He visto un artículo, Un Cementerio de Obras Inmortales (3/0809, Fietta Jarque, El País)
Trata del Cementerio del Arte de Morille, Salamanca, y da cuenta de su última hora: el entierro de una performance a cargo de la célebre performer Esther Ferrer. Me ha gustado encontrarme esta noticia porque he recordado cuando fui a Morille en julio de 2005.
Mi amiga, y poeta, María Ángeles Pérez me invitó a las jornadas poéticas PAN, que cada año se celebran en ese pueblo [que aunque el artículo diga que tiene 200 habitantes para mí que eran 20]. El también poeta José Vidal Valicourt [que acababa de ganar el Premio Leonor con su librazo La Casa de Mallarmé], y yo pillamos el avión a Madrid, alquilamos un coche, y de allí a Morille. Nos costó encontrarlo ya que estaba en una carretera secundaria de otra de secundaria o algo así. Como los dos flipamos con la aridez del paisaje castellano, disfrutamos del viaje de aproximación. Entramos en Morille un día de julio a las 3 de la tarde, el sol caía casi en picado, y era como entrar en el pueblo de Quién puede matar a un niño
Dimos unas vueltas; ni un alma. Al cabo de unas horas empezó a llegar gente. Los nombres y los detalles se me pierden y olvidan, pero recuerdo que lo pasamos bien, una convocatoria diferente que incluía la poesía performática de Josep Pedrals, la experimental de Gonzalo Escarpa, pasando por la gente de la revista LaMasBella y su ya célebre máquina Bellamatic, expendedora de objetos-poema. Recuerdo también a Espido Freire, o a Alberto Santamaría, que llevaba, si no recuerdo mal, una camiseta negra con un estampado que recordaba vagamente a una cruz gamada medio oculta bajo la silueta de una rubia en ropa interior portando un látigo. El PAN tiene la peculiaridad de que los vecinos acogen en sus casas a los poetas. A Pepe y a mí nos tocaron unos anfitriones fenomenales: Santamaría (escultor y poeta) y su mujer.

Por las noches, tras una buena cena en un antiguo granero con mesas de tablones muy largos y caballetes, tipo boda de pueblo felliniana, íbamos al único bar, una especie de colmado que ponía gin tonics. Entonces Pepe y yo nos sentábamos fuera y veíamos la estepa castellana mientras dábamos sorbos a la copa; casi siempre entrábamos a por más limón y tónica. Fue ahí cuando, por primera vez, nos hablaron del Cementerio del Arte proyectado a la salida del pueblo. Nos dijo un tipo: “ahí estarán pronto enterradas las cenizas de Klossowski, que las ha conseguido el extravagante artista Domingo Sánchez Blanco, tras viajar a París y ser autorizado por Klossowski; eso sí, para ello tuvo que establecer un rito de seducción con la mujer, dado que así lo requieren las reglas de hospitalidad dictadas por el propio Klossowski. Además, en el cementerio se enterrará el Pontiac Gran Prix que perteneció a Javier Utray, con el que daba vueltas al Museo de Prado. De momento eso es todo”.


Después vinieron las maletas de Germán Coppini, y obras de Isidoro Valcárcel, y ahora el enterramiento de una performance de Esther Ferrer a cargo de la propia Esther Ferrer.
Hay mucha info, aunque fragmentada, en la Red sobre este cementerio de arte, por ejemplo:
Pero todos los bares, aunque estén en Morille, llega un punto de la noche en que cierran, asi que Pepe y yo vertimos el gin-tonic a un vaso de plástico, y bebiendo y hablando fuimos alejándonos del pueblo bajo el típico calor de la noche y una inexplicable claridad en el horizonte. Tomamos una pista de tierra, a derecha e izquierda oíamos ovejas y alguna vaquilla, él con un traje de lino color crudo y arrugado, como salido de una novela de Marguerite Duras, motivo por el que le apodé “el vicecónsul”, y yo con una camiseta que había comprado en Tailandia el año anterior, pocos días antes del accidente en el que me rompí la cadera, que lucía un estampado de Bruce Lee en su clásica posición de patada frontal y debajo afirmaba: “Bruce Lee: a retrospective”. Caminamos por la pista llana y de tierra, pasamos el cementerio [no el del arte sino el estandar] bebiendo de los vasos de plástico y riéndonos del silencio. En un momento dado miramos hacia atrás, y del horizonte habían desaparecido ya las luces del pueblo. Debían de ser las 4 de la madrugada. Tras una hora de caminata llegamos a una excavación a cielo abierto, un espacio muy amplio y hondo. Estábamos advertidos de que por allí había minas abandonadas de wolframio, exactamente el lugar al que yo no quería llegar, ya que las minas me dan mucho miedo. No obstante, con cuidado de no derramar las copas, bajamos lo que para Pepe eran unos cuantos metros y para mí un viaje al centro de la Tierra. Nos sentamos. Por encima de nosotros se elevaban las paredes de extracción, muy oscuras, después el cielo. Con el hielo de los gin tonics ya deshecho, encendimos unos cigarrillos y hablamos de una discusión que había surgido por la mañana de manera tangencial a una mesa redonda, acerca de qué era peor: si la obra de Leopoldo Panero en la que ensalza el franquismo, o los poemas prosoviéticos de Pablo Neruda. Estaba comentándole a Pepe lo aburrida que me había parecido aquella discusión, ya que a mí todo aquello [como a Pepe] nada me importaba, cuando, señalando con la mano los muros que teníamos delante, me interrumpió para decir, “mira, Agustín, mira esa silueta, es el skyline de Nueva York, fíjate, allí el edificio Chrysler, y ése de la derecha el Rockefeller, ¿no?” ”Sí -contesté-, sí que lo parece”. Era cierto, todo guardaba una sorprendente fidelidad con el original. El resplandor del cielo, recortado sobre el negro de las moles, les daba un carácter de aparición. Nos quedamos un buen rato mirando el conjunto; la piedra en la que estábamos sentados, una losa de grandes proporciones, aún conservaba el calor del día. Salvo la observación que él hizo acerca de mi calzado, del que afirmó que no era adecuado para el terreno en el que nos hallábamos, no intercambiamos más palabras hasta que le dije, “¿te has fijado en que también están Las Torres Gemelas?” “Sí, sí, precisamente en eso estaba pensando -hizo una pausa -, pero me daba miedo decirlo en voz alta”.
Nos despertó el sol del mediodía. Qué mal. Odio quedarme dormido tan lejos de mi cama. Pepe, tirado boca abajo sobre la losa, se cubría la cabeza con la chaqueta del traje vicecónsul, que presentaba oscuridades y manchas. Mis Adidas estaban llenas de arañazos del mineral, de los que ya nunca se recuperaron. El regreso se transformó en una penosa caminata de 2 horas al sol, sin agua, estéril, resacosa. Por lo menos quedan, -nos dijimos- dos vasos de plástico ante dos Torres Gemelas, material tan indestructible como ellas.





















