Febrero, 2008


6
Feb 08

Otro vendrá.

Mi abuela Mercedes, que era muy sabia, como todas las abuelas, repetía con frecuencia un refrán que, he de confesarlo, nunca he conseguido entender bien hasta hoy.

«Otro vendrá que bueno te hará», decía impostando la voz, y yo le respondía que sí, que claro, que por supuesto, abuela, asintiendo con la cabeza como si captara todo el sentido filosófico de la máxima cuando, realmente, no lo he pillado hasta hoy. Y todo ha sido, he de reconocerlo, de la manera más tonta.

Situémonos: iba yo por la calle Goya más contenta que unas castañuelas porque acabada de comprarme un par de zapatos en las rebajas (merceditas, charol blanco y negro, 10 cm. de tacón) cuando, sin esperarlo, oí que mi móvil sonaba. Abrí el teléfono y hete aquí que se trataba de una amable periodista que quería hacerme, aquí te pillo aquí te mato, una entrevista.

Le dije que sí, por supuesto, que bastante pequeñaja y desconocida soy, como a diario se encarga de recordarme mi portero, como para empezar a crecerme ahora con que voy de rebajas y esta tarde me la tenía reservada para mí y zarandajas por el estilo. Y, como la calle Goya en fechas como éstas está a tope de señoras con bolsas y adolescentes con lacias melenas en tropel hacia un Zara cualquiera, me metí en un portal, el primero que vi abierto de par en par, para poder hablar con tranquilidad y sin interferencias.

El problema vino cuando los cinco o diez minutos de rigor se fueron alargando, y es que una es de natural charlatán y tenía feeling con la redactora, y nos enrollamos más de lo previsto en nuestra conversación y, justo cuando estaba denunciando las prisas de la vida moderna, la falta de humanidad en las grandes ciudades, lo borde que es la gente hoy en día y lo necesarias que son personas como Clara, la protagonista de Y punto., que no deja de repetir que no quiere endurecerse, que necesita poder sentir compasión, que es indispensable no perder la sensibilidad hacia los demás, apareció a mis espaldas, salido de algún recoveco del fondo hábilmente camuflado porque, desde luego, yo a primera vista no lo advertí, un señorcito más cabreado que una mona que, con el ceño fruncido, una escoba por armamento y muy malas pulgas, pretendió echarme de su territorio recurriendo, si fuera necesario, a cogerme por las solapas y plantarme fuera o mismamente expulsarme, como en las películas aquéllas del lejano Oeste cuando arrojaban a los borrachos del Saloon, mediante el deshonroso procedimiento de propinarme una patada en las posaderas.

Sólo que no hacía falta, buen hombre, hablando se entiende la gente y bien podría usted haberme dicho que no podía detenerme precisamente en su portal, incluso hubiese admitido como argumento que alguna de las viejas pellejas que entró mientras yo, apoyada en la pared, hablaba con la redactora, se hubiese quejado de mi presencia. Porque sé que usted es un mandado, y que debe de sentirse bastante impotente pretendiendo imponer a la gente su ira cuando no mide más de metro veinte, lo sé, y sé también que el oficio de conserje es bien ingrato. Créame, lo sé.

Pero los gritos, los aspavientos, el hacer con la mano gestos como de arrear dos leches si no desalojaba, pues no, francamente. Que parecía usted una figura de otros tiempos, no tan lejanos, y no quiero decirle cuál.

El caso es que me fui, qué remedio, y salí a la calle más extrañada y sorprendida que enfadada. Acabé la entrevista sentada en un banco, al lado de una mujer que tras comprar en una tienda de lencería comparaba sujetadores con el ceño fruncido como si en ello le fuera la vida, y pensé, al colgar el teléfono, en volver y enfrentarme al mini Conserje, más que nada para recriminarle su falta de cortesía ya que, supongo, está en su perfecto derecho de echarme de sus dominios.

Pero no lo hice. No quise amargarme el resto de la tarde y me encaminé hacia mi casa resignada porque, está visto, la gente cada vez se está volviendo más agresiva.

Cuando llegué a mi portal vi a mi portero, tan orondo y tan calvo, tan feliz con su barriga y sus cotilleos, y recordé a mi abuela. Ahí fue cuando le pillé el sentido al refrán. «Otro vendrá que bueno te hará» cobraba lógica en mi cabeza, y comprendí que era cierto: al lado del enano cabreado con los pelos rizados y tiesos de la calle Goya, mi portero era un sol, un ejemplo de educación, la beatitud personificada con brillo y esplendor.

Estuve tentada de plantarle un beso en la calva y todo, pero me detuve a tiempo. Ya he oído cómo le comentaba más de una vez a los vecinos que, ahora que he sacado un libro, estoy instalada de pleno en «la bohemia», así que no quiero que me desprecie además por ser ferviente practicante del amor libre, por ejemplo.

Mientras subía en el ascensor, me vino a la mente de pronto otro de los refranes de mi abuela: «Home pequeno, todo é veneno».

Pues eso, señor portero del setenta y tantos de la acera impar de la calle Goya: se lo dedico.


4
Feb 08

Sospechosos habituales.

Acabo de volver de una serie de ciudades españolas a las que he ido a presentar la novela, a hablar con la prensa, a conceder decenas de entrevistas. En algunas de estas conversaciones han sido varios los periodistas que me han preguntado si me considero feminista. Y es que en Y punto., a su parecer, han detectado que me meto con algún que otro personaje masculino y ridiculizo en no pocas ocasiones sus actitudes. Dicen que no dejo macho con cabeza, que Clara Deza, la protagonista, se pasa todo el día protestando y que, cada vez que sus compañeros varones le hacen una broma, se lo toma a la tremenda y siempre se da por aludida.

Vale, sí, respondo, soy mujer y he escrito un libro protagonizado por otra mujer, y además y para colmo ella, Clara, se queja de las diferencias de trato que encuentra todos los días.

Podría considerárseme feminista, les digo, aunque creo que más bien la palabra adecuada en este caso es realista, en primer lugar porque Y punto. pretende entre otras cosas, aunque no sé si lo he conseguido, ser una creíble crónica social, y en segundo lugar porque, en esta realidad en que nos movemos como autómatas, fuera de novelas y fantasías, no sé ustedes cómo lo percibirán, pero yo diferencias de trato las veo todos los días.

La otra tarde, sin ir más lejos, alguien me contó un caso estremecedor que paso a relatar, más que nada para que quienes me acusan de andrófoba puedan constatar que la realidad supera a la ficción y la vida siempre es más bestia, como diría Albert Pla, que la teoría:

Es el caso de un hombre, un varón, que un día cogió a su niño, le metió en su sillita de bebé y se fue a comprar clavos y otros objetos de ferretería a una de esas grandes cadenas situadas en las afueras, más o menos cerca de centros comerciales, macrotiendas de muebles suecos y grandes almacenes de electrodomésticos.

En cuanto el hombre entró en el local, empujando tan feliz el carro con su bebé, un guarda jurado le exigió que le mostrara el contenido de su mochila. Por qué, quiso saber él entonces y así lo razonó con la autoridad, debía permitir que le obligaran a dar cuenta de lo que llevaba en su mochila si a ninguna de las mujeres que entraban en ese mismo establecimiento nadie les solicitaba que abrieran y enseñaran sus bolsos.

«Es que eso es ilegal», le dijeron.

«Ah, vale», y aunque no estaba nada convencido, como quería comprar en aquel local, el hombre mostró su mochila y pasó a la tienda refunfuñando por lo bajo por la desigualdad de trato que había sufrido.

Pero la cosa no quedó ahí: cuando quiso salir, después de haber pasado por caja y por una docena de arcos detectores, el mismo guarda jurado se le acercó antes de que franqueara la salida y le exigió registrar, no ya a él, sino al niño y a su carrito.

«Puede llevar artículos robados escondidos en el bebé», argumentó. Y como el hombre se negó en redondo a que desnudaran al niño, tuvo que esperar en una sala mientras llamaban a la policía local y ésta acudía para registrar el pañal, al bebé y todos y cada uno de los recovecos de su carrito.

Obviamente, no había robado nada, y cuando todo esto acabó y los policías se marcharon protestando por el tiempo que por este absurdo incidente habían perdido, el mismo responsable del centro se disculpó con este argumento: «Es que nos parecía sospechoso ver a un hombre con un carrito».

En fin. De modo que empujar carritos sigue siendo atribución de las mujeres y un hombre haciéndose cargo de un bebé es sospechoso.

Y luego soy yo la que se pasa de exagerada.

Pues sí, será eso. Y el bebé en el pañal escondía cocaína.


1
Feb 08

Sigo siendo yo.

Son las 7:30 de la mañana y acabo de subirme al AVE, con la pestaña pegada y un buen mogollón de revistas femeninas que acabo de comprar en el kiosco (de las de formato reducido, que ni mi espalda ni mi economía dan para más) para comprobar si alguna se digna en sacar algo sobre Y punto.

Como las últimas veces que viajé a Sevilla lo hice en coche, parando en todos los bares de carretera que me llamaban la atención para saborear, por este orden y a medida que Madrid iba quedando en la distancia por el retrovisor: tapa de rabo de toro, pincho de tortilla, aceitunas machacás, salmorejo y, ya en el súmmum del colesterol desatado, manteca colorá, al entrar en la estación de Atocha me invaden sensaciones extrañas cargadas de recuerdos y evocaciones. Me veo a mí misma con dieciocho años llegando a la Estación del Norte -ahora conocida como Príncipe Pío- abriendo la boca asombrada, y también temerosa, ante la grandiosa mezcla de polvo, antigüedad y modernez tardía y ochentera de Madrid; veo también, con pavorosa nitidez catódica, a las folclóricas más famosas subiendo o bajando con chándal, echarpe tipo poncho, bota de tacón y gafas de sol de ésas de medio metro cuadrado, las mismas escaleras mecánicas que ahora piso yo, sólo que ellas lo harían apartando periodistas y cámaras con cara de asco y a mí no me hace caso, lógicamente y menos a estas horas, ni Cristo.

Percibo entonces, lo huelo, lo intuyo, que los trenes, sin embargo, ya no son como los de antes. No veo por ninguna parte al revisor de uniforme que me pedía el billete antes de acceder al Expreso Rías Altas, faltan también los quintos de cráneos pelados y muertos de frío que hacían, bien con ilusión si el viaje era de ida a sus casas por un permiso, bien con congoja si era de regreso al cuartel, el trayecto Ferrol-Madrid y, en cambio, unos azafatos estupendos con unos abrigos divinos me desean buen viaje en un tren con mesitas abatibles, moqueta en el suelo, pantalla de vídeo, bar de diseño y periódicos gratis que, menos por los raíles, parece en todo un avión.

Pero de pronto dejamos atrás la ciudad, rebasamos el extrarradio y levanto la vista y miro por la ventanilla y veo amanecer y me vuelvo a sorprender otra vez por los azules, los malvas, los dorados y los rosas de la alborada en Madrid en movimiento. No ha cambiado.

Da igual que sea un viaje de ida o de vuelta, al Norte o al Sur, da igual que estemos en 1990 y yo llegue a las ocho a Madrid desde Galicia, con la mayoría de edad recién estrenada, con la maleta cargada de camisetas de algodón y carteles de bienvenida dibujados por una mano infantil, doblados en cuatro y destinados a decorar mi habitación, siempre una habitación de alquiler, para sentir que estoy en casa y recordar que me quieren, en un tren que se cae de viejo y atraviesa la Casa de Campo poblada por ciervos, jabalíes y conejos que ya ni se asustan del estruendo antes de entrar en una ciudad que me espera, aunque eso aún no lo sabía, con futuro y exámenes y libros y amigos y buena parte del resto de mi vida, o que salga de esa misma ciudad sólo por un día para promocionar una novela que resume buena parte de las esperanzas y anhelos que traía en la en la cabeza y en el corazón hace tanto.

Será la contaminación que tamiza los rayos nuevos del sol y cambia su color, será la meseta, que está a los bordes de la ciudad con sus horizontes infinitos aunque no lo recordemos porque nos la ocultan los rascacielos, será el champán, será tu voz, serán las luces de este vagón, serán que suenan Los Secretos en mi ipod, pero a esta hora y en este tren, sola, como antes, como siempre, me reconozco.

Sigo siendo yo.