sigue grabado a fuego en las retinas de muchos. Venía a decir algo así como: “Son los tiempos modernos que nos toca vivir, se acabó el sueño eterno, es mejor no reír. Se hacen ferias de muestras, de la modernidad, a los cuentos de niños se les cambia el final”. Pero también se habla de alimentar cuervos, y necios conjurados y hadas robadas y magia perdida.

Lo curioso es que la canción tiene al menos veinte años y, si las escuchas ahora, es absolutamente vigente y su letra un prodigio. Yo vi el vídeo (hecho para un mítico programa, “La Bola de Cristal”, que nos ha formado a tantos) y no pude evitar pensar que otros más recientes son puros hijos de éste y las reflexiones de la canción, tan antiguas, con esos simcas que se ven por detrás del grupo en la pantalla, son mucho más profundas y certeras que muchas de las bobadas que nos ponen hoy en la radio.

He aquí el enlace, http://www.youtube.com/watch?v=hIsiglRGR54 , pinchadlo, vale la pena.

Y otro día sigo con los cuentos (si es que la canción no lo ha dicho ya todo) y con el pop español.


26
Abr 10

Las otras

Hace dos o tres días recibí un email de un amigo. Pendiente de mí, como buen amigo cercano, y sabedor de cuánto soy yo reacia a hacerlo (tanto como a oírme cuando emiten una entrevista grabada porque siempre me parece que hablo fatal y que con lo de las erres no se entiende nada; tanto como a verme en las fotos que los medios publican de mí, siempre hablando y con la papada colgando, siempre más gorda de lo que yo me veo frente a mi espejo de todos los días), se tomó la molestia de teclear mi nombre y el de mi novela y me buscó en Internet.

Consternado, constató que hay más Mercedes Castro que yo.

Tuve que calmarle, casi hasta consolarle, y convencerle de que yo soy más que consciente de que mi nombre es de lo más común. Luego, presa de la curiosidad pero resistiéndome todavía a buscarme, que Google es veneno para el ego, tanto da si es para subirlo como para bajarlo, le pregunté por las otras Mercedes Castro.

Una es actriz, y gallega como tú, me informó, y tiene un blog con un toque intimista muy real.

La otra (aunque habrá más, no me cabe duda) es mexicana y cantante de rancheras. Sale en las fotos con corbatín y sombrero de ala anchísima y tiene un montón de discos a sus espaldas.

Él lo comentaba asombrado, sorprendiéndose más todavía de que, al parecer, cualquiera de las dos tuviera más entradas en Internet que yo.

Yo me reí porque, realmente, lo de las entradas me importa muy poco y lo de que puedan confundirme algún día con una aguerrida cantante de rancheras me hace bastante gracia.

Pero más tarde, por la noche, justo antes de dormirme, pensé en esas otras Mercedes Castro que no soy. Actuando bajo los focos ambas, una sobre las tablas de un escenario, la otra tal vez en un plató. Me pregunté cómo sería vivir en su piel y cómo, tal vez, se verían ellas en la mía, y me planteé buscarlas y proponerles un intercambio de personalidades.

Aunque fuera sólo por unos días, lo más probable es que fuera una experiencia edificante y la mar de educativa.


21
Abr 10

El fin de los cuentos

Últimamente hablo mucho de los cuentos. Los cito cada vez que alguien me pregunta por los orígenes o las fuentes de “Mantis” y explico sin reparos el porqué de equiparar a Teresa, su protagonista, con una doncella presa de una maldición; a Ofelia, su madre, con la bruja más piruja o a Germán, el papparazzo, con un príncipe azul a lomos de una Harley.

Lo cierto es que los cuentos de hadas, de damas hechizadas, de Santas Compañas y montes oscuros y perdidos, me acompañan desde niña y, ahora lo sé, no hace mucho que acabo de descubrirlo, son el origen de mis ganas de escribir y, más que probablemente, la causa última o primigenia de mis historias y de que vosotros estéis leyéndome, desde donde sea, al otro lado de la pantalla, ahí.

De niña siempre estaba enferma y alrededor de mi cama siempre había alguien dispuesto a entretenerme con un cuento. Pero cada vez son menos los que lo hacían, tantos años atrás, y todavía viven para recordármelo.

Se van yendo poco a poco, van dejándome cada vez más sola, y desguarnecida, me dejan perdida, tanto como cuando era niña, aburrida y confusa, atrás.

Hoy se ha ido una de esas personas, tenía muchos, muchos años, y era pequeña y frágil como la niña que un día me dijo que fue, una que se metió en una cueva encantada y encontró un cocodrilo allí adentro con sus ojos de cristal. Tenía malas pulgas, y la piel tan delicada y blanca que era casi translúcida, y casi cien años y mucha paciencia y amor por las plantas y perejil plantado en tiestos en el alféizar de su ventana y una piel de nutria que cazó su padre sobre la cama y muñecas de porcelana durmiendo en sus almohadas y golondrinas azules y rosas y negras colgadas de las paredes de su cocina.

No diré cómo se llamaba. Sólo que la quería. Que tenía que irse pero no sé por qué nunca pensé que fuera a hacerlo. Ya sé que soy tonta, pero las niñas somos así, ingenuas y estúpidas, caprichosas y egoístas, siempre queremos una última historia y exigimos a los más viejos que nos la cuenten una y otra vez y, si por nosotras fuéramos, no les dejaríamos jamás abandonarnos, nunca permitirnos dejar de ser pequeños, no parar de hablar y seducirnos jamás.


19
Abr 10

La paliza

En esto consiste un plan de promoción: te levantas un domingo y te pones a cocinar para dejar víveres hechos, y la casa lo más recogida posible, y tu ropa planchada porque luego, entre semana, ya no podrás detenerte a hacerlo. Luego buscas el bolso más grande y contundente que tengas y lo llenas con todo aquello susceptible de ser necesitado a lo largo de tu gira: desde un rodillito de ésos que tienen un papel adhesivo que se lleva las pelusas de tu ropa a un cepillo plegable para el pelo, otro para los dientes, el cargador del móvil, caramelos para la tos por si se te va la voz, una novela para leer en los trayectos eternos de los trenes, barra de labios, libreta para anotar las mil ideas que se me vienen a la cabeza en esos viajes y, por supuesto, un par de bolígrafos para firmar lo que se ponga por delante.

Luego dejas tu ropa bien preparada, todo listo para no tener que despertar a nadie a las tantas de la mañana, el despertador a su hora, y otro más en algún lugar insospechado de la casa, para que no se te peguen las sábanas, y te vas a dormir soñando con los angelitos, o con preguntas aviesas de los periodistas (ésas que siempre temes y nunca llegan porque son las que tienes dentro de ti y ellos son mucho más educados de lo que aparecen en las pesadillas, barbaridades, del tipo “¿Es usted una impostora?”, o “¿No le han dicho nunca que su novela es rematadamente mala?”), o con las listas de los libros más vendidos que vuelan como cometas sobre tu cabeza y te hacen sentir que nunca las alcanzarás.

Al día siguiente, poco más de cuatro o cinco horas después de acostarte, suenan los despertadores y te duchas, y desayunas, y te vistes y te pintas y sales a la calle de noche y coges un taxi y luego un tren o un avión y el lunes estás en Santiago, el martes en Ferrol, el miércoles pasas por casa a media tardes y vuelves a planchar ropa y hacer comida, el jueves en Barcelona y el viernes en Sevilla bajo un chaparrón y no paras de hablar y sonreír y tomar cafés que revuelves con parsimonia mientras piensas tu próxima respuesta pretendiendo inútilmente que sea original.

Te felicitan, te hacen preguntas nuevas que nunca esperas, y tú en las estaciones te fijas en las librerías de paso y en sus escaparates y estanterías soñando con ver tu libro. Está ahí, a prudencial distancia de los verdaderos bestsellers, y siempre te preguntas para qué sirve esto, si realmente los lectores que buscan estarán escuchando al otro lado del receptor, y si les gustará oírte o, por el contrario, estarán ya a estas alturas hartos de ti. Si siempre, por más que te esfuerces, seguirán ganando los mismos. Si, por una vez, sólo por una, alguien lo logrará y el pez grande será comido por el chico.


7
Abr 10

¿Qué hay de nuevo?

Bugs BunnyBueno, pues ya estoy aquí otra vez. Dando la vara.

Me encantaría que este blog tuviera voz, pero no la mía, que me canso de arrastrar erres y con los años cada día pesan más y avergüenzan menos. Una como de dibujos animados estaría bien. Sí, la de Bugs Bunny royendo una zanahoria y diciendo, con esa ironía característica el “¿Qué hay de nuevo, viejo?” que tan famoso le hizo. Sé que debería ponerme en plan autor, con ya una novela a mis espaldas y otra recién nacida, y apoyar una mano en el mentón y enarcar una ceja y dármelas de escritora y decir todo eso de que esta obra me confirma como narradora y corrobora mi talento pero, la verdad, ni yo termino de creérmelo. Por eso opto por la caricatura y, si procede, incluso por el esperpento, y por eso elijo también a un conejo dibujado en un papel para saludaros.

Yo antes tuve un blog, el que escribí durante el tiempo que duró la sorprendente, por larga, promoción de mi anterior (y primera) novela, Y punto., y es probable que muchos de los que me leyeron vayan a seguir haciéndolo ahora. A ellos, que ya me conocen, y a los que vengan (y que bienvenidos serán), cabría advertirles acerca de un par de cosas, para que luego no se diga que no avisé:

1. Mi propósito inicial al inaugurar mi primera bitácora, hace ya dos años atrás, era contar en primera persona cómo una autora novel vivía el lanzamiento de su primera novela, una obra un tanto atípica, y a qué nuevos retos enfrentarse una vez concluido el reto de haberla escrito. Ahora, mi propósito es básicamente el mismo: con lo que ya sé, con lo que he vivido, vayamos a la aventura de promocionar la segunda, si no perezco en el intento.

2. ¿Cómo soy ante la campaña que se avecina? La misma, pero más mayor y, por tanto, no puedo negarlo, más descreída. Espero que más irónica y, pese a todo, menos dolorida.

3. Y, como diría Perales en su obra maestra: ¿Y cómo es ella?

Me refiero, claro está, a Mantis, y a su protagonista, Teresa.

Pero es demasiado largo para contarlo ahora, puede que sea mejor comenzar a ser algo malévola y dejarlo para el siguiente post.

Ahora, si me lo permitís, me despediré recordando aquélla primera intervención en el blog a raíz de Y punto.: decía que escribir era para mí como abrirme en canal y mostrar las entrañas al aire.

Sigo pensando lo mismo, pero me he tomado las molestias de cortar la carne en filetes, adobarla, cocinarla y servirla acompañada de una fina salsa de intriga, amor, humor, dolor, sexo y melancolía.

Pasen y lean, y coman, y llénense las tripas.

La cena está servida.

► Contacto para los lectores: mercedescastro123@hotmail.com