Febrero, 2008


29
Feb 08

300 millones (parte Two).

Algún lector del blog, que parece ser que sí los hay, me ha llamado exagerada por opinar que escribir un libro, y que éste reciba un premio, y que el premio sea de tal envergadura que, apoyado por su bestial promoción puedan leerlo potencialmente millones de lectores no es para asustarse, es para empezar a pegar botes y no parar.

Lo cierto es que en parte estoy de acuerdo. Vale, sí: todo el mundo escribe, entre otras cosas, para que le lean, y la plataforma de un premio, como en este caso el Alfaguara, te haría llegar a una cantidad impensable de lectores que, saliendo como Y punto., en plan primera novela y en una fecha en que, además de la cuesta de enero, los pesos pesados campan a sus anchas, como Harry Potter, Ken Follet o Noah Gordon o la madre que los parió (que me acuerdo de ella todos los días, no se crean) en principio no alcanzaría mi novela.

Luego, que no se me olvide, está el aliciente del montante del premio, y la garantía de saber que nada más pisar la calle tu novela será reseñada en todos los suplementos literarios en el primer fin de semana y merecerá un puesto de honor en las mesas de novedades. Sí, todo precioso.

Pero, si he de ser sincera, no sé por qué el lunes, sentadita en mi mesa con mi vestido de las rebajas de Zara y muchos otros escritores cerca, algunos babeantes, otros con la mirada del que ya sabe lo que es haber sido premiado y, lo más importante, haber sobrevivido, no sé por qué, no acababa de verme en el lugar del premiado, y me daba respeto, y le admiraba por su valor para enfrentarse a lo que se le va a venir encima, y me sentía afortunada con mi anonimato, con la libertad que me da, con mis pocos lectores, no millonarios pero sí enfervorizados, militantes de Y punto. hasta el final, contentos cuando escriben un comentario en cualquier blog porque te han descubierto, porque les hablas desde la novela en susurros a tu oído, porque no gritas desde una valla publicitaria, o desde un anuncio en la tele, o desde una recepción oficial con cualquier político al lado.

Ya sé que se pueden ganar carreras a zancadas, ya sé que el que no se consuela es porque no quiere, ya sé que por qué sería preferible ir despacio a correr, buscar el boca-oreja del lector y no el altavoz de ganar un concurso con más de quinientos participantes y ser elegido entre todos ellos por un selecto jurado. Ya lo sé, sí, de verdad que lo sé.

Mal de muchos (los perdedores) es consuelo de tontos. Pero con todo yo no dejo de sentirme ganadora. Tengo quien me lea, qué coño, ya he triunfado.


27
Feb 08

300 millones (parte One).

Hay que ver lo que puede la técnica, oyes, lo lejos que puede llegar uno con una novela, y casi sin darse cuenta.

Estoy en estado de shock, lo admito, y es que claro, como yo me organizo lo mío con Y punto. al estilo casero, cuando me topo con el lanzamiento de un libro en plan superproducción de Hollywood pues lo flipo, como no podía ser de otro modo y, cual Paco Martínez Soria en La ciudad no es para mí, me siento obligada a contarlo del mismo modo que lo haría él al regresar a su pueblo. El buen hombre sentaría a todos sus vecinos en torno a una lumbre, cortaría sus buenas lonchas de chorizo y, regándolas con vino peleón y rebanadas de pan de hogaza, le diría a los paisanos boquiabiertos: “No os podéis imaginar lo que he visto”.

Pues eso, queridos y tal vez inexistentes lectores, yo también hago mía su expresión y me siento en obligación de proclamarlo: He estado de cuerpo presente en el fallo del XI Premio Alfaguara de Novela y no os podéis “ni de imaginar” lo que he visto.

Lo primero, y para mí muy importante, es que para hacer público el fallo organizan una comida. Puede parecer una chorrada, pero recapacitemos sobre ello: ¡dan de comer!

Hay que tener en cuenta que los artistas, los cómicos (como ya dijo Bardem) y los bohemios somos todos gente de mal vivir y, por tanto, mal alimentados, y tal vez por ello en esta ocasión, como había manduca de por medio, el acto estaba hasta los topes. La gente de marketing, la de prensa y hasta los editores de Alfaguara, algunos incluso con corbata, insólito caso, y otras con unas chaquetas amarillas la mar de pintureras, no daban abasto recibiendo autores de fuste, periodistas y mucha más gente que no sé quiénes eran pero iban muy elegantes. Yo, con mi vestidillo de Zara comprado en las rebajas, me sentía algo diminuta, y casi ni me atrevía a entrar, pero en un momento dado, justo cuando estaba a punto de darme la vuelta para largarme a mi casa, recapacité y me dije, con el tono de voz que emplearía mi madre: “De eso nada, Mercediñas, tú te quedas, que la hora larga de reconstrucción, chapa y pintura que le has dedicado en el baño a tu cara tienes que amortizarla”.

Y entré, y me alegro de haberlo hecho, porque ya dije que daban de comer gratis y además porque gracias a ese rapto de valentía pude presenciar todo lo que estaba por venir, y es que tras la comida, para mi asombro, se subió al estrado un maestro de ceremonias que nos comunicó a los presentes que el fallo se efectuaría, gracias a los avances de la técnica, en vivo y en directo no sólo a la prensa y al público presentes sino también a los internautas, que podían seguir el acto a través de la Red, y que contarían con conexiones con Colombia, México, Argentina y no sé cuántos países más además de con Miami, que es donde estaba el galardonado.

Yo me dije: ver para creer. Y en cuanto empezó la cosa y después de felicitar al premiado y ver su cara de no creérselo, empezaron a caerle preguntas como ladrillos desde Madrid, desde México, desde Buenos Aires, no sé por qué, pero me acordé de aquel programa que daban cuando éramos pequeños y sólo había dos canales. “300 millones”, se llamaba, y salían siempre unos cantantes con trajes muy raros y acentos que, para nosotros, eran de lo más exótico.

Pero, ojo, no es para tomárselo a coña, imaginemos que sólo la tercera parte de esos trescientos millones potenciales se agencia el libro. Vaya chollo, amigos, y, por otra parte, así comprendo la voz temblorosa que nos llegaba desde Miami: qué miedo.


25
Feb 08

Eufemismos.

Iba el sábado paseando por la calle Atocha con la falda almidoná y el grelo en el ojal y me fijé en un letrero que, a la altura del número 80 y para más INRI en la acera de enfrente de un convento, uno de los de clausura donde se encuentra, además, la tumba de Cervantes, lo que no deja de ser irónico, anunciaba con luces de neón un local muy vistoso poblado por señoritas igualmente vistosas que hacían acrobacias la mar de vistosas ligeras de ropa en torno a una barra metálica.

Cualquier lector despistado y desavisado que pulule por este blog por casualidad pensará que me refiero a un sex-shop o, ya que el diccionario de la Real Academia de la Lengua no recoge el término (lo que no me extraña por otra parte porque no me imagino yo a casi ningún académico de ésos de 180 años frecuentándolo para documentarse sobre el término, aunque visto por otra parte tampoco les vendría mal), a una "tienda en la que se venden artículos eróticos o que ofrece servicios relacionados con el erotismo o la excitación sexual", como reza la entrada del Clave, un diccionario de uso del español actual que, por lo que se ve, está algo más cerca del lenguaje de la calle.

El caso es que las letras de colorines y luces brillantes no anunciaban el negocio con esas palabras, no, nada de "sex-shop" (que es un anglicismo que no admitiría don Víctor García de la Concha ni aunque tuviera a la Muerte de frente), habrán pensado los dueños del local, y mucho menos pongamos "tienda sexual", bajo ningún concepto, no vaya a ser que se nos confundan las marujas y entren aquí a por criadillas o rabo de toro, que para eso pone en la puerta que nos dedicamos a los ultramarinos de la entrepierna.

No, lo que yo leí con estos ojitos que ahora se achican ante la pantalla del ordenador era "centro erótico". ¿A que es fuerte? A mí me lo parece. Habrán visto en algún sitio, en un hotel mismamente con salas de reuniones y conexiones adsl que éste se hace llamar "centro empresarial", o "espacio reservado para la gestión individual de los negocios" y habrán dicho: pues nosotros también, que lo de "centro erótico" siempre quedará más fino, más aséptico, más internacional.

Pues claro que lo parece, totalmente internacional, y elegante además, como todo lo que se rodea de eufemismos para hacer más selecta, más sibarita y especializada una tarea de lo más habitual, de lo más vulgar.

¿O acaso no es así? Ya que las señoritas "ejercen la vida pública", ya que lo mismo tratan con "gente de color" que con "usuarios de la otra acera", ya que sus chulos son "administradores del deseo ajeno" y la trata de blancas es "importación-exportación de profesionales del amor prepago", ¿por qué no decir que un sex-shop es un "centro erótico"?

Por supuesto que lo es, y mi Tony Soprano, que trabaja en el negocio de la recolocación de basuras, no es más que un cliente vip que vegeta sobre el Bada Bing!

Luego dicen que ya no hay espacio para los poetas. Vaya si lo hay: son los que enmascaran esta sordidez y consiguen que, cegados por los neones, los viandantes pasemos ante ellos sin escandalizarnos por lo que dicen y lo que ocultan en realidad.

Muchos autores dicen que les cuesta poner títulos a sus obras.

Compañeros, nuestros males están solucionados: contratemos a estos poetas postmodernos. Seguro que vendemos libros como churros.

Apostaría mi pellejo.


22
Feb 08

Más madera.

Me llaman del Departamento de Prensa de mi editorial, resulta que una televisión autonómica quiere hacerme una entrevista. «Genial», les digo, «La tele da muchísima visibilidad».

Mi interlocutora, se lo noto, se queda con ganas de responderme que lo de la visibilidad es obvio, máxime tratándose de la televisión, pero entre que ella se calla y yo me entiendo nos quedamos las dos tan contentas por esta nueva oportunidad de vender mi moto. «Yo hago lo que haga falta», le aseguro para concluir, intentando mostrarle todo mi entusiasmo. «La entrevista será cuando quieran, como quieran y donde quieran».

No sé por qué seré tan bocas. «Para qué hablas, Mercediñas», estaría diciéndome mi madre, que es la voz de la razón. «A ver, para qué hablas».

Resulta que al día siguiente la redactora responsable de la entrevista, tan maja, tan natural, se pone en contacto conmigo y me dice, toda simpatía, que pasará a recogerme un coche de la cadena que me llevará a un barrio de las afueras porque han conseguido que una comisaría de policía, muy moderna y recién inaugurada, les dé permiso para rodar la entrevista en sus dependencias.

Acepto, no voy a quedar de impresentable ahora, pero no las tengo todas conmigo al día siguiente, cuando me subo al Mercedes que pasa a recogerme, y en cuanto veo que cogemos carretera y manta, atravesamos descampados y asumo que la moderna comisaría esta MUY, pero MUY a las afueras, todavía menos.

Es que quién me manda meterme en estos embolaos, una cosa es escribir una novela de policías y poner a algunos de machistas, de brutos, de insensibles, y otra pintarme la raya del ojo para quedar bien ante las cámaras y meterme directamente en sus dependencias rezando por dentro porque ninguno de ellos haya leído la novela o, al menos, no la haya hecho nadie de su entorno y les haya contado lo mal parados que salen por momentos.

Pero parece que no. Me reciben en la puerta muy amables (pero eso es porque los periodistas ya han llegado y tienen cámaras que podrían inmortalizar sus gestos, pienso, paranoica hasta la médula), me dejan subirme a una de sus lecheras para hacer parte de la entrevista (pero sin esposas, ésas ya me las pondrán después cuando se vayan los de la tele, me reconcomo), me dejan posar, como si fuera una delincuente, delante de la pared blanca donde fichan a los delincuentes (será para que me vaya acostumbrando, fijo, se me ocurre mientras empiezo a sudar, aunque parece que nadie lo nota), y hasta me preguntan por mi novela, y me piden el título y uno de ellos, ávido lector, me dice que en cuanto acabe con un libro de autoayuda sobre la felicidad que tiene entre manos, se comprará Y punto. y se la leerá con gusto (hay que ver qué hipócrita, refunfuño en silencio, ¿y eso cuándo será, antes o después de recriminarme que me meta con su gremio?).

Para mi sorpresa, nadie me insulta ni me echa en cara haber escrito sobre ellos. Me tratan con suma amabilidad y cortesía, me acompañan hasta la puerta cuando me voy, casi corriendo, a otra entrevista en la radio que tenía comprometida, y hasta me plantan dos besos algunos de ellos, todos cariñosos y dispuestos.

Hay que ver qué desconfiada, que malpensada soy, me autoinculpo en el coche mientras regreso a Madrid.

Cuando estoy a punto de salir de la emisora me dicen en conserjería que, mientras estaba en antena, un cabo de la comisaría ha llamado para decir que me he olvidado una chaqueta que me quité en sus dependencias porque el color no daba bien ante la cámara. Me ha dejado un número de móvil y cuando le llamo se ofrece a acercármela hasta mi domicilio.

Una imagen pasa entonces fugaz ante mis ojos, la de un coche de la madera ante mi puerta y un agente hablando con mi portero, los dos poniéndome a parir por la mala cabeza que tengo.

«Muchas gracias, pero mejor me acerco yo hasta su comisaría» le digo.

Con todo, sigo pensando que es mejor que no sepan donde vivo. Algún día leerán la novela y entonces, lo sé, estaré en peligro.


20
Feb 08

La lectora.

Sorprendida y un tanto incrédula, me he echado a la calle para comprobar en vivo y en directo que Y punto. se vende.

No es que desconfíe de la directora editorial, faltaría más, una no puede sino creerse todo lo que le cuente alguien de Bilbao, pero es sabido que los paisanos de este lugar tienden a exagerar y he de aclarar que yo, además de gallega, soy de la estirpe de Santo Tomás. Es decir: tengo que constatarlo.

Así que me vestí discretamente y, enmascarada tras una gabardina, un sombrero borsalino y unas gafas oscuras y, por tanto, mucho más cercana en mi apariencia al inspector Clouseau que a una autora multivendedora, me dirigí hacia una de esas grandes cadenas con enormes librerías en su planta baja a verificar por mí misma no sólo que existe gente que compra libros sino incluso que, en un hecho inaudito fuera de precedentes, se decantan por el mío.

Nada más llegar sufrí la primera decepción. Me paró una señora muy enseñorada para preguntarme si, tras las gafas oscuras, se encontraba Ana Obregón de incógnito y podía firmarle un autógrafo, hágame el favor, que mi marido ha sido siempre muy fan de "Ana y los 7".

-No, señora, yo sólo he escrito un libro -le contesté.

-¿Y tan malo es que necesita esconderse? -me preguntó, toda ingenuidad.

Opté por mandarla de vuelta a "Escenas de matrimonio" o, más razonablemente, por explicarle que temía ser reconocida por las hordas de mis lectores, pero en un ramalazo de inteligencia inusitado en mí comprendí que la buena mujer estaba cargada de razón: los novelistas no son perseguidos por su público y yo, por supuesto, mucho menos.

Me quité el sombrero y las gafas y ya estaba por irme a casa con el rabo entre las piernas cuando la vi. Sí, allí estaba, pidiéndole al encargado mi novela. Era mi lectora.

Tenía dos niños pequeños y un marido un poco de vuelta de todo, o tal vez sorprendido por el ansia con que la mujer solicitaba mi libro. El encargado se dio una carrerita hasta donde estaba yo y, justo delante de mis narices, agarró un ejemplar de Y punto. como si fuera un balón de rugby y se lo entregó a ella. Ésta dejó a uno de sus niños en el suelo, lo apretó contra su pecho y, sólo después de detenerse un instante en una enorme sonrisa, lo dejó sobre el mostrador de la caja y se dispuso a pagarlo.

Se fue muy contenta, lo vi -escondida tras una columna- en su cara. Con su marido y sus dos niños tras ella un poco a remolque, un poco alucinados porque vaya capricho tonto que le ha dado a mamá un sábado por la tarde con ese novelón que no suelta bajo el brazo, y no me atreví a detenerla para ofrecerme a firmarle su ejemplar por pudor, por vergüenza y por temor a no estar a su altura.

Hace mucho tiempo que no me emociono cuando compro libros, y tuve un poco de envidia de su ilusión, de su generosidad. Y miedo también. No quise romper el momento, no quise quitarle protagonismo, no quise arruinar el encanto.

Qué podía ofrecerle. Yo sólo soy una tonta que un día se sentó a escribir un libro.

Ella es una lectora, mi lectora, y creo de verdad que no merezco tanto.


18
Feb 08

Dos.

Yo esto del Y punto. me lo organizo en plan casero, al estilo la cuenta de la vieja, y claro, así me llevo los sustos que me llevo.

A ver, sé que las previsiones de uno se pueden organizar de muy diversos modos:

Al estilo "La lechera", por ejemplo, haciendo las cuentas a lo grande y proyectando el castillo escocés que me compraré cuando los del Departamento de Derechos de Alfaguara me remitan los billones que podría cobrar por las ventas de la novela.

También podría montármelo en plan "Juan sin Miedo", vendiendo tres pero contando que han sido trescientos, a ver si así consigo convencer a los demás de lo mucho que vale la pena el libro y moviéndolos, a su vez, a comprarlo también.

Incluso, si me apuran, podría inventar un plan maestro al que llamaría, por ejemplo "El libro nuevo del rey", que consistiría en adquirir mi propia novela en algunas de las librerías que computan en las listas de los más vendidos para así hacer engordar el fenómeno y auparla hasta las cabeceras de las mesas de los grandes almacenes culturales y los top ten en papel impreso. Por cierto, esto no se lo tomen a broma, conozco a algún poeta (y a dos y a tres) que han hecho lo mismo con sus sonetos y consiguieron mantenerse muchos meses en el number one.

Pero no, yo voy contando con los deditos y echando las cuentas con mis propias manos pensando que mis cinco amigos más mis cuatro parientes más mis siete excompañeros del trabajo hacen en total dieciséis y sus madres treinta y dos y ánima bendita me arrodillo yo, como decía la canción infantil.

Por eso me llevé el susto de mi vida cuando me llamó hace unos días la directora de mi editorial para hablar seriamente conmigo.

"Ya la fastidié", pensé, "Seguro que he metido la pata y en alguna entrevista he hablado más de la cuenta. Si es que no tengo remedio, si es que soy una novata, si es que la estoy pifiando a cada rato".

Sin embargo, oh Aleluya, su tono no era serio por una bronca a punto de nacer sino emocionado por la alegría (y seguro también que por un poco de sorpresa, a qué negarlo) de comunicarme que, en menos de un mes y sin padrino que me bautice ni perrito que me ladre, ya vamos por la segunda edición.

Y aquí estoy, todavía sin acabar de creérmelo y contando con los dedos, una vez más, repasando las cuentas porque no me salen. No conozco a tanta gente y ni siquiera mi madre ha podido chantajear a tantos incautos, eso está claro.

Quizá, quién sabe, tenga algo que ver en esto mi Tony Soprano.


15
Feb 08

Bolos.

El viaje es lo que tiene, que hace extraños compañeros.

No diré nombres, faltaría más, pero sí explicaré que existe una cierta raza de autores descontentos. Son esos novelistas con cierto éxito social, tampoco mucho, y cierto nombre, tampoco tanto, y algún que otro premio en su haber, tampoco los mejor pagados ni los más importantes, y varias novelas a sus espaldas, todas tenidas en cuenta por la crítica pero nunca halagadas con fervor, no ensalzadas hasta la extenuación ni vilipendiadas por completo que, tal vez abrumados por su estado de grisura sempiterna, de grisura epidérmica, de grisura impenitente, se muestran, cuando te los topas, tan altivos como obstinados, tan indolentes como dolidos, tan superiores como enajenados.

Lo digo, también, con conocimiento de causa, y es que por azares del destino (o por azahares del destino quizás, o por azadones del destino) cada vez que hago un bolo por las Españas coincido con ese mismo novelista de la raza citada.

El encuentro, siempre casual, nunca previsto, se produce de la siguiente manera:

Yo me pongo un vestido que me haga delgada, me pinto lo mejor que puedo, me coloco mi sonrisa más sincera y mi actitud más pizpireta y me encamino hacia algún lugar de ésos que tienen fama de cultos donde previamente he quedado con una radio, una cadena de televisión, un crítico, un periodista.

Nada más entrar nos encontramos, flanqueados ambos por nuestras respectivas jefas o acompañantes de prensa, y mientras ellas, fanáticas siempre del buen rollo, como debe ser entre compañeras, se abrazan y se besan, nosotros nos observamos. Él a mí como esos perros viejos de vuelta ya de todo, cansados de roer los huesos, con el gusto revenío en la boca porque no es la primera vez que sueñan con saborearlo, y yo torpe y tonta y algo alocada y atolondrada, como un cachorro con un lazo de regalo atado al cuello al que acaban de sacar de una caja.

Consciente de la importancia de mi interlocutor y de su espíritu dolido, porque es evidente en su actitud que considera que el mundo, la fama, la gloria, no le ha pagado todo lo que le debe y porque, además, él lleva mucho más camino recorrido que yo, saludo con humildad (de hecho, con toda la humildad de que soy capaz) para que no vea en mí a una rival sino a una lectora respetuosa, alguien que, tampoco es plan ir de falsa, no le ha leído jamás pero sabe de sus esfuerzos, de las décadas que lleva escribiendo, de todos los intentos que ha hecho (primero la novela social, luego la negra, ahora la histórica, mañana quién sabe).

También, no voy a negarlo, quiero evitar por todos los medios que se mosquee y, como yo trataré con el entrevistador de turno justo después de él, siembre éste de maledicencia la alfombra bajo mis pies.

La pena es que, por lo que parece, es imposible.

Si saco el tema de lo bien que parecen ir sus ventas pone cara de asco, como diciendo: «Sí, así es, y tú jamás venderás ni la mitad de la mitad».

Si hablo de lo bien que le ha tratado la crítica, esta vez el gesto es como de: «Ya, pero las he tenido mejores. En todo caso, tú jamás llegarás a conseguir una crítica positiva».

Si comento en tono simpático, por gastar una broma tonta, que espero que le cunda el dinero que sacó con el último premio literario, entonces el rictus se torna amargo y deduzco de él que supone un: «Bueno, es un premio de medio pelo, no como los bombazos comerciales que consiguen tus amiguitos. Aunque no te preocupes, tú jamás arañarás ni el galardón de un ayuntamiento mal pagado».

Si digo que sus lectores son tan fieles y sus textos tan personales que, a este paso, van a convertirlo en autor de culto, frase horrible a todas luces que se usa en el sector para justificar que un novelista no vende un colín pero aun así, por nombre, por amistad, a veces hasta por calidad, se le sigue publicando, él se limita a arquear las cejas e interrogarme desde lo más hondo de su mirada con un vistazo tipo: «Por supuesto que soy de culto, tuve una crítica en el NYRB -New York Review of Books, para los neófitos- antes de que tú nacieras, niñata, algo que, sin duda, tú-jamás-lograrás».

Si, sabedora del riesgo que corro, de lo comprometido de mi situación, intento hacerme la tímida y simplemente saludo, su desdén hacia mí se manifiesta en una caída de párpados perfectamente planeada que me da a entender que: «Ya veo, estás acojonada, te impone mi magna presencia. Eres una mindundi con todo por demostrar, algo que yo ya he cubierto con creces y tú-ja-más-al-can-za-rás».

El caso es que ya es la sexta vez que me lo encuentro, y ahora nuestros libros han salido casi al mismo tiempo y vamos a la par encontrándonos en hoteles, pueblos y capitales de provincia, siendo reseñados en los suplementos, y ya es que me da lo mismo que me da igual lo que piense de mí, abrir la boca que quedarme callada, que me tome por tonta o por demasiado espabilada.

Así que digo lo primero que se me viene a la cabeza, lo que sea, qué mal día hace hoy, hay que ver cómo está el tráfico, acaba de atropellarme una vaca verde en la otra acera.

Él me calibra de arriba abajo, me ignora, hace como que no me conoce, da una calada a su pitillo y se va dejándome tosiendo, envuelta en el humo de su cigarro.

Ya lo dijo Neruda: «Me gustas cuando callas porque estás como ausente».

Por qué demonios nunca le haré caso.


13
Feb 08

Amotos.

Antes de empezar diré que tengo amigos, e incluso familiares muy cercanos, que van en moto. Y me hablo con ellos, y ellos me hablan a mí.

Sé que suena tan hipócrita como cuando algún carcamal de homofobia demostrada dice que tiene un par de amigos gays o, peor aún, cuando un cabecilla del Ku Klux Klan proclama que su mejor amigo es negro (y a lo mejor hasta es cierto y su dóberman, su Toby, tiene un pelaje oscuro y lustroso con reflejos de brillo cegador, de ésos que dan miedo).

Yo no pretendo, líbreme Dios, ser hipócrita ni escudarme tras mis amistades antes de echar todos mis demonios sobre los motoristas. No, de eso nada. Sólo busco poner a los lectores desavisados en antecedentes.

Otro antecedente: hace cuatro años me rompí una pierna y, tras la pertinente operación, me unieron los huesos con 7 tornillos de titanio y tuve que pasarme mis buenos seis meses en muletas. Entonces me di cuenta de qué difícil es transitar por Madrid con ellas. Todo son barreras arquitectónicas, es el infierno para los inválidos hecho ciudad y, aunque una siempre pensó que era solidaria y comprensiva con las dificultades de los discapacitados frente a ellas, lo cierto es que no hay nada como sufrirlas en las propias carnes para darse cuenta de lo difícil que es, por ejemplo, subir con ellas a una acera, bloqueada para colmo por un coche cualquiera.

Me pasé, no ya meses, sino años, proclamando a voz en grito a todo el que quisiera oírme que era una necesidad de primer orden eliminarlas, acabar de una vez por todas con ellas, permitir el libre acceso de todo el mundo, en silla de ruedas o carritos de niños, a cualquier lugar de esta ciudad.

No es que yo lo consiguiera, por supuesto, porque soy muy pequeñita y tengo muy poquita voz, pero el caso es que algún mandamás del ayuntamiento debió también de romperse alguna pierna porque, poco a poco, las calles de Madrid se han ido llenando de rampas que, junto a los pasos de peatones y en los semáforos, permiten que cojos, maltrechos, lisiados y madres con niños podamos fácilmente cruzar la calzada y acceder a las aceras.

Y las motos también.

Esto es como el sufragio universal. Se luchó denodadamente por él y, al cabo, psicópatas como Hitler llegaron al poder con el voto de toda una nación.

Pues con las motos pasa lo mismo: suben por las rampas hechas para los inválidos y transitan libremente por las aceras llevándose por delante, y a toda velocidad, a ancianos, madres, niños pequeños, sillitas de ruedas o cualquiera que se ponga por delante.

Ayer, sin ir más lejos, me topé con un salao en una moto de muchos, muchos millones, transitando a toda leche por la acera.

-¿Adónde vas? -le interpelé-. ¿No sabes que las motos no pueden invadir las aceras?

Y es cierto, lo sé porque me he informado en la Junta del Distrito, hay un vacío legal en la normativa municipal que permite a las motos subir a las aceras para aparcar en ellas, pero no transitar estando encendidas, sea a la velocidad que sea. Es decir: si tienes moto y quieres aparcar delante de tu casa o ir al local de moda, no puedes subir en la rampa del semáforo a cincuenta metros, circular por la acera a toda velocidad y aparcar en la misma puerta del lugar al que te diriges. Hecha esta aclaración, sigamos con la conversación:

-Voy a donde me sale de los güevos -motorista dixit.

-Ya, pero es que no puedes ir por la acera, y menos a esa velocidad.

-Es que la calle es de sentido prohibido y si no tengo que dar la vuelta a la manzana, hacer la rotonda y comerme varios semáforos. Y tampoco iba tan rápido…

-Pues lo siento en el alma pero no puedes hacerlo. Y no mientas, que ibas lanzado y la moto ocupa casi el ancho de la acera. Podría haber salido un niño o un peatón de cualquiera portal y habértelo llevado por delante.

-Si eso ocurriera sería un problema del padre del niño y mío.

-Eres un insolidario y un inconsciente, no sé cómo te han dado un carnet.

-La insolidaria eres tú -y aquí ya eleva el tono de voz-, que me queda poca gasolina y si se me para la moto en la calzada se cala y me puede atropellar un coche.

-¿Y si tú atropellas a alguien en la acera?

-Pues que le den por culo. Y déjame en paz, que ya te he dicho que me estás tocando los güevos.

-¿Sabes qué te digo?, que eres un egoísta y no tienes argumentos, y te mereces una multa como una catedral.

Y aquí llega el gran momento, la frase que he oído ya más de cien veces desde que me he embarcado en la cruzada suicida de llamarle la atención a cualquier chulo sobre un engendro mecánico de dos ruedas que cuanto más bajito es, cuanto más diminuto es su cerebro, cuanto más enorme su billetera, en una proporción inversa evidente entre la juventud que se le escapa y las ganas de demostrar que aún sigue al pie del cañón, más grande y cara es la moto, me responde:

-Mira, gilipollas, ¿a que me saco el casco y te parto la cara?


11
Feb 08

Pío, pío.

Alguien se ha chivado. Lo sé, parecía imposible, pero al fin es cierto.

Alguien se lo ha dicho.

Alguien se ha chivado a mi portero. Y, por supuesto, y por la cuenta que me trae y como diría en mis años de colegio: Pío, pío, que yo no he sido.

Me lo encuentro en el portal, ayer por la noche, y me cuenta, serio pero crecido, que se ha enterado de que lo saco en este blog.

-Y he de confesarle que yo no sabía qué era eso de los blocs hasta que me lo dijeron -me explica cargado de razón-. Yo antes pensaba que lo de los blocs era otra cosa.

Ya, y yo pensaba que mis vecinos eran discretos, de ésos que no se molestan en preguntar ni siquiera cuando oyen disparos por las ventanas del patio. Pero está visto que no, que debe de ser que para los tiros son discretos, pero para lo demás parecen ser más avispados y, desde luego, mucho menos callados.

-Es que éste es un vecindario muy especial. Se lo digo yo -me suelta, ahora ya con suficiencia y tono, más que razonable, directamente filosófico, después de mi sibilino y fallido intento de sonsacarle.

Y tanto que es especial, vaya que lo es. En la ventana de enfrente a mi cocina, sin ir más lejos, tengo un vecino tan, tan divino, que antes de abrir o cerrar sus cortinas se pone gafas de sol. Lo sé porque yo no las tengo, y claro, el día que le toca colada no me pierdo el espectáculo. Ahora que caigo, igual se pone las gafas precisamente para hacer que no me ve en la ventana de enfrente mirándola fascinada con la baba colgando. Sí, tiene sentido. Tal vez si yo pusiese estores o algo él dejaría las gafas a un lado, o tal vez le molesta ver mi desastre de cocina, llena de botes y trastos y hasta de cajas de libros. Si es que tendría que ser de diseño, para estar a la altura del resto del vecindario, pero está visto que en esta cesta llena de guisantes tiernos que es mi bloque, yo soy el garbanzo, y además negro.

En cuanto a mi portero, ese hombre, mucho me temo que, encantado con su nueva condición de personaje popular (aunque ríete tú de la tremenda popularidad que puede otorgarle ser cuasi protagonista de este bloc), no tardará en pregonar a los cuatro vientos a todo aquél que suba o baje en el ascensor la existencia de esta página. Ya veo al de las gafas de sol, a la que un día te sonríe porque se ha tomado el litio y otro te arranca la cabeza porque no, o a la que siempre se le olvida alguna maleta en el portal cuando se marcha de viaje y a todos los demás cotilleando tarde tras tarde a ver si los saco en algún post.

-A su madre le va a hacer mucha ilusión -vaticina de pronto, críptico y casi amenazador, sacándome de mis pensamientos vecinal-catastrofistas mientras sostiene la escoba con sus dos manazas de degollador.

-¿Cómo? ¿A mi madre? ¿Y de qué la conoce usted, si puede saberse?

-No tenga miedo, es una señora encantadora, siempre se para un rato a hablar conmigo cada vez que viene a visitarla, y me ha dado su teléfono de Galicia por si algún día pasa algo, para que la avise. Esto del bloc es para avisarlo ¿no le parece?

Lo dice con cara de bonachón, pero a mí no me engaña, éste es como mi Tony Soprano, que parece que avisa pero en realidad te está amenazando.

Lo oigo reírse quedamente a mis espaldas.

Esto es lo que pasa cuando menosprecias al enemigo.

Cuando menos te lo esperas, se revuelve y te da un baño, una lección, un repaso.

Acojonada, como si hubiera recibido el beso de la muerte de manos de un mafioso de New Jersey camuflado bajo el inofensivo disfraz de padre de familia más o menos obeso, más o menos peligroso, más o menos encabronado, me despido de él con un hilillo de voz y subo en el ascensor con las orejas gachas y la inevitable sensación de saber que todo mi mundo se está desmoronando.


8
Feb 08

Silencio.

Llevo muchos días hablando, y empiezo a estar harta de mí misma.

Aunque, por otra parte, la verdad es que he estado muchos, muchos más meses callada, por autoimposición, por prudencia, porque tenía mucho que masticar y tragar antes de poder hablar casi sobre cualquier cosa.

De todas maneras el caso es que, independientemente de si yo quería o no romper mi silencio, ahora mismo es lo correcto, lo justo para la novela, que también tiene sus derechos, y para los lectores que se disponen a comprarte, y para quienes te entrevistan, dispuestos a servirte de altavoz. Porque a ver, para qué sirve un altavoz si tú no hablas.

Sea como sea, aquí estoy. Ya he roto mi silencio y no hay marcha atrás.

En cierto modo, ahora que lo pienso, echarse a hablar es como perder la virginidad: una habla, dice la primera cosa que se le viene a la cabeza y, según sea ésta más o menos tonta o incómoda o inoportuna, puede incluso recibir como castigo el tener que pagarlo el resto de su vida. Lo que yo decía: igual que la pérdida de la virginidad, porque una es joven e inexperta (como yo, autora novata, sin ir más lejos), se acuesta con el primero que se le viene a su vera una noche de botellón y, según sean ambos más o menos prudentes, vayan más o menos ciegos, sean más o menos sensatos, pueden llegar a cambiar el rumbo de su vida con un embarazo adolescente y no deseado. Y, pase lo que pase, eso deja huella.

Por eso cuando regreso a mi casa después de varios días de intensa promoción, como hoy, por ejemplo, recién llegada y medio dormida desde Barcelona, vuelvo con ganas de cultivar un poco silencio. Y es que el silencio es como una planta de difícil conservación pero muy agradecida, algo así como una flor exótica de invernadero, indefensa, que por cualquier pequeño detalle puede ser destruida sin remedio.

Se la cargan los bocazas, las motos que van por la calle con el tubo de escape trucado, los anuncios estridentes, los tacones en el piso de arriba a horas intempestivas, las bocinas de los coches, los llantos de las niñas y, sin embargo, a pesar de su delicadeza, hay millones de variedades de silencio.

Está el Silencio Pudoroso de quien te ve de lejos, o va a un acto sólo por verte, porque te admira, y no se atreve a importunarte, porque tiene miedo de que cualquier cosa que te diga te parezca una tontería. Yo conozco ese silencio, lo practico por timidez y debo confesar que he sido capaz de ir adrede a un acto sólo por ver a un creador a quien admiro, cargada con todos sus libros bajo el brazo, y salir al final sin uno solo firmado porque no me atreví a pedírselo.

Está el Silencio Asombrado de quien no encuentra palabras que decir. En ese caso recomiendo, por supuesto y sin lugar a dudas, seguir callado, y si lo digo es por experiencia: tuve un amigo muy querido y, cuando murió, me costó tanto encontrar las palabras más sinceras, más tiernas, más sentidas que decirle a su madre, que a día de hoy, y han pasado años, todavía no la he llamado.

Está el Silencio Despistado, que es como una mala hierba que se come los silencios de cultivo. Crece en ambientes brumosos y yo soy propensa a verme invadida por él. Como es de naturaleza parásita, se enreda, se cuelga de todo lo que pilla e, invadida por el despiste, te hace olvidar efemérides que hubieras tenido que felicitar o ignorar saludos o agradecimientos que, tapados por el silencio, te hacen quedar fatal.

También está el Silencio Ocupado, ése de las que, como yo ahora, van corriendo a todo invadidas por la falta de tiempo, viajando con mil entrevistas pendientes, forzando la máquina para evitar el fracaso.

Uno de mis favoritos, sin duda, es el Silencio Roto Con Los Años, como cuando recibes mensajes de amigos que no has olvidado pero a los que perdiste hace tiempo, que te llenan de ilusión y esperas poder responder algún día, cuando el Silencio Ocupado se vaya de tu vida.

Pero asimismo hay Silencios Emboscados; Silencios Cobardes; Silencios Hipócritas de aquellos que se dan por aludidos y se ofenden en sus casas pero luego se callan, y Silencios Escurrebultos de ésos que alardean ante tus amigos de sentir mucho todo lo que te pasa pero no descuelgan el teléfono para decírtelo ellos mismos; Silencios Tramposos de aquéllos que leen todos los días un blog para ver si te has callado o no contando todo lo que te hicieron cuando pensaban que podían, cuando creían que no te quedaría más remedio que callarte y morder tu silencio.

A ésos, a los que ocultan en la oficina la pantalla de su ordenador cuando la tienen abierta en este blog, tras oír pasos a sus espaldas; a los que no confesarían nunca que me han leído pero yo sé que lo han hecho, que piensan que soy una bocazas, una vengativa, una indómita e incorregible bala perdida, a ellos les dedico hoy este post. Porque, desde aquí, los oigo rumiar en silencio.