Hace unos días fui a ver Control. Sesión de las 22:40. Francamente, no esperaba ver a muchas personas en la sala, pero tampoco estar solo. Nunca me había ocurrido esto. Estar totalmente solo en un cine. Parece que la imagen realmente te domina, que el flujo de luz es expulsado de la pantalla con materialidad, con verdadera densidad. No sólo te sientes solo, sino que es una soledad que asfixia y envuelve; algo así. Más exactamente, es como si fueras un holograma de la película, como si los mismos haces de la pantalla reconstruyera un cuerpo en 3D, un cuerpo que es el tuyo. Extendí los brazos sobre los respaldos de los asientos de al lado, puse los pies sobre el que tenía delante, y observé la película.

Me creí a Ian Curtis, me lo creí, lo que supongo que significa que para mí es una excepcional película. Entendí que es una película que no habla de Joy Division, ni siquiera habla de música, sino simple y llanamente del amor. El amor de Ian Curtis por una mujer, su mujer. El amor de Ian Curtis por su saberse especial desde la adolescencia. El amor de Ian Curtis por el mundo transformado por él mismo. El amor de Ian Curtis por la sublimación de la materia. Eso esta bien, creo, el amor con esa radicalidad está bien. Es lo que todo el mundo desea.
De pronto, mientras miraba todas aquella escenas, se me dio por pensar qué hubiera ocurrido si yo no hubiese ido al cine ese día, justamente ese jueves 16 de abril, a las 11 menos veinte de la noche. Vi la sala vacía, las imágenes fluyendo sin receptor, vi la soledad de Ian perfectamente mimetizada en ese escenario vacío, vacío que era su espejo, en esa película emitida a nada, a nadie, a un espacio de butacas y sombras como quien deja un proyector funcionando en un desierto y se larga. Ian disuelto entre esas butacas. Joder, qué absurdo, y joder, qué pena. De repente, no sé por qué, me vino a la mente el reverso de la entrada de cine, la entrada que había comprado hacía apenas media hora. En ese reverso había una promoción de una cadena de comida rápida, una foto en color, llamativa, de bocadillos y bebidas. Ante esa otra visión de la sala vacía, de la luz de Ian diluida entre esas butacas, de la película emitiéndose hacia nada, aquella foto en color de promoción de bocadillos y bebidas se me apareció en blanco y negro, la vi en blanco y negro, palidecida. Comida en blanco y negro. Quién come comida en blanco y negro. ¿Comía Ian comida en blanco y negro? Tuve miedo. La sala mutó en amenaza, miré hacia atrás, nada había. Joder, nada había. Me di cuenta entonces de que, a pesar de que en los cines la gente está en silencio, y ni se conoce ni va allí a entablar conversación, a pesar del carácter eminentemente zombi del acto de ir al cine, de mortalidad viviente, el cine es un acto social, 100% social. Conocía esa obviedad, pero nunca la había sentido. De nada sirven las demostraciones, las explicaciones, si no las ves, de nada sirve que sepas que 2+2 son 4 si no lo ves, y en cuanto lo ves, la demostración ya no te vale para nada. Las cosas hay que verlas para entenderlas. Control me hizo entender a Ian Curtis, su soledad. Su soledad afuera y adentro de aquella sala. Supongo que eso también está bien.

































