Septiembre, 2008


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Sep 08

Chris Jordan: Representaciones, Realidades, Publicidad

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Estas 3 fotografías componen una de las obras del interesante fotógrafo Chris Jordan (Seattle), está integrada en un proyecto más amplio, Running the Numbers. El objetivo  es asimilar de manera visual las diferentes estadísticas de consumo de objetos de uso cotidiano en USA. En este caso, la misma acumulación de miles de teléfonos móviles fotografiados a diferentes distancias.

 

Leemos en, por ejemplo, un informe o un periódico que afirma que en ese país se desechan al año 500.000 móviles; eso crea una percepción de ese hecho. Pero si se ve en imagen, la percepción es otra. Parece como si aquel dato a secas adquiriera una dimensión espectacular, fantástica. La imagen crea un espectáculo que la letra impresa no produce de manera tan fácil.  

 
Esto lleva a la pregunta de si son equivalentes diferentes modos de representación de un mismo fenómeno, y de si hay alguno más “real” que otro o más “legítimo” que otro. ¿Es lo mismo ver escritas una serie de cifras de datos estadísticos que verlas, por ejemplo, en un gráfico? ¿Actúan de la misma manera en nuestra percepción? Evidentemente, no. Cuando un matemático pasa a  forma de gráfico una estadística suele ser para visualizarla mejor en su trabajo o análisis, como separarse unos metros de la pizarra para ver el conjunto. El cambio de representación de un mismo fenómeno, en ese caso, se usa para analizar mejor, como una simple herramienta, no para “impactar”. Y ninguna de las dos “representaciones es más “real” que la otra. Ambas tiene el mismo rango de verdad.

En el caso de las fotografías de Chris Jordan, no es tanto así. Son el ejemplo de cómo un cambio de representación se transforma en un elemento de sorpresa, casi fantásticamente escandaloso, y eso es al final lo que hace la publicidad: mecanismos por los cuales impactar con algún objeto que en condiciones normales no nos provoca sensación especial alguna. En este caso es la conversión de una cifra a una imagen. Un “pensamiento en imágenes”, que diría José Luis Molinuelo.

La duda que se plantea es: ¿Qué es más verdadero, más “real”, leer: “en USA se desechan al año 500.000 móviles” o por el contrario son más reales las 3 imágenes?  Igual que ocurría con el ejemplo del matemático que veía unas cifras escritas y después las veía en  gráfico, evidentemente, ninguna es más real que la otra, sólo son 2 formas de representación. Nos impacta más la segunda, las imágenes, porque el artista ha “preparado” su experimento para que eso ocurra, como lo hacen la publicad, las novelas o el arte en general. Su objetivo no es mostrar esa realidad sino crear otra diferente para llamarnos la atención sobre un hecho que a él le parece escandaloso, una argumento literario como otro cualquiera.  Los que hacemos, supuestamente, creaciones “artísticas”, “no objetivas”, trabajamos a ese nivel de seducción mediante algún mecanismo de representación. Lo que nos iguala a los publicitarios. Cosa de la que me alegro y, modestamente, me siento orgulloso: no veo la diferencia entre un buen spot publicitario y un buen poema o un buen corto cinematográfico.

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Cambiando de tema, pero continuando con el ejemplo, algo que hemos comentado varias veces: las escalas: Cuando vemos la tierra desde un avión la vemos muy simple, geometrías sencillas. Cuando bajamos a nuestra escala, la cotidiana, llamémosle humana, la vemos muy compleja,  y cuando bajamos aún más, a nivel de microscopio, una bacteria se nos aparece de nuevo con la simpleza geométrica y orgánica de un país visto desde un Boeing.
El artista Chirs Jordan juega muy inteligentemente con ese hecho. Nos va aproximando:
Sencillo-→ Complejo
Con un zoom. Y se detiene donde él estima que la imagen responderá a su propósito, el momento en el que descubrimos que aquella imagen granulada en realidad eran teléfonos móviles. Es un truco muy bien hecho, como cuando se deja para el final la revelación del asesino en una película, un golpe de efecto.
Si Chris Jordan continuara bajando de escala, tendría que enfocar ya un solo teléfono, después una parte de ese teléfono, y así hasta llegar una porción infinitesimal que se parecería mucho a la imagen primera, algo muy sencillo y sin atributos espectaculares.
¿Cuál de todas es a imagen real? Pues todas y ninguna, cada una es una realidad, un argumento diferente, una película diferente, una novela.

 

 

can

 

 

 

 


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Sep 08

Manderley, la película

Anoche soñé que regresaba a Manderley,

me encontraba ante la verja

pero no podía entrar porque el camino

estaba cerrado,


se ha calculado que la vida de una mujer

no superior a 23.7 años podría cifrarse

en un código de barras,

entonces

[como todos los que sueñan]

me sentí poseída por

un poder sobrenatural

y atravesé como un espíritu la barrera

que se alzaba ante mí.

veía un caserón desolado sin

que el menor murmullo del pasado

rozara sus imponentes muros,


y en noches desprovistas de redundancias,

caen sin obstáculo del gris al estómago

aquellas canciones,

“take me out tonight

because I want to see people

and I want to see lights”

nunca podremos volver a Manderley,

eso es seguro, pero algunas veces,

en mis sueños, vuelvo allí,

a los extraños días de mi vida

que para mí empezaron en el sur de Francia.

(Poema inicial y poema final de Joan Fontaine Odisea.

Vídeo: arranque de Rebecca, de Hitchcock, en la voz de Joan Fontaine.)


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Sep 08

Nueva Entrada en Blog FNAC [Radiación de fondo (Fanfiction nº1)]

He puesto una nueva entrada en el Blog de FNAC.

Radiación de Fondo (Fanfiction nº1)

Un argumento de teleserie desviado.


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Sep 08

Los Imanes de La Nevera de Marilyn [5 y fin]

Los Imanes de la Nevera de Marilyn (publicado en El País, domingo 31/8/08)

NUNCA PODREMOS VOLVER A MANDERLEY

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Para un escritor contemporáneo el lenguaje es más un problema que una herramienta: la guerrilla semántica. Estoy solo en el apartamento, por encima de la pantalla del ordenador, que refleja en mis ojos su página en blanco, la ventana abierta me deja ver el mar, unos veleros, un poco de arena. Oigo a niños chapotear en la piscina. Los adultos duermen la siesta. A mi espalda, dicen en la tele que si Manhattan tuviera la misma densidad de población que Alaska, sólo tendría 25 habitantes. Escribo Delete.

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Tenemos la idea de que en los planetas todo es oscuridad, porque cuando por la noche miramos al cielo no los vemos. Pensar que sólo hay luz en la Tierra nos salva de la angustia que supondría saber que hay vida allí a lo lejos. Pero en los planetas hay luz, y sale el sol, y hasta quizá haya religiones ingrávidas, y televisores y moscas. Cuando Al Gore llegó a Marte supo que era el primero en pisar esa tierra. La esfera solar, que salía en ese momento por el horizonte, provocaba en los guijarros del suelo unas sombras alargadas, como las de un cuadro de un tal Miquel Barceló que una vez había visto en un museo cuyo nombre no recordaba. No hubo nostalgia, todo era presente, pura cifra. Miró detenidamente alrededor, toda una tierra por descubrir, conquistar, destruir y salvar, por ese orden, y era suya, más inmensa que cualquier western. Tampoco se sintió solo, tenía una compañía superior a la humana: el extraterrestre en el que de repente se había convertido. Ahora vibra el móvil en el bolsillo lateral del traje espacial plateado. Al otro lado un humano pregunta, “Zorro Plateado, Zorro Plateado, aquí Nutria Colorada, ¿cómo estás, cómo es ese lugar, te sientes solo?” “Estoy de maravilla, no te preocupes”. “OK, suerte, ojalá obtengas felicidad”. Al Gore hace un silencio y responde, “¿Felicidad?, no se podría caer más bajo”.

Mete alimentos en la mochila, fundamentalmente latas y chocolatinas, abandona la nave, examina el mapa, echa a andar. Ideas que nunca había tenido le van y vienen de manera obsesiva a la cabeza, como si se reflejaran en el interior del casco y rebotaran sin poder salir. Piensa, por ejemplo, que hay culturas cuya relación con los objetos se hace en diferido: beben el café con pajita, o usan el mando de la tele en vez de levantarse y darle una patada para cambiar de canal. También piensa que la alquimia contemporánea son los códigos de barras, tan cifrados, tan silenciosos, tan perfectos, y también que la soledad más cósmica la sufren los aparatos antimosquitos, que toda la noche vigilan desde su enchufe el Universo por nosotros. Tras unos kilómetros, llega a una leve oquedad, tan grande como el valle con cabaña y lago y truchas que dejó a las afueras de Boston. Observa que algo brilla unos metros más allá. Es oro. Se aproxima. Sola y entre dos piedras, yace una patata frita de dimensiones estándar. Sólo una. Tiene aspecto de ser de esas que se venden congeladas y troceadas. La sostiene entre sus guantes plateados, la alza al sol para examinarla al trasluz, plata y oro se funden. No hay duda, sin signos de corrosión ni putrefacción, es patata, el interior filamentoso lo indica, el dorado intenso de la piel da cuenta de su fritura, probablemente aceite de girasol. “Está intacta -se dice-, porque en Marte no hay vida”, lo que corrobora su hipótesis de que no sólo es el primer humano en pisar ese planeta, sino que tampoco lo han hecho ni animales ni bacterias. La deja exactamente donde estaba. Examina el móvil, no hay cobertura. Camina todo un día marciano, que no es de 24 horas [pero no tiene sentido hablar de más o menos horas ya que en Marte el tiempo corre de otra manera], y cae extenuado sin haber alcanzado el horizonte rojo y curvo; está anocheciendo. Ahora hay cobertura, teclea el número directo, nadie responde, lo intenta un sinfín de veces, deja la línea abierta por si hubiera suerte. Se sienta contra una roca, apoya la cabeza, intenta comer algo pero no consigue tragar, el estómago parece refractario a todo alimento. Lo último que ven sus ojos es la perfecta esfera terrestre [era mentira que estuviese achatada por los polos], pequeña, podría comerla de un bocado. Lo último que piensa es, “no se desprecia una patata frita en vano”.

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Mientras sobrevolaba una remota región de Nigeria, el arquitecto Rem Koolhaas afirma haber divisado un gigantesco vertedero que despedía columnas de humo más altas que el Empire State. Una colectividad humana se movía sin orden preestablecido sobre los escombros de manera que el conjunto parecía una pesada criatura mutante, una nueva especie ni animal ni vegetal, y declaró: “El vertedero es la forma más baja de organización espacial. Pura acumulación. Es informe, su localización y perímetro son inciertos (…) es fundamentalmente imprevisible”.

Lo que se nos aparece de repente no es que antes no estuviera ahí, es que estaba apagado: en alguna parte del mundo un interruptor estaba en posición OFF. Ese interruptor es a veces un simple parpadeo; en otras ocasiones, es un complejo proceso que mueve montañas de árboles de plástico. Bendito plástico. El ser humano tiene mandíbula para masticar el mundo, pero ese mundo hace ya tiempo que lo ha superado, los dientes se vienen abajo. Estoy solo en el apartamento. Oigo niños chapotear en la piscina. A mi espalda, dicen en la tele que si Manhattan tuviera la misma densidad de población que Alaska, sólo tendría 25 habitantes; ya lo han repetido 3 veces. En verano todo lo repiten 3 veces. Ahora dicen que el inventor de las patatas fritas Pringles ha pedido que lo entierren en un ataúd con forma de envase de patatas fritas Pringles, y cortan para dar una última hora: el decorado de la película Rebecca, con su mansión Manderley incluída, ha ardido esta noche por causas desconocidas. Casi es septiembre. Un poeta llamado Eduardo Moga escribió en Las horas y los labios: “El calor esmerila el aire. El cielo, sin embargo, luce un azul frío, y lo extiende, con lengüetazos poderosos, hasta los últimos rincones del espacio. Ahora otro cielo me impregna”. Un verano más que se derrumba. Escribo Delete. Otra vez: Delete. Lo último que pienso: no se desprecia un verano en vano.

AFM