
En la estupendísima página de información de música y tendencias, PlayGround, escribe periódicamente Antonio Luque. Recordé ayer esta columna suya de hace unos meses, que me hizo gracia por varias cosas.
1)Por la foto que he puesto arriba, Luque se me parece cada vez más Mr.E (el cantante y compositor del Eels), del que, azares, últimamente no paramos de hablar en este blog. Aquí, y aquí. Con ésta ya van 3. habrá que repensarlo.
2)En su columna, Luque habla de las grabadoras de cinta magnetofónica, como la que salía en el vídeo de Eels que puse en otro día.
3)Veo a Luque con esa taza en la mano en su casa (es un suponer, licencia literaria), esa barba súbita, y veo a Mr.E en su casa, con su barba, tal como sale en el vídeo antes citado.
4)Luque habla de las cintas TDK de 60 minutos. Aquellos packs de 3. Ideales para hacer recopilaciones. Lo dice con ese tanque de café en la mano, de explorador y camping gas, de un Doctor en Alaska oteando las últimas nieves. Como Mr.E. Por cierto, qué buena era Doctor En Alaska.
5)Luque dice: ya no quedan amigos con doble pletina. Bueno, por si sirve de consuelo, yo aún tengo una Marantz que le cambié a una chica hace años por una guitarra española; ahora de adorno (la pletina, no la guitarra ni la chica, donde quiera que estén).
6)Asocio las cintas magnetofónicas a la piel. Por algo será.
7)Pocas cosas más raras, sorprendentes, hay que ver una cinta magnetofónica desenrollada, tirada en la calle; puede dar la vuelta a una manzana. Hace años se veían muchas. Ahí estaba la música.
CORTO Y PEGO la columna de Luque:
Estamos preparando las canciones para el siguiente disco de Sr. Chinarro. No es autobombo, aún no he dicho que sea bueno. Entre otros títulos, pienso en “Maravillosas las vistas a un pantano”, sacado de una página de anuncios de inmobiliarias.
Ay, los inmuebles. ¡Cómo me gusta que se diga que la situación económica actual es fruto de la codicia! Sin remedio entonces.
Verán; estoy dando permanentemente la tabarra con la conveniencia de lo analógico frente a lo digital y bla, bla, bla. En un supermercado, junto a los condones y los chicles, vi el otro día cintas TDK de 60. Tres por un euro. No me pude resistir, ahí está el estante lleno. Imagino que van a dejar de fabricarlas, de ahí la liquidación. Me contaron que algunos de los grandes magnetofones de 24 pistas que se usan en los estudios profesionales de grabación acabaron, cuando la aparición de lo digital, en cubas de escombros, de donde los más espabilados los recuperaron para ponerlos a punto. ¿Lo he contado en otra ocasión? Bah, es igual. Considérenlo un estribillo.
Total, que somos muchos los que pagamos más por contar con esos chismes, sobre todo con dinero de otros, de las discográficas, pobres.
Lo de las TDK fue pura chuchería engorrosa, envoltorio de goma de fresa, recuerdo del adolescente que buscaba como loco un amigo paciente con doble pletina para pasarle una bolsa, del que le pedía por favor a la madre un cajón más para guardar recopilaciones difícilmente rebobinables, insistiendo en lo absurdo de guardar sábanas de todas las eras, hablando a la pared. El caso es que cojo los paquetitos de tres y siento un placer oscuro, como algunos con mis canciones del siglo pasado (estoy ensayando en Málaga para tocarlas en otoño -y no es autobombo, no he dicho que sean buenas-).
Cuando voy a Sevilla a montar las nuevas coplas con la banda me llevo el portátil. Sin un sólo cable, con el micrófono que viene incorporado, con dos golpecitos del dedo índice, grabo cuanto ocurre. Luego en casa elijo los fragmentos más interesantes y los envío por correo electrónico a Georgeus, Peter Bjorn and Barry (The Band). Respondiendo a todo. Sí. Mensaje enviado. Fácil.
¿No es maravilloso no necesitar los cajones de una madre para dar rienda suelta a la codicia del melómano no emancipado? ¿O prescindir de los funcionarios de correos, esos que echan el aviso de “destinatario ausente” al buzón por no subir la escalera para ver si la ausencia es imaginaria, fruto del tiempo libre conquistado, del trabajo fácil?
El cuatro pistas de casete (pongan las eses y las tes que quieran, ya da igual) no sale del armario.
En el local de ensayo, un cacharro que grababa directamente sobre un disco duro, de cuando los comienzos de la invasión de los unos y los ceros, sirve para apoyar un cenicero, en el que se consumen los mejores arreglos para los bocetos que llevo. Es de la marca Darwin, y que nadie lo use demuestra que no se prefiere lo digital a lo analógico porque sí: simplemente preferimos la comodidad. De ahí que la evolución nos haya convertido en periféricos de carne y hueso para un portátil.
Tampoco era tan difícil pulsar el play y el record de algunos de aquellos radiocasetes que grababan tan bien. Le he pedido a Franco que me preste cintas de los primeros ensayos, allá en el año 90, 91 y 92. Para ser franco, creo que no las voy a conseguir.
No quedan amigos con doble pletina.
Me rindo. Soy un hombre nuevo.
MrE (sólo por recordar su aspecto):

En EP3, Hoy, Entrevista a Antonio Luque:
“Es más fácil verme como un coñazo”
GABRIELA WIENER 11/09/2009
Haberse convertido en un reverenciado (e involuntario) ídolo del indie español no le basta. Tras dos décadas en la música, Antonio Luque, alias Sr. Chinarro, vuelca sus metáforas costumbristas en un debut literario, Socorrismo, que casi va a la papelera.
Anoche tocó por sorpresa en un garito de Valencia y hoy ha corrido una hora para compensar la paella. El corredor de fondo del pop indie español y comandante en jefe de Sr. Chinarro, Antonio Luque, lleva casi 20 años de puntual relación con un público que exalta sus raros melodramas cotidianos, que tienen tanto de aforísticos como de oscuramente líricos. Después de girar con su último disco, Ronroneando, cambió la guitarra por un ordenador para escribir cosas que nunca podrá cantar. Socorrismo (Alpha Decay) es el debut literario de un escritor compulsivo, pero no trastornado. Relatos “salvados de la papelera por mi editora, que me dijo que yo no era nadie para juzgarme” y que explican por qué a sus canciones las llamaban “libros de tres minutos”.
“Me gustaría ser uno de esos productores que analizan a los oyentes y son capaces de emplear esos trucos pensando en la pasta”
Luque también es autor de uno de los cuentos de Matar en Barcelona, ficciones inspiradas en crímenes reales ocurridos en esa ciudad. “Éste es un comienzo en plan cobarde”, confiesa, “como empezar en la música: maquetas, single, elepé…”. Es decir, textos para blogs que se volvieron cuentos fallidos y que fueron el trasunto de relatos que ahora son el germen de una novela: “Me divierte escribir, y no provoca sordera como hacer música en grupos de pop-rock”.
EP3. De pequeño tuvo algo así como una sobredosis de Mortadelo y Filemón. ¿Se siente más cerca de Ibáñez o de Lorca?
Antonio Luque. He hojeado libros de Lorca. Pero he disfrutado más con Ibáñez. Me parece más sensato. Pobre Lorca.
EP3. ¿De dónde saca ese costumbrismo de sus letras y relatos? ¿Todo empezó en la fábrica de Bollycao?
A. L. No, no soy tan tierno, ni tan falso. Todo empezó cuando empecé a hablar, a leer y a escribir. Soy de Cartilla Palau [unos cuadernos fotosilábicos para aprender a leer publicados por Anaya en los sesenta] made in Cataluña, imagino. Como Panrico, pero más útil. Quizá no mucho más.
EP3. La poeta Elena Medel dice que usted no es un músico que escribe de vez en cuando, sino un escritor que a veces hace música. ¿Está de acuerdo?
A. L. Espero que no inventen una ley de incompatibilidades que me obligue a levantarme temprano para cavar zanjas o hacer carreteras, trabajos que, aún hoy, mucha gente sigue considerando como los únicos verdaderos. Hago lo que puedo. Pero, sí, me gusta que me digan que soy más un escritor que hace canciones. No sé qué soy. Confío en los críticos.
EP3. ¡Cómo no va a confiar, si los críticos le aman!
A. L. Tenía miedo de que me fuesen a caer ahora los palos que no me habían caído antes, porque algún palo a tiempo me habría venido bien.
EP3. ¿Qué está leyendo ahora mismo?
A. L. Apenas leo, tampoco escucho mucha música. ¡No me da tiempo a todo!
EP3. Pero ¿qué hace?
A. L. Cocino, limpio, miro al mar, me baño en él, llamo guarros a mis conciudadanos, me peleo con el del banco, respondo el correo, hago canciones, trato de sacar las cartas del buzón (no tengo la llave), me hago sangre la mitad de las veces, y ¡sólo para sacar facturas!
EP3. Para escribir así tiene que haber leído, y mucho. ¿Cuáles son sus lecturas?
A. L. Leí bastante cuando era un veinteañero. Luego lo dejé. Me estaba pasando como al Quijote con sus libros (lo sé por los dibujos; aún no he leído el Quijote). ¡Y yo tenía el barbero cerca! Total, que Proust, Kerouac, Balzac, Kafka, lo que caía en mis manos.
EP3. Qué me dice de las groupies literarias, ¿son más guapas que las rockeras?
A. L. Agradeceré mucho que en el ámbito literario no haya focos que me impidan disfrutar de las vistas más allá de las primeras filas. ¡Pero con media primera fila puedo llegar a conformarme! Es broma, es broma. Yo no tengo groupies.
EP3. ¿Cree que intentarán etiquetarlo como indie también en literatura?
A. L. Si no venden muchos libros míos, sí, claro. No pasaría nada, estoy habituado.
EP3. ¿Qué es lo más detestable de los escritores? ¿Y de los músicos?
A. L. El aire cultureta en unos y el afán por la embriaguez en los otros. No son excluyentes, tendré cuidado.
EP3. Hay quienes lo consideran un dios, y otros, directamente, un coñazo. ¿Por qué levanta pasiones tan encontradas?
A. L. Yo mismo soy capaz de verme de las dos maneras. A decir verdad, me resulta más fácil verme como un coñazo, no me veo capaz de hacer milagros.
EP3. Si tuviera que reencarnarse en un músico de hoy rotundamente moderno, ¿en quién se encarnaría?
A. L. Me gustaría ser uno de esos productores que analizan a los oyentes (como esas máquinas de Cadena 100 que analizan las armonías automáticamente) y son capaces de emplear esos trucos pensando en la pasta sin perder la ilusión por su trabajo. Como hacen todos los que trabajan por dinero más pronto que tarde.
EP3. ¿Quiere ser una máquina?
A. L. Una máquina de hacer hits y tener avión privado y yate y todo eso.
EP3. Miente, no quiere ser eso.
A. L. ¿Por qué no? Se vive poco tiempo. ¿Tú no lo quieres?
EP3. Yo sí, pero yo no soy indie.
A. L. Yo no lo soy voluntariamente.
EP3. ¿Va en serio?
A. L. Me gustaría cambiar al público, ¡pero sale carísimo! Se paga con la soledad. Ya te lo dije, se me da mal cambiar.
EP3. ¿Cómo vive un indie de los noventa la era Facebook?
A. L. Estoy vivo, pero debería reabrir mi Facebook. Lo único que pido a la sociedad es que recoja la mierda de sus mascotas.
EP3. ¿Cuándo fue la última vez que socorrió a alguien o que le socorrieron?
A. L. En el cabo de la Plata. Me estaba ahogando en Zahara, un remolino me arrastraba. Una pareja de italianos me observaba. Él se echó al mar para salvarme. Como la chica estaba de muy buen ver, decidí que lograría escapar sin la ayuda de su novio e hice por ella lo que no iba a hacer por mí mismo. ¿Qué te parece?
EP3. ¿Se aburre de sí mismo?
A. L. Yo no me aburro jamás. Se me van los días volando. Estoy tan tranquilo sabiendo que en nada y menos habré muerto. La gente se olvida, yo no.
EP3. ¿Explotar lo doliente ayuda a ligar?
A. L. No lo sé. No ligo mucho, en serio. Se ve que soy mala persona. No hay que tener mucho instinto femenino para darse cuenta de que no convengo.
EP3. ¿Qué refrán se aplica sí mismo?
A. L. Me encanta ése de explicación no pedida, culpa manifiesta. Con ése me podrían poner en un apuro mil veces.
EP3. ¿Su libro nos hará reír?
A. L. A veces se oyen mis carcajadas en mitad de la noche, cuando escribo. No sé si seré capaz de transmitir ese estado al lector. Puede que sea una risa nerviosa.
Socorrismo (Alpha Decay) sale el 21 de septiembre.