Mi abuela Mercedes, que era muy sabia, como todas las abuelas, repetía con frecuencia un refrán que, he de confesarlo, nunca he conseguido entender bien hasta hoy.
«Otro vendrá que bueno te hará», decía impostando la voz, y yo le respondía que sí, que claro, que por supuesto, abuela, asintiendo con la cabeza como si captara todo el sentido filosófico de la máxima cuando, realmente, no lo he pillado hasta hoy. Y todo ha sido, he de reconocerlo, de la manera más tonta.
Situémonos: iba yo por la calle Goya más contenta que unas castañuelas porque acabada de comprarme un par de zapatos en las rebajas (merceditas, charol blanco y negro, 10 cm. de tacón) cuando, sin esperarlo, oí que mi móvil sonaba. Abrí el teléfono y hete aquí que se trataba de una amable periodista que quería hacerme, aquí te pillo aquí te mato, una entrevista.
Le dije que sí, por supuesto, que bastante pequeñaja y desconocida soy, como a diario se encarga de recordarme mi portero, como para empezar a crecerme ahora con que voy de rebajas y esta tarde me la tenía reservada para mí y zarandajas por el estilo. Y, como la calle Goya en fechas como éstas está a tope de señoras con bolsas y adolescentes con lacias melenas en tropel hacia un Zara cualquiera, me metí en un portal, el primero que vi abierto de par en par, para poder hablar con tranquilidad y sin interferencias.
El problema vino cuando los cinco o diez minutos de rigor se fueron alargando, y es que una es de natural charlatán y tenía feeling con la redactora, y nos enrollamos más de lo previsto en nuestra conversación y, justo cuando estaba denunciando las prisas de la vida moderna, la falta de humanidad en las grandes ciudades, lo borde que es la gente hoy en día y lo necesarias que son personas como Clara, la protagonista de Y punto., que no deja de repetir que no quiere endurecerse, que necesita poder sentir compasión, que es indispensable no perder la sensibilidad hacia los demás, apareció a mis espaldas, salido de algún recoveco del fondo hábilmente camuflado porque, desde luego, yo a primera vista no lo advertí, un señorcito más cabreado que una mona que, con el ceño fruncido, una escoba por armamento y muy malas pulgas, pretendió echarme de su territorio recurriendo, si fuera necesario, a cogerme por las solapas y plantarme fuera o mismamente expulsarme, como en las películas aquéllas del lejano Oeste cuando arrojaban a los borrachos del Saloon, mediante el deshonroso procedimiento de propinarme una patada en las posaderas.
Sólo que no hacía falta, buen hombre, hablando se entiende la gente y bien podría usted haberme dicho que no podía detenerme precisamente en su portal, incluso hubiese admitido como argumento que alguna de las viejas pellejas que entró mientras yo, apoyada en la pared, hablaba con la redactora, se hubiese quejado de mi presencia. Porque sé que usted es un mandado, y que debe de sentirse bastante impotente pretendiendo imponer a la gente su ira cuando no mide más de metro veinte, lo sé, y sé también que el oficio de conserje es bien ingrato. Créame, lo sé.
Pero los gritos, los aspavientos, el hacer con la mano gestos como de arrear dos leches si no desalojaba, pues no, francamente. Que parecía usted una figura de otros tiempos, no tan lejanos, y no quiero decirle cuál.
El caso es que me fui, qué remedio, y salí a la calle más extrañada y sorprendida que enfadada. Acabé la entrevista sentada en un banco, al lado de una mujer que tras comprar en una tienda de lencería comparaba sujetadores con el ceño fruncido como si en ello le fuera la vida, y pensé, al colgar el teléfono, en volver y enfrentarme al mini Conserje, más que nada para recriminarle su falta de cortesía ya que, supongo, está en su perfecto derecho de echarme de sus dominios.
Pero no lo hice. No quise amargarme el resto de la tarde y me encaminé hacia mi casa resignada porque, está visto, la gente cada vez se está volviendo más agresiva.
Cuando llegué a mi portal vi a mi portero, tan orondo y tan calvo, tan feliz con su barriga y sus cotilleos, y recordé a mi abuela. Ahí fue cuando le pillé el sentido al refrán. «Otro vendrá que bueno te hará» cobraba lógica en mi cabeza, y comprendí que era cierto: al lado del enano cabreado con los pelos rizados y tiesos de la calle Goya, mi portero era un sol, un ejemplo de educación, la beatitud personificada con brillo y esplendor.
Estuve tentada de plantarle un beso en la calva y todo, pero me detuve a tiempo. Ya he oído cómo le comentaba más de una vez a los vecinos que, ahora que he sacado un libro, estoy instalada de pleno en «la bohemia», así que no quiero que me desprecie además por ser ferviente practicante del amor libre, por ejemplo.
Mientras subía en el ascensor, me vino a la mente de pronto otro de los refranes de mi abuela: «Home pequeno, todo é veneno».
Pues eso, señor portero del setenta y tantos de la acera impar de la calle Goya: se lo dedico.

