Hace unos días estuve en Colombia, en la ciudad de Bucaramanga, invitado a su Feria del Libro, Ulibro, y después en Bogotá, presentando mis libros (espero poner pronto lo de prensa).
Bucaramanga, una acogedora ciudad entre la selva. El aeropuerto me impresionó ya que está en lo alto de un cerro, desde el que se divisa toda la ciudad.
Por lo demás, tiene una importante población universitaria. La Feria del Libro, organizada por la Universidad, tiene como público, fundamentalmente, los estudiantes de las diferentes licenciaturas. Di una conferencia titulada Extrarradio, y me sorprendió que no sólo estuvieran estudiantes de letras, sino también de las ingenierías, [cosa que no supe hasta el final, ya que de haberlo sabido hubiera enfocado el asunto de manera un poco diferente]. Pero a lo que iba: la persona encargada de presentarme fue el profesor Martín Alonso Camargo, habló un poco de mi trayectoria, mis libros, y deslizó una serie de conceptos del ámbito de la física que me parecieron interesantes. Tras mi conferencia, cerrando el acto, Martín hizo una cosa curiosa, comenzó a hablar de la obra de una Robert Smithson que él sabe que me interesa, en concreto del momento en el que en Un Recorrido Por Los Monumentos de Passaic, Smithson se encuentra en un parque un cajón de arena de juegos para niños, y dice para ejemplificar el aumento de Entropía (desorden), del Universo:
El último monumento era un cajón de arena o desierto modelo (…) Me gustaría ahora demostrar la irreversibilidad de la eternidad usando un experimento vacuo para la verificación de la entropía. Imaginemos el cajón de arena dividido por la mitad, con arena negra a un lado y blanca al otro. Cogemos un niño y hacemos que corra cientos de veces en el sentido de las agujas del reloj por este cajón, hasta que la arena se mezcle y comience a ponerse gris; después hacemos que corra en sentido contrario al de las agujas del reloj, pero el resultado no será la restauración de la división original, sino un mayor grado de grisura y un aumento de entropía.
Smithson acompaña este párrafo con su famosa foto Monumento Cajón de Arena.
Y entonces Martín extrae del bolsillo un bote de una crema tipo Nocilla, pero de Colombia, llamada, Nucita. El bote contiene sabor caco oscuro y sabor “blanco”, ambos perfectamente separados por la mitad de recipiente, y dice al auditorio que me lo regala como homenaje a mi gusto por el cajón de arena de Smithson, también bicolor. Me quedé un tanto perplejo y, tal como fue enunciado, me pareció un regalo imaginativo y precioso.
Naturalmente, no lo abrí, lo metí en la maleta, viajé varios días a Bogotá, y el bote de Nucita consiguió pasar todos los controles aeroportuarios antes de llegar a España (a 2 polis colombianos no les pareció serio que un escritor llevara en la maleta crema de cacao “para niños”). Una vez en mi casa, lo dejé en una estantería, junto al lugar donde suelo escribir. Observé de vez en cuando la franja bicolor que asoma en la base del tarro. Hoy se me dio por abrirlo, y encontré que, aunque en su base seguía siendo bicolor, la superficie estaba totalmente mezclada. Aquí pongo las fotos.
Por curiosidad, rasgué el plástico para ver cómo se desarrollaba la mezcla, y el resultado fue una capa superficial, muy estrecha, totalmente mezclada, y el resto, hasta abajo, bicolor.
Y no es que esto (de)muestre nada, sólo muestra una cosa: que el viaje de una maleta equivale a un niño que corren en círculo, pero sólo por una superficie. Y hace especular otra: que la Nucita, tiene memoria, memoria de un orden, el orden de una conferencia, el orden de un regalo en público, de un viaje con sus pausas y horarios, de unos controles de policías, de un avión que funciona y no se cae, el orden implícito del aire a 10000 metros de altura, el orden de alguien abre una maleta y coloca el bote sobre una estantería. La Nucita tiene memoria de todo ese orden, y se resiste a romperlo.




















