Llevo muchos días hablando, y empiezo a estar harta de mí misma.
Aunque, por otra parte, la verdad es que he estado muchos, muchos más meses callada, por autoimposición, por prudencia, porque tenía mucho que masticar y tragar antes de poder hablar casi sobre cualquier cosa.
De todas maneras el caso es que, independientemente de si yo quería o no romper mi silencio, ahora mismo es lo correcto, lo justo para la novela, que también tiene sus derechos, y para los lectores que se disponen a comprarte, y para quienes te entrevistan, dispuestos a servirte de altavoz. Porque a ver, para qué sirve un altavoz si tú no hablas.
Sea como sea, aquí estoy. Ya he roto mi silencio y no hay marcha atrás.
En cierto modo, ahora que lo pienso, echarse a hablar es como perder la virginidad: una habla, dice la primera cosa que se le viene a la cabeza y, según sea ésta más o menos tonta o incómoda o inoportuna, puede incluso recibir como castigo el tener que pagarlo el resto de su vida. Lo que yo decía: igual que la pérdida de la virginidad, porque una es joven e inexperta (como yo, autora novata, sin ir más lejos), se acuesta con el primero que se le viene a su vera una noche de botellón y, según sean ambos más o menos prudentes, vayan más o menos ciegos, sean más o menos sensatos, pueden llegar a cambiar el rumbo de su vida con un embarazo adolescente y no deseado. Y, pase lo que pase, eso deja huella.
Por eso cuando regreso a mi casa después de varios días de intensa promoción, como hoy, por ejemplo, recién llegada y medio dormida desde Barcelona, vuelvo con ganas de cultivar un poco silencio. Y es que el silencio es como una planta de difícil conservación pero muy agradecida, algo así como una flor exótica de invernadero, indefensa, que por cualquier pequeño detalle puede ser destruida sin remedio.
Se la cargan los bocazas, las motos que van por la calle con el tubo de escape trucado, los anuncios estridentes, los tacones en el piso de arriba a horas intempestivas, las bocinas de los coches, los llantos de las niñas y, sin embargo, a pesar de su delicadeza, hay millones de variedades de silencio.
Está el Silencio Pudoroso de quien te ve de lejos, o va a un acto sólo por verte, porque te admira, y no se atreve a importunarte, porque tiene miedo de que cualquier cosa que te diga te parezca una tontería. Yo conozco ese silencio, lo practico por timidez y debo confesar que he sido capaz de ir adrede a un acto sólo por ver a un creador a quien admiro, cargada con todos sus libros bajo el brazo, y salir al final sin uno solo firmado porque no me atreví a pedírselo.
Está el Silencio Asombrado de quien no encuentra palabras que decir. En ese caso recomiendo, por supuesto y sin lugar a dudas, seguir callado, y si lo digo es por experiencia: tuve un amigo muy querido y, cuando murió, me costó tanto encontrar las palabras más sinceras, más tiernas, más sentidas que decirle a su madre, que a día de hoy, y han pasado años, todavía no la he llamado.
Está el Silencio Despistado, que es como una mala hierba que se come los silencios de cultivo. Crece en ambientes brumosos y yo soy propensa a verme invadida por él. Como es de naturaleza parásita, se enreda, se cuelga de todo lo que pilla e, invadida por el despiste, te hace olvidar efemérides que hubieras tenido que felicitar o ignorar saludos o agradecimientos que, tapados por el silencio, te hacen quedar fatal.
También está el Silencio Ocupado, ése de las que, como yo ahora, van corriendo a todo invadidas por la falta de tiempo, viajando con mil entrevistas pendientes, forzando la máquina para evitar el fracaso.
Uno de mis favoritos, sin duda, es el Silencio Roto Con Los Años, como cuando recibes mensajes de amigos que no has olvidado pero a los que perdiste hace tiempo, que te llenan de ilusión y esperas poder responder algún día, cuando el Silencio Ocupado se vaya de tu vida.
Pero asimismo hay Silencios Emboscados; Silencios Cobardes; Silencios Hipócritas de aquellos que se dan por aludidos y se ofenden en sus casas pero luego se callan, y Silencios Escurrebultos de ésos que alardean ante tus amigos de sentir mucho todo lo que te pasa pero no descuelgan el teléfono para decírtelo ellos mismos; Silencios Tramposos de aquéllos que leen todos los días un blog para ver si te has callado o no contando todo lo que te hicieron cuando pensaban que podían, cuando creían que no te quedaría más remedio que callarte y morder tu silencio.
A ésos, a los que ocultan en la oficina la pantalla de su ordenador cuando la tienen abierta en este blog, tras oír pasos a sus espaldas; a los que no confesarían nunca que me han leído pero yo sé que lo han hecho, que piensan que soy una bocazas, una vengativa, una indómita e incorregible bala perdida, a ellos les dedico hoy este post. Porque, desde aquí, los oigo rumiar en silencio.


Éste es con diferencia el mejor post que he leído hasta ahora, y mira que algunos ya estaban bien.
Eres una articulista/columnista excepcional, sabes captar la realidad como el mejor Millás. A ver lo que tarda algún diario nacional en ficharte.
también está el ruido silencioso, que es mejor que el silencio ruidoso
Me ha gustado y mucho, pero mucho. El personaje protagonista es uno de los mejores logrados en la literatura. Qué pasada denovela, qué auténtico torrente de emociones y magnífica prosa
Echo a faltar el silencio inteligente y el silencio de quien está de vuelta, por no hablar del silencio displicente y del "riu riu i res no diu".
Un afectuoso saludo.
Buena encajadora d críticas, sí señor!