El sábado pasado un fenómenal despliegue en el suplemento ABCD sobre Perdidos (genial el mapa de la Isla). En red sólo se puede leer esto, de Andrés Ibañez, que comparto mucho o bastante. También había un texto de Jorge Carrión (que está en su blog y que pongo al final). Y también una crítica muy buena al Providence de Juan Francisco Ferré, por Juan Ángel Juristo. Y la reseña del desternillante libro, Mutatis Mutandis -hacia una herméneutica transficcional de las narrativas mutantes: del Propp al Afterpop (o “nocilla qué merendilla”) de Javier García Rodríguez, editorial Eclipsados, reseña a cargo de Luis Alberto de Cuenca (que tampoco está disponible en Red)
«perdidos», la isla que piensa
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¿Por qué nos gusta tanto Perdidos? Somos
muchos los que nos hemos hecho adictos a esta serie después de superar
ese acto de fe que es la primera temporada (confiar en que la solución
del enigma creciente no será fácil y previsible), y también las aguas
estancadas de los episodios centrales de la segunda temporada, para
adentrarnos en la increíble tercera temporada, donde la historia crece
y crece en oleadas hasta un magnífico final, para luego comenzar a
desesperarnos en la cuarta entrega con la llegada de personajes nuevos
que no nos caen bien (un joven chino que siempre está de mal humor, una
pelirroja bastante antipática y un insoportable físico cuántico
tartamudo) y ponernos ya furiosos en la quinta con la definitiva
pérdida de rumbo de la serie, sobre todo por la casi completa
desaparición de los personajes principales, que son los que de verdad
nos interesan: Kate, Jack, Hugo, pero sobre todo Benjamin Linus y John
Locke. Y ahora nos queda la sexta y última temporada, en la que el
misterio se resolverá, por fin, y que será, como todos sabemos, una
gran desilusión. Y a pesar de todo seguimos siendo adictos a Perdidos,
una de las mejores series de esa Edad de Oro de las series televisivas
que fue el período de entre siglos.
la desilusión. ¿Que por qué
sabemos que será una desilusión? Primero, porque es lo que nos decimos
a nosotros mismos para que luego nos guste más. Segundo, porque la
serie comenzó a hacer aguas cuando en la cuarta temporada aparece el
tema irritante de los saltos en el tiempo, una especie de ruptura total
de las reglas del juego que complica la ya complicadísima trama hasta
efectos mareantes, y no digamos ya el tema, irritante al máximo, de
tirar una bomba atómica para destruirlo todo. Tercero, porque Perdidos
tiene una estructura narrativa formada por misterios que se amontonan
unos sobre otros en capas, y los misterios son tantos y tan complejos
que sería imposible resolverlos todos satisfactoriamente. ¿Qué es el
monstruo de humo negro? ¿Qué clase de «dioses» con cabeza de reptil
construyeron la isla y sus extraños templos? ¿Quiénes son «Los Otros»?
¿Es cierto que la isla es una especie de «caja» dentro de la cual, como
en la habitación de Stalker, uno puede encontrar lo que más desea? ¿Por
qué no pueden nacer niños allí? ¿Por qué casi todos los personajes
tienen problemas con su padre? ¿Por qué es necesario matar al padre
para ser admitido por la isla? ¿Existe de verdad una enfermedad
contagiosa en la isla? ¿Es la isla un ser inteligente dotado de
voluntad propia? ¿Quién es Richard Alpert y por qué no cambia de
aspecto con el paso de los años? ¿Quién diablos es Jacob y por qué
posee poderes sobrenaturales? ¿Es la isla el lugar al que vamos después
de muertos? ¿Es el paraíso? ¿Es el infierno?
espacio pensante.
El verdadero protagonista de Perdidos es la isla en sí, el maravilloso
escenario natural de Hawai, donde ha sido rodada íntegramente la serie.
«El espacio -escribe Frank Lestringant en su ensayo «Pensar por islas»
(Revista de Occidente nº 342)-, y más concretamente la topografía, es
una forma de pensamiento. De donde surge la siguiente paradoja: el
problema no está en pensar el espacio, es el espacio el que piensa».
Por eso la isla de Perdidos piensa por sí sola y, como el océano
inteligente de Solaris, hace realidad nuestras obsesiones y nos
devuelve nuestros errores, nuestros amores, los seres desaparecidos.
¿Es toda la isla un ensueño de Hugo Reyes, una creación de su mente,
tal y como le explica Dave con argumentos perfectamente lógicos y casi
concluyentes? Eso explicaría que Libby, la fantasía romántica de Hugo,
sea una enferma mental que se encontraba en el mismo sanatorio que
Hugo, y que Hugo sea capaz de hacer desaparecer, con sólo desearlo, la
cabaña de Jacob, el centro neurálgico y tarkovskyano de toda la mística
de la isla.
trampas. Pero esta clase de «claves» (hay muchas)
son todas trampas y, como las formas de un dibujo de Escher, se
cancelan unas a otras. La idea principal de Perdidos es que la realidad
no existe, sino que somos nosotros la que la creamos con nuestros
pensamientos. Pero la verdadera fascinación de la serie proviene de que
es imposible reducirla a un sentido, a una clave: aquí conviven todos
los sentidos, todas las claves. Este mundo no es incomprensible e
inabarcable por un exceso de misterios, sino por un exceso de
explicaciones.
¿Tiene algún sentido lo que sucede en la isla?
Ésta es la pregunta que los personajes (y los espectadores) se hacen
una y otra vez. Jack, el líder científico y racionalista, lo niega,
mientras que John Locke, el líder místico e iniciático, afirma que
todas las cosas que suceden allí tienen un propósito. Otro de los
personajes principales, el fascinante Mr. Eko, opta por una vía
intermedia. «No pido perdón, padre, porque no he pecado», dice de
rodillas frente al sacerdote en la impresionante escena de su
destrucción. «Yo no pedí la vida que me han dado. Pero me la dieron. Y
con ella hice lo mejor que pude». Situada en el centro de la serie (es
decir, el lugar más parecido al «final» en una estructura esférica) es
posible que ésta sea la solución más elegante que podamos esperar al
gran dilema de dilemas que es Perdidos. Cuya sexta y última temporada
comienza ahora. Disfrútenla. Namasté, y buena suerte.
ANDRÉS IBAÑEZ
**************
Personalmente, tras tantas capas sobre capas de enigmas en apariencia irresolubles, creo que cualquier solución final que intentase algo compacto y cerrado, me decepcionaría. Prefiero que no se solucione nada o casi nada. Todo lo que hay ya me resulta bastante sugerente por sí mismo.
El evidente paralelismo con el borgiano Jardín de Los Senderos Que Se Bifurcan, o con la teoría de Universos Paralelos de Everet III (padre del músico Mr. E, líder de la banda Eels, del que hemos hablado aquí ya muchas veces)
Coincido en que, de momento, la 3ª temporada es la mejor. Bueno, la que más me ha gustado.
Charlie, poor Charlie.
Por cierto, me ha parecido muy bueno el paralelismo que hace Andrés Ibañez entre Lost y el cine de Tarkovski.
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TEXTO DE JORGE CARRIÓN (ABCD)
LA SEXTA DE LOST
LA SUPERESTRUCTURA DE PERDIDOS
“La muerte es la muerte”, dice Benjamin Linus –uno de los villanos
más complejos de la narrativa contemporánea– justamente cuando más
evidente se hace que en la isla de Perdidos la muerte no es
la muerte. Pese a que nos hayamos acostumbrado a los fantasmas y a las
resurrecciones, lo cierto es que la teleserie camina hacia su extinción
sin vuelta atrás. Una última temporada siempre es un cóctel explosivo
de Eros y Thanatos: deseo de conocer el desenlace y duelo incipiente
por lo que está a punto de no ser. Pronto desaparecerán los personajes,
parte del misterio o las vueltas de tuerca técnicas y argumentales;
pero pervivirá una forma de leer. Que se ha impuesto.
En lo que va de década, nuestras formas de lectura se han visto
modificadas sobre todo por dos plataformas de modelos: Internet (la
ventana, el clipmetraje, la búsqueda con palabra clave, el link, el
post, el comentario, el spam, etc.) y la telenarración (el videojuego,
nuevos formatos televisivos como el reality, las últimas teleseries
norteamericanas, etc.). Posiblemente sea Lost el ejemplo más
radical de esa nueva pedagogía de la lectura audiovisual, cuyos
vínculos se expanden de la telenarración a la red. Primero nos obligó a
pensar el presente de cada personaje en función de su pasado (los
continuos flashbacks de las cuatro primeras temporadas); después, de su futuro (los flashforwards de la quinta); mientras se sucedían los saltos temporales y la propia
isla se convertía en una máquina del tiempo. Primero nos hizo recuperar
las coordenadas del relato de náufragos en clave actual (el desastre
aéreo), para introducir pronto, con Los Otros y la Iniciativa Dharma,
la teoría de la conspiración y el relato post-utópico, apocalíptico y
fantástico (del búnker como psicotopos a Ben empujando el
engranaje del corazón de la isla, Sísifo posmoderno). Primero nos
acostumbró a ciertos protagonistas, para después despedirlos y hacerlos
regresar de múltiples maneras post-mortem. En paralelo, los capítulos
se convertían en pasadizos de acceso al laberinto internáutico de Perdidos.
Porque la isla se quedó pronto pequeña. No sólo la analepsis y la
prolepsis permitieron insertar en la lógica narrativa el afuera de la
isla, el propio argumento sacó y volvió a meter en ella a los
protagonistas. La suspensión del juicio, el pacto narrativo que propone
la teleficción de J. J. Abrams y su equipo coloca al espectador en un
nuevo lugar. Un lugar desde el cual éste puede procesar a ritmo de
vértigo un flujo brutal de información (cronológica, histórica,
pseudo-científica, biográfica), al tiempo que trata de llenar los
vacíos mediante fuentes externas (como los videos en blanco y negro de
Dharma en Youtube); pero que sobre todo reactiva el sentimiento de
estar participando en un espectáculo de magia. En Fringe se habla del Patrón para clasificar los procedimientos de las acciones bioterroristas y
paranormales que investigan los protagonistas. Es posible que sea la
teleserie heredera de Lost y que de ella haya aprendido que
el “patrón”, la estructura que van construyendo los guiones de cada
capítulo, tiene que ser suficientemente fuerte como para sobrevivir a
cualquier desorden y a cualquier vicisitud, con la obligada
superposición de nuevas líneas argumentales, nuevos personajes, nuevos
misterios, a cual más descabellado y fascinante. Si Los Soprano o Dexter tienen como pilares la energía magnética de sus protagonistas; si A dos metros bajo tierra y The wire se sustentan en la profundidad melodramática y realista de su protagonista colectivo; el secreto del éxito de Lost es su superestructura. Una superestructura capaz de hacer parecer como
verosímil, dentro de los límites de la ficción, una acumulación
monstruosa de acontecimientos. Que, además, ha sabido colonizar el
ciberespacio y devenir absolutamente global.
Las teleseries se adaptan naturalmente a los mecanismos de la red
social, porque su esencia es múltiple como la de Internet. No sólo en
los canales de difusión (páginas de las cadenas de televisión, páginas
de descarga, Youtube, página oficial); no sólo en las plataformas de
promoción (en la web de Héroes te puedes descargar los cómics, en la de Miénteme se puede jugar a detectar mentiras, en la de Fringe te remiten a una completa web de la empresa ficticia Massive Dynamic); sobre todo en la dimensión participativa. De la Lostpedia y la Fringepedia a las acciones de protesta y las presiones ejercidas para que una
teleserie sea reanudada, pasando por la subtitulación altruista, los
fans se movilizan para difundir y ampliar el sentido de las obras que
consumen pasionalmente. Son los apóstoles del siglo XXI. Se está
acabando la época en que los medios de comunicación generan los temas
de interés (como está ocurriendo con el e-book), ahora son los fans (es decir, cada uno de nosotros) quienes generan los núcleos de atención. El caso de Lost es en esto también ejemplar, hasta el ridículo. Durante las últimas
semanas se han sucedido los reportajes que daban vueltas sobre la misma
ausencia de información, sin aportar ni un solo dato sobre los
contenidos de la sexta temporada. Los periodistas han llegado a Hawai
obligados por los fans. Por la gran conversación que éstos han generado
alrededor del planeta Perdidos y que amenaza con invadir el sistema solar.












