Llega el veranito y me puede la vagancia. No sé si se me nota, supongo que sí, porque tengo el blog tan poco alimentado de contenidos que se diría ya que está famélico.
A mí lo que me gusta en verano es tirarme a la bartola en la playita y rascarme el barrigón mientras oigo de fondo el ruido del mar, llevarme una novela bien tocha a la orilla y sentarme a leer sintiendo cómo al pasar las páginas cruje la arena que se cuela entre ellas e ir poco a poco quedándome dormida con el ejemplar abierto sobre mi tripa para descubrir, al final de la tarde, que estoy más roja que una gamba por el sol exceptuando la zona en que el libro me protegió con sus páginas del maldito ozono (si es que no se ha derretido y la pasta de papel se ha quedado pegada a mi piel y las páginas me han tatuado de letras el ombligo, que todo puede ser).
Así eran los veranos de mi juventud y adolescencia, veranos de tardes eternas y de playas sin horario, de libros sólo para mí y nulas obligaciones, de bocatas de jamón y polos de limón.
Luego crecí y vinieron los suspensos y las horas de estudio al caer la tarde. Cuando conseguí un curro que me pagara las vacaciones volví a vaguear durante todo un mes, y aunque se me hacía corto respecto a los interminables veranos del estudiante, sabía sacarle partido.
Ahora he crecido más todavía, hasta he publicado una novela, hay que ver, y ya está todo definitivamente perdido: mi próximo verano, éste en el que ya estoy metida, se plantea lleno de trabajo.
Primero me iré a Gijón, a comer fabada y beber sidra durante la Semana Negra, y más tarde me escaparé a Galicia a seguir firmando ejemplares de “Y punto.” en tres librerías. Hay que ver qué dura es la vida, comer tortilla en Betanzos antes de ir a firmar a Donín el lunes 21 de julio, en donde creo que hasta darán una copita de vino, sin duda para motivarme; darme una vuelta por la calle Dolores de Ferrol, pillarme un cucurucho de helado de fresas con nata en Ramos y seguir firmando en la Central Librera Uno el martes 22 animada por la conversación de Miguel Justo, marcharme hasta A Coruña, seguir con los helados en las terrazas de los soportales de la plaza de María Pita, para coger fuerzas, y firmar en Arenas el miércoles 23 hasta que llegue la hora de acercarse hasta La Bombilla a por unos pinchos que me reanimen después del agotador ejercicio de mover un boli sobre un papel…
Si es que la vida del escritor es esclava como pocas.
Acercaos, venid a hacerme una visita en cualquiera de esos días, y os lo cuento en persona. A ver si entre todos aliviamos un poco mi sufrimiento.

