Mi madre, que es modista, siempre afirmó que era mejor no coser para la familia; un amigo médico asegura que es mejor no operar a nadie vinculado a ti por sangre o por cualquier otra afinidad. Yo, contraviniendo sus consejos, he regalado y dedicado mis novelas a amigos y parientes. En realidad no hay problema con los que están muy cerca, tampoco con los lejanísimos, con los lectores con quien no te une ninguna relación. Pero ¿y los reaparecidos, esa gente que tuvo que ver contigo levemente y ahora vuelve y te pone un libro delante esperando que les escribas algo especial?
Me ha pasado hace poco con varias personas, un profesor de mi antiguo instituto, una chica con quien fui al gimnasio, el dependiente de una tienda a la que acudía con asiduidad durante mi adolescencia porque me gustaba a rabiar y que nunca se dignó a mirarme. ¿Qué les pones si en realidad nunca llegaste a conocerles?
Con los reaparecidos, en realidad, nunca hubo afinidad pero sí deseo, el que te queda cuando te enfrentas a la página de tu propia novela en blanco de decir la verdad: “Nunca me miraste, idiota”, quisieras decirle al muchacho que ya no lo es y ni siquiera se mantiene guapo; “Te reías de mí en el vestuario, ¿te crees que no me daba cuenta?”, es lo que te apetece ponerle a la divina que quiere tu firma para fardar ante esas mismas amigas con las que se burlaba de ti de que conoce a una escritora; “Me puteaste durante todo un curso, jamás aprendí nada de ti”, sopesas revelarle al profesor que, debido a su cerrazón, jamás creyó que ningún alumno pudiera enseñarle nada.
Pero, en cambio, usas la mano izquierda, con la que firmo siempre en realidad, y le dices que no olvidarás sus clases, lo cual es cierto; ni las tardes en el gimnasio, lo cual también es verdad; ni su sonrisa al atenderte detrás del mostrador, otro hecho incontestable que les demuestra que no les olvidas aunque no lleguen a sospechar por qué.
Y así sigues, o al menos así seguí durante todos estos meses, escribiendo dedicatorias sin mentir jamás, dejándome querer y pretendiendo seducir a lectores nuevos o a los ya conocidos que te regalan sus horas ante tus palabras en un gesto inaudito de generosidad.
Ahora que llega el verano seguiré escribiendo, pero no más posts ni dedicatorias. Debería descansar, pero no quiero, lo que quiero es escribir otra novela más y, en ella, un nuevo personaje que no se parezca a Teresa Sinde ni a Clara Deza. No sé si lo conseguiré, pero me dedicaré a ello. Todo es empezar.
Entretanto, aquí os dejo mi última dedicatoria antes de las vacaciones: “Gracias por leerme. De verdad”.
Y si los hados lo permiten, en otoño volveré por aquí a buscaros de nuevo, porque os necesito, porque los egos de los que escriben siempre quieren más.









