Manos de Topo, “Es Feo”
Hay algo inmenso en todo lo feo
que desborda lo bello.
Manos de Topo, “Es Feo”
Hay algo inmenso en todo lo feo
que desborda lo bello.
Sería el año 1991 ó 92. Con mi primer sueldo me compré un reproductor de vídeo, mi primer reproductor de vídeo propio. Lo quería, fundamentalmente, para grabar películas, hacerme una videoteca. Mis fuentes principales de películas eran Cine Club de la Segunda Cadena [así se llamaba entonces La2], y la videoteca que un amigo, Saab, quien gracias a su cuñado, que era director de cine, tenía miles de pelis. Nos poníamos a grabar de vídeo a vídeo en maratones de más de 48 horas, durmiendo por turnos o no durmiendo mientras los reproductores echaban humo. Con el tiempo llegué a acumular más de 2000 películas en VHS, que fueron ocupando las estanterías de las casas que fui teniendo a partir de entonces. La primera peli que grabé, con la que me inicié en el arte del pirateo, fue una llamada La Oreja, una producción en blanco y negro, de algún país del Este, que pusieron un día a las tantas en la tele. No tenía ni idea de qué iba, pero el título me pareció bien. El caso es que, una vez grabada, coloqué aquella primera cinta de VHS en mi estantería, y no la vi esa semana, ni la siguiente, ni ese año, ni el siguiente, y cargué con la cinta casi 16 años, de casa en casa. No verla se convirtió, con el tiempo, en una especie de ritual particular, llegó a gustarme mantener esa incógnita inscrita en el propio tiempo. Por algún motivo me parecía que el misterio de esas imágenes estaba insertado en el tiempo, le pertenecían. Veía la cinta, vertical entre otras, y veía una carcasa que era una Oreja, y contenía algo temporalmente indescifrable; eso me gustaba. Imaginaba que la Oreja, año tras año, desde su ataúd plastificado en la estantería, escuchaba todas mis conversaciones, todas mis peripecias, todos mis hallazgos, todas mis miserias; lo sabía todo de mí, aunque yo nada de ella. Después amplié sus atributos, y a la oreja le creció su correspondiente cabeza: aunque ciega, veía. Aunque muda, hablaba. Aunque inerte, pensaba. Hace pocos meses me decidí a verla. Apagué la luz, metí la cinta en el reproductor, y antes de dar el primer sorbo a la Coca Cola ya la cinta me reveló que las imágenes habían desaparecido. Todo era oscuro. ¿Fruto del deterioro magnético o corpuscular propio del VHS? Supongo que sí. La tiré a la basura. Estarán esas imágenes de nada, imágenes en negro, trituradas en algún vertedero, y con ellas, el trozo de tiempo, de mi tiempo, que la Oreja fue escuchando, acumulando, en esos 16 años de vida, de mi vida. He buscado la película en la Red infructuosamente, no sé quién es el director, ni la nacionalidad de la producción, ni siquiera sé si es una basura de peli, aunque para mí es una obra maestra de la invisibilidad. Sigo sin saber nada sobre esa Oreja.

2
La pasada semana he vuelto a ver una de las películas que más me gustan de la historia del cine, Blue Velvet, de Lynch. Si tuviera que seleccionar mis 20 pelis favoritas, seguro que Blue Velvet estaría entre ellas. El asunto es el siguiente: años 80, una pequeña ciudad de Carolina del Norte, una tarde soleada, Jeffrey, interpretado por Kyle McLachlan, [en una escena muy a lo Perro Andaluz], encuentra una oreja humana en un descampado cuando vuelve de visitar a su padre, que está en el hospital. Entonces Jeffrey se agacha, toma la oreja con sus dedos (como si fueran pinzas), la observa, y la mete en una bolsa de plástico de un burguer que encuentra allí al lado.

A partir de ese momento, esa oreja se convierte en el símbolo de toda conversación, de todo gesto, de todo sonido que acontece en la película, esa oreja ya no es amputación, sino, todo lo contrario, una amplificación: se pega y adapta a un nuevo cerebro, la película en sí. Esa es para mí una de las escenas más terroríficas que he visto en el cine, y sin embargo, por algún motivo que se me escapa, me proporciona paz.
3
Estas navidades me desplacé a Santiago de Compostela. Entre otras cosas, quería ver a mi buen amigo Germán Sierra, que el próximo año saca novela. A él le debe la literatura una de las novelas -dicen- más importantes de los años 90, Espacio aparentemente perdido, escrita, según me comentó, en Los Ángeles en 1993. Y digo que “dicen” porque no la he leído ya que está agotada; ni él la tiene. Germán Sierra, además de novelista de primera fila e investigador en el campo de la neurobiología aplicada a la epilepsia, es, junto con su pareja, Cruz Calvo, uno de los mayores expertos en alta cosmética de este país. Así que me pasé por su tienda, Beauty Cube, metida en una de esas callejuelas imposibles del casco antiguo de Santiago, y me enseñó con orgullo el número de la revista Wallpaper en el que se reseña su tienda como una de las 5 mejores del mundo en cosmética. Me contó que la responsable, artífice y oráculo de todo eso es Cruz; él echa una mano. Me estuvo explicando mil detalles técnicos de las cremas, y hasta a mí, que en la vida las uso, me daban ganas de ponérmelas todas. Salimos fuera a fumar un pitillo, hacía un frío que te morías, pasó un tipo que yo conocía de vista desde pequeño, ahora conducía una furgoneta de reparto de bollería industrial, en el salpicadero llevaba un cuervo vivo, aleteaba. Pasó muy rápido, seguí con la mirada el portón trasero de la furgoneta hasta que dobló una esquina.


Tras despedirme de Germán y de Cruz, me dirigí a una tasca cercana, se llama La Orella (La Oreja), hacía unos 15 años que no iba. Me encanta la oreja de cerdo, y más de la manera en que la preparan ahí, simplemente hervida con sal. Te la ponen troceada en un plato pequeño y tú echas pimentón a tu gusto. Me senté en la barra, pedí además una cerveza; en la tele hablaban del temporal, una tipa rubia señalaba un barco vuelto del revés. El plato que me pusieron contenía partes de la punta de la oreja y también partes más cercanas al oído. Es como un cartílago blanco y plano rodeado de una masa gelatinosa, y por último la piel. Se toma con palillo. Observé bien las partes del interior del oído, y se me hicieron extrañas, unas espirales de oído de cerdo que contenían los sonidos que había percibido el cerdo pero que de repente eran más que simples sonidos percibidos por un cerdo, eran información pura, aunque indescifrable para mí. Nunca había visto un plato de oreja de cerdo bajo la influencia de semejante extrañamiento. Fue ahí, en ese momento, cuando recordé las imágenes desaparecidas de la película La Oreja, y fue también cuando al instante me vino a la mente Blue Velvet, y Jeffrey, en cuclillas, en un descampado americano, agarrando con los dedos una oreja humana amputada. Todo eso me sobrevino de golpe, con la inercia de un péndulo que te da en la cara, sentí cierto vértigo al observar aquellos trozos de pabellón auricular en el plato. ¿En qué naturaleza se ubicaba esa oreja de cerdo que tenía delante? ¿Era imagen, era VHS, era humana devaluada, era animal promocionada, era información por decodificar? ¿Qué se me pasaría por la mente si me la metía en la boca?
A pesar de que de regreso a La Coruña conduje casi todo el tiempo con las largas, no veía bien la carretera. No me cruzaba con ningún otro coche. Tampoco nadie me adelantaba. Por forzar a la memoria, como un juego tonto de incalculadas consecuencias, rodé por carreteras viejas, que casi no recordaba, la mayoría ni las conocía. A tramos llovió, puse la radio hasta que dejó de funcionar por falta de repetidor cercano. No tenía prisa. Podría pasar toda la noche conduciendo, inventando bosques y pueblos apagados, carteles de Café-Bar El Stop rotos a pedradas. Lógicamente, me perdí. Serían la 6 de la madrugada cuando llegué a un ramal de la autovía Santiago-Coruña, y me metí hasta detenerme en la Estación de Servicio. El interior era muy grande, estaba lleno de estanterías con comida, podías quedarte a vivir a allí sin ningún tipo de problema. Sólo estábamos el dependiente-gasolinero y yo. Pedí un café con leche y una especie de bollo con corazón de chocolate. El tipo era silencioso, lo único que intercambiamos fueron las monedas. Me senté en una mesa al lado de los cristales, muy amplios; delante, los surtidores, las montañas al fondo. Casi amanecía. Mientras revolvía el café, por encima de las montañas, entre un cúmulo de nubes oscuras emergió, solitaria y más clara que el resto, una nube con forma de oreja. Detuve el movimiento de muñeca y me quedé observando hasta que se deshizo. Una oreja perfecta para una noche perfecta, pensé.
Brooklyn, 22 de diciembre 2008, Luis Macías carga el material en la
mochila, y un cuadro sin terminar de su serie Better09. Pisa nieve; los copos, bombillas de bajo consumo. Coge el metro, que lo deja en Union
Square, y de allí, otro directo a Central Park. Conoce un rincón, lo
vio en verano, cuando el parque era una masa crítica de cuerpos y él
comía helado de triple bola. Se fijo en él porque hay muchas
cosas, rotas casi todas, disímiles, algunas tiradas o perfectamente colocadas, parecen apuntes o pies de página de un inmenso vertedero, y
pensó: este rincón es como un blog. Por eso acaba de elegirlo para
terminar su cuadro y felicitarnos las navidades con él. Gracias, Luis. Aquí su web.





NADIA (Fran Nixon):

NADIA COMANECI: “Si te piden 10, da 12″
El País, JOSEBA ELOLA 17/10/2008
La pequeña Nadia siempre miraba a su padre con asombro. Cada noche, Gheorghe volvía del taller donde trabajaba de mecánico, después de haber andado una hora y media para ir y otra hora y media para volver. Pero el cansancio nunca se reflejaba en su rostro. Nunca se quejaba. “Fue un mecánico que nunca tuvo coche, un hombre muy trabajador. De él aprendí que para triunfar hay que trabajar duro”. Años más tarde, ella procuró que su esfuerzo tampoco se notara durante sus gloriosos e insuperables ejercicios olímpicos. La niña de los siete dieces, la de las nueve medallas, la chica de la cola de caballo y ojeras que se convirtió en heroína en Montreal 1976 es hoy una mujer de 46 años determinada y alegre. Su discurso es de manual de autoayuda.
La heroína de la gimnasia no habla de su tortuoso pasado. “Sólo una cosa: dejar a mi familia fue difícil”
De hecho, se dedica a dar conferencias por el mundo para ejecutivos y líderes en ciernes, comparte sus recetas para el éxito. Con gimnástica habilidad, recurre a los “saca lo mejor de ti” y los “nada es imposible”.

Pide agua con gas y no toca ni una sola de las galletitas saladas. “El agua sin gas ya me aburría”, dice, y se ríe. Dentadura blanquísima, muy americana; labios muy carnosos; zapatos de tacón de piel de serpiente, uñas de los pies pintadas de rojo.
Nunca olvidará ese primer diez. El primer 10 de la historia para una gimnasta. Ese diez que los marcadores de Swiss Timing recogieron como un uno porque no estaban programados para encajar un ejercicio perfecto, no admitían cuatro dígitos. “Yo no miraba el marcador, sólo pensaba en que ese ejercicio me había salido mejor en los entrenamientos. Fue un momento confuso, se produjo un rugido increíble… Yo no entendía lo que pasaba. Tú no vas a hacer historia, el momento histórico, simplemente, sucede”.
Nadia Comaneci es una mujer de mirada viva y discurso siempre positivo, nunca negativo, que vive en Oklahoma. La oficina que tiene en la academia de gimnasia que regenta junto a su marido, el ex gimnasta Bart Conner, está llena de juguetes. La zona está acondicionada para que el pequeño Dylan Paul pueda jugar a sus anchas. Dylan se llama Dylan porque Conner es fan de Dylan. Desde que nació, hace dos años y cuatro meses, la vida de Nadia ha dado un vuelco. “Cosas que importaban ya no importan, hacer ejercicio, el spa y las compras ya no son prioridad”. No quiere recordar sus años oscuros en Bucarest, los de las palizas que le propinaba Nicu Ceaucescu, el hijo del dictador rumano, los días de moratones y uñas arrancadas. Ni siquiera quiere evocar aquel 29 de noviembre de 1989, el día en que la heroína nacional abandonaba la Rumania que la idolatraba. “Sólo diré que dejar a mi familia atrás fue difícil. Y peligroso”.

Le encanta viajar, se siente ciudadana del mundo, siente que tanto Norman, Oklahoma como Bucarest son su hogar. También tiene casa en Venice Beach, Los Ángeles (y no de San Rafael), donde de vez en cuando coincide con George Clooney y Richard Gere. “Pero no me siento atraída por el mundo de Hollywood”.
Además de las conferencias y la academia, a Nadia le gusta implicarse en causas humanitarias. Hoy, en su calidad de miembro de la Fundación Laureus, que agrupa a deportistas de primera línea de todos los tiempos, se pondrá a hacer ejercicios junto a chicas con discapacidad intelectual en un club deportivo madrileño. “Siempre he hecho más de lo que me pedían”, dice hablando del éxito. “Si te piden diez, da doce. Y mejor tener bajas expectativas”.

Fco Javier Moreno, poeta (el premiado poemario Cortes Publicitarios) y novelista (la premiada Click, talento Fnac), hace una reseña de Creta en la revista digital Deriva.
Creta lateral travelling, de Agustín Fernández Mallo (Editorial Sloper, 2008).
La editorial Sloper, en su colección de La noche polar, nos entrega esta reedición de Creta lateral traveling, cuatro años después de que se hiciera con el I Premio Cafè Món. Podemos decir, con toda certeza, que en Creta lateral travelling se encuentra “in nuce” la obra posterior de Agustín Fernández Mallo.
Pero no piense el lector que se trata de una obra menor, de inmadurez,
que estamos ante un ejercicio de ‘entrenamiento’ literario previo a la
exitosa saga nocillera o a libros como Carne de píxel. Ni mucho
menos. Estamos, por el contrario ante una obra madura, de un autor que
domina ya sus músculos y que si no cuajó antes entre el público se
debió a evidentes problemas de recepción motivados seguramente por la
singularidad de su propuesta, unido a la falta de atención crítica. De
ahí el acierto de esta reedición, que añade a la primera, a modo de
apéndice, el par de ensayos titulados Poesía postpoética: Hacia un nuevo paradigma y Un diagnóstico, una propuesta.
La obra se compone de 61 fragmentos, numerados en orden decreciente.
Una marcha hacia atrás, una catábasis, regreso a los orígenes de
nuestra cultura cuyo topos, ideal y concreto a un tiempo, recibirá el
nombre de “Creta”. Un final que será al mismo tiempo un retorno al
origen, como sugiere el autor en el fragmento 55:
Dicen que cuando aún estamos en el cristal de la placenta vemos toda
nuestra vida pasar en fragmentos desordenados y rotos, acúmulo que
olvidamos en el momento de nacer. Después, vivimos reordenándolo sin
darnos cuenta. Es ese el caos de secuencias que volvemos a ver momentos
antes de la muerte; y entonces sentimos el inevitable placer del
retorno al vientre.
Creta es ese lugar donde todo vuelve a comenzar: llevé
el oído al suelo; escuché un bisbiseo de hombres y mujeres (…) decían
que el tiempo cuando es Tiempo nunca escoge para viajar la línea recta,
pero tampoco la curva; se anuda sobre cualquier objeto -una taza, una
idea, un pigmento- y permanece. Creta es lo que se oculta tras el
síntoma (en sentido freudiano) de la cultura occidental, la escena
primordial a la que se regresa una vez tras otra, porque allí ocurrió
algo a lo que todavía no hemos podido encontrar explicación (que el
Minotauro -como afirma el autor- saliera del laberinto para poblar
definitivamente este mundo), y que buscamos desentrañar (si quiera
inconscientemente) a través de la repetición de un gesto, de algunas
palabras… Alguien va a morir y las escenas de la vida (Creta es el
fondo, el decorado sobre el que transcurren dichas escenas) pasan por
delante de la conciencia, escenas que Fernández Mallo monta y numera en
esa prosa llena de poesía que conforma la obra.
Fernández Mallo nos ofrece asimismo en esta reedición un par de textos teóricos a modo de manifiestos de lo que él mismo llama Poesía Postpoética,
un intento de renovar el mapa de la poesía actual en nuestra lengua. Es
imposible resumir aquí la variedad de sus propuestas, aunque sí podemos
decir que el autor se decanta por reformar ‘desde fuera’ la tradición,
incorporando nuevos lenguajes (los de la imagen, los del arte
conceptual, los de la ciencia…) siguiendo un modelo que denomina
“fotosintético” (el lenguaje teórico de Mallo, como el poético, abunda
en “injertos” conceptuales, en “concrescencias”, si es que queremos
usar el término deleuziano).
Fernández Mallo -y en eso no está solo- ha venido para agitar las
estancadas y más que previsibles aguas que constituían el hábitat de
nuestro panorama poético. Basta leer cualquiera de sus obras (y Creta lateral travelling no es ni mucho menos una excepción) para comprobarlo.
++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++
ANEXO Manuel Vilas:

Me acaban de llegar sus cenizas. Vienen en un sobrecito, son de color gris. Se ha muerto, a la edad de 7 años, uno de los mejores programas culturales de la historia de este país, Silenci? (Canal 33). Me acaba de llegar la invitación para su entierro y funeral, que se celebrará el lunes 22 de diciembre a las 13 horas, en la antigua fábrica Damm, C/ Rosselló, nº515, Barcelona.
No he conocido un programa por el que pasaran figuras internacionales de tan primer orden, y así mismo tuviera una estética absolutamente de vanguardia al punto de que haber sido referente para otros muchos programas de otras cadenas y de su propia cadena (cuando no copiado hasta la saciedad).
Se muere un mito que saldrá, con lo años, en Cuéntame.
En el funeral se presentará el libro postumo del programa, en el que mucha gente que hemos participado.
Gracias, Ramon, Julia, Dimas, Óscar, Bibiana, por vuestro talento. Seguro que ya le estáis dando vueltas a alguna cosa.
Me acuerdo de la primera vez que fui al programa, una experiencia entre brutal y surrealista:
Me envían este link:
Lo peor de estar enfermo es no poder pensar. Cuando –como he contado muchas veces- me rompí la cadera en Tailandia y durante la convalecencia escribí Nocilla Dream y Nocilla Experience, podía pensar al 100%, la mente estaba lúcida, incluso más de lo normal en mí, la enfermedad se reducía, en última instancia, a algo físico, salvable con pastillas antidolor, operaciones quirúrgicas, etc. En cambio, ahora una simple gripe –muy fuerte, de fiebre muy alta, pero al fin y al cabo gripe-, me ha tenido 4 días en la cama, sin poder reaccionar ante nada, vulnerable, con la mente anulada, pasto de pesadillas y noches que duran 24 horas. De esta enfermedad no he sacado nada en limpio; es una enfermedad que afecta a la mente, a la capacidad de razonar, te la anula. Por eso nunca entiendo a esas personas que viven impedidas pero con las capacidades cerebrales al 100%, y que quieren que las maten. Siempre pienso que esas personas, podrían aún escribir un Quijote 2, una Teoría de Gran Unificación, lo que sea; me dan pena porque alguien ha llegado a convencerles de que sin cuerpo no eres nada, no eres persona, tu vida no es “digna”, y eso es mentira. Para mí, cualquier cosa, que sea capaz de interpretar un lenguaje con el que ordenar un mundo, es 100% persona, así sea una máquina, un amputado al que sólo que quede la cabeza, o lo que se quiera.
Tras 3 días lloviendo, hoy hace sol. No recordaba en Mallorca un período de 3 días lloviendo. Siempre salía antes el sol. Ahora pasan nubes de muy diferentes formas. En estos días de altas fiebres y noche continua me pregunté por cosas absurdas como qué ocurriría si de repente todas las nubes fueran iguales, tuvieran la misma forma, qué componente de extrañeza introduciría eso en el mundo, también me pregunté qué pasaría si a una película le borráramos todas las sombras, qué efecto se produciría, si parecería una realidad de mentira, un decorado o qué. Como allí a donde te lleva la fiebre. Tener fiebre me parece terrible, eso sí que genera monstruos. Hacía 8 años que no tenía fiebre. Una imagen que me ha perseguido es la de una sobre de sacarina; está en blanco, sólo pone 0%, lo cogí en una cafetería el pasado domingo en Madrid. Me pareció una redundancia un sobre en blanco y el 0%. Me recordó a un poema que hice hace años: en una hoja en blanco dibujaba el signo del conjunto vacío, y como título: “redundancia en DIN-A4”. La coincidencia entre el sobre de sacarina y mi poema, me sorprendió, pero también me inquietó, estos días esa imagen me ha venido a la cabeza sin parar.
La primera relación entre enfermedad y literatura de la que tuve conocimiento fue en la pre-adolescencia, cuando alguien –creo que fue mi hermana mayor- me dijo que una mujer llamada Susan Sontang había escrito un libro sobre el cáncer de mama que había padecido. Parecía, además, que era un libro notable, y que en esa notabilidad influía el hecho de que fuese una gran escritora de otros temas, como sociología, literatura, y cosas así. Recuerdo que en aquel momento no entendí qué tenía que ver ser buena escritora con escribir bien sobre una enfermedad, es decir, en mi mente, la enfermedad era algo totalmente apartado del mundo, pertenecía a un universo de bancos de datos, cápsulas de colores, y enfermeras casi siempre antipáticas. Me parecía imposible que se pudiera hablar de la enfermedad desde un punto de vista distinto a ése. Dada mi edad, la enfermedad no estaba aún imbricada en la vida, en el tiempo orgánico, pertenecía casi al mundo de las ideas.
Estos días de gripe he tenido varios libros en torno a la cama, que evidentemente no pude leer. Los he abierto varias veces, cuando de 39 grados la fiebre bajaba a 37.5, pero rápidamente subía de nuevo la fiebre y la lectura se hacía imposible. Esos libros son:
Vida de Consumo (Zygmunt Bauman, Fondo de Cultura Económica), del padre de la Vida Líquida.
POPism, (Warhol&Hackett, editorial Alfabia), los diarios de Warhol novelados, muy buenos.
¿Soñarán los androides con cámaras fotográficas? (Joan Fontcuberta compilador, editado por PhotoEspaña), un buen número de fotógrafos y ensayistas teorizan sobre el futuro de la fotografía.
y Un hombre afortunado (John Berger, Alfaguara), se trata de una experiencia del propio Berger quien, en 1967, y acompañado el fotógrafo Jean Mohr, estuvo una temporada con el médico rural John Sassall. Berger cuenta los casos que el médico se va encontrando, y reflexiona admirablemente sobre todo cuanto interacciona con ellos, también comenta las reflexiones del médico acerca de su propia profesión. Hay testimonios de pacientes y bastantes fotos que ilustran, no ya el ambiente rural de la Inglaterra de los años 60, sino el ambiente de la enfermedad rural de la Inglaterra de los años 60.
John Berger es uno de esos autores que considero que me han influido como prosista. Siempre me ha gustado esa técnica que mezcla el documento con la ficción, y también cómo se fija en determinados detalles y los exprime maravillosamente; en este sentido me recuerda a otro autor de cabecera: Bruce Chatwin. Y por encima de todo, de Berger me gusta su manera de escribir, muy clara, concisa y perfecta.
Sube la fiebre. Me detengo.
En Zaragoza muy bien, Vilas un anfitrión fantástico. La mesa redonda también muy animada. Afterpop Fdez&Fdez, tuvo problemas técnicos, pero pasable, y yo la pifié un par de veces, pero nadie se enteró.
Robert Juan Cantavella hizo fotos con mi cámara.
Frío, mucho frío.
El hotel de Z, un 5 estrellas, niquelado. Yo ya había estado hacía años, lo recordé al entrar, viejas historias.
Un momento entrañable fue el desayuno, en el hotel, todos leyendo los periódicos entre el café y los platos, haciendo comentarios de guasa.
El sábado por la tarde, para Madrid, hasta el domingo. Eloy me deja en la estación de Zaragoza del Ave. Él iba a Lérida, a presentar su libro. Al despedirnos, me ofrece 2 barritas energéticas de cereales de esas que siempre lleva. Decliné. Fue gracioso, como diciendo, “amigo, fuerza para a trevesía”.
El Ave se estropea, nos quedamos en mitad de la estepa, todo nevado, se va haciendo de noche, aquello no se arregla. Tras una hora, arrancamos y vamos s 70km/h. Te devuelven el dinero.
En Madrid veo el partido en casa de un amigo. Hacía unos años que no veía el fútbol. No iba con ninguno. Si alguna conclusión saqué del partido es que Iker Casillas es de otro mundo.
En el hotel al que voy un 4 estrellas decente, me meten en una habitación zulo por la que se accedía a través de intrincados pasillos. La habitación es un chiste, como de Quiero ser John Malkovich. Enana, baja, una cama de niño pequeño que me salen por pies por debajo. Argumentan sin parar que no tienen otra. Una habitación-caseta-nocillera.
Al día siguiente nieva en Madrid, me resfrío y ahora estoy en la cama con fiebre. Veo doble.
No sé cuándo podré poner otro post.
CASO REAL
Barajas. Domingo, 8 de la tarde. Me acerco a la pecera de fumadores (bien por Barajas). Dos adolescentes, por el acento gallegas, miran a través de la ventana mientras fuman Fortuna. Las aeronaves, detenidas, alguna destripada, ejercen en la penumbra de la pista la fantasmática atracción de lo, aunque cotidiano, incomprensible. Todos fumamos en silencio, todos miramos aeronaves en silencio. Las dos adolescentes, usan cazadoras coreanas, muy cortas, de colores verde fósforo y naranja, grandes capuchas rematadas en pelo, parecen 2 peluches llenos de aros y piercings. Una le dice a la otra (acento gallego muy deep), “pues mi madre tienen un blog, sabes, se llama bajando se sube el cielo, es lo que hoy comentaba mi hermana en la comida, sabes, el blog es chulo chulo, pone así cosas, ya sabes, muy chulas, es lo que contaba mi hermana hoy en la comida, sabes, como la historia de un avión que venía de Nueva York a Málaga, bueno, no lo sé bien, creo que era Málaga, y los mecánicos le habían puesto tornillos nuevos a las ventanas de delante, las del piloto, y en mitad del Atlántico, los tornillos se salieron, porque eran muy nuevos y a veces los nuevos no se aprietan bien, sabes, como lo que le pasó a tu primo cuando tuneó el Ibiza, sabes, y el piloto salió despedido del avión, pero quedó enganchado por un pie a la cabina, ahí, el tío, tirado en el morro del avión, fuera, y el copiloto agarrándolo por el pie para meterlo dentro, pero no lo daba subido, sabes, no podía subirlo, y se fueron turnando para tirar de él las azafatas y los pasajeros, y una azafata decía que estuvo a punto de soltarlo, total estaba muerto, pensó, pero después también pensó que era feo que un comandante se cayera así al Atlántico, como un saco, sabes, y joder, el tío estaba vivo, no podía hablar, pero estaba vivo, sabes, y cuando lo subieron lo reanimaron y vivió, sabes.” “Joder –dijo la de la coreana naranja- qué canguelo. Dame fuego que fumo otro”, y yo aplasté mi cigarrillo en el cenicero, miré una vez más a través del cristal la fantasmática batería de aviones que nos miraban de frente, con su cola diluida en unas montañas al fondo. Las caladas de la adolescente, palpitantes en el reflejo del cristal, parecían estrellas emitiendo a rachas, su rostro entonces se le iluminaba desde abajo, y la luz de cada calada le proporcionaba al reflejo unos ojos hundidos, facciones cavernosas. Eché a andar. Miré hacia atrás. Otra vez la pecera estaba en silencio. 8 espaldas, observando aeronaves.
We can be heroes, just for one day
