Como parte de la resaca de mi trabajo como editora, a veces amigos, conocidos, colegas, me encargan cosillas, pequeñas chapuzas, algún que otro informe de lectura, un dossier de prensa y, eso lo resaltan mucho todos, mi más sincera opinión.
Y yo, que soy una viciosa, como una de las cosas que más placer me ha proporcionado en la vida ha sido desvirgar libros, pues no me resisto y no me atrevo nunca a decir que no. Por eso este fin de semana de fútbol, pasiones desatadas y borracheras en las calles con la excusa de la selección y alegría sana y vandalismos varios y cláxones a las 5 de la mañana y viva la madre que los parió, me lo he pasado tirada en un sillón, acrecentando con paciencia mi ya desbordada celulitis y leyéndome una novela de casi 700 páginas que, ella sí, estaba repleta de pasión, y sexo, y hasta religión, y sentimientos y sensaciones desbordadas.
Ah, qué gustazo, y también, ah, qué horror.
Me explico, y de paso explico también lo de desvirgar originales, no vaya a ser que alguien se lo tome por el lado malo (es decir: el bueno): abrir un manuscrito que muy poca gente ha leído antes, quizás el autor y su madre, o su novia, o en todo caso su agente literaria, toquetear las páginas y descubrir las pequeñas erratas que luego los correctores eliminarán, los sentimientos a flor de piel demasiado evidentes que luego algún editor pulirá, hasta los lapsus involuntarios en lo escrito que revelan, en plan psicoanalítico mucho más de lo que el escritor querría (como aquella vez que en un ensayo sobre Juan Ramón Jiménez un escritor siempre se refería a “Putero y yo”) es un privilegio tan sólo comparable a, en mi caso, estrenar zapatos nuevos.
Y, en cuanto a la novela que me enviaron para que, tras leérmela, les redactara un par de propuestas de contraportada, recién traducida y aún con erratas y deslices que sé que nunca llegarán a la imprenta porque sus editores son gente seria, es una de las primeras novelas de una de mis autoras favoritas, A. S. Byatt, cuya Posesión me ha tenido poseída desde que la leí el año pasado (está en la colección de compactos de Anagrama, bien barata, pero advierto de que es bastante densa), y cuando me refiero al horror que va junto al placer a lo que aludo es a esa desazón que te entra cuando, al cerrar un libro que aún no ha sido publicado, sabes que se trata de una de esas obras que nunca llegará a ser mayoritaria, que la apreciarán unos pocos, los pacientes, los elegidos, los que miran más allá de la mesa de novedades. Se titula La virgen en el jardín y la publicará Alfaguara en muy breve tiempo.
Cómo querría que la disfrutara todo el mundo aunque, por otra parte, tal y como está el patio, ya dudo de cuántos serán capaces de imbuirse en ella, de leerla hasta el final, de comprenderla, me llena de pavor saber que estará en los escaparates, en las librerías, sola y desamparada como a un niño que se deja uno olvidado en unos grandes almacenes. Me alegra que la publiquen, sí, pero por otro lado me lleva la pena, penita, pena.
Pd. Aun así, la recomiendo encarecidamente a los que tenga buen gusto por la Literatura con Mayúscula.


