28
Jul 10

El arte de dedicar

Mi madre, que es modista, siempre afirmó que era mejor no coser para la familia; un amigo médico asegura que es mejor no operar a nadie vinculado a ti por sangre o por cualquier otra afinidad. Yo, contraviniendo sus consejos, he regalado y dedicado mis novelas a amigos y parientes. En realidad no hay problema con los que están muy cerca, tampoco con los lejanísimos, con los lectores con quien no te une ninguna relación. Pero ¿y los reaparecidos, esa gente que tuvo que ver contigo levemente y ahora vuelve y te pone un libro delante esperando que les escribas algo especial?

Me ha pasado hace poco con varias personas, un profesor de mi antiguo instituto, una chica con quien fui al gimnasio, el dependiente de una tienda a la que acudía con asiduidad durante mi adolescencia porque me gustaba a rabiar y que nunca se dignó a mirarme. ¿Qué les pones si en realidad nunca llegaste a conocerles?

Con los reaparecidos, en realidad, nunca hubo afinidad pero sí deseo, el que te queda cuando te enfrentas a la página de tu propia novela en blanco de decir la verdad: “Nunca me miraste, idiota”, quisieras decirle al muchacho que ya no lo es y ni siquiera se mantiene guapo; “Te reías de mí en el vestuario, ¿te crees que no me daba cuenta?”, es lo que te apetece ponerle a la divina que quiere tu firma para fardar ante esas mismas amigas con las que se burlaba de ti de que conoce a una escritora; “Me puteaste durante todo un curso, jamás aprendí nada de ti”, sopesas revelarle al profesor que, debido a su cerrazón, jamás creyó que ningún alumno pudiera enseñarle nada.

Pero, en cambio, usas la mano izquierda, con la que firmo siempre en realidad, y le dices que no olvidarás sus clases, lo cual es cierto; ni las tardes en el gimnasio, lo cual también es verdad; ni su sonrisa al atenderte detrás del mostrador, otro hecho incontestable que les demuestra que no les olvidas aunque no lleguen a sospechar por qué.

Y así sigues, o al menos así seguí durante todos estos meses, escribiendo dedicatorias sin mentir jamás, dejándome querer y pretendiendo seducir a lectores nuevos o a los ya conocidos que te regalan sus horas ante tus palabras en un gesto inaudito de generosidad.

Ahora que llega el verano seguiré escribiendo, pero no más posts ni dedicatorias. Debería descansar, pero no quiero, lo que quiero es escribir otra novela más y, en ella, un nuevo personaje que no se parezca a Teresa Sinde ni a Clara Deza. No sé si lo conseguiré, pero me dedicaré a ello. Todo es empezar.

Entretanto, aquí os dejo mi última dedicatoria antes de las vacaciones: “Gracias por leerme. De verdad”.

Y si los hados lo permiten, en otoño volveré por aquí a buscaros de nuevo, porque os necesito, porque los egos de los que escriben siempre quieren más.


22
Jul 10

El suspense

Me levanto temprano y compruebo que no olvido nada. Llevo zapatos cómodos, maquillaje en su neceser, un vestido que me hace parecer delgada y, también, ropita fresca para el viaje, botellas de agua suficientes y juguetes varios para entretener el camino.

Bajamos desayunados, el coche está a punto y, después de acomodar maletas y asegurar a la niña emprendemos el camino a Gijón, a la Semana Negra, donde a las ocho de la tarde de ese mismo día tendré que presentar mi novela.

Apenas hemos hecho veinte kilómetros, sin llegar siquiera a la autopista, la niña dice que se siente mal y tiene ganas de vomitar. “¿Aguantarás hasta llegar a una gasolinera?”, le preguntamos, y con la cabeza nos dice que sí. La vemos, estamos a treinta, a quince, a cinco metros y, de pronto, cual riego por aspersión nos empapa con su desayuno. El coche antes limpio, su sillita acolchada, nuestra ropa, todo huele a leche agria. Hay llantos, y más toses y más vómitos, y en la maldita gasolinera, que bien podía haber estado cinco metros antes, nos aseamos como podemos y hacemos acopio de bolsas de plástico antes de seguir.

Ilusos, no sabemos que, más o menos a cada ochenta kilómetros, la niña seguirá vomitando durante todo el trayecto. Agotados, tensos los brazos de sujetar la bolsa de plástico cerca de su boca, de conducir en silencio pendientes de cada tos y cada suspiro, de cada uno de sus gestos o cambios en su respiración, nos detenemos en mitad de Castilla y comprobamos que queda por delante casi tanto trecho como el recorrido, y han pasado las horas detenidos en gasolineras limpiando babas, y no sabremos si llegaremos a tiempo.

Decidimos seguir, todavía la niña vomitará más, hasta un total de siete veces, y a las ocho menos veinte de la tarde entramos al fin en Gijón, sucios, sudados, vomitados y exhaustos. Nos dirigimos al recinto de la Semana Negra pero, por obras en la ciudad, nos perdemos. A las ocho menos diez me bajo del coche, sin cambiarme, sin pintarme, sin que se me ocurra nada que decir, y me topo ante la carpa donde me espera Paco Ignacio Taibo II tirándose de los pelos del bigote. Nos dirigimos al escenario, conectan los micrófonos y, aunque luego vendrán muchas más preguntas de amigos que escriben un email extrañándose de por qué no se nos vio en Gijón, por qué desaparecí, por qué vine y me fui tan rápido, él hace la primera pregunta: “Y, para ti, ¿qué es el suspense?”.


19
Jul 10

Miedos

Estoy haciendo maletas, preparando un viaje relámpago a una nueva ciudad donde tengo que ir a firmar y, al dudar entre qué ropa meter en la maleta, comienza a asaltarme un sentimiento familiar, pequeño y escondido, que casi siempre logro controlar aunque nunca deje de latirme por dentro: el miedo.

Es un miedo de andar por casa, ya lo he dicho, no más grande que un garbanzo o un guisante, es más bien un resquemor, un diminuto recelo, pero se tiene en alta estima y si oye que le llamo así se me ofendería.

Me ataca cuando preparo actividades que tienen que ver con mi ego, me obliga a revisar en el bolso varias veces si llevo bolígrafos que no me fallen a la hora de firmar, me hace comprobar en el espejo que tengo algo de tripa y debo disimular metiéndola para dentro si aparece algún periodista dispuesto a hacerme una foto para el periódico local, me exige que me ponga tacones para disimular que soy bajita y, sobre todo, me hace mirar una y otra vez las páginas de Internet que informan de la meteorología en Internet.

Hoy la he mirado y estoy tranquila, mi miedo sonríe y se evapora mientras yo suspiro aliviada al enterarme de que, aunque es puerto de mar, y la gente desea sol y playa, el día que yo esté, bolígrafo en ristre, con la tripa para dentro sin casi respirar, con mis pies encerrados en tacones y mi sonrisa más brillante dispuesta a deslumbrar a mis incautos lectores, ese día, para mi alivio, en la ciudad lloverá.


14
Jul 10

Rosalía

Para muchos, era esa señora de sonrisa monalisanesca que salía en los billetes de quinientas pesetas, mis preferidos, porque a diferencia de los de Falla, marrones, o de los de los Reyes Católicos, de un verde que ahora relaciono con los dólares, éstos eran azules, de un azul suave, nada agresivo, que me recordaba al mar, al mío y al que cantaba Rosalía.

¿Por qué hablo de ella hoy? Porque acaban de llamarme para pedirme una entrevista con motivo del 125 aniversario de su muerte, que se cumple precisamente hoy.

Me preguntan por qué me gusta Rosalía y puedo responderle muchas, muchas cosas. Porque desde pequeña siempre me gustó su estatua en el Paseo de la Herradura del Parque de la Alameda de Santiago, donde se la ve pensativa y casera, tal y como estamos todos antes de sentarnos a escribir y sin saber lo que vamos a decir; porque me gusta que uno de mis parques favoritos lo fuera también de ella, los Jardines de San Carlos de Coruña; porque me gusta cómo suena la voz de Pucho Boedo cuando cantaba Negra Sombra y porque cada vez que oigo esa canción, como si fuera uno de aquellos emigrantes que oían “Suspiros de España” fuera de la patria, me dan ganas de llorar; porque recuerdo a mi madre enseñándome a recitar su Adiós ríos, adiós fontes y porque recuerdo haberlo hecho cuado tenía siete años, en plena Transición, subida encima de una mesa; porque no es llorona, ni blanda, ni engolada ni tan romántica como parece; porque sufrió, y le puso nombres preciosos a sus hijos; porque su poema A xustiza pola man me inspiró buena parte del argumento de Mantis y porque sí, porque quiero, porque me peta y me da la gana y es actual, valiente, única, y me gusta, mucho, el valor que le echaba a sus escritos y lo bien que lo hacía.


9
Jul 10

Esos privilegiados

Como soy de natural terco, sigo dándole al tarro, esta vez por culpa de (o más bien “gracias a”) una pregunta atinada que me ha llegado en el email de un lector: ¿Cómo puede ser que Matar un ruiseñor me haya enganchado tan fácilmente y, en cambio, A sangre fría me haya dado tanta pereza al principio si son prácticamente coetáneas?

Aclaro: Matar un ruiseñor se publicó en 1960 y, aunque A sangre fría vio la luz finalmente en 1966, lo cierto es que Capote empezó a escribirla al poco de cometerse los brutales crímenes que dieron lugar a su argumento, ocurridos en 1959. Por tanto, siguió la investigación y el proceso desde el principio y tuvo que esperar a escribir los últimos capítulos varios años, pues los abogados de los asesinos condenados a la pena de muerte después de la tragedia interpusieron, lógicamente, diversas apelaciones y moratorias que tardaron casi cinco años en resolverse. En Capote, una película excepcional, se habla de esta espera y cómo exasperaba al autor, pues no podía poner el punto final hasta haber presenciado la ejecución.

Y ahora respondo a mi pregunta: “Es fácil”, dirían muchos, y hasta yo misma. Matar un ruiseñor es, en principio (sólo en principio) una novela amable, con niños, que habla de veranos jugando y abogados heroicos, vecinas cotillas y negritos simpáticos. A sangre fría, en cambio, habla de asesinos, y comienza con sus horrendos crímenes para luego describirlos a ellos, a sus sociopatías y, finalmente, su ejecución.

Puede. Ya he dicho que ambas obras me han gustado muchísimo, me han fascinado, pero todo argumento es susceptible de ser visto del revés, y es que ¿acaso hoy día no arrasan novelas como la trilogía “Millenium”, en las que el morbo y la fascinación que nos despierta es elemento fundamental de su éxito?

Así pues y de nuevo: ¿por qué algunos textos perduran y se mantienen vigentes y vivos, como nuevos, por qué sigo leyendo la manoseada edición de Los tres mosqueteros de mi padre, tan, pero tan sobada, y me sigue fascinando como ayer a pesar de haber sido publicada en 1844, y el Buscón de Quevedo me sigue hablando tan, pero tan moderno con sus cuatrocientos años a sus espaldas mientras novelas escritas ayer mismo envejecen y mueren en el estante de los libros decrépitos?

Su magia, supongo. Será que están benditos con el don de la inmortalidad, y aunque muchos se olviden de que existan, ellos no pierden por eso sus privilegios acechándonos ahí, a la espera, para volver a fascinarnos si decidimos buscarlos y leerlos.


5
Jul 10

Cuando la lentitud es arte

Satisfaré la curiosidad de algunos: la obra a la que me refería en el post anterior era A sangre fría, una auténtica maravilla en prosa como en contenido que me ha hecho reflexionar, tanto en voz alta durante una agradable charla en el club de lectura del Casino Amistad Numancia, en Soria, como en soledad ante mi ordenador.

¿De verdad un texto con una antigüedad de poco más de cuarenta años (la novela se publicó en 1966, como la traducción que yo leí) puede considerarse ya obsoleto?

Le he dado muchas vueltas a qué diferencia lo evocador de lo viejo, lo antiguo de lo trasnochado, lo nostálgico de lo revenío, y me ha venido a la memoria un ensayo excelente y sobrado de humor pero que no por ello deja de cantar verdades como puños titulado Gracias por no leer y cuya autora es Dubravka Ugresic.

En esta obra la autora traza un panorama bastante desalentador de los modos y maneras del mercado editorial anglosajón y cuenta anécdotas sumamente divertidas sobre los usos absurdos que el negocio está generando y cómo conceptos que hablan de modas y obsolescencia se comienzan a aplicar a los libros. Cuenta, por ejemplo, cómo durante eventos como ferias del libro y encuentros similares se organizan en Estados Unidos las citas entre autores primerizos y editores que, al modo de los productores retratados por Robert Altman en la película The Player (aquí se tituló El juego de Hollywood) conceden, previo pago de una buena suma, no más de cinco minutos al autor en potencia para explicar el argumento de su obra y decidir si vale la pena aceptar el manuscrito y leerlo o no, perpetrando así, por otra parte, una doble humillación: rechazarles y vapulearles en esa especie de cita rápida en la que les desengañan sobre el futuro exitoso de sus escritos que nunca llegarán a bestsellers y, además, sablearles.

Describe también cómo un grupo de protesta con ganas de tocar las narices se dedicó a mecanografiar novelas clásicas de la literatura y, cambiando nombres y localizaciones, enviarlas a los editores de hoy en día. Según parece, muchos han rechazado ya Cien años de soledad, Guerra y paz y hasta Lolita porque, al parecer, tienen comienzos lentos. Vaya, que al principio de la historia no pasa nada.

¿Os lo imagináis? ¿Sois capaces de ver a Gabo intentando resumir el argumento de su saga a un editor en menos de cinco minutos? ¿A Clarín recibiendo una carta de otro que le rechaza su Regenta porque, tras la minuciosa descripción de Vetusta, el conflicto de la trama tarda casi un centenar de páginas en aparecer?

Yo sí, y me echo a temblar. Seguro que Capote también estaría entre los rechazados.


30
Jun 10

Usos y costumbres

Estoy, como siempre, leyendo. Ahora tengo entre manos un clásico del siglo xx, una obra maestra y rompedora que cambió muchos esquemas sobre el modo de narrar de su tiempo y cuyo título no mencionaré porque me lo reservo para un post futuro, posiblemente el próximo, y porque, además, no voy a hablar en éste de la obra en sí sino de su lenguaje, un lenguaje que ni siquiera es el del autor, o no en buena medida, sino el de la traductora y, lo más importante, de su tiempo.

Me explico: la obra en cuestión se publicó originalmente en 1965 y yo tengo ante mí una traducción que data de 1966. Ya digo que se trata de un texto absolutamente conocido y que pasará a los anales de la literatura y, sin embargo, la primera vez que intenté leerlo, en esta misma edición y hace tres o cuatro años, tuve que abandonar el empeño a menos de cuarenta páginas de haberlo iniciado.

Durante tiempo me he preguntado qué es lo que nos hace repudiar en un momento determinado textos que para el común de los mortales son obras maestras, cuánto hay de pose en ciertas adoraciones o rechazos y, en mi caso particular, si no tendré yo alguna tara, una vía de escape, una fuga en el estanque de mi cerebro donde se bañan la capacidad crítica o el gusto que me impida apreciar lo que los demás adoran.

Pero en este caso concreto, sí supe identificar, un tiempo después, el porqué de mi deserción: era lo obsoleto del lenguaje. Palabras como “chiclé” (no, no es un cliché mal escrito, sino la goma de mascar), “nerviosidad” o “escultistas” las que me echaban para atrás y me llevaron a dejar de lado esta lectura.

Debo de ser más mayor o menos impaciente, porque esta tarde, varios años después de aquella huida, estoy embelesada con esa misma obra en esa misma edición y, además, disfruto como un enana con estos términos o las notas a pie de página que en 1966 aclaraban al lector español que Halloween es una tradición que se celebra en la Noche de los Difuntos o que los “escultistas” son, en realidad, boy scouts, y en qué consiste la asociación a la que pertenecen. Me parece un valor añadido, un plus de encanto y costumbrismo delicioso e iluminador, y no puedo menos que acordarme de una compañera de piso que tuve, años ha, que se consideraba muy culta pero se negaba a ver películas en blanco y negro por considerarlas poco modernas.

Pobre. Nunca disfrutará de Casablanca, ni de Ciudadano Kane, ni de Lolita o la primera media hora de El mago de Oz. Claro que tampoco con La lista de Schindler.

En cuanto a mí, estoy segura: me estoy haciendo vieja. Bienvenida sea la vejez.


24
Jun 10

Flora y fauna en El Retiro

Cuando recibí el encargo de escribir esta crónica pensé en hablar de la fauna habitual de El Retiro, de todos los animales y transeúntes cotidianos que a diario frecuentan el Paseo de Coches y que, tal vez atemorizados por las hordas de lectores y curiosos, desaparecen como por arte de magia durante la Feria del Libro. ¿Adónde irán?, me decía, ¿de quién se esconden los gorriones, las ardillas, los perros que pasean a sus dueños, los caballos que hacen su ronda bajo un policía y los veloces patinadores?

Sin embargo, tras recorrer la Feria esta calurosa mañana, por primera vez en mucho tiempo no como editora o escritora, ni siquiera, como vengo haciendo desde veinte años, como lectora, sino con los ojos y la actitud del cronista que luego va a contarlo, decidí cambiar de idea y hablar de la fauna, pero de esa otra mucho más humana que invade el parque estos días.

Vi, ante la caseta donde firmaba Julia Navarro, a sudorosos lectores enjaulados como leones entre vallas de seguridad que, imagino, pretendían cercarlos de los demás viandantes. También distinguí a asistentes editoriales que corrían de un lado para otro en busca de botellas de agua con que regar a sus autores, y a cazadores de autógrafos que fotografiaban a escritores sin saber quiénes eran o qué habían escrito, y a varios cámaras de televisión acosados por niños que saltaban a su alrededor, y a Domingo Villar con su sonrisa de siempre arropado por sus fieles.

Así mismo, fui testigo de la extraordinaria extensión de la cola de los urinarios, sin duda la más larga de todas, y del singular fenómeno de las “colas ocultas”.

¿Qué espera toda esta gente situada en la parte trasera de las casetas?, le pregunté a un guardia de seguridad. Y éste me reveló que eran fans de Chuck Palahniuk, que firmaba en la caseta de la FNAC y que, para que no entorpecieran el tráfico, habían decidido desviarlos, sacarlos de en medio, como si tuvieran una enfermedad infecciosa. Y yo, fiel lectora del novelista estadounidense, decidí incorporarme a su lista de admiradores.

Durante más de una hora esperé con paciencia, rodeada de lectores modernos, en buena parte tatuados y con piercings, y todos menores de cuarenta años. Me pareció de lo más normal que tuviéramos que aguardar fuera de la vista del público, en la trastienda, habida cuenta de que los ejemplares que todos atesorábamos lucían títulos tan poco edificantes en un jueves de Corpus como Snuff; El club de la lucha, Monstruos invisibles o Asfixia. A eso de las 14:30 su editor en castellano, Claudio López Lamadrid, anunció que sólo quedaban cinco minutos de firma y me alegré como una niña al saber que yo sería la última agraciada con el placer de ver al autor. Unos minutos después al fin me coloqué ante él con devota emoción. Llevaba una rebeca de punto de un rosa pálido a juego con su camisa de rayas, y no pude menos que plantearme si no me habría confundido de cola y no estaría, tal vez, ante el mismísimo Antonio Gala.

Pero no. Era Chuck.

Durante un instante nuestras miradas agotadas se encontraron, en la suya brilló un leve resplandor sorprendido quizá porque era la única de sus lectoras que llevaba en brazos a una niña pequeña. Se preguntaría sin duda cómo una madre de familia (supuestamente un ser responsable) puede leerle. Yo, a mi vez, reparé en su cara de buen tipo, en su aspecto totalmente inofensivo, en su imagen de contable de alguna oficina bancaria de Portland, y dudé de cómo alguien tan aparentemente tranquilo puede sacar tantos demonios fuera.

La fauna, me dije. Y es que, aunque no lo parezca, todos llevamos a una bestia dentro. Y la sacamos a pasear una vez al año por El Retiro para que, al menos, lea.

(Publicado en El País)


21
Jun 10

El hueco

Me levanto por la mañana, me siento a desayunar sin prisas, pues para eso es sábado, y comienzo a notarlo. Me ducho, me visto con calma, planeo el resto del día, bajo a por el periódico y me permito hacerlo sin tener que correr, y la sensación se acrecienta. Poco antes del mediodía termino por identificarla.
Ya sé qué es. Claro, son las mañanas de fin de semana sin más compromisos que los personales, las tardes con amigos y familia en terrazas o parques, el irse a dormir sin planificar la ropa del día siguiente ni comprobar en Internet la previsión del tiempo para comprobar si hará frío o calor en tal o cual provincia.
Porque no voy a achicharrarme en ninguna caseta, ni a pintarme los labios para estar presentable sabiendo que poco a poco la pintura irá desapareciendo tras besos y sonrisas y un poco de sudor, ni tampoco me preocupará que llueva, ni que los zapatos sean cómodos, ni que vengan a verme más o menos personas porque ya no me asusta firmar mucho o poco.
No. Pero lo echo de menos.
No habrá más Feria del Libro o, como decían en aquella maravillosa canción de Danza Invisible, no habrá más fiestas mañana. No habrá calor, ni colas o envidias, ni gente que viene a contarte que ha leído tu libro, o te ha oído decir tonterías en alguna radio, ni la presión de ver cómo funciona la novela que has pasado más de tres años escribiendo, el mirar de reojo cómo una señora se para ante ella, la toma, la mira, lee la contra y la devuelve a su lugar o decide, con tu consiguiente suspiro de alivio, llevársela firmada por ti.
No, no habrá más Feria hasta el próximo año, ni fiestas ni almuerzos que la acompañen, ni saludos a escritores ni prisas por llegar a la caseta a tiempo.
Soy libre de nuevo en mis siempre ajetreados fines de semana.
Pero, ya lo he dicho, comienzo a echarlo de menos.


12
Jun 10

Las chicas

No termino de acostumbrarme, debe de ser que todavía soy novata en estas lides y, por tanto, ingenua por más que no deje de repetir la de años que hace que voy, ya como lectora, editora o autora, a la Feria del Libro de Madrid.

La cosa ocurre más o menos así: llega un señor, o una señora, casi siempre maduros y amabilísimos, en la mayoría de las ocasiones solos, se acercan a mí con timidez pero con una sonrisa, como si les diera vergüenza conocerme en persona cuando, en realidad, hace ya mucho que me conocen, porque me leen desde hace tiempo, y me ofrecen para que les firme ejemplares de “Y punto.” o de “Mantis” o de ambos.

Los libros se nota que están leídos, sobados, y ellos se disculpan con una nueva y afable sonrisa por no comprarlos en el momento y, por tanto, no hacerle el gasto al amable librero que me acoge en su caseta. Yo les excuso, faltaría más, para lo que estoy es para firmar antes que para vender, les digo, para hablar con mis lectores y, sin duda, ellos lo son, y si se vende, pues bien, y si no, pues también, pero en realidad a mí lo que me motiva es el palique, conocer a quien ya me conoce a través de mis libros y, con todo mi esmero, con toda la concentración de que soy capaz, un poco cortada por la posibilidad de estar a la altura de sus expectativas, precisamente las de ellos, que me han leído tanto, esbozo unas palabras que espero les llenen tanto como me llena a mí su visita.

Entonces ellos recogen el ejemplar firmado, me dan muy respetuosos la mano, (casi nunca se atreven a plantarme un beso) y, justo antes de irse tan contentos con sus libros bajo el brazo, me dicen: “Y, por favor, déle recuerdos a las chicas”.

“¿A qué chicas?”, les pregunto sorprendida.

“A Clara y a Teresa, por supuesto. Las conozco tanto que ya son como de la familia”.

Mientras se alejan satisfechos, consigo reprimir un gesto de fastidio asombrado. No sólo están convencidos de que existen, es que estoy segura de que, pese a mis esfuerzos, además de que las consideren más reales, cualquiera de las dos les cae mejor que yo.