Un lunes de principios de septiembre fui a Bilbao a una conferencia sobre poesía, organizada por la revista de poesía Zurgai, en la que estábamos Manuel Vilas, Fernández de la Sota y yo. Se celebró a las 8 de la tarde en el salón de actos de la BBK. Después, cenamos en un restaurante de mantel de cuadros, tipo “casa de comidas”.
A la mañana siguiente, ya solo, tenía varias horas por delante antes de la salida del avión, así que fui al museo Guggenheim a ver la expo de Anish Kapoor. Allí compré un libro acerca de su obra, Unconformity and Entropy, y después, de regreso al hotel, callejeé. Me sentía sediento [los museos tienen un aire acondicionado muy seco], y al pasar por una pequeña calle entré en una panadería en que la había una máquina expendedora de refrescos con gas; extraje una Cocacola Zero.
Cuando atravesaba la puerta de salida, miré al suelo, y vi en la acera un papel que me llamó la atención. Me agaché. Se trataba de un billete, usado, de avión. Vuelo Iberia6584, día 9 de septiembre, Bogotá-Madrid. Yo había hecho ese mismo trayecto, Iberia6584 Bogotá-Madrid, también pocos días antes, el día 5. Extrañado por la casualidad, cogí el ticket con intención de guardarlo y, en ese momento, al roce de la mano con la acera, sentí un dolor agudo e intenso en un dedo de la mano izquierda. Lo observé, y me di cuenta de que me acababa de clavar algo punzante entre la uña y la carne. Un pequeño objeto, oscuro, no supe si metálico, plástico o qué, de tal modo que cuando intenté extraerlo [allí en la calle, o en el avión, mientras ojeaba el libro de Anish Kapoor, o ya en mi casa], me dolía porque se clavaba aún más.
Al día siguiente, el objeto continuaba entre la carne y mi uña, pero sólo me dolía si apretaba. En lugar de intentar quitarlo, decidí olvidarlo. Pensé que, quizá, si no lo tocaba, iría emergiendo por sí solo a medida que creciera la uña. Parecía que, en vez de luchar contra el objeto, la mejor estrategia consistiría en dejar que éste se adaptara a mi cuerpo, quien lo tomaría como suyo y lo expulsaría por sí solo. Una especie de simbiosis en vez de confrontación. Pasaron un par de semanas y, en efecto, la espina iba saliendo al ritmo del crecimiento de la uña. Me hacía gracia ver esa evolución del objeto en mi cuerpo, por lo que fui escaneándome el dedo cada 3 ó 4 días.
Al ampliar las imágenes de los escaneados, me extrañó mucho la geometría de la unión, carne-uña, tenía unas formas muy quebradas, como una costa o algo así. Un dedo sano y estandar, si lo amplías lo suficiente, se convierte en algo absolutamente anormal, raro.
Hace un pocos de días el proceso llegó a su final. La espina estaba ya totalmente desclavada. La desprendí con facilidad con unas pinzas. No tengo ni idea de qué es, pero parece metálica, y está seccionada, como si tuviera una cabeza. Como puede verse en la foto a escala, mide casi 2mm.
Entonces, pude cortarme ya la uña.
Se me ocurrió escanear esa uña cortada y la espina, juntas [para evitar reflejos puse un papel blanco que las cubriera].
El resultado, lo saturé con photoshop, y apareció un extraño paisaje, algo que no había imaginado.
Imprimí la fotografía.
2)
Ayer, me levanté pensando en esa fotografía y en ese paisaje, no podía apartármelo de la cabeza. Miré por la ventana y, como había Huelga General, las calles estaban casi vacías; la ocasión ideal para callejear con tranquilidad. Cogí la fotografía, una cámara de fotos, y salí de casa. Fui entonces tirando la fotografía en las aceras, en el césped, en contendores de basura, o clavándola en los árboles, para fotografiarla en esos contextos. Y en todos, pegaba muy bien, quedaba fenomenal. Era bonito ver cómo la fotografía era ubicua, general, como si perteneciera a todas las cosas a pesar de ser única y a pesar de su intrínseca extrañeza.
Continué así durante casi una hora, y al pasar por delante de la peluquería a la que suelo ir, me palpé el bolsillo, vi que llevaba dinero, y decidí entrar a cortarme el pelo. Tuve que esperar a que terminaran con una clienta, cogí una revista, la abrí por una página cualquiera, puse mi fotografía encima, y volví a fotografiar el conjunto. Y de nuevo aquello pegaba.
Decididamente, se integraba en cualquier material, superficie, textura, fondo y forma. Una especie de Fotografía Definitiva.
3) Esa misma noche, mientras escribía esto y recolectaba todo el material, recordé el libro de Anish Kapoor, Unconformity and Entropy, el que había comprado en Bilbao. Lo busqué, y nada más comenzar a pasar las páginas vi algo que me resultó familiar: un registro de rayos cósmicos, una impresión en papel que, según ponía el libro, tarda horas en producirse, horas en captar todas esas trazas, oscuras y puntiagudas, que son espinas o púas de luz, me dije. Pareciera que lo que tuve durante días entre mi uña y mi carne fuera uno de esos rayos cósmicos, solidificado en el momento de recoger del suelo aquel ticket de avión usado.
De alguna manera, yo le había robado un rayo cósmico al mundo, y ahora se lo estaba devolviendo, por eso quedaba tan bien en el césped, los árboles, las revistas y las aceras, me dije.


















































