Supongo que se trata de motivación, de inspiración más que de pericia, de capacidad de evocación sobre todo por encima de la pureza de la prosa o de su limpieza o de sus referentes literarios. Porque la literatura para mí es eso, la capacidad de evocación, y no los latinajos ni los endecasílabos ni los oxímorones ni las pedanterías que a veces no entiendo pero que la crítica alaba sin saber muy bien por qué.
Por eso estoy tan contenta, porque todos sabemos por qué, porque todos habéis contado una historia, con bellas palabras, sí, con palabras sencillas o poéticas, con palabras que a veces parecen sin sentido pero lo tienen, bien lo sabemos nosotros, con humor, con prisa, con llanto, pero historias al fin y al cabo. Y, sobre todo, historias que generan el apetito de más.
Ya he elegido una vida en trece palabras, y si algo ha hecho mella en mí para que la eligiera no fue el taco, aunque son mi debilidad, ni el derroche de ingenio, ni la gracia ni tan siquiera el dolor. Es que la frase, con sus trece o catorce palabras, me da vueltas en la cabeza y me pide una continuación.
“ya le pueden dar bien por el culo a los fantasmas de la soledad” (Nuria)
A ver, de las mil preguntas que se me ocurren, por ejemplo, ¿quiénes son los fantasmas a los que se les puede ir dando por culo? ¿Por qué, de hecho, les van a dar? ¿Porque el autor de la frase decide emprender una nueva vida mucho más social? ¿Porque por fin se suicidará y dejará para siempre tras de sí el espejismo de la soledad? ¿Porque le hacen compañía sus propios fantasmas, tal vez los de la locura? ¿Porque va a ser padre o madre al día siguiente y ya no estará solo nunca más?
Con permiso de Nuria, la flamante ganadora, lo que me pide el cuerpo es abrir un nuevo concurso usando su historia para dar lugar a alguna un poco más larga.
¿Se anima alguien a continuar el cuento? Pongamos otro tope, cien palabras como máximo para resolver qué le pasa a esa persona con sus fantasmas.
Eso sí, que Nuria se manifieste antes y nos deje hacerlo, no vaya a ser que nos demande por plagio.
Y enhorabuena, claro, aunque sin endecasílabos ni oxímorones.

