Enero, 2008


30
Ene 08

Más que punto, puntazo.

Me levanto a las 5 de la mañana, cojo un tren, llego a Valencia arrastrándome, con sueño, con frío, con hambre, y nada más salir de la estación, una estación de trenes como de película (sólo faltaban Ingrid Bergman con sombrero y Humphrey con gabardina aunque, lo sé, a ellos les esperaba un avión) me topo, después de cruzar un semáforo, con el enorme escaparate de una librería y, en él, como un sol, brillante, justo en el medio, bien grande y bien hermosa, la promoción de Y punto. (un móvil para colgar del techo con colores vistosos y varias frases «con pegada» entresacadas de la novela) y un ejemplar de la novela.

Se me sube la moral, me siento bella, hermosa, triunfante, dispuesta a comerme el mundo (y si me dan algo de desayuno, mejor) y a caerle genial a la prensa y a poner mi mejor sonrisa ojerosa ante las cámaras y a firmar todos los libros que haga falta con mi mejor letra a pesar de que, como soy zurda, siempre se me tuerce el renglón para abajo y queda todo un poco desastre, como si no hubiera hecho los cuadernillos de caligrafía Rubio.

Una de las citas con una redactora es en la Casa del Libro, que en Valencia tiene cafetería, como debe ser. Llegamos y me dice el director que recibieron 15 ejemplares de Y punto. y ya han vendido 9 en sólo un par de días, y hasta han pedido más.

Ole con ole y con ole. Me pongo más contenta que unas castañuelas, empiezo a plantarle besos a todo el que se me pone por delante, redactora alucinada incluida, y por dentro, aunque no lo digo, no vaya a ser que piensen que estoy más loca de lo que realmente soy, me pongo a entonar vivas a la madre superiora y a la Red Comercial.

Qué poco le hace falta a una para ser feliz.

En muchas de las entrevistas de ese día me preguntan, casi siempre al final, qué pretensiones tengo, adónde quiero llegar con mi libro.

«Al infinito y más allá», me apetecería responderles, pero sé que no todo el mundo es tan infantil como yo y no sé si pillarían la broma y me tomarían por una ególatra, de modo que me callo.

Porque sé que es difícil, que cuesta, que está crudo, que quién va a apostar por una chica que no conoce ni Dios y que nunca ha publicado ninguna otra novela y que cómo va a destacar entre los 250 ejemplares de Pérez-Reverte o de Javier Marías, que se venden en un pis-pas, sin riesgo de devolución, y además hasta llevan portada en color.

Pero luego el librero te hace un hueco, y a veces te pone en el escaparate, como ese anónimo de la librería frente a la estación de trenes de Valencia, y hace que tu libro se vea, que sepas que está ahí, a la vista de todos, de un incauto que se lo lleve sin saber quién soy aunque por lo menos ya conoce mi existencia gracias a un móvil de techo pegado con papel celo a una cristalera.

Qué bonito y qué responsabilidad, en un tiempo en que los editores intentamos convencerles a todas horas de que las 40.000 novelas que salen al año son la leche, reservarme un huequecillo y darme la oportunidad de estar ahí, al lado de los premios Planeta y del bigote de Aznar, de dejarme existir.

A lo mejor hasta mi portero, de camino a una de sus tascas habituales, pasa por delante de uno de esos escaparates y se toma en serio que he escrito un libro, y aunque sé que no se lo comprará (porque, si eso ocurriera, se produciría una fisión en el continuo espacio-tiempo), igual hasta deja de chotearse de mí.

Sólo espero que luego nadie, ni siquiera él, vaya a la librería a tirarles mi novela a la cabeza, y que el que se patea las calles cargado con displays y hojas promocionales jugándose los pies y los callos y la prima, vendiendo mi moto, defendiendo las historias y los sueños que se me ocurrieron un día, hace muchos años, sola y en mi vieja mesa de despacho, para una Clara Deza que nunca ha existido, se forre, de verdad.

Porque si se forran es que todo su trabajo ha valido la pena. Y también el mío.

Y además me forraría yo, que también es un puntazo. A qué negarlo.


28
Ene 08

Mijangos.

Hay amigos osados, hay empresas arriesgadas, hay compromisos audaces y hay planes absolutamente demenciales. Yo tengo un amigo, y mi amigo tiene un plan.

Pero antes tal vez sea preciso explicar algunas cosas.

Desde que Y punto. puebla escaparates y mesas de novedades, la gente que me rodea se ha posicionado y familiares y amigos sin complejos y con la mejor intención, armados con algo más que arrojo, se han mostrado más animosos que fans fatales y dispuestos a venderme allá donde haga falta. Lo cierto es que me siento un poco culpable porque algunos, de tanto empeño como le ponen, rozan la enajenación y llegan a extremos tales que esto, más que promoción casera, parece ya directamente película de Berlanga.

Tengo un amigo en Pamplona que, el día en que Y punto. salió a la venta, cogió su billetera y se fue, tan campante, a las cuatro librerías más conocidas de su ciudad dispuesto a comprar un ejemplar en cada una. Si no disponían de la novela, montaba un pollo tremendo y obligaba a que la encargaran ipso facto. Si la tenían, cantaba sus alabanzas al librero hasta que le convencía de ponerla en el escaparate. Se gastó 80 eurazos del ala, pero mi libro luce como el sol en toda su localidad.

Me consta que otros han comprado la novela de dos en dos, o incluso de tres en tres, dispuestos a regalarla aunque ya hayan pasado las Navidades y se les empine un poco más, por mi culpa, la cuesta de enero, y hay profesores universitarios en Castellón y Barcelona que la han recomendado a sus alumnos aunque Y punto. no encaje ni por asomo en sus materias lectivas.

Pero, además de todos estos amigos y muchos más, están también los pirados, los que por sacar la cara por mí bordean ya peligrosamente no sólo la pesadez sino, incluso, el suicidio social o laboral.

Como mi madre, que se fue a un entierro con sus 200 marcapáginas en el bolso y, a cada conocido, pariente o incluso a la misma esposa del difunto, le endosaba uno susurrándole: «Ya sé que no es el momento, pero tengo que hacerlo: ésta es la novela de Mercedes. Te la tienes que comprar».

O una de las personas más cercanas, empeñada en vendérsela a todos y cada uno de sus 300 compañeros de trabajo, ya sea en persona o por email, aunque apenas los conozca porque hace poco que llegó a su empresa.

O como Mijangos.

Sólo que Mijangos no está pirado ni cegado por el amor filial. Mijangos, ya lo he dicho antes, tiene un plan.

Mijangos es librero, trabaja en una de las cadenas más conocidas del país, en la sección de narrativa y -esto es MUY importante-, tiene unos jefes que, además, no están bien de la vista.

Mijangos me quiere (insisto de nuevo: es mi amigo) y sabe lo difícil que es que una novela de un autor primerizo salga adelante porque lo ha vivido en sus carnes: él ha publicado dos y, aunque son geniales y muy divertidas, todavía tiene que seguir aguantando en su trabajo para poder comer.

Por eso se ha empeñado en que Y punto. funcione, y sabe cómo hacerlo:

No sólo recomienda mi novela o directamente se la coloca a todo cliente desprevenido que se ponga a tiro sino que, además, me ha plantado en medio del escaparate por el morro y, lo que es increíble, en la pared de los más vendidos.

Le he dicho que se juega el puesto, que cómo se ha atrevido a hacerlo, que mi libro queda impactante ocupando toda una fila desde el techo hasta el suelo, y de frente, con la portada en sus claroscuros bien hermosa, justo al lado de Ken Follet y el Pijama del Niño a Rayas, pero que como le pillen se le cae el pelo.

Me ha respondido que toda empresa tiene sus riesgos y él los asume por mí, que mientras no lo descubran Y punto. seguirá ahí, en la pomada, porque le gusta y le da la gana y lo merece, y él disfrutando del juego.

Muchos de los lectores de este blog me preguntan si son reales mi portero o los demás personajes sobre los que escribo. Me he prometido a mí misma no revelar qué es ficción y qué no, pero en este caso voy a hacer una excepción:

Mijangos existe.

Si alguna vez tenéis la ocasión de pasar por su librería, buscadlo. Está al pie del cañón, poniéndole un ejemplar de Y punto. en la mano al primero que se despiste, y siempre es un placer escucharle. No lleva capa, su uniforme de trabajo no es más que un chaleco sobre cualquiera de sus camisetas y sus vaqueros gastados. Pero es mi héroe.


25
Ene 08

Camisetas, y también tetas.

Lo confieso, estoy enamorada. Y lo peor es que se parece a mi portero.

Tiene una barriguilla la mar de atractiva, ojitos burlones, un apéndice nasal extra, entradas respetables, dedos regordetes y, lo que es mejor, le queda el chándal como a nadie.

Se llama Antonio, bueno, en realidad se llama Anthony, que queda como más norteamericano, pero todos le llaman Tony. Eso sí, un Tony dicho con mucho respeto.

Cuando habla con sus amigos, como es algo grandote, siempre los coge por el cuello o, mejor dicho, por el cogote, y no me importa ni que esté casado ni que tenga su oficina encima de un garito de streptease. La familia Soprano siempre ha sido así y si quiero el amor de mi Tony debo aceptarlo tal cual, con sus pequeñas extravagancias y sus grandes negocios.

Lo que tiene mi Tony es que es inteligente, porque qué mejor ambiente de trabajo para un hombre como él que un local absolutamente plagado de mujeres enseñando con orgullo sus domingas.

El otro día, trajinando por Internet, me topé con una estupenda página dedicada a Los Soprano (www.lossoprano.tv) y, entre otros artículos de merchandising (tienda.lossoprano.tv), había una serie de camisetas con el logo del local, que es propiedad de Silvio Dante, el mejor amigo de la infancia de Tony. Bada Bing! se llama, y lo anuncia un luminoso fucsia que, además del nombre del garito entre admiraciones, ofrece la silueta de una mujer de frondosa melena y, como no podía ser de otro modo, enormes tetas.

Creo que si mi novela hace dinero va a ser lo primero que me compre.

Es más, creo que me la voy a poner alguno de los días en que me toque conceder entrevistas a prensa.

Me relamo sólo de pensar en la cara que pondrá mi portero cuando abra su ABC y me vea allí, orgullosa y feliz, hablando de mi novela de 600 páginas y luciendo camiseta con la silueta de un buen par de tetas.

Ya queda poco, no puedo fallar, de ésta le da el infarto seguro. Y si no, llamo a mi Tony para que venga y le parta la jeta.


23
Ene 08

Lápices afilados.

Parece ser que me estoy creando fama de gruñona. Lo que hay que oír, si soy una malva.

Me dicen mis amigos que me quejo mucho, que me estoy volviendo arisca, que por qué protesto tanto y me empeño en no dar datos de mi vida, en negarme a abrirme un poco si, a fin de cuentas, ya me he sacado las tripas y las he expuesto en la novela.

Cierto, pero en la novela yo decido qué cuento y qué no, dónde quiero poner alguno de mis recuerdos y de qué manera. Sólo yo (y algunos colegas o familiares) sé detrás de qué personajes enmascaro mis ideas y en cuáles me hago la loca y despisto al personal fingiendo voces que no son la mía. Libertad creativa, le llaman. En cambio, en las entrevistas, en la promoción, el careto que sale en la foto es necesariamente el mío. Y ya me veo todos los días en el espejo, y la mitad de las mañanas, francamente, no me gusto un pelo.

El caso es protestar, me recriminan, tú siempre dando la nota, si tu novela saliera pelada a la calle, huérfana y sin promoción, sin una mísera entrevista, estarías llorando y quejándote a los cuatro vientos, gimoteando por las esquinas desgranando tus desgracias y hay que ver, diría anegada en llanto, escribir una novela durante nueve años para esto.

“Eso, neniña…”, corrobora mi madre su opinión en cuanto se la cuento y me abronca todavía un poco más que ellos, “…no se puede ser tan desagradecida. Si hay que salir en la prensa, se sale, y si te piden un posado, pues lo concedes, y si te ponen cámaras en la puerta pues sonríes al salir y das las gracias por el interés, muy fina tú, como hace Mar Flores, y tan contenta. Que te quejas por todo”.

Como se ve, mi madre se piensa que escribir un libro te sitúa en la cúspide de la popularidad, pero eso de las cámaras en la puerta, que yo sepa, sólo lo vivió Ana Obregón el día después de publicar aquellos cuentecillos sobre Ana y los siete. Lo demás es desdén, que diría Neruda, y ni cámaras ni reconocimiento ni nada de nada. Aunque sería divertido ver a mi portero lidiando con los paparrazzi del Tomate, a qué negarlo. Sólo que, a este paso, como no me encadene a la Cibeles (hay precedentes, Loli Álvarez y Arlequín lo hicieron y tuvieron su minuto de gloria), lo del Tomate lo veo un poco difícil. Si entrecierro los ojos hasta soy capaz de vislumbrar el titular: “Autora desconocida atada a monumento de Patrimonio Nacional”.

En fin, dejando aparte el sueño de fama de mi madre, lo cierto es que este afán huraño mío obedece a un motivo que, no me queda más remedio, confesaré: estoy muerta de miedo.

¿Miedo a las críticas? No mucho, la verdad.

¿Miedo a perder mi privacidad? Tampoco. Como ya he dicho antes, en esta España nuestra que cantó Cecilia, los frikis del Tomate son muchísimo más conocidos que cualquier Premio Nacional de Literatura, como debe ser, dónde va a parar.

Entonces, ¿a qué le tengo miedo?

A los colegas, señores. A todos esos autores que edité sin piedad en el pasado, a todos cuantos saqué fallos sin contemplación, a todos a los que les taché frases, suprimí párrafos, cambié contras sin pedir permiso, podé capítulos pensando que, si lo hacía sutilmente, no se darían cuenta.

Me siento como el Señor Scrooge en Navidad, temblando bajo la cama, acechado por sus fantasmas.

Oigo a los míos, ya se acercan, pero no arrastran cadenas, afilan lápices y sus puntas de grafito me amenazan.

Se me hiela la sangre en las venas.


21
Ene 08

¿Decías que no querías caldo?.

Esto me pasa por hablar.

Estoy llegando a mi portal después de hacer varios recados tontos de lunes por la mañana y suena mi móvil. Lo rescato del fondo del bolso, entre chapas y marcapáginas de Y punto. (no voy a ser menos que mi madre, faltaría más) y, como sé que en el ascensor se perderá la cobertura (la vida moderna y los edificios viejunos es lo que tienen), me quedo sentada en un banco frente a la puerta mientras hablo.

Son los de la editorial, me llaman por dos asuntos de vital importancia:

Uno: ¿Les doy permiso para decirle mi edad a la prensa? Parece ser que los periodistas que han recibido la novela no paran de llamar preguntando por qué no aparece mi fecha de nacimiento en la nota biográfica.

Dos: ¿Podría participar en la grabación de un vídeo promocional de la novela? Tendría que explicar el argumento y, al parecer, mostrarme un poco graciosa. Ya se sabe, hay que vender el libro y…

Por el rabillo del ojo veo a mi portero, me contempla fijamente (se cree que, como soy mujer, no debo de poder hacer dos cosas a la vez: hablar por teléfono y echar un vistazo a mi alrededor para darme cuenta de que me observa, pero se equivoca: incluso puedo hacer la proeza de respirar también si me concentro). Menea la cabeza con parsimonia y rostro serio, primero a un lado, después a otro, como negando. Desde de que sabe que he escrito una novela me mira de otro modo, como con pesar, y sé que ahora mismo está preguntándose para sus adentros cómo, con lo pequeñaja que soy, he podido ser capaz de escribir un libro. Se rasca la cabeza sin dejar de acecharme, seguro que ahora está pensando que me lo ha escrito alguien, que lo he fusilado de Internet.

Termino la conversación diciendo que sí a todo (qué le vamos a hacer, soy una mujer pública y, además, fácil) aunque me pregunto:

Uno: Si habrá una crisis en el sector periodístico, un cese temporal de la actividad, una huelga de brazos caídos, un plantón general de redactores que se niegan a trabajar hasta que sepan mi edad, una negativa tajante de los críticos a valorar mi novela en tanto no se les informe de si su autora tiene 25 o 50 años.

Dos: Si a todos los autores, académicos incluidos (y de éstos en Alfaguara tienen a puñaos), les piden en sus respectivos vídeos promocionales que se desinhiban y hagan un poco el mono ante la cámara.

En el fondo da lo mismo, me digo tras guardar el teléfono. Yo soy payasa de serie, así que sólo se trata de ser yo misma tras la cámara. Tal vez por eso, mientras paso junto al portero, le saludo alegremente y le cuento (sí, para provocar) que mañana voy a grabar un vídeo promocional para anunciar mi novela, ésa de más de 600 páginas.

Preso del asombro, se le cae la escoba. Le espío por el espejo del portal mientras se agacha con esfuerzo para cogerla. No puede, tiene demasiada barriga. Es como una tortuga que quisiera hacer el intento de verse el ombligo.

Disfruto como una enana.

Mañana le cuento que me van a dar el Nobel. A ver qué cara pone.


18
Ene 08

No te lo creas.

Mi madre me llama desde Galicia y me da consejos sobre cómo comportarme «ahora que soy una mujer pública». Me tienta la idea de explicarle que las mujeres públicas, realmente, son otra cosa, algo así como Carla Bruni de la mano de Sarkozy, pero lo cierto es que es más divertido dejarla en su ingenuidad y permitir que siga diciendo cosas como que es una gran tortillera porque le sale excepcionalmente bien la tortilla de patatas.

Mi madre, que desde hace un mes va con 250 marcapáginas promocionales de Y punto. en el bolso que reparte a diestro y siniestro sin ningún disimulo, me recomienda humildad. «No te lo creas, neniña», me dice muy seria al otro lado del hilo telefónico. «A ver si ahora te vas a poner tonta, a tus años.»

Francamente, lo dudo, más que nada porque la vida se encarga de darme lecciones de humildad a diario. Voy a la editorial y me enseñan las chapas de colores que han ideado el departamento de marketing con lemas sacados de la novela. Me encantan. Me pongo tres y me imagino que tal vez podría crearse una moda, que la gente empezará a repetir ¡Y punto.! a todas horas, ya veo las camisetas, los aviones dibujando la frase en el cielo los días de verano…

Luego llego a casa y mi portero me frena cuando estoy subiendo las escaleras del portal. Hay dos cajas enormes para mí, me explica, y como no estaba en casa las han dejado en su garita. Las veo y llevan el logo de Alfaguara y, tan embebida como estoy en mi cuento particular de la lechera-novelista de éxito, que en una imprudencia altamente temeraria le explico que son los ejemplares de mi novela, que ya han llegado.

-¿Escribir una novela? ¿TÚ?

Dejo correr el hecho de que a los demás vecinos les llame de usted y sólo a mí me tutee y le pregunto amablemente por qué no se cree que haya escrito un libro de más de 600 páginas yo solita y, además, haya conseguido publicarlo.

-No te veo yo capaz de tanto -me suelta, tan pancho-. Eres demasiado pequeñaja.

A ver, cómo me lo voy a creer en este contexto, mamá. Acabo de recibir el mayor baño de humildad de mi vida.


16
Ene 08

Vil novata.

Cuando tenía 18 años entré en un colegio mayor, de monjas, en donde era práctica común y aceptada por éstas humillar a las recién llegadas con novatadas, esas novatadas crueles que salen en las películas de universitarios yanquis y que todavía no había prohibido algún ministro. Yo era blanco fácil (lo he sido siempre en todos los cursos escolares) por el simple hecho de no pronunciar la erre, y tengo la sensación de que precisamente lo que más molestaba a las veteranas era que no me alterase lo más mínimo que me obligaran a recitar cada vez que se cruzaban conmigo aquello de que «el perro de San Roque no tiene rabo porque Ramón Rodríguez se lo ha cortado». Pues vaya novedad, como si no llevaran toda la vida repitiéndomelo.

Las ya citadas veteranas nos obligaban a llevar un carnet colgado en el pecho que rezaba algo así como «Soy la Vil Novata Castro, vegeto en la cueva 229 (número de mi habitación, en donde podían entrar en cualquier momento para rasurarnos las cejas, despertarnos a las cinco de la mañana o cualquier otra gracia que se les ocurriera), provengo de…, tengo… años» y muchos otros datos que les servían para ubicarnos y para humillarnos mejor.

Y más o menos así es como me siento ahora, como una vil novata, como una impostora en el mundo de los escritores, alguien que se pasea por los pasillos de la editorial temerosa de encontrarse con un novelista de verdad, de los de gran éxito y muchos libros y premios a sus espaldas, que le obligue, otra vez, a recitar la cantinela del perro sin rabo y a detallar con la mayor profusión de datos qué busco escribiendo, qué pretendo, quién soy.

Porque lo cierto es que, de todo lo que implica el publicar una novela, el tener que explicarme a todas horas es lo que menos entiendo. Por qué tanta curiosidad por saber quién soy, cuántos años tengo, a quién le importa (como diría Alaska) qué tiene eso que ver con lo que escribo. Desde el primer contacto con periodistas hasta hoy miércoles 16, en que el libro está por fin en la calle, me han preguntado sin cesar por qué no he puesto en la solapa mi fecha de nacimiento; si trabajaba en una editorial, por qué no he dicho en cuál o por qué no pongo en este blog un listado de direcciones que revelen mis preferencias y aficiones, mis gustos personales. Y yo me pregunto: ¿ayuda eso a vender más libros?, ¿el que confiese a qué dedico el tiempo libre empujará a alguien a comprarse la novela? O, incluso, el saber más de mí ¿hará que mi novela le guste más a algún lector?

¿Por qué ese empeño en identificar a un libro con su autor? ¿Por qué debe exponerse tanto el novelista para vender su obra?

Llegados a este punto tal vez sea mejor dejar las cosas claras: yo no soy Clara Deza.

O sí, soy Clara Deza. Y también soy el Culebra, y Carahuevo, y Ramón, y todos y cada uno de los personajes que aparecen en Y punto. porque, a fin de cuentas, todos tienen algo de mí. Pero el contar cuáles de las anécdotas con que he aliñado sus vidas me han ocurrido a mí no creo que ayude a nadie a desentrañar los secretos de la novela. O los míos.

Escribir es revelar, es confesarse, es descubrirse, pero no como se lo imaginaría Jorge Javier Vázquez.

Escribir es mucho más. Escribir es exponerse.

Esto no es abrirse la gabardina en medio de una calle concurrida y enseñar las vergüenzas. Esto va más allá del exhibicionismo, es más bien como hacerse un harakiri (o un mata-hari, como diría mi abuela), algo así como abrirse en canal y enseñar las tripas en el mostrador de un mercado a la espera de que alguien las admire, se anime a comprarlas, se las lleve a casa, las cocine con cuidado durante largas horas de lectura y las digiera finalmente, lentamente, más o menos a partir del momento en que alcanza el punto y final.

Esto es escribir, damas y caballeros, y la novela ya está en la calle.

La cena está servida.