Iba el sábado paseando por la calle Atocha con la falda almidoná y el grelo en el ojal y me fijé en un letrero que, a la altura del número 80 y para más INRI en la acera de enfrente de un convento, uno de los de clausura donde se encuentra, además, la tumba de Cervantes, lo que no deja de ser irónico, anunciaba con luces de neón un local muy vistoso poblado por señoritas igualmente vistosas que hacían acrobacias la mar de vistosas ligeras de ropa en torno a una barra metálica.
Cualquier lector despistado y desavisado que pulule por este blog por casualidad pensará que me refiero a un sex-shop o, ya que el diccionario de la Real Academia de la Lengua no recoge el término (lo que no me extraña por otra parte porque no me imagino yo a casi ningún académico de ésos de 180 años frecuentándolo para documentarse sobre el término, aunque visto por otra parte tampoco les vendría mal), a una "tienda en la que se venden artículos eróticos o que ofrece servicios relacionados con el erotismo o la excitación sexual", como reza la entrada del Clave, un diccionario de uso del español actual que, por lo que se ve, está algo más cerca del lenguaje de la calle.
El caso es que las letras de colorines y luces brillantes no anunciaban el negocio con esas palabras, no, nada de "sex-shop" (que es un anglicismo que no admitiría don Víctor García de la Concha ni aunque tuviera a la Muerte de frente), habrán pensado los dueños del local, y mucho menos pongamos "tienda sexual", bajo ningún concepto, no vaya a ser que se nos confundan las marujas y entren aquí a por criadillas o rabo de toro, que para eso pone en la puerta que nos dedicamos a los ultramarinos de la entrepierna.
No, lo que yo leí con estos ojitos que ahora se achican ante la pantalla del ordenador era "centro erótico". ¿A que es fuerte? A mí me lo parece. Habrán visto en algún sitio, en un hotel mismamente con salas de reuniones y conexiones adsl que éste se hace llamar "centro empresarial", o "espacio reservado para la gestión individual de los negocios" y habrán dicho: pues nosotros también, que lo de "centro erótico" siempre quedará más fino, más aséptico, más internacional.
Pues claro que lo parece, totalmente internacional, y elegante además, como todo lo que se rodea de eufemismos para hacer más selecta, más sibarita y especializada una tarea de lo más habitual, de lo más vulgar.
¿O acaso no es así? Ya que las señoritas "ejercen la vida pública", ya que lo mismo tratan con "gente de color" que con "usuarios de la otra acera", ya que sus chulos son "administradores del deseo ajeno" y la trata de blancas es "importación-exportación de profesionales del amor prepago", ¿por qué no decir que un sex-shop es un "centro erótico"?
Por supuesto que lo es, y mi Tony Soprano, que trabaja en el negocio de la recolocación de basuras, no es más que un cliente vip que vegeta sobre el Bada Bing!
Luego dicen que ya no hay espacio para los poetas. Vaya si lo hay: son los que enmascaran esta sordidez y consiguen que, cegados por los neones, los viandantes pasemos ante ellos sin escandalizarnos por lo que dicen y lo que ocultan en realidad.
Muchos autores dicen que les cuesta poner títulos a sus obras.
Compañeros, nuestros males están solucionados: contratemos a estos poetas postmodernos. Seguro que vendemos libros como churros.
Apostaría mi pellejo.


Aún no llegué a la página 200 del libro y continúa admirándome, emocionándome tu dominio de las tres pistas del gran circo literario: la palabra escrita per se, el despliegue visual, cinematográfico y la teatralidad de diálogos que brotan con una energía y una precisión que sólo un puñado de dramaturgos alcanzan.
Te seguiré contando.
Respecto a esta página de los eufemismos es divertida, notable, curiosa y malamente moralista al referirte a las "sordideces", pues sólo te falta hablar de antros de perdición, más propio de otras personalidades que de la que se desprende de tu libro. Pero, bueno, esto te hace más interesante: cuando uno ama a un escritor que le hace feliz, se produce el mismo enganche que con el amor-amor-amor: hasta lo que detestas de la persona amada acaba resultando conmovedor.