Bolos.

El viaje es lo que tiene, que hace extraños compañeros.

No diré nombres, faltaría más, pero sí explicaré que existe una cierta raza de autores descontentos. Son esos novelistas con cierto éxito social, tampoco mucho, y cierto nombre, tampoco tanto, y algún que otro premio en su haber, tampoco los mejor pagados ni los más importantes, y varias novelas a sus espaldas, todas tenidas en cuenta por la crítica pero nunca halagadas con fervor, no ensalzadas hasta la extenuación ni vilipendiadas por completo que, tal vez abrumados por su estado de grisura sempiterna, de grisura epidérmica, de grisura impenitente, se muestran, cuando te los topas, tan altivos como obstinados, tan indolentes como dolidos, tan superiores como enajenados.

Lo digo, también, con conocimiento de causa, y es que por azares del destino (o por azahares del destino quizás, o por azadones del destino) cada vez que hago un bolo por las Españas coincido con ese mismo novelista de la raza citada.

El encuentro, siempre casual, nunca previsto, se produce de la siguiente manera:

Yo me pongo un vestido que me haga delgada, me pinto lo mejor que puedo, me coloco mi sonrisa más sincera y mi actitud más pizpireta y me encamino hacia algún lugar de ésos que tienen fama de cultos donde previamente he quedado con una radio, una cadena de televisión, un crítico, un periodista.

Nada más entrar nos encontramos, flanqueados ambos por nuestras respectivas jefas o acompañantes de prensa, y mientras ellas, fanáticas siempre del buen rollo, como debe ser entre compañeras, se abrazan y se besan, nosotros nos observamos. Él a mí como esos perros viejos de vuelta ya de todo, cansados de roer los huesos, con el gusto revenío en la boca porque no es la primera vez que sueñan con saborearlo, y yo torpe y tonta y algo alocada y atolondrada, como un cachorro con un lazo de regalo atado al cuello al que acaban de sacar de una caja.

Consciente de la importancia de mi interlocutor y de su espíritu dolido, porque es evidente en su actitud que considera que el mundo, la fama, la gloria, no le ha pagado todo lo que le debe y porque, además, él lleva mucho más camino recorrido que yo, saludo con humildad (de hecho, con toda la humildad de que soy capaz) para que no vea en mí a una rival sino a una lectora respetuosa, alguien que, tampoco es plan ir de falsa, no le ha leído jamás pero sabe de sus esfuerzos, de las décadas que lleva escribiendo, de todos los intentos que ha hecho (primero la novela social, luego la negra, ahora la histórica, mañana quién sabe).

También, no voy a negarlo, quiero evitar por todos los medios que se mosquee y, como yo trataré con el entrevistador de turno justo después de él, siembre éste de maledicencia la alfombra bajo mis pies.

La pena es que, por lo que parece, es imposible.

Si saco el tema de lo bien que parecen ir sus ventas pone cara de asco, como diciendo: «Sí, así es, y tú jamás venderás ni la mitad de la mitad».

Si hablo de lo bien que le ha tratado la crítica, esta vez el gesto es como de: «Ya, pero las he tenido mejores. En todo caso, tú jamás llegarás a conseguir una crítica positiva».

Si comento en tono simpático, por gastar una broma tonta, que espero que le cunda el dinero que sacó con el último premio literario, entonces el rictus se torna amargo y deduzco de él que supone un: «Bueno, es un premio de medio pelo, no como los bombazos comerciales que consiguen tus amiguitos. Aunque no te preocupes, tú jamás arañarás ni el galardón de un ayuntamiento mal pagado».

Si digo que sus lectores son tan fieles y sus textos tan personales que, a este paso, van a convertirlo en autor de culto, frase horrible a todas luces que se usa en el sector para justificar que un novelista no vende un colín pero aun así, por nombre, por amistad, a veces hasta por calidad, se le sigue publicando, él se limita a arquear las cejas e interrogarme desde lo más hondo de su mirada con un vistazo tipo: «Por supuesto que soy de culto, tuve una crítica en el NYRB -New York Review of Books, para los neófitos- antes de que tú nacieras, niñata, algo que, sin duda, tú-jamás-lograrás».

Si, sabedora del riesgo que corro, de lo comprometido de mi situación, intento hacerme la tímida y simplemente saludo, su desdén hacia mí se manifiesta en una caída de párpados perfectamente planeada que me da a entender que: «Ya veo, estás acojonada, te impone mi magna presencia. Eres una mindundi con todo por demostrar, algo que yo ya he cubierto con creces y tú-ja-más-al-can-za-rás».

El caso es que ya es la sexta vez que me lo encuentro, y ahora nuestros libros han salido casi al mismo tiempo y vamos a la par encontrándonos en hoteles, pueblos y capitales de provincia, siendo reseñados en los suplementos, y ya es que me da lo mismo que me da igual lo que piense de mí, abrir la boca que quedarme callada, que me tome por tonta o por demasiado espabilada.

Así que digo lo primero que se me viene a la cabeza, lo que sea, qué mal día hace hoy, hay que ver cómo está el tráfico, acaba de atropellarme una vaca verde en la otra acera.

Él me calibra de arriba abajo, me ignora, hace como que no me conoce, da una calada a su pitillo y se va dejándome tosiendo, envuelta en el humo de su cigarro.

Ya lo dijo Neruda: «Me gustas cuando callas porque estás como ausente».

Por qué demonios nunca le haré caso.

Compartir:
  • Print
  • email
  • Facebook
  • Twitter
  • del.icio.us
  • Google Bookmarks
  • Meneame
  • Bitacoras.com

3 comentarios para “Bolos.”

  1. Jesús dice:

    Por Tutatis, daría mi brazo derecho por saber de qué escritor se trata. La verdad es que la autora de este libro tiene agallas. Mola que alguien diga las verdades de vez en cuando.

  2. Francisco Ortiz dice:

    Ya he subido el primer comentario sobre su novela. Dejo el enlace: http://novelanegraycinenegro.blogspot.com/

    Un saludo y mucha suerte.

  3. Paulino Notas dice:

    Jesús: no pierdas extremidades. Si tanto te interesa, yo te lo digo.

Deja un comentario