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Estas navidades he estado leyendo el recién salido, POPism, The Warhol Sixties, 1960-1969, (ediciones Alfabia, 2008), los diarios de Warhol novelados. El caso es que abría el libro, leía y en todas las páginas me venían a la mente orejas; orejas por todas partes, montañas de orejas en el centro de las páginas.
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La imagen que encabeza este post, la serialización de algunos autorretratos de Van Gogh, la hice hace algunos años, calculo que en el 2005. Se trata, como es obvio, de jugar con el concepto del autorretrato en Van Gogh y en Andy Warhol, jugar a permutarlos, y a desvelar equivalencias.
(En aquella época yo hacía muchas pequeñas obras como ésta, en la que importaba más el concepto en juego que la materialización en sí. Algunas las he puesto últimamente en varios congresos (Neo3, La Casa Encendida, Lima). Más que nada son apuntes, ideas, bocetos que de alguna manera me valen como resultados para seguir elaborando una poética propia, una, digamos, investigación muy casera, un camino siempre provisional. Unas chicas muy simpáticas me dijeron en Neo3 que pusiera esas obras en este blog, también me lo dijeron en Lima, y dije que sí pero no lo hice, me da un poco de pudor, ya que es como enseñar un cuaderno de bocetos, algo muy íntimo).
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Volviendo a Warhol y Van Gogh, aunque sean dos artistas casi antitéticos en cuanto a actitud, desde siempre he encontrado ciertas afinidades en ellos. Un primer motivo estrictamente de personalidad, la obsesión por la proyección de la propia imagen, y un segundo motivo puramente plástico: los autorretratos de ambos tiene un cierto aire de familia en cuanto a pose, color, trazos. Puede que parezca descabellado, pero así lo veo; no me puedo escapar de esa visión, se me impone con fuerza.
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Pero hablábamos de orejas.
Recordé esa obra que había hecho hacía tantos años estas navidades a raíz de la lectura del ya citado, POPism, The Warhol Sixties, 1960-1969. El libro es magnífico. Hay muchas cosas que, según intereses, pasas por alto, pero el grueso es muy interesante para conocer no sólo el ambiente neoyorkino de aquellos años, sino el nacimiento del pop-art, lo contingente que era todo, las anécdotas tontas que (como ocurre con casi todo) terminan conformando una visión que cambia el mundo, etc. Pero además, me gusta porque considero a Warhol un escritor de primera fila, tan bueno como artista plástico. Me explico. Me maravillan las personas que en una frase aparentemente casual son capaces de resumir o decir cosas muy importantes, trascendentes. Lo que más admiro en un escritor, en un artista, en un científico, en un cocinero, me da igual, es que su obra se sencilla (que no simple) y que en esas sencillez se revele toda la complejidad de un acontecimiento. Para mí, ahí reside el verdadero talento. Y Warhol cuando escribe tiene eso. (Desde aquí agradezco a la editorial Alfabia la edición de esta joya, que se complementa con el mítico Mi filosofía de A a B y de B a A, Tusquets).

El caso es que, estos días de navidad, de viajes y trabajo, cargué con el libro de un lado a otro y, como dije, siempre que abría el libro, me venían a la mente orejas. Inevitablemente me acordé de aquella obra que yo había hecho en 2005 con los autorretratos de Van Gogh, pero también se me impusieron otras afinidades Warhol-Van Gogh: violencia en ambos cuerpos (amputación en Gogh y disparo de bala en Warhol) y una muerte prematura. O los rostros de los dos, que eran afilados, tensionados, o el pelo, que en ambos es un elemento que marca totalmente la plástica de sus caras, casi la personalidad. También evidentemente, una forma estéticamente arriesgada de entender la creación, a la que soy especialmente afecto.
Miras a los ojos de los dos y ves en ellos la misma profundidad, la misma incógnita. Como si las dos caras quisieran salirse del propio retrato; una actitud.
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Pero hablábamos de orejas.
Entonces, mientras leía el libro POPism, vi claro que lo que había sido Warhol era una oreja, una gran oreja, la oreja definitiva de la segunda mitad del Siglo 20 en lo que a arte y consumo se refiere. Porque la capacidad de Warhol para escuchar lo que oía a su alrededor y transformarlo no sólo en obra propia sino en actitud era sin lugar a dudas asombrosa, única. Esa era la oreja que constantemente veía cuando abría el libro. Pensé entonces que Van Gogh se había cortado la oreja para que Warhol la recogiera casi un siglo después; los vi hermanados por ese órgano, que era cordón umbilical. Pensé al instante en la elipsis de 2001, Una odisea del espacio: un casi primate lanza un hueso de fémur, que debidamente transformado recogen miles años después unos astronautas. Una demostración más de que el residuo, el Spam, las orejas amputadas, toda esa basura, puede ser redefinida en nuestro beneficio. Podríamos pensar seriamente si todo lo importante ha salido de espacios u objetos aparentemente basura.
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El otro día, el 31 de diciembre, estaba por la tarde en casa y se me ocurrió otra obra, la simétrica a la de Van Gogh, la que tenía que haber hecho en 2005 y que por pereza no hice. Creo que el resultado confirma mis sospechas:
