Junio, 2008


30
Jun 08

Pena, penita, pena.

Como parte de la resaca de mi trabajo como editora, a veces amigos, conocidos, colegas, me encargan cosillas, pequeñas chapuzas, algún que otro informe de lectura, un dossier de prensa y, eso lo resaltan mucho todos, mi más sincera opinión.

Y yo, que soy una viciosa, como una de las cosas que más placer me ha proporcionado en la vida ha sido desvirgar libros, pues no me resisto y no me atrevo nunca a decir que no. Por eso este fin de semana de fútbol, pasiones desatadas y borracheras en las calles con la excusa de la selección y alegría sana y vandalismos varios y cláxones a las 5 de la mañana y viva la madre que los parió, me lo he pasado tirada en un sillón, acrecentando con paciencia mi ya desbordada celulitis y leyéndome una novela de casi 700 páginas que, ella sí, estaba repleta de pasión, y sexo, y hasta religión, y sentimientos y sensaciones desbordadas.

Ah, qué gustazo, y también, ah, qué horror.

Me explico, y de paso explico también lo de desvirgar originales, no vaya a ser que alguien se lo tome por el lado malo (es decir: el bueno): abrir un manuscrito que muy poca gente ha leído antes, quizás el autor y su madre, o su novia, o en todo caso su agente literaria, toquetear las páginas y descubrir las pequeñas erratas que luego los correctores eliminarán, los sentimientos a flor de piel demasiado evidentes que luego algún editor pulirá, hasta los lapsus involuntarios en lo escrito que revelan, en plan psicoanalítico mucho más de lo que el escritor querría (como aquella vez que en un ensayo sobre Juan Ramón Jiménez un escritor siempre se refería a “Putero y yo”) es un privilegio tan sólo comparable a, en mi caso, estrenar zapatos nuevos.

Y, en cuanto a la novela que me enviaron para que, tras leérmela, les redactara un par de propuestas de contraportada, recién traducida y aún con erratas y deslices que sé que nunca llegarán a la imprenta porque sus editores son gente seria, es una de las primeras novelas de una de mis autoras favoritas, A. S. Byatt, cuya Posesión me ha tenido poseída desde que la leí el año pasado (está en la colección de compactos de Anagrama, bien barata, pero advierto de que es bastante densa), y cuando me refiero al horror que va junto al placer a lo que aludo es a esa desazón que te entra cuando, al cerrar un libro que aún no ha sido publicado, sabes que se trata de una de esas obras que nunca llegará a ser mayoritaria, que la apreciarán unos pocos, los pacientes, los elegidos, los que miran más allá de la mesa de novedades. Se titula La virgen en el jardín y la publicará Alfaguara en muy breve tiempo.

Cómo querría que la disfrutara todo el mundo aunque, por otra parte, tal y como está el patio, ya dudo de cuántos serán capaces de imbuirse en ella, de leerla hasta el final, de comprenderla, me llena de pavor saber que estará en los escaparates, en las librerías, sola y desamparada como a un niño que se deja uno olvidado en unos grandes almacenes. Me alegra que la publiquen, sí, pero por otro lado me lleva la pena, penita, pena.

Pd. Aun así, la recomiendo encarecidamente a los que tenga buen gusto por la Literatura con Mayúscula.


23
Jun 08

Sólo soy yo.

Una de las novelas que más me ha gustado de los últimos tiempos (y cuando digo tiempos me refiero a años) se titula “Jardines de Kensington” y la escribió Rodrigo Fresán allá por el 2003. Tuve la oportunidad de conocerle hace unos meses en una fiesta literaria en Barcelona y cuando le dije lo mucho que le admiraba se me quedó mirando con cara de “¿Pero quién coño es esta petarda?”. Como la fiesta ya estaba más que avanzada y el alcohol corría por las venas de muchos, y como la verdad es que yo sí tengo cara de petardilla (o, al menos, no la tengo ni de súper editora ni, mucho menos, de súper autora) le disculpo y no se lo tengo en cuenta.

Y si escribo esto es porque viene doblemente a cuento para argumentar la siguiente afirmación: es mejor no querer conocer a quien se admira.

Los escritores, como los cineastas, como los locutores de radio, tendrían que quedarse en casita y procurar dejarse ver lo menos posible. No deberían venderse libros por la cara bonita de nadie, no deberían hablar los autores, ni opinar, ni salir en la tele o la radio. Si tienen algo que decir, que lo digan desde sus páginas, ya sean ficción, ensayo o poesía: el que sabe leer, bien puede hacerlo entre líneas y sacar sus propias conclusiones.

Pero, claro, el hambre aprieta y los bolos están bien pagados, y hoy día la promoción es obligada a menos que te apellides Sallinger, por ejemplo. Por eso concedemos entrevistas, y hablamos en la radio aggastgando las egges, y sonreímos sudorosos desde nuestras casetas en la Feria del Libro de cualquier ciudad que la presente, y damos conferencias, y firmamos libros, y nos dejamos ver. Pero no tendríamos que hacerlo.

“Jardines de Kensington”, entre otras cosas, cuenta la historia de los hermanos que inspiraron a J. M. Barrie la historia de Peter Pan. Todos acabaron fatal, y el propio Barrie también y, sobre todo, creo que la novela habla del choque durísimo entre la realidad y la ficción y cómo este combate desigual siempre deja heridos entre los vivos, los reales.

Cuenta la leyenda que Barrie, que era bajito y feo y tenía un hermano mayor maravilloso que murió en un desgraciado accidente, entró en la habitación de su madre a oscuras poco después de que éste muriera y su madre, confundida, le llamó por el nombre del difunto. Él respondió: “No, mamá, sólo soy yo”.

Y esto mismo es lo que les digo a los enamorados de Clara Deza (la protagonista de “Y punto.”) que vienen a verme: “Ella no existe. Sólo soy yo”.


16
Jun 08

Feria del Libro de Madrid.

He pasado calor, mucho calor, como soy novata no fui pertrechada por abanico ni miniventilador a pilas y claro, he sudado la gota gorda, pero no por los rigores del Sol en El Retiro, no, señores, sino porque, como me dijo mi mamá justo antes de salir de casa el sábado por la mañana, “Hay que demostrarle a los lectores que una sabe apreciar su esfuerzo, Mercediñas, que si ellos han tenido la santa paciencia de leerse las se-is-cien-tas y pico páginas de tu novela, ¿no vas a tener tú cinco minutos para escribirles una dedicatoria en condiciones a ellos?”.

Por eso me propuse mejorar, ya que no en ventas o éxito sí al menos en la extensión de mis dedicatorias al ínclito Ken Follet, que vale que dicen que firmó 2.050 ejemplares en tres horas, pero no pasaba de poner su nombre en cada libro y sanseacabó, mientras que yo me extendía y me extendía y volvía a contarles mi vida por escrito a cada uno de los lectores que, tan majos y tan amables, quisieron que les firmara un ejemplar de mi novela.

Sí, amigos, y por eso parecía que siempre tenía gente. Lo aprendí del difunto José Hierro. Se iba todos los años a El Retiro con una caja de rotuladores Carioca y, sacando la lengüilla fuera, se esmeraba en hacer unos dibujos preciosos para cada admirador de árboles con todas sus hojas, y pájaros, y mariposas volando que, al menos, sus buenos cinco minutos le llevaban.

Yo, por desgracia, me olvidé la caja de lápices Alpino en casa, pero al menos, ya que no obras de arte, les daba a los míos conversación, que en eso soy una crack. Y juraría que hasta se iban contentos, aunque no sé por qué algunos se echaban las manos a la cabeza como si les doliera… Debía de ser el sol, es que cómo se les ocurre venir sin gorro.

En todo caso, y por eso es por lo que escribo este post, estuve en la Feria del Libro de Madrid, firmé este sábado y este domingo pasados en turnos de mañana y tarde ¡y sobreviví!

Lo más curioso es que no vino nadie a pegarme ni a darme con el libro en la cabeza de canto, no, la gente fue de lo más amable, vinieron algunas policías nacionales y ertzainak a darme las gracias por escribir sobre ellas, antiguos amigos, compañeros de trabajo, lectores de blogs que habían oído hablar bien de mí, que se fiaban de las críticas (ilusos), que se dejaban recomendar por buenos lectores que ya habían digerido “Y punto.” y que, ahora, se daban el capricho de llevárselo firmado… Hubo un momento maravilloso en que se me vinieron de golpe casi más de veinte personas a la caseta y creí llorar de la emoción. Luego resultó ser uno de esos chaparrones repentinos y veraniegos que nos asolan por estas fechas en Madrid y se resguardaban en mi toldo. Algunos, por disimular, hacían que miraban el libro y le daban la vuelta para leer la contra la mar de interesados… Pero en cuanto volvió a salir el sol lo dejaron sobre la mesa y se fueron tan contentos a por “Un mundo sin fin” o “El juego del ángel” y me dejaron con el sabor en la boca del pringado que cree que le ha tocado la lotería de hoy cuando en realidad está mirando un boleto del sorteo anterior.

Allá ellos. Yo, con mis colegas en la caseta, con la charleta y el buen rollo y sin nadie que me abra la novela para que no pierda tiempo buscando donde firmar, sigo siendo feliz.

Mil gracias a todos.


12
Jun 08

Pseudónimos.

Diccionario de la RAE, Pseudónimo: 1. adj. Dicho de un autor: Que oculta con un nombre falso el suyo verdadero. 3. m. Nombre utilizado por un artista en sus actividades, en vez del suyo propio.

En los últimos tiempos se está poniendo de moda lo de escribir una novela o un artículo periodístico y firmarlo con pseudónimo. Hasta aquí bien, nada que objetar, cada uno que rubrique como quiera una obra de su propiedad. Lo que ya me parece más discutible es que la propia editorial o periódico desvelen en la biografía del autor su verdadera identidad, el talento que se oculta tras ese falso nombre, como si intentasen con lo del pseudónimo en la portada dar un poco de misterio al asunto pero tampoco sin pasarse, que si el público no sabe en menos de cinco segundos de qué escritor se trata entonces vendemos menos ejemplares o al despistado lector se pasa por alto la columna.

El primero que rompió el fuego fue El secreto de Christine, que firmó tanto en la edición inglesa como en castellano un desconocido Benjamin Black, aunque a continuación, en la biografía del autor en la solapa, aparecía el nombre del famosísimo escritor irlandés John Banville (y luego la editorial volvió a reincidir un año más tarde con El otro nombre de Laura). Le siguió los pasos La providencia, de un tal Emilio A. Foureaux, y, de igual modo, si mirábamos su biografía en el ejemplar sólo una página después, nos encontrábamos nada menos y nada más que con la foto de Miliki (sí, el de Los Payasos de la Tele), también conocido como Emilio Aragón. Otro ejemplo: hace unos días vi en la revista Qué Leer un anuncio de la nueva novela de Enrique Moriel, ¡pero si ya desveló su editorial hace un año que tras ese pseudónimo se escondía Francisco González Ledesma! y ahora, para colmo, acabo de leer un artículo de opinión en El País firmado por alguien llamado Martín Girard, pero la columna termina diciendo: “Martín Girard es el pseudónimo de Gonzalo Suárez“.

¡Pero copón!, que diría Joaquín Reyes en Muchachada Nui, ¿un pseudónimo no trata de ocultar la verdadera identidad de alguien que no quiere ser reconocido ni descubierto?

Al final, y quién me lo iba a decir a mí, el único que es coherente con el tema de los pseudónimos es el todavía desconocido Víctor Saltero, un rico empresario que juega a ser escritor (se ha autopublicado a bombo y platillo los hits patrios Sucedió en el AVE, Sucedió en La Moncloa, El amante de la belleza y Desde la ventana) y que como dijo Rafael Reig en sus divertidísimas columnas en El Cultural “Visto para sentencia”: Víctor Saltero escribe a hachazos. Por lo menos el tal Saltero cumple los requisitos de la definición de “pseudónimo” en el diccionario y sigue manteniendo a día de hoy su anonimato.

Que me aspen si entiendo los misterios del marketing editorial.

Pd: por mucho que la RAE diga lo contrario, para mí pseudónimo es y será siempre con “ps” inicial.


9
Jun 08

Tú y yo.

Tú y yo estamos condenados a no encontrarnos. Tú y yo, a estas alturas, ya no nos conoceremos nunca.

Es posible, sin embargo, que nos crucemos en la misma acera y, sin saberlo, pasemos uno junto al otro ignorándonos, todo por culpa de no reconocer nuestros rostros. Bueno, tú si me has visto en fotos promocionales, pero no soy la misma sin la espesa capa de maquillaje y la sonrisa en venta pintada en las esquinas.

¿Te imaginas? Tal vez esa retaquilla que se para en la acera a tu lado, a la espera de que abra el semáforo de Cibeles que lleva a Alcalá, sea yo. Tú irás, tras cerrar algún negocio, a la cafetería del Círculo de Bellas Artes, después de haberte comprado un libro de poesía en Hiperión, y yo a Chueca, a buscar zapatos de muestrario estrafalarios y divinos con que ganar unos centímetros y aplacar mi vicio.

¿Quién será esa petarda?, te dirás. Y resulta que era yo, una vez más, cansada de esperar en mi caseta de la feria del libro de Burgos a que llegaras, con sonrisa de circunstancias y cara de niña buena como única respuesta a los que asomaban la cabeza y preguntaban, cotillas: “¿Y Leandro, tu webmaster, no ha venido todavía?”.

Y no, díselo a tus conciudadanos, pon una nota en el periódico local, házselo saber: no fuiste.

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Dieron las ocho, y las nueve, y las diez. Hubo un recital de poesía y solté una lagrimilla con un poema que hablaba de madres y de París, luego salimos todos, los asistentes y el público nos besamos y nos despedimos y la organización me acompañó hasta el hotel. Me enfrenté a la tristeza de las habitaciones de lujo caras y elegantes, frías, vacías, y ni fuerzas tuve para bajar a cenar sola, como las mujeres de negro que fuman y se pintan los labios de rojo y salen en las películas. Pedí un tentempié al servicio de habitaciones; un sándwich, una ensalada y una coca-cola, y me lo comí sola delante de la televisión, zapeando tan tristemente como la protagonista de una serie mala que hablara de lo cruel que es la vida.

Luego decidí darme una ducha.

Cuando volví a tirarme en la cama, rendida, mojada pero marchita, vencida, vi un mensaje tuyo en mi móvil que hablaba de carreteras en obras y retrasos, reuniones de trabajo interminables en la capital y un cumpleaños y un compromiso familiar ineludible al que, pese a lo tarde que era, tenías que asistir.

Y me resigné, porque creo que, de una vez por todas, tenemos que aceptarlo: lo nuestro es imposible, nunca nos conoceremos, somos demasiado cobardes o demasiado grises. Nunca veremos el color de nuestros ojos, lo presentimos desde el principio, estaba predestinado y, ahora, ya está hasta escrito.


5
Jun 08

Queremos tanto a Castro.

Castro ha escrito un libro, Castro entra, Castro sale, Castro concede entrevistas e intenta responder con su mejor cara. Castro no vende millones, Castro tiene muy dura la cara. Castro vive lejos de su mamá, Castro tiene días buenos, Castro tiene días malos, Castro viaja por España, y madruga, o duerme mal. Castro a veces está agotá.

Castro tiene amigos y algún enemigo. Los amigos de Castro son estupendos, los enemigos gente de mala calaña.

Castro no fue a un colegio de monjas. Las amigas de Castro son tías realmente majas.

Castro a veces no tiene ganas de escribir. Castro muchos días quiere hacerlo y no puede porque vive muy atareada. Castro querría una vida más tranquila. A Castro, pese a todo, le va la marcha.

Castro tiene un blog y poco tiempo.

Castro tiene que currar como una esclava.

Castro tiene hipoteca, una gata y mil zapatos de tacón. También algo de mala baba.

Castro, ya lo ha dicho, no es perfecta.

Castro, eso sí, es bienintencionada.

Castro de pequeña escribía poemas. Y cree que hay dos o tres que la definen mejor que sus radiografías o la sonrisa de su cara.

Castro hace todo lo que puede, de vez en cuando le echa morro, la mayoría de las veces se moja el culo, y se compromete, y se pone en evidencia, porque Castro es una bocazas.

Castro es pesimista por naturaleza, se hunde en la miseria, se levanta a carcajadas.

Queremos tanto a Castro que no sabemos qué hacer con ella.

Queremos tanto a Castro que se nos queda en poco, que no nos llega a nada.

 

Este pasado lunes participé en las Entrevistas Digitales de www.elpais.com respondiendo a internautas y lectores de “Y punto.” Si alguien quiere leer las preguntas y respuestas, que pinche en el enlace.


2
Jun 08

Feliz encuentro.

El título del post de hoy hace referencia a dos magnos eventos y, por supuesto, a dos esperados encuentros. Uno ya se ha celebrado. El otro no.

El primero tuvo lugar el pasado sábado y se saldó con lluvia, risas, manos estrechadas, sorpresas, fotos, un batido de chocolate y algún que otro beso. El de mañana martes no tengo ni idea de en qué acabará, y por eso estoy así, escribiendo a las tantas como hago siempre que la emoción, o los nervios, o ambos a la vez, me impiden dormir.

Y es que el sábado firmé por primera vez en la Feria del Libro de Madrid, y eso, como dice un amigo mío fanático total de la Pantoja, es algo muy grande.

La cosa duró dos horas y me dio tiempo a todo: vinieron amigos y conocidos entregados a la causa que se arriesgaron al chaparrón para subirme la moral, esos fueron los primeros en llegar. Luego pasó mi editora repartiendo batidos de chocolate entre sus autores firmando, supongo que para darnos fuerzas. Más tarde pasaron un par de policías que no venían a detenerme sino a felicitarme, antiguos compañeros, antiguos rivales, una vieja que venía a ver si era tan fea como le parezco en la foto de la solapa, un librero de otra caseta que quería felicitarme, gente que ya se había leído el libro y lo quería firmado o comprar otro más para regalarlo, gente que se había olvidado el libro en casa pero quería conocerme, gente que no tenía ni puta idea de quién era yo y quería que les cobrara el último de Ken Follet, que te saca fotos sin saber quién eres, que te confunde con otras autoras, que te riñe por el final de la novela, que te pregunta qué va a pasar y para cuándo la continuación, que iza a sus niños para que los beses, que ojea tu novela con cara de asco y la deja con desdén sobre la mesa aunque estés delante, que te dice que le gustaría comprarla pero no le da el presupuesto porque acaba de dejarse la pasta en la de Ruiz Zafón, que te pide una chapa, que te tira un beso, que se alegra de verte, que te pregunta cómo has hecho para publicar tu primera novela, que te jura que se comprará todo lo que escribas, ésta, y la otra, y la de más allá.

En fin, que fue una mañana memorable. Gracias, de verdad, a todos.

Ah, sí, se me olvidaba el otro encuentro que no sé si será feliz, pero sí que lo será sonado: el martes firmo en Burgos, y en Burgos vive Leandro. Mi webmaster.

¿Huirá de mí? ¿Vendrá a verme? ¿Me reconocerá entre la multitud? ¿Llegará con un clavel en la solapa o un bazoka en el sobaco?

Ah, la incógnita…

Si sois buenos, os lo cuento luego.