Junio, 2010


29
Jun 10

Afterpop Fdez&Fdez en Palma de Mallorca

El próximo viernes 2 de julio, a las 10 de la noche, actuamos en el Museo de Arte Contemporáneo Es Baluard, Palma de Mallorca.

Hemos renovado contenidos, por lo que será una especie de versión 2.0, y también será una presentanción del libro Eloy, EROS, la superproducción de los afectos (Premio Amagrama de Ensayo 2010).

Es la primera vez que actuamos en Palma, y qué mejor que en verano y en Es Baluard.

Aquí la info

Haremos otra presentación de EROS, esa vez íntegra, el día 8 en FNAC Callao, 2 días antes de irnos a Argentina a actuar también y presentar nuestros libros.

El acto de Es Baluard está inscrito en el ciclo denominado, Hibridaciones Artísticas Contemporáneas, del Museo, que se desarrollará durante todo el verano.

NOTA: el mismo viernes, a las 13 horas, Es Baluard ha organizado un encuentro con el público.


27
Jun 10

En Cinemanía

Para ampliar, pinchar sobre la imagen.


24
Jun 10

Pynchon en Blog de Juan Francisco Ferré

de las pocas fotos que se conocen de Pynchon

Juan Francisco Ferré (autor, entre otras maravillas, de Providence -finalista Premio Herralde-), y devoto hasta la médula del que quizá sea el autor norteamericano vivo más complejo, Thomas Pynchon, ha hecho un pynchoniano experimento en su blog ( http://juanfranciscoferre.blogspot.com/) para celebrar la publicación en español de la novela de ese autor escondido, Contraluz. Pidió a una serie de gente -no sé a quién-, que le enviara el fragmento que más le gustara de cualquier novela de Pynchon, para armar un cadaver exquisito por orden de llegada a su correo. Yo no es que sea muy pynchoniano, pero envié uno que me gusta mucho.

Pynchon en Los Simpson

Pynchon en Los Simpsons

Además, ha puesto una encuesta con tres preguntas para contestar.

Ha quedado un experimento alucinante, una especie de poema más comprensible que las propias novelas de Pynchon. Sabiduría del azar.

Corto y pego:

¿Qué es esta máquina que nos lleva adelante de un modo tan implacable? Pasamos traqueteando un día más, un año más, como si cruzáramos a medianoche una innominada ciudad desierta. No tenemos más que los recuerdos de alguna pausa en los lugares en que nos divertíamos en nuestra juventud, de las doncellas, los naipes, el clarete. Nosotros tratamos de prolongar nuestra estancia, pero ahora un silencioso funcionario vestido con oscura librea nos indica que es hora de volver a subir al coche y reanudar el viaje. Por otra parte, mucho antes de llegar a destino, esta máquina se detendrá bruscamente. Llenos de temor, abriremos la portezuela para hablar con el cochero, y entonces descubriremos que no hay cochero ni caballos, tan sólo estará la máquina, que se desvanecerá mientras permanecemos ahí en pie, y una pradera cuya inmensidad nos desespera.

El poste estaba ahora erecto, la música, a cuatro compases del final. Un terrible silencio se hizo en el auditorio; gendarmes y combatientes se volvieron todos como magnetizados para mirar al escenario. Los movimientos de la Jarretière se tornaron más espasmódicos, agónicos: la expresión del rostro, de ordinario muerta, era tal que perturbaría durante años los sueños de quienes ocupaban las primeras filas. La música de Porcépic era ahora casi ensordecedora: se había perdido toda estructura tonal, las notas chillaban simultáneamente y eran lanzadas al azar como fragmentos de bomba: viento, cuerda, metal y percusión resultaban indistinguibles mientras la sangre corría por el poste, la muchacha empalada quedaba fláccida, estallaba el último acorde, llenaba el teatro, resonaba, se alargaba, cedía. Alguien apagó todas las luces de la escena, y alguien más corrió a bajar el telón.

Anoche soñé que me metían, dentro de

un narguile altísimo y burbujeante,

momento en que, de pronto, un genio árabe

saltó guiñando un ojo.

“He venido a obedecer todos tus deseos”, me dijo,

mientras yo trataba de encontrar palabras.

“Buen chico”, grité, “¡Me harías un enorme favor

consiguiéndome un poco de droga!”

Me tomó la mano con una gran sonrisa,

y en un instante volamos por el cielo,

y lo primero que vi en la tierra a que me llevó

¡fue una maciza montaña de hachís!

Florecían en todos los árboles purpúreas y amarillas píldoras

junto al lugar donde corría el río, Romilar,

crecían los hongos mágicos libres como el arco iris,

tan bonitos que tuve ganas de llorar.

Todas las muchachas, dulces y de lentos movimientos

venían a saludarnos, glorias matinales

entretejidas en sus lindas cabelleras,

trayendo grandes puñados de nívea cocaína,

deseosas de hacerme compartir su droga.

Retozamos allí durante días,

sin parar de revolcarnos y fumar

en el rojo y florecido Panamá,

tomando peyote y té de nuez moscada

con aquellos duendes tan amables en mi cabeza.

Aquel buen momento podría haber durado eternamente,

en realidad había decidido quedarme,

pero, ¿sabes qué?

Aquel genio pertenecía a la brigada de estupefacientes,

y me prendió allí mismo donde estaba.

Y me trajo de nuevo a este frío, frío mundo,

y ahora estoy en prisión doquiera que me halle…

y sueño con los días pasados en Droguilandia,

y me pregunto: ¿libre voy a quedar alguna vez?

Enfilaron a toda marcha hacia Los Ángeles, de vuelta a casa, casi invisibles y muy probablemente inobservados, pues Manuel y su equipo de alquimia automovilista de Carrocerías y Pinturas Zero de Santa Rosa habían desarrollado una laca especial de microestructura cristalina capaz de modificar su índice de refracción, de modo que aunque hubiera habido vigilancia de, el Trans-Am, con excepción de unas pocas franjas irisadas, se habría confundido con un pedazo de carretera vacía.

Por entonces, ella era demasiado joven para entender lo que él creía estarle ofreciendo, un secreto sobre el poder en el mundo. Eso pensaba él que era. También porque era joven entonces. Frenesí lo tomó sólo por una parábola sobre lo que sentía por ella, una parábola que, aun sin comprender exactamente, asimiló en la vasta e invencible mirada habitual en muchos hijos de los sesenta, prácticamente sin significado alguno, útil en muchas situaciones, incluida la ignorancia.

A todo el mundo se le dice que escriba acerca de lo que conoce. El problema para muchos de nosotros es que en la juventud creemos saberlo todo o, por decirlo de un modo más útil, con frecuencia desconocemos el alcance y la estructura de nuestra ignorancia, la cual no es sólo un espacio en blanco en el mapa mental de una persona, sino que tiene contornos y coherencia y, por lo que sé, también tiene sus normas. Así pues, como corolario a ese consejo de escribir sobre lo que conocemos, quizá podríamos añadir la necesidad de familiarizarnos con nuestra ignorancia y las probabilidades que tenemos, por falta de esa familiaridad, de echar a perder un buen relato.

Al parecer se refiere al conjunto de las vías y medios por los que en aquella época los americanos podían transmitirse mensajes, y las personas que cosntituían esa red anunciaban y transmitían los mensajes verbalmente, mensajes que se mezclaban de vez en cuando en un plasma (como la suprema realidad anímica del hindú), y surgían aquí y allá, en senderos, laderas y riscos, por medio de destellos de farol, ruido de cascos en la noche, botes con pantoque y bergantines de esnón, criptogramas enrollados entre pelucas de currutaco, canciones, sermones, campanadas en las torres, alas de sombrero, cartas pubicadas en los periódicos, hojas impresas por una sola cara repartidas en las esquinas, gritos en los límites de la ciudad orientados a lo desconocido y en pleno invierno, en medio de la noche, y se gritaba la información, siempre con la confianza de que alguien escucha en alguna parte y transmite el mensaje, por vía martíma o terrestre, a eso se dedica La Fougueuse, junto con transbordadores que van y vienen las veinticuatro horas del día, uniendo de este modo las poblaciones costeras de Connecticut, Nueva York, los Jerseys, el norte y el sur de Chesapeake, convertidos en una sola y gran criatura ramificada, y sus impulsos viajan por arroyos y calas a la velocidad del pensamiento, Virginia, las Carolinas, y llegan hasta lo más profundo de las montañas y más allá, hasta la húmeda pradera de Ohio, y desde allí…

Como residente del mundo cotidiano, Weed Atman tenía tal vez sus virtudes, pero como tanatoide se situaba sin excepción en los niveles más bajos de la mayoría de las escalas, incluidas las que medían la dedicación y el espíritu comunitario. La primera de sus muchas entrevistas con Takeshi y LD, que prosiguieron con interrupciones a lo largo de los años, había bastado para establecer una actitud de desapego, una serie de obstáculos que ninguno de ellos pudo nunca atravesar. Nos dice el Bardo Thödol, o Libro tibetano de los muertos, que el alma, en los comienzos de su transición, a menudo no reconoce gustosamente, es más, llega a negar con vehemencia, que está realmente muerta, pues ha pasado tan fácilmente a su nuevo estado que no encuentra diferencia entre lo insólito de la vida y lo insólito de la muerte, circunstancia fomentada, en opinión de Takeshi, por la televisión, cuya tradicional costumbre de frivolizar el tema con programas médicos, programas de guerra, programas de policías y programas de asesinatos había logrado trivializar hasta la misma Gran M. Si hay vidas mediadas, se decía, ¿por qué no ha de haber muertes mediadas?

La verdad es que su salida se demora más de lo que habría sido lo normal. Todos los seres vivos que hay en la zona, incluso los vegetales, interrumpen lo que están haciendo y esperan. La lombriz parece muy hambrienta. Lentamente, la lombriz se traslada hasta uno de los islotes del río, donde establece su base de operaciones. Sus necesidades son sencillas: alimento, bebida y el placer que obtiene cuando mata. Come ovejas y cerdos, extrae la leche de nueve vacas a la vez… El número nueve aparece una y otra vez en el relato, aunque el motivo no está claro, y los perros, gatos y seres humanos imprudentes no son más que ligeros tentempiés para la lombriz. A su alrededor empieza a crecer un círculo de devastación, pálido y sucio, en el que nadie penetra y del que todo el mundo ha de alejarse, un poco cada vez, a medida que se ensancha. El animal se aventura cada día un poco más lejos, hasta que finalmente el círculo de terror avanza hasta que desde él se tiene una vista directa de las almenas del castillo de Lambton; es éste un refugio definitivo, sin duda inviolable, aunque los moradores del castillo no se atreven a organizar el éxodo, pues, cuando es necesario, la lombriz puede moverse a gran velocidad, incluso con más rapidez que un caballo al galope. Los del castillo han contemplado aterrados muchas persecuciones mortales por la llanura costera, allá abajo, porque, una vez sobre aviso, la lombriz, en terreno abierto, puede interceptar fácilmente a sus víctimas, que se hallan lejos de cualquier refugio o no tienen posibilidad de huida. Empieza así la obsesión por la lombriz.

–Si es que no entendéis –dijo Driblette exasperándose–. Sois como los puritanos con la Biblia. Fanáticos de la literalidad. Tú sabes dónde está la obra, ¿verdad? No está en el archivador, ni en el libro que buscas, sino –salió una mano del vaporoso sudario de la ducha y señaló la cabeza suspendida en el aire–aquí dentro. Para eso estoy yo. Para dar corporeidad al espíritu. ¿A quién le importan las palabras? Son ruidos mecánicos para apoyar el ritmo de los versos, para penetrar la barrera ósea de la memoria de un actor, ¿no? Pero la realidad está en esta cabeza. La mía. Yo soy el proyector del planetario, todo el cerrado microcosmos que se ve en el círculo del escenario sale de mi boca, de mis ojos y a veces también de otros orificios.

—Éstas son Molly y Dolly, estudiosas de las artes eléctricas, a quienes me complazco en examinar de vez en cuando sobre el tema, sí… Por cierto, si les apetece, esta noche, caballeros, voy a dar un recital con la armónica en La Buena Ancla, que está en el muelle de los Carpinteros, más allá del Café de Londres. Es una especie de…, lo tengo en la punta de la lengua…

—Cantina —dice Molly.

—¡Fumadero de opio! —exclama Dolly.

—Señoras, señoras…

—¡Doctor, doctor!

Al parecer, los que regresan de China-Birmania-India se reúnen para jugar a las canicas con bolitas de opio. Se pueden recoger cientos de ellas si uno se espabila. El sanitario Krypton se mete el dinero en el bolsillo y deja a Bodine, que se queda pensando, retorciéndose un pulgar, en lo que acaba de oír; mientras se aleja, siente crecer en él un irreprimible impulso… Hace una pausa para beber alcohol etílico y jugo de pomelo de una vaina de proyectil, tras desmenuzar sobre ella con los dedos una de las extrañas pastillas de codeína. Es víctima de un breve episodio de paranoia cuando aparecen dos policías militares con sus gorras rojas y, acariciando sus porras, le dirigen —al menos él se lo imagina— amenazadoras miradas. Se escabulle en la noche al amparo de las paredes y del oscuro cielo. Está llegando a un estado especial muy suyo, que él podría patentar con el nombre de Superdoping Krypton.

- Por Dios, -dijo Saúl, levantando un brazo-. Deshumanizado. ¿Cuánto más humano puedo ser? Estoy preocupado, Albóndiga, de veras. Hoy en día hay europeos que deambulan por el norte de África con la lengua arrancada porque la emplearon en decir lo que no debían. Sin embargo los europeos creían que sus palabras eran correctas.

- Barrera de lenguaje -sugirió Albóndiga.

Saúl bajó de la estufa.

- Ese es un buen candidato al peor chiste del año -comentó irritado-. No, listo, no es una barrera. En todo caso es una especie de filtración. Dile a una chica: “Te quiero”. Los dos elementos implicados, tú y ella, no presentan ningún problema, forman un circuito cerrado. Pero con el repugnante verbo “querer” has de tener cuidado, pues se presta a la ambigüedad, a la redundancia, incluso irrelevancia, a la filtración. Y eso es ruido. El ruido estropea tu señal, provoca la desorganización del circuito.

Está a punto de cumplirse. Para Friedrich Auguste Kekulé von Stradonitz, su sueño de 1865, el gran Sueño que revolucionó la química e hizo posible el surgimiento de la IG. Para que el material adecuado pueda encontrar su camino hacia el soñador adecuado, cada cual, cada cosa, debe estar exactamente en el lugar que ocupe en el patrón. Jung tuvo la amabilidad de darnos la idea de un mancomunidad ancestral en la que todos comparten el mismo material onírico. ¿Pero cómo es que todos somos visitados como individuos, cada uno únicamente por aquello que necesitaba? ¿Acaso esto no implica alguna maniobra o cambio de dirección en los cauces que nos traen estos sueños? ¿Algún tipo de burocracia? ¿Y si los de la IG asistieran a sesiones espiritistas? Sin duda se sentirían a sus anchas entre los burócratas del otro lado. El sueño de Kekulé se dirige ahora a lo largo de puntos que podrían arquearse a través del silencio, claramente renuentes a vivir dentro del movimiento móvil; es una luz humana, imperfecta, que interfiere aquí con las solemnes decisiones binarias de estos agentes que ahora permiten que pase la Serpiente Cósmica, con todo el esplendor violeta de sus escamas, brillando de un modo que es definitivamente no humano…

Una noche, al final del primer mandato de Roosevelt, bajó por el primer hueco de alcantarilla llevando consigo un Catecismo de Baltimore, su breviario y, por razones que nadie pudo averiguar, un ejemplar del Arte de la navegación moderna de Knight. Lo primero que hizo, según sus diarios (que fueron descubiertos meses después de su muerte) fue echar una bendición eterna y unos cuantos exorcismos sobre todas las aguas que discurrían por los albañales entre Lexington y el East River y entre las calles Ochenta y seis y Setenta y nueve. Esta es la zona que se convirtió en Fairing’s Parish. Las bendiciones aseguraban un adecuado suministro de agua bendita, y también eliminaban el problema de los bautismos individuales cuando finalmente hubiera convertido a todas las ratas de la parroquia. Esperaba asimismo que otras ratas tuvieran conocimiento de lo que estaba ocurriendo en la parte superior del East Side y acudieran a convertirse también. En poco tiempo, el padre Fairing se habría convertido en el jefe espiritual de los herederos de la tierra. Consideró un sacrificio suficientemente menguado por parte de los roedores, que le proveyeran diariamente con tres miembros de su especie para su mantenimiento físico, a cambio del alimento espiritual que él les proporcionaba.

En un compás indeterminado de la resonante partitura de la noche se le ocurrió también que estaba segura, que algo la protegía, aunque tal vez fuese sólo la borrachera que se le despejaba linealmente. La ciudad, maquillada y acicalada con las palabras e imágenes de costumbre (cosmopolita, cultura, tranvías), era suya como nunca hasta entonces lo había sido; aquella noche tenía libre acceso a los ramales más lejanos de su sistema circulatorio, tanto a los capilares demasiado pequeños para ser observados, como a los vasos apelotonados y aplastados de los impúdicos granos municipales, a flor de piel para que todos salvo los turistas los vieran. Nada de la noche podía conmoverla, nada la conmovió. La reiteración de los símbolos bastaría, puede que además sin conmociones, para minimizar la noche, incluso para desgajársela de la memoria. Estaba condenada a recordar. Encaró la posibilidad como habría podido encarar la calle en miniatura desde un balcón muy alto, un viaje en la montaña rusa, la hora de la comida de los animales del zoológico; un deseo de muerte que puede satisfacerse con el mínimo ademán. Rozó el borde del área voluptuosa de dicho deseo, consciente de que sucumbir a él sin más superaría todo lo imaginable; de que la atracción gravitatoria, las leyes de la balística y la voracidad salvaje no le prometían más dulzuras. Hizo la prueba, con un escalofrío: estoy condenada a recordar. Cada indicio que se presenta tiene que poseer su propia diafanidad, sus inequívocas posibilidades de permanencia. Pero como es lógico se preguntó si estos “indicios” diamantinos no serían más que formas de compensación. Para reparar la pérdida de la Palabra directa y epiléptica, el grito que podía anular la noche.

Cuando la tierra era aún un paraíso, hace mucho, mucho tiempo, dos grandes imperios, el Mal y el Bien, lucharon por hacerla suya. Venció el Mal, y el Bien se retiró a prudente distancia. No pasó mucho tiempo sin que rebaños de ciudadanos del Reino Inferior empezaran a visitar la Tierra Ocupada con tarifas de excursión colectiva, pululando con sus turismos y camiones-vivienda de amianto por todo el paisaje, buscando en las tiendas gangas propias de una mano de obra barata, sacándose mutuamente fotos en un ambiente azul y verde invisible para las películas que se podían comprar en el Infierno… hasta que la novedad dejó de serlo, y los visitantes empezaron a percatarse de que la Tierra era igual que sus hogares, el mismo tráfico, comida desagradable, degradación del medio ambiente, etc. ¿Para qué salir de casa sólo para encontrar una versión de segunda categoría de aquello de lo que trataban de escapar? De modo que la industria turística empezó a declinar, y después el Imperio a retirar primero a sus administradores y después incluso a sus tropas, como cerrándose sobre sí mismo, más cerca de sus fuegos infernales. Transcurrido un cierto tiempo, los túneles de entrada empezaron a cubrirse de vegetación, perdiendo sus contornos y desapareciendo enterrados por avalanchas, inundados por sedimentos, hasta que sólo algunos individuos solitarios, niños, tontos del pueblo, tropezaban de vez en cuando con alguno, en un lugar desierto, pero sin atreverse a penetrar más allá de los primeros recodos, donde se acaba la luz exterior.

-¿Esa es la elección? ¿Luz o coño? ¿Qué clase de elección es ésa?

Esos pobres inocentes –exclamó en un susurro afligido, como si una ceguera se hubiera sanado sola de golpe, permitiéndole por fin ver el horror que transpiraba sobre el suelo-. Antes, al principio de todo esto…, deben de haber sido unos simples chavales, muy parecidos a nosotros… Sabían que estaban ante un gran abismo cuyo fondo nadie podía ver. Pero se arrojaron a él igualmente. Dando vítores y riendo. Era su propia “Aventura” grandiosa. Eran los héroes juveniles de una Narración del mundo; irreflexivos y libres, se precipitaron a esas profundidades por decenas de millares, hasta que un día se despertaron, los que seguían con vida, y en lugar de encontrarse posando con nobleza ante cierta geografía moral dramática, se vieron arrastrándose presas del pánico en una trinchera de barro, rodeados de ratas, oliendo a mierda y a muerte.

Se necesitarían ocho vidas y muertes humanas sólo para crear una letra del nombre de ese ser… Su expediente completo podría ocupar un espacio considerable de la historia del mundo. Somos dígitos en la computadora de Dios, tarareó, más que pensó, en su fuero interno, al son de una vulgar melodía espiritual, y lo único para lo que servimos, estar muertos o vivos, es lo único que Él ve. Todo aquello por lo que lloramos, por lo que luchamos, en nuestro mundo de sangre y trabajo, le pasa desapercibido a ese intruso cibernético que llamamos Dios.

Fergus Mixolydian, el judío armenio-irlandés y hombre universal, pretendía ser la criatura más perezosa de Nueva York. Sus intentos creativos, todos ellos incompletos, iban desde western en verso libre hasta un tabique había quitado de un retrete del aseo de caballeros de la Pennsylvania Station y que presentó en una exposición de arte como lo que los viejos dadaístas llamaban «ready-made». La crítica no fue benevolente. Fergus se volvió tan perezoso que su única actividad (aparte de las indispensables para mantenerse fisiológicamente vivo) consistía en, una vez por semana, juguetear en el fregadero de la cocina con células secas, retortas, alambiques, soluciones salinas. Lo que estaba haciendo era generar hidrógeno, que iba a llenar un globo verde resistente con una enorme Z pintada en él. El globo lo ataría con una cuerda al borde de la cama cuando se propusiera dormir, único modo de que los que vinieran a verle supieran decir de qué lado de la conciencia se encontraba Fergus.

La chica había oído la lluvia y los pájaros incluso antes de que se despertara del todo. Se llamaba Aubade: medio francesa medio anamita, vivía en un planeta extraño y solitario, muy particular, donde las nubes y el olor de las poincianas, la acritud del vino y el contacto fortuito de unos dedos por su región lumbar o, como plumas, por sus senos, todo ello se convertía inevitablemente para ella en elementos sonoros de una música que emergía por entre los intervalos de una aulladora oscuridad de discordancia.

Porque en este punto de la obra los acontecimientos adquieren una cualidad extraña y se introduce subrepticiamente en los diálogos cierta ambigüedad, cierta inquietud. Hasta aquí, ha habido que interpretar los nombres o en sentido literal o en sentido figurado. Pero desde que el duque da la orden de matar, se impone una modalidad expresiva diferente. De ella sólo podemos decir que es una especie de desgana ritual. Queda de manifiesto que ciertas cosas no pueden decirse en voz alta; que ciertos acontecimientos no pueden representarse en escena; aunque habida cuenta de los excesos de los actos anteriores, cuesta imaginar de qué se trata. El duque no nos aclara nada, tal vez porque no puede. Cuando se pone a gritar a Vittorio, dice claramente quiénes no han de correr en pos de Niccolò: a sus propios guardias les dice en la cara que son unos gusanos, unos payasos y unos cobardes. Pero entonces, ¿quiénes han de ser los encargados de perseguir a Niccolò? Vittorio lo sabe; como lo saben todos los pelafustanes y guardacoimas de palacio que van de aquí para allá ataviados con el uniforme de Squamuglia y que intercambian «miradas de entendimiento». Es un bromazo doméstico. El público de la época lo sabía. Angelo lo sabe, pero no lo dice. No acaba de revelarlo por mucho que se aproxime.

-Rediós -dijo-, esto es un plagio, y encima nos han censurado, a Wharfinger y a mí, pero al revés.

Se refugiaba cada vez más en el problema de la función Zeta, con el cual se distraía incluso cuando la compañera de clase cuya mirada había cruzado y mantenido durante el día entraba de puntillas después del toque de queda y se metía desnuda en la estrecha cama de Yashmeen, ni siquiera en ese raro y silencioso momento podía ignorar la cuestión, casi como si él se la estuviera susurrando al oído, de por qué Riemann había planteado la cifra de un medio al principio en lugar de inferirla más adelante… “Por descontado, uno querría tener una prueba rigurosa”, había escrito el matemático, “pero he dejado la búsqueda a un lado… tras algunos fugaces y vanos intentos, porque no es necesario para el objetivo inmediato de mi investigación”.

Pero ¿acaso eso no implicaba…? La tentadora posibilidad quedaba sencillamente fuera de su alcance…

e imaginemos que en Gotinga, entre sus documentos, en algún informe escrito sólo para sí mismo y todavía sin catalogar, él hubiese sido incapaz de no volver al problema, obsesionado como todos los demás desde entonces, incapaz de no volver a la serie exasperantemente sencilla que había encontrado en la obra de Gauss y ampliado para explicar por completo el mundo especular “imaginario” que incluso Ramanujan, aquí en Trinity, había pasado por alto hasta que se lo señaló Hardy…, y que lo hubiese revisitado, que en cierto sentido hubiese reiluminado la escena, posibilitando la demostración de la hipótesis con todo el rigor que desearía cualquiera…

-A ver, Pinks, estás aquí, ¿verdad?

-¿Y dónde estás tú, insolente? No parece que donde deberías, pero eso vamos a arreglarlo, ¿verdad que sí?…-dijo agarrando a la chica por el cabello rubio con bastante rudeza, y, en un único y elegante movimiento, se levantó el camisón y al mismo tiempo se sentó a horcajadas sobre la carita impertinente…

Publicado por JUAN FRANCISCO FERRÉ en 21:32


21
Jun 10

David Torres escribe sobre el Proyecto Nocilla (+Beach House)

Estoy de viaje, así que no he podido conectarme mucho.

Dos cosas,

1)He estado estos días con esta canción de Beach House, grupo de Baltimore, en la cabeza, que me encanta desde que hace poco tiempo un amigo me la señaló:

aquí más, me encanta este grupo:

http://www.youtube.com/watch?v=DNQ97P0rQk8

2) Interesante lectura -no podría ser de otra manera- del Proyecto Nocilla [y de Nocilla Lab en particular], que ha hecho David Torres en su blog, en la que habla de dos cosas que otros y otras a veces pasan de largo, y que creo que son importantes en mi obra:  la ruina y la seriedad del humor. Corto y pego (la fotografía es suya):

Más nocilla

Cuando leí este alucinante fragmento de Nocilla Lab (pág. 55) pensé en Tulum, cuyas pirámides se derraman a orillas del Atlántico, en Yucatán; pensé en los templos de Angkor, donde no he estado jamás, en sus piedras invadidas de pájaros y de junglas; pensé en el aire incesante de Numancia, su puro cielo azul garabateado por tiza de aviones:

por eso no creo que el motivo de que existan lugares inhóspitos, lugares que están como desactivados del flujo del mundo, sea que en ellos el hombre le haya dado la espalda a la naturaleza, ni tan siquiera a la vida, ya que tales cosas no existen más que en el lenguaje, más bien creo que esa desactivación de los lugares inhóspitos respecto al mundo es debida a que son la ensoñación del resto del mundo, quiero decir que son zonas que son soñadas, y sólo soñadas, por el resto del planeta, y como tales, permanecen en silencio, inaccesibles a la materia, como le ocurre al sexo y a lo sueños, inaccesibles a ser narradas, un caso especial de lugares inhóspitos son las ruinas, pienso que lo que les ocurre a las ruinas es que han llegado a ese estado por su gran potencia simbólica antes de ser ruinas, cuando estaban en pie y habitadas, quiero decir que su gran potencia simbólica era tan intensa que tuvieron que ser abandonadas para que el mundo no se destruyera en ellas por exceso, por exceso de vida, para a partir de ese momento ser sólo soñadas, para constituirse en lugares inhóspitos, para que no les ocurriera lo que les ocurre a las parejas, que siempre se dejan cuando están demasiado cargadas de un estilo de vida propio, un estilo que no se parece nada más que a sí mismo, sí, las parejas se dejan en el momento en que están más cargadas de vida, de cotidianidad, de belleza, por plano y aburrido que sean ese estilo de vida propio, esa cotidianidad y esa belleza, se dejan cuando están en el más alto grado de potencia humana concebible, en efecto las parejas se asustan por tal perfección, se separan y generan una ruina, un lugar ya sólo soñado, una complejísima zona de afectos, lazos, odios, entendimientos, objetos, experiencias, que para siempre ya será inhóspita para el mundo ya que nadie la conocerá jamás

Todo este pasaje, como el resto del libro, es extraordinario. La idea de que una pareja genera su propia ruina, un espacio inaccesible en el espacio y en el tiempo, es asombrosa. Pero al mismo tiempo, como toda buena metáfora, se trata de una idea que no sólo provoca asombro sino reconocimiento, el vértigo platónico de lo que estaba ahí, acechante, antes de que la palabra viniera a descubrirla. Toda la trilogía de Fernández Mallo está llena de bellezas, de destellos, fogonazos que alumbran la oscuridad, cerillas que se encienden un momento y se apagan. Todo el proyecto Nocilla está vertebrado en torno a la noción de deslumbramiento, una noción, como se ve, más poética que narrativa e incluso, diríamos, más científica que poética, si decir eso no supusiese el mayor obstáculo que Fernández Mallo ha encontrado en su camino y que no viene de la fútil resistencia de quienes no lo han leído ni lo leerán, sino precisamente, de muchos que lo han leído, creen haberlo entendido y no se han enterado de la misa la media. Es decir: la seriedad, esa señora demasiado escuchada.

¿Cómo es posible no caer en el sentido del humor de una novela (Nocilla dream) que termina con un reparto indiscriminado de caramelos sugus? ¿Cómo es posible no reír a carcajadas con la idea de un palacio construido a mayor gloria del parchís? El problema consiste en la pedantería absoluta de cierta clase de mandarines literarios que creen que el humor no es serio. La creencia (en contra de los ejemplos de Cervantes, de Sterne, de Joyce, de Faulkner) en que las grandes obras están desprovistas del don de la risa. La ignorancia de que los más alucinantes thrillers de Hitchcock son al mismo tiempo muy graciosos y de que Kafka, (que leía en voz alta a sus amigos ese temprano pasaje de El proceso en que los policías se comen el desayuno al pobre K. cuando van a detenerlo) se mondaba de a risa sin poder remediarlo.

Si hay algo profundamente cortazariano en la trilogía Nocilla no es sólo su sentido de aventura intelectual o el cálculo estructural del azar sino la idea motriz de que la seriedad no es lo contrario de la profundidad sino la antítesis perfecta de la pesadez y la pedantería. El gesto serio y sobrio de la escritura de Agustín recuerda al de humorista Eugenio cuando arrancaba a contar un chiste. Ni una sonrisa, ni un amago, ni un guiño. No le tiembla el pulso lo más mínimo cuando escribe que la Coca-Cola es el único sabor original del mundo, el único que sólo se parece a sí mismo. Y de la autobiografía de Feynman (uno de sus textos seminales) extrae aquel pasaje en que el genial físico decide pedir siempre flan como postre para evitar que su cerebro pierda el tiempo en elecciones innecesarias.

No quiero decir con esto que la trilogía Nocilla sea una broma o que carezca de seriedad. Quiero decir que en el Proyecto Nocilla los dos sustantivos se anulan. Tal vez todo sea una broma pero sólo en el sentido de que el mundo también lo es: una broma cósmica. (Pienso, de paso, en cuánto le gustaría a Fernández Mallo, supongo, ese pasaje de Vacío perfecto en que Lem inventa el discurso de un premio Nobel imaginario, Alfredo Testa, que sostiene la tesis del universo como juego y elabora una física intencional.) Al intentar generar un espacio poético autónomo (toma pedantería), un jardín zen, una utopía imposible que cabe en una funda de guitarra Gibson y de la que ni siquiera conocemos las piezas, el Agustín demiurgo inicia una búsqueda (“un motor automático de búsqueda”) que lo lleva de semejanza en semejanza y de revelación en revelación hasta el solipsismo perfecto. Es una búsqueda condenada al fracaso, para empezar porque todos sabemos que también la Coca-Cola generó la Pepsi y que antes, incluso, existió la zarzaparrilla.

Por eso, porque todo posee su doble, su Pepsi, su imitación y su equivalente en algún lugar del universo, el demiurgo también se encuentra con el suyo en una penitencería desolada de Cerdeña y juega una partida mortal contra sí mismo, una partida cuyo desenlace no se guía tanto por las leyes del suspense narrativo como por las analogías y espasmos del poema. Figuras que se repiten. Formas que evolucionan. Olas del mar. Un cadáver que se corrompe, generando nuevas vidas, nuevos espacios. Una botella de Coca-Cola con un pedazo de limón deshaciéndose lentamente entre negras burbujas.

La imagen con la que comienza la novela es la desolación de Prypiat, una ciudad construida para albergar a los trabajadores de Chernobyl, que fue abandonada tras la explosión del cuarto reactor. Uno de los obreros regresa a Prypiat diez años después y no puede o no quiere reconocer su antigua casa. Merodea por el barrio, ve una serie de casas todas iguales pero no sabe dónde está (dónde estuvo) la suya. La ciudad no ha sufrido el menor daño, salvo la radiación y el abandono, pero merced a la catástrofe se ha transformado en una ruina, un espacio de enorme potencia simbólica, perfecto e inhabitable. Una novela o un poema.

Al destruir a su doble, al concluir el exorcismo del espejo, al convertirse en un objeto único, el demiurgo desaparece, las palabras ceden paso al dibujo y lo que queda es un libro, dos libros, tres libros, que han acabado por formar su propia devastación. El lector la mira, girando en círculos, y siente lo mismo que aquel pájaro de Borges cuya mirada salvó las ruinas de un anfiteatro. Una zona soñada donde se puede al fin entrar, jugar, leer, tomar un vaso de Coca-Cola.


16
Jun 10

Nueva entrada en blog de Fnac

El otro día, un lector de este blog, dejó un comentario en el post  “Vídeo en Babelia y Vídeo en Casa de América (con la misma camisa)”, que decía:

“miguel dice:

12 Junio 2010 a las 14:36

Me gusta tu estilo, Agustín. ¿Dónde compras la ropa?”

Aquí la respuesta:  El Origen de Las Especies de Ropa: http://www.clubcultura.com/diariode/1753/agustinfernandezmallo.html


14
Jun 10

Manifiesto Facebook 10

Otro de nuestros manifiestos, en Quimera (mayo). Para ampliar pinchar en la imagen.


12
Jun 10

Perdidos y Flashforward, Quijote y Lazarillo

Hoy en Babelia, en la página 2, se publicó esta breve columna. Aquí también en edición digital.

Corto y pego (las imágenes no son del original):

¿’Perdidos’ o ‘Flashforward’?

BABELIA. AGUSTÍN FERNÁNDEZ MALLO 12/06/2010

sello con la ruta de don quijote

Un ejemplo de texto en el que no se le anticipan acontecimientos al lector podría ser el Quijote; su trama se desarrolla a medida que el lector convive con sus personajes. En el extremo contrario, hay cuentos en los que el final es un dato dado, y la consecución de la obra consiste en ir desvelando cómo los acontecimientos han ido deviniendo hasta llegar al estado actual. Ejemplo de esta literatura “anticipatoria” lo encarna El lazarillo de Tormes: el autor se sitúa al final de los hechos y, como si de la propia tradición oral se tratara, nos cuenta su historia. Lo que separa a estas dos maneras de encarar la narración no es otra que la definición de “lo moderno”. Si el Quijote es la primera novela moderna se debe en parte a que narra “sobre el vacío”, de manera claramente orgánica y sin saber, como en la vida misma, qué le va a ocurrir a ese rocín a esa célula; no acepta la tradición oral, aquella que ya sabe el final de la historia y escenifica y monta un decorado no para presentarla, sino para re-presentarla: una característica claramente premoderna pero perpetuada en manifestaciones culturales como el folclore, la religión, el rock (especialmente los subgéneros del metal) y en general todo aquello que implique mitología y rito.

Esta dualidad nos remite al debate sobre el origen de la vida. Los creacionistas afirman que la vida es un cuento en el que Dios ya conocía el final, sólo tuvo que poner en marcha su máquina de narrar y así todos somos una especie de marionetas en su Gran Ficción. Para los darwinistas, como en el Quijote, la vida se desarrolla según nociones sujetas al azar de lo mutante, la ficción nunca está escrita y, en último extremo, no existe esa Gran Ficción. En el cine, grandes películas son cuentos orales, se ajustan al “arquetipo lazarillo”, por ejemplo, Ciudadano Kane o Rebecca. En ambas todo comienza por el final, “Rosebud…”, “anoche soñé que regresaba a Manderley…”, la historia comienza por lo que “no deberíamos saber” para más tarde ir reconstruyéndola. En el extremo contrario, películas “modernas” [en este sentido de la palabra moderno], hallamos, Los pájaros, Hitchcock; El planeta de los simios (la original, Franklin J. Schaffner), o llevando la no anticipación al límite de la perfección, Exotica de Atom Egoyan, o Hana-Bi de Takeshi Kitano.

En el inconmensurable mundo de las teleseries contemporáneas, el ejemplo de no anticipación vendría encarnado por Perdidos, en la que el espectador va perdiendo el equilibrio a cada momento al mismo tiempo que los personajes [se habla ya de esta teleserie como del Quijote de las narraciones visuales]. El caso contrario lo encontramos en otra reciente, Flashforward, en la que todo el planeta Tierra sufre un desmayo de pocos minutos para, en ese ínterin, cada persona ver su futuro; la narración consiste en desentrañar cómo demonios librarse de ese futuro que aún no se ha producido, pero que ya está escrito.

Todos estos ejemplos, de lo que realmente hablan es de dos cosmovisiones: la que admite la existencia de la complejidad de los sistemas vivos [la vida como una suma de catástrofes] y la cercana al determinismo newtoniano.

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Un sello sobre el tema del Lazarillo reproduce simbólicamente el hecho de que el lector sabe dónde va la narración, y un sello, evidentemente, se dirige a un destino, una dirección establecida en el sobre. Sin embargo un sello sobre el Quijote, no pega mucho con la función del sello, y eso me gusta bastante, parece como que la carta que lleva ese sello se abriera a una especie de indeterminación en cuanto a su destino.

Por otra parte, hay varias citas más o menos subliminales de Lost en Frashforward. Publicidad de la una en la otra que cruza semánticas, es muy interesante para pensar cómo se cruzan los tiempos de las dos series. Además está el loop:  se hace publicidad de Lost a través de típicos elementos urbanos de publicitación, lo que le da un aire de publicidad “real” en el sentido de verosimilitud.

publicidad de aerolíneas de LOST

en la publicidad del bus pone LOST


11
Jun 10

Vídeo en Babelia y Vídeo en Casa de América (con la misma camisa)

1] En la Feria del libro, me pidió Babelia que eligiera el personaje de la literatura que hubiera querido ser. Creo que ninguno, pero si tengo decir alguno, Gregorio Samsa. Aquí vídeo (3 minutos):

http://www.elpais.com/multigalerias/videos_Feria_Libro_2010/20100530elpepucul_1/Zes

2] El vídeo (20 minutos) de la conferencia que di sobre Borges en Casa de América de Madrid, el 23 de abril por la noche. También están las de los compañeros de tribuna, Fernando Iwasaki (Italo calvino), Benjamín Prado (Cortázar)  y Juan Grabriel Vásquez (Camus):

http://www.casamerica.es/casa-de-america-virtual/archivo-virtual/videos-y-audios/america-y-europa-literaturas-de-ida-y-vuelta-agustin-fernandez-mallo

Y aquí el coloquio posterior:

http://www.casamerica.es/casa-de-america-virtual/archivo-virtual/videos-y-audios/coloquio-america-y-europa-literaturas-de-ida-y-vuelta

¡Tengo que ir ya a comprarme camisas!


9
Jun 10

Sara Redondo rediseña Proyecto Nocilla

La diseñadora gráfica Sara Redondo ha hecho un diseño muy personal de la trilogía Proyecto Nocilla (con la funda para el CD de la película incluida). Un trabajo en el que traslada diversos aspectos del los 3 libros a un formato físico, una especie de traducción de la prosa a objeto (por ejemplo, en nº de líneas de las portadas se inspiran en el nº de historias de cada libro, los diferentes plásticos con los que están construidos, el diseño de las páginas, la particular numeración, etc). Un trabajo excelente en el que ha jugado con el concepto de Postpoesía aplicado al diseño. Que yo sepa, sólo existe ese ejemplar, que toma así características de libro de autor; en este caso de autora.

Me interesa, además, no sólo el hecho de que un libro (texto) inspire un trabajo plástico, sino ese extraño loop que indica que el trabajo plástico es de nuevo el mismo libro; aunque no es una copia. Una redundancia que, lejos de redundar, aporta.

PARA AMPLIAR PINCHAR EN LAS MINIATURAS:


7
Jun 10

Bola de golf contra chapa de acero

 

1) En la Feria del Libro de Madrid hay un flujo de personas prácticamente constante tanto por las mañanas como por las tardes, y ambos flujos son más o menos iguales en cuanto a nº de personas/minuto que pasan por delante de tu caseta.

2) Cuando sólo editaba poesía, firmaba más libros por la mañana que por la tarde.

3) Ahora que edito también narrativa y ensayo, vienen muchos más por las tardes.  

4)Los de la mañana son bastante tensos y directos.

5) Los de la tarde se acercan más blandos, aunque ésa no la palabra.

6) El mediodía es la chapa de acero con la que todas las casetas están cerradas.