Entonces ayer a las 7 de la tarde me llegó un mensaje al móvil: NUMERO DESCONOCIDO, “dentro de una hora en el primer banco de Central Park entrando por la puerta sur, al lado del carro de hot-dogs”. Había estado todo el día metido en el apartamento, haciendo unos trabajos con imágenes y escribiendo una anécdota que no quería olvidar: días atrás, estando cenando en el jardín trasero de un restaurante del barrio, vi a una pareja sentada pocas mesas más allá, muy en penumbra, entre vegetación que crecía para darle al restaurante un ambiente de espacio agreste. El tipo, sentado de espaldas a mí, llevaba enganchado al cinturón del pantalón, en la espalda, un intermitente rojo, del tamaño de una cuchara sopera, el mango incluido, uno de esos a pilas que llevan los ciclistas para, en la noche, no ser arrollados por los coches que llegan por detrás, [la noche, menuda palabra, cómo impone esa palabra: la noche]. Habiéndose olvidado de apagarlo, parpadeaba el intermitente entre la foresta mientras le cogía la mano a la chica y daba pequeños sorbos a lo que parecía ser una copa de vino. La cola de un conejito en celo, eso es lo que pensé, todos lo veíamos, todos veíamos la insistente intermitencia del celo, todos veíamos el cortejo del conejito blanco de cola intermitente. Cuando me fui aún nadie le había dicho nada. Así que estuve hoy en casa desarrollando ese relato, dándole marco de novela, algo importante, un novelón, de los grandes del 19, y me llegó a las 7 el mensaje al móvil. A las 8 estaba en el primer banco de Central Park entrando por el sur, junto a al carro de hot-dogs. No tuve que esperar mucho para ver que un tipo salía tras un árbol, un tipo que no tardé en identificar como Charlie, empapado y con un fajo de cientos de folios en la mano, también empapados. “Qué pasa, Charlie”, le dije. Se sentó a mi lado. Hola Agustín, me alegro de verte, contestó, y se quedó en silencio, uno de esos silencios de Charlie, que no se sabe si van en broma o en serio, si está componiendo el A Day In The Life del Siglo 21 o si está aguantando la vejiga, esos silencios que abarcan todo lo que vemos y, más aún, lo que intuimos que no vemos. Charlie, siempre Charlie. Pasó un niñato en un skate haciendo eses y Charlie dijo, ahora te voy a decir algo extraño, hasta críptico si quieres:
“se mire como se mire, en verdad sólo hay dos habitaciones [gasolina y fuego] cuando antes de acostarte lo juntas todo en la noche”.
Me quedé callado, viendo cómo los cientos de hojas de mi blog, que Charlie apretaba como si fueran una esponja, goteaban tinta de colores sobre el asfalto de Central Park.
-No sé lo que significa esa frase -continuó diciendo-, pero sospecho que es algo importante.
-Sí, Charlie parece importante.
-Mira, te he traído esto,
y abrió un portafolios que llevaba en la otra mano. Extrajo una hoja, señaló con el dedo, y continuó,
-mira, mira, he hecho esta obra con recortes de periódico que encontré en la calle.

Observé la hoja. Era un artículo del Village Voice ilustrado con una fotografía. En efecto, en el artículo aparecía es frase “se mire como se mire, en verdad sólo hay dos habitaciones [gasolina y fuego] cuando antes de acostarte lo juntas todo en la noche”. La fotografía impresa era de una Barbie en una silla de ruedas, de espaldas y en un pedestal, mirando un cuadro que representaba una piscina vacía a cielo descubierto; el cielo era verde, como de césped, todo verde. Me pregunté qué demonios hace una Barbie en silla de ruedas, mirando una piscina vacía y un cielo verde.
-Mira bien mi obra- dijo Charlie-, tapé todo el artículo con fotocopias de ese cielo de césped, el cielo del cuadro, mira, todo tapado menos esa críptica frase, creo que esa frase significa algo, oye, Agustín, qué crees que diría David Foster Wallace de esta frase, qué opinaría él de esta frase.
-¿Por qué? -le pregunté.
-Porque –contestó-, he visto que sale el nombre de uno de sus libros al pie de la foto, ¿lo ves, ves ahí? -En efecto, allí estaba escrito Consider The Lobster, Hablemos de Langostas, a pie de la foto, -¿qué crees, Agustín?, dime qué pensaría Foster Wallace de es frase, tú tienes que saberlo.
-Ni idea, Charlie, ni idea -le dije con total sinceridad-, cómo quieres sepa qué diría Foster Wallace de esta frase, si nunca hablé con él, si ni siquiera he dado una conferencia en una Caja de Ahorros sobre él, si ni siquiera he leído todos sus libros, aún siendo pocos.
Él, sospecho que con decepción, miró fijamente su composición, comentó cosas acerca de los tonos verdes de las algas que hay en el fondo de río Hudson, comentó cosas de la melena rubia de una mujer que había conocido en una isla, la decepción de que el amor no es más que la búsqueda desesperada de un clon, la Oveja Dolly de todos los tiempos, y con la mirada perdida en el skate que iba y venía dibujando eses, dijo,
-Me encantaría preguntárselo a Foster Wallace, pero es que ahora está en la tele, David está en la tele, perdido en alguna teleserie, caracterizado, muy perdido, ya es imposible preguntarle nada, habrá que esperan a que de muera de nuevo.
Me quedé pensando unos segundos antes de decir,
-claro, Charlie, claro, lo que me contaste el otro día: sólo hay dos mundos el real y el de la tele, cuando mueres en uno vas al otro, viceversa, y así cuantas veces mueras; uno es el Más Allá del otro y viceversa, ¿es así, Charlie, estoy en lo cierto?
-Eso es, Agustín, veo que lo entendiste, estás en lo cierto –se detuvo unos segundos-, ¿me harás el favor de poner esta imagen en tu blog, Agustín, serías tan amable?
-Claro, Charlie, lo que sea. Esta misma noche lo haré.