Agosto, 2008


11
Ago 08

Los Imanes de La Nevera de Marilyn [2]

Los Imanes de La Nevera de Marilyn, El País, 10/08/2008

ARIZONA FIAMBRERA

38ºC a la sombra tienen su gracia. Christian Marclay observa su vieja furgoneta aparcada un poco más allá de la zona del surtidor. Apoyado en la puerta del bar, bajo un letrero que pone Seven Up, le da el penúltimo trago a una lata de Seven-Up. Es un bar de una carretera al sur de otra terciaria de una zona rural de Arizona. Entra, pregunta cuánto se debe. Como la lata de Seven-Up estaba tuneada con ron, el hispano le suma unos centavos, y hace un comentario en español acerca del aspecto escuchimizado de Christian. De pequeño comió poca carne y mucha verdura, lo que le compuso ese cuerpo delgado y blanco. Ése y no otro es el motivo por el que el norte de Europa evolucionó más que el sur, porque comió más carne, lo que en USA se traduce no en términos cardinales sino musicales: los padres de Christian habían sido fans entusiastas de un grupo de coros conocido por sus adicciones cerealistas llamado The Mamas and The Papas. Comió su primera hamburguesa cuando llegó a la mayoría de edad.

Christian sale del bar, gira el contacto y acelera en dirección Oeste. Tras unos minutos llega a un punto que parece ser el lugar ideal. Detiene la furgoneta. Ni árboles ni vallas, una carretera tan recta como una meditada decisión. Abre las puertas traseras, coge la guitarra eléctrica Fender Stratocaster, roja, muy blusera. Ata una cuerda al parachoques de atrás, y 10 metros más allá, en el otro extremo de la cuerda, anuda la guitarra. Ancla la cámara de vídeo a una de las puertas traseras, la pone a grabar, regresa a su asiento y acelera. Al instante la cuerda se tensa, un trallazo que lleva a la guitarra a dar un bote muy elevado para después caer y continuar dando golpes contra el asfalto. Christian acelera más, las cuerdas, en una secuencia que va de la más delgada a la gruesa, saltan a los pocos minutos; antes han compuesto una sinfonía a golpes. El esmalte rojo, quemado al roce, despide humo, olor a refinería. Las clavijas de afinar se pulen, chispean como cuchillos. Alrededor, el paisaje es un infinito letargo, como dos cuerpos después del coito, se dice Christian mientras se peina un pelo graso con la misma mano en la que lleva un anillo que pone en oro The Sound of Silence. La madera ya está a la vista, millones de astillas dejan rastro, el nácar estallado, el botón del volumen saltó hace tiempo, cuando estaba en el nivel diez, una casualidad, podría haber estado en el cero, todo es una nube de cuerdas, metales, madera y golpes que no parará de crecer hasta que el depósito de la gasolina esté a cero. El vídeo, anclado a la puerta trasera, siempre recogiendo imagen y sonido.

Cuando a Christian se le acabó la gasolina habían pasado 22 horas. Ocurrió en otro altiplano, pero esta vez cultivado. Una mujer y un hombre de color estaban sentados en la cabina de su cosechadora, comían carne asada con zanahorias de una fiambrera. También se habían quedado sin gasolina. Christian observó la guitarra. Destrozada, había tomado una forma que recordaba vagamente a un cuerpo humano. La pareja agricultora se acercó con incredulidad. El hombre se agacha, deja la fiambrera sobre la carretera, toma la guitarra entre sus manos, le da vueltas, y dice: “¿Sabía usted que por estas tierras hasta hace pocos años a los negros nos arrastraban atados con una cuerda al coche, y aceleraban hasta que la gasolina se terminaba? No era un acto ni legal ni ilegal, porque los negros no éramos personas”. Christian enmudece. “Me parece, señor, que usted acaba de componer una banda sonora en recuerdo de aquella barbarie, y eso le honra”.

Entonces grité: “¡Corten!” Nos acercamos todos a la furgoneta. Había algo en la voz de Alfredo, el hombre de color, que no me había gustado en su última frase. Discutimos un rato, nos enfadamos de veras. Los cámaras, cansados, se sentaron en el arcén a oír nuestros gritos y beber cerveza. Christian se puso a ver qué había grabado la cámara fija de la puerta de la furgoneta, porque realmente estaba grabando. Le había advertido que no lo hiciera, que no quería más grabaciones que la mía. Nos enfadamos también.

Esa noche llegué a mi apartamento, un cubil que la productora me había alquilado a las afueras de Albacete mientras durara el rodaje, pensando en qué demonios pasaba con esa escena; era como un muro, siempre fallaba, era la séptima vez que la repetíamos. Siempre me gusta alquilar algo aparte, lejos del hotel, así no tengo que aguantar a los actores, ni al equipo de producción ni a los técnicos, y puedo pensar con claridad en la marcha del rodaje. Me freí un lomo de merluza tipo Pescanova que encontré en el congelador, y mientras le añadía unos guisantes lo vi claramente: el motivo por el que a los humanos nos atrae sentarnos cada día en torno a una mesa y comer es porque la materia prima, cuando la compramos en el mercado, la recibimos muerta, y cocinarla, servirla y paladearla equivale a resucitarla en el plato. Eso me llevó a pensar que en el acto de cocinar hay una conciencia de tiempo marcada por una muerte y una resurrección, y que ese rito es eterno. Metí la merluza y los guisantes en una bolsa, bajé las escaleras corriendo y regresé en coche adonde habíamos detenido el rodaje. Cuando llegué ya era de noche. El asfalto, un mapa de marcas y astillas por descifrar que hubiera hecho las delicias de los chicos del CSI. Busqué la fiambrera y, en efecto, se había quedado allí, abierta, en mitad de la carretera. Me agaché, la sostuve. El mechero iluminó el interior. La carne asada y las zanahorias de plástico y poliexpan coloreadas brillaron en el fondo. Vertí directamente la merluza y los guisantes de la bolsa a la fiambrera. La volví a dejar allí, donde estaba. Me alejé pensando que quizá al día siguiente todo cambiaría.

AFM, agosto 2008

NOTA: como alguien ya me lo ha preguntado, este texto está inspirado en la obra de Christian Marclay, Guitar Drag, sobre todo en el principio de la primera parte y toda la segunda parte. Ambas partes se pueden ver aquí:

1ª: http://es.youtube.com/watch?v=2PYefPW1ZOU
2ª: http://es.youtube.com/watch?v=kzF8n1pnWWs&feature=related

 


9
Ago 08

Un Viernes Cualquiera

Ayer por la noche estuve viendo Dónde estás corazón. Hablaban de una boda en el Pazo de Meirás, en La Coruña, de la familia Franco (ambas cosas, a boda y el Pazo). Era divertido ver entrar a toda aquella gente, como de otra época, y también ver a gente fuera manifestarse en contra de los dueños de Pazo. Estuvo bien. Y unos reporteros en un plató, gritando mucho, como si el asunto de si esa familia debía o no hacer la boda en ese Pazo fuera un problema de trascendencia cósmica. Cenábamos en casa, sobre la mesa de centro del sofá, allí mismo, unos mejillones al vapor y unos berberechos a la plancha, y un champán que estaba bien. Y aquello otro estaba en la tele. Yo había estado todo el día trabajando, me sentía cansado, la pantalla, sencillamente, fluía, tipo río, algo muy a lo Heráclito. Pero pensé también que, igual que la vacía polémica que se desarrollaba en la tele, esos berberechos y ese champán y esos mejillones al vapor tampoco tenían trascendencia cósmica, sólo eran una cena más, y sin embargo, en ese momento eran plenos, totales, eran cósmicos porque estábamos disfrutando con ellos y porque en ese momento no podíamos pensar en algo que nos hiciera disfrutar más. Es en esos momentos cuando las chorradas de la televisión se igualan a la vida, cobran tanta intensidad y espesor como la propia vida. Supongo que eso está bien. Supongo también que la tele está incluida en la vida, o quizá la vida esté incluida en la tele; no sé. A veces ves en la tele cosas que intentan conmoverte, que intentan parecerse lo más posible a eso que llamamos “la realidad”, y no te dicen nada, las percibes como vacías o irrisorias. Como si estás en casa con tu chica e intentas que una cena normal, un viernes cualquiera, se convierta en un acto trascendente, casi protocolario: tarde o temprano se viene abajo. Después salió una mujer al plató, una hija o algo así de Espartaco Santoni, y perdimos el interés. No apagamos la tele, sólo pusimos el volumen a cero. Y estuvimos escuchando un CD que habíamos grabado, el clásico mix de canciones, porque hoy una amiga celebra su cumpleaños y nos pidió que grabáramos un CD para la celebración. Estaba bien oír las canciones y ver las imágenes de la tele al mismo tiempo. No es que fuera algo premeditado, sólo era una casualidad, pero en esas casualidades se dan a veces colisiones interesantes entre las imágenes y las canciones. [Esas casualidades las hemos comprobado muchas veces Eloy y yo cuando hacemos el video-jockey Afterpop Fdez&Fdez. Hay una zona en la que no controlas tu propio medio del todo, y ahí a veces se dan efervescencias curiosas.]

En el blog de Toni Ferron [del que hablé aquí hace poco] hay un trozo de un libro de Susan Sontang, Contra la interpretación. Me ha alegrado verlo ahí citado porque hace años fue un libro del que saqué cosas en limpio. La cita dice:

“vivimos una época en que la tragedia no es una forma de arte, sino una forma de historia (…) Los dramaturgos ya no escriben tragedias. Pero poseemos obras de arte (no siempre reconocidas como tales), que reflejan o intentan resolver las grandes tragedias históricas de nuestra época. Entre las formas de arte no reconocidas que han sido ideadas o perfeccionadas en la era moderna con esta intención se hallan la sesión psicoanalítica, el debate parlamentario y el mitin político”.

A fecha de hoy, yo quitaría de esa lista la sesión psicoanalítica (poca gente tiene ya fe en psicoanálisis), e incluiría Dónde estás corazón como una de esas formas de arte no reconocido. Y por supuesto, también los mejillones al vapor un viernes por la noche.


8
Ago 08

Lecturas de Verano en WEB de DVD Ediciones

En la web de DVD Ediciones, Sergio Gaspar, editor, va dejando Lecturas de Verano, reflexiones siempre sugerentes, y que en mi opinión no aspiran a una sistematología sino a una serie de apuntes de trabajo, bocetos, que pueden ser interesantes para otros.

Ésta es la última (las fotos no están en el original):

¿EXISTE VIDA DESPUÉS DE LA POSMODERNIDAD?

Sergio Gaspar

Me ha alegrado coincidir este verano con mi amigo Agustín Fernández Mallo en la lectura de un libro. Me refiero al ensayo del profesor Rafael del Águila que Taurus acaba de editar.

El ensayo se titula Crítica de las ideologías, se subtitula con acertada voluntad de síntesis El peligro de los ideales, y arranca con una potente cita del Premio Nobel de Literatura Gao Xingjian: “Un hombre sin doctrina se parece más a un hombre”.

No voy a pedirles a ustedes que hagan el esfuerzo de comprar y leer este libro en concreto, tampoco ningún libro, y mucho menos uno que no haya publicado DVD Ediciones, pero sí voy a pedirles -en realidad, voy a ordenárselo, porque cualquier texto encierra de forma implícita la exigencia de que lo leamos-, voy a ordenarles, por tanto, que lean de nuevo la frase de Gao Xingjiam.

Un hombre sin doctrina se parece más a un hombre.

v

Y, ya puestos a adoctrinar, les ordenaré que la lean por tercera vez.

Un hombre sin doctrina se parece más a un hombre.

Me están entrando unas ganas gordas y doctrinales de obligarles a leer por cuarta vez lo mismo, pero me contengo, porque el mayor miedo de un texto consiste en no ser leído, y, en consecuencia, no poder ordenarle nada a nadie.

Además, acaban de irrumpir tres lectores con deseos de contraargumentar, o de tocarme las pelotas.

El lector 1 dice: “En una de sus anteriores lecturas de verano, usted escribía, y cito textualmente:

Si este verano regresan ustedes vivos de la playa, si se salvan de tantos gramos de luz, acudan a su librería más cercana -toda librería puede ser una farmacia- y compren Breve historia de la sombra, de Charles Wright, con traducción y prólogo de Jeannette Lozano, edición bilingüe español-inglés, DVD Ediciones, Barcelona 2008.

Ergo, usted se contradice, usted me estaba invitando al esfuerzo de comprar un libro, y además, para mayor esfuerzo, de poesía”.

El lector 2 dice: “¿No cree que la sentencia Un hombre sin doctrina se parece más a un hombre, a medida que se repite, suena cada vez más a genuina doctrina china?”

El lector 3, el etimológico, apuntilla: “Doctrina, vocablo inequívocamente relacionado con doctor, del latín doctor, -oris, ‘maestro, el que enseña’, derivado de docere, ‘enseñar’. Ya lo ve, toda enseñanza sueña con convertirse en doctrina. En el benéfico acto de enseñar encontraremos la maléfica aspiración de adoctrinar”.

Los tres lectores desaparecen de la escena y entra, preocupadísimo, mi texto, la lectura de verano que lleva por título “¿Existe vida después de la palabra posmodernidad?”. Mi texto, como cualquier persona que aspire a aparentar cultura en Occidente, conoce con exactitud el comienzo de un verso de Hamlet y, ya más vagamente, mucho más vagamente en realidad, como se demostrará, unas cuantas palabras que lo siguen:

-Ser o no ser. ¿Qué es más digno para una lectura de verano publicada en www.dvdediciones.com, emparentada con las entradas de los blogers, destinada seguramente a tener 0 comentarios y, también seguramente, a que sólo la lea su autor?

-¿Qué es más digno para una criatura lingüista de internet, este inmenso continente poblado de criaturas rápidas y mínimas, que sabe que cuanto más extensa y compleja sea más aumenta su ya altísima probabilidad de no ser ni comentada ni leída?

-¿Qué es más digno, insisto: ser todo lo larga que le pida el cuerpo, hablar y largar y no parar, o limitarse a no ser ni compleja, ni extensa, algo compartible y accesible, algo internáutico, algo así como ¿por qué no te callas?, o como xDxD…dnd tiene el xoxo? pq no se depilan el felpudo estas japos??

Tranquilo, texto. Empecemos de nuevo.

¿EXISTE VIDA DESPUÉS DE LA PALABRA POSMODERNIDAD?

Agustín Fernández Mallo publicó en El Cultural, Crtl+Alt+Supr, 24-7-2008, lo siguiente:

“Decía Octavio Paz, “las utopías del siglo 19 son los campos de concentración del siglo 20″. En efecto, siempre que oigo la frase “por amor al prójimo”, me tiemblan las piernas, porque detrás de la palabra prójimo sólo hay abstracción, ideología. Los mayores desastres de la Historia se han hecho siguiendo ese totalitario y siempre sospechoso instinto llamado “altruismo”. La mayoría de las personas actúan de buena fe, pero eso no quiere decir que sus acciones no deriven en masacres. Soy individualista, y eso en mi lenguaje quiere decir que me importa un pimiento la humanidad, es decir, las grandes abstracciones sociales, a las que considero directamente trampas, y sólo atiendo a la llamada de personas concretas; micropolíticas. Por eso celebro que Taurus haya editado el libro de Miguel Águila, catedrático de Ciencias Políticas en la Autónoma de Madrid, Crítica de las ideologías. El peligro de las ideas. Sostiene Águila que toda ideología contiene una utopía, por velada que esté, y que reforzar lazos ideológicos lleva a las personas a cometer atrocidades legitimadas por la propia ideología así como por la masa que lo respalda. Y de eso no se libra macropolítica de color alguno. ¿Ideologías?: verdaderas armas de destrucción masiva.”

La modernidad del siglo XX produce terror, en efecto. Stalin y Hitler fueron absolutamente modernos, y absolutamente optimistas, y absolutamente partidarios de la fe inquebrantable en ideales destinados a crear el ser humano nuevo, justo y satisfecho en una sociedad tan perfecta que, en su seno, la crítica o la duda sólo podían tratarse como enfermedad o delito.

Los campos de concentración, de rehabilitación y de exterminio no son errores de la modernidad del siglo XX, sino piezas de su mosaico, pinceladas de su óleo o píxeles de su fotografía digital.

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Con este panorama tan poco alentador, el nacimiento de la palabra posmodernidad, en su uso de duda y crítica constantes y generalizadas de las ideas y los ideales de la modernidad, una de sus acepciones más necesarias y queridas por mí, se justifica plenamente. Lo mismo cabe decir de la desconfianza en los macrorrelatos y las macropolíticas que han terminado con tantos millones de sus protagonistas humillados, encarcelados, torturados y asesinados. Y otro tanto puede afirmarse de la crítica higiénica de cualquier ideal de salvación humana -no sólo los que propugnan los viejos fascismos y comunismos, sino también los nuevos conservadurismos y fundamentalismos religiosos, cristianos o islámicos-, porque, en cuanto te descuides, sus defensores pasarán de enseñártelos con pedagogía a imponértelos por la fuerza.

Agustín Fernández Mallo, como muchos otros desde hace décadas, como muchísimos más desde siempre, tiene motivos de sobras para afirmar que la humanidad abstracta le importa un pimiento y que sólo le interesan las llamadas que se hacen entre sí seres humanos concretos, porque, como nos aclaró Wittgenstein, después de aclararse él mismo, “el significado de una palabra, en muchos casos, es su uso en el lenguaje”.

Humanidad, solidaridad, progreso, hermosas palabras que se han usado y se siguen usando como herramientas -toda palabra es una herramienta, como un condón o una cuchara- para construir y justificar el terror. ¿Cómo no desconfiar, entonces, de esas palabras-herramientas?

Ahora bien, ¿cuál es uno de los usos de posmodernidad? ¿Para qué y contra qué se ha usado y se continúa usando también ese nombre en los juegos lingüístico-sociales que practica Occidente?

No me parece excesivo afirmar que ciertos usos frecuentes del nombre posmodernidad son llaves con las que se ha cerrado, o al menos dificultado, el acceso a un espacio de pensamiento y acción: aquél en el que se practique y se piense un futuro distinto al del capitalismo, el mercado o la democracia liberal.

Da miedo entrar en él. Da miedo volver a ser criminales.

Reconozco que yo soy uno de los millones de clientes del Gran Hotel Posmodernidad. Es un hotel confortable. El servicio es bueno y el precio, por ahora, puede pagarse. Pero, en bastantes de sus habitaciones, el aroma a ambientador se está mezclando sin remedio con el olor a mierda.

A veces miro por las ventanas del Gran Hotel. Son como la pantalla de mi ordenador: no se ve lo que hay detrás, sólo lo que está dentro.

Aparto los ojos de la pantalla y observo a mi texto, tumbado en el parqué, animal lingüístico, el mejor amigo de este hombre. Me apena que vaya a quedarse sin lectores.

No tienes remedio, me dice con sus ojos. Hasta el título te ha salido demasiado largo.

Sergio Gaspar


7
Ago 08

BOLAÑO, el Regreso (cara de Bélmez)

El otro día alguien hablaba aquí de las caras de Bélmez.

No es Cortázar el único escritor que se pasea por las paredes de las cocinas y por los muros de las ciudades del Planeta, como lo demuestran este magnífico artículo y esta magnífica fotografía.

PLAYAS DE JULIO (por Javier Pérez Andújar, ((fotografía, J Sánchez))

Artículo publicado en El País, edición Cataluña, el 31/07/08.

Ha vuelto Bolaño a Barcelona, ha vuelto Roberto Bolaño desde su sueño borrado, ha vuelto desde el hemisferio izquierdo del mundo, que es donde van reuniéndose los muertos. Quise echarme en la playa de terrazas y de aceras del mercado de Sant Antoni, playa madura de libros de arena, y resulta que ahí estaba, como una aparición irrefutable, el rostro de Bolaño, definitivo, icónico como la silueta del Che; ahí estaba, en su gesto de hombre que fuma para escribir con el humo de su cigarrillo, porque sabe que toda la literatura es humo; estaba ahí manifiesto, impreso en un estarcido callejero, transformado clandestinamente en arte moderno, en imagen escrita con spray urgente, en literatura futura; ahí, estampado sobre el transformador eléctrico que hay en la terraza del bar Els Tres Tombs, se ve el rostro de Bolaño, aparecido como una cara de Bélmez verdadera. Ha vuelto, y por eso quiero escribir para él esta crónica última de julio, con que hoy muere, ya viejo, el más luminoso de los meses.

(Mes de julio, mes fósil y vivo como un celacanto, a tu entierro hoy ha acudido la sombra pintada de Roberto Bolaño, mutación fundamental del siglo XX. Y han venido también a despedirte a esta terraza los moros, atravesadores furtivos de mares, que beben ahora café con leche, y que hojean un periódico deportivo uniendo sus cabezas, y que se saludan, conforme llegan a la mesa, dándose la mano uno a uno, en un saludo antiguo y humano. Julio, calor de desierto lejano, realidad abrasadora, que es todo lo contrario de la nada inacabable del agosto. Y vienen además a despedirte en la hoguera de sol que te ha quemado, ardiente mes de julio, las viejas que beben refrescos, que son señoras de peluquería semanal y de collar liado en la muñeca, y que marchan apuntalándose sobre su muleta de la seguridad social, color gris paloma. Y está también, en este tu cortejo fúnebre anual, el gitano calvo, con su pañuelo blanco que asoma el pico por el bolsillo, como los pájaros meten el pico en los charquitos de las fuentes, y con su crucifijo de oro, que le protege sobre todo de la pobreza económica y de los recortes del gobierno, y que se toma un Vichy con una rodajita de limón, que le protege principalmente de la dispepsia.)

Huyendo del calor mortal de julio, he ido esta mañana a leer a la playa de libros de Sant Antoni, junto a la sombra de la silueta de Bolaño, espesa y vaga como un test de Rorschach, y he visto pasar a los centauros del desierto literario, he visto circular al escritor Curtis Garland, con su gorra de visera negra y su libro de memorias, aún inédito, metido folio a folio en un sobre de oficina, con sed de cerveza popular. Y se me ha aparecido luego, buscando una silla entre los tíos y las tías que vuelven colocados del after, merodeando entre sus piernas como un gato pornográfico, el fantasma de Umbral, que murió hará un año a finales del mes de agosto, mes que ya hemos dicho que no es mes, sino un espejismo en medio del año. Se me ha aparecido entonces Umbral para pedirme que le invite a un whisky con una loncha de salchichón, y para decirme que en el más allá tan sólo hay los ásperos solares del agosto.

Julio, mes achicharrante de fantasmas, en que se aparece la cara de Bolaño sobre los transformadores eléctricos. (En la noche inextinguible de julio he divisado en el Teatre Grec, que tiene ese algo pueblerino del cine al aire libre, la cabeza blanca y perfecta de Eduardo Mendoza viendo Las troyanas de Mario Gas. Mendoza, sentado entre el mogollón del público, parece un senador romano que sabe de dónde emana la autoridad legítima.) Mes de julio, rebosante de lecturas y de escritores preferidos, turbina rubia del verano, hoy me he tumbado a leer sobre su última playa.


4
Ago 08

Los Imanes de La Nevera de Marilyn [1]

Los Imanes de La Nevera de Marilyn, 3-08-2008, El País

 

 

EN CUALQUIER FIESTA

1) Sin jamás haberlo visto, Ingrid Bergman le escribió desde Norteamérica: “Señor Roberto Rossellini, si necesita usted una actriz sueca que habla muy bien el inglés, que no ha olvidado su alemán, que chapurrea el francés, y que en italiano sólo conoce ti amo, estoy dispuesta a acudir y hacer un filme con usted”.

2) Hay una frase atribuida a Étienne de Beaumont, pero que yo recogí del doble CD del recopilatorio de La Mode; dice: “Las fiestas se dan sobre todo para aquellos a los que no se invita”. Es cierto. Las fiestas, como la poesía, atraen por lo que tienen de ausencia, por los silencios. Se organizan con el deseo puesto en quien te gustaría que estuviera y sabes que es imposible que esté. Por eso toda fiesta tiene sus invitados secretos, por eso las fiestas impactantes son aquellas en las que el contexto y decorado nada tienen que ver con los asistentes: la escenificación de una fantasía secreta. El otro día, en una fiesta [verano, cielo descubierto, jardines y un patio], comencé a pensar que todos habíamos llevado a nuestros invitados imposibles, nuestros fantasmas, que disfrutaban de una fiesta paralela, allí, entre nosotros [siempre se termina la bebida demasiado pronto. ¿Adónde ha ido? Siempre pones una canción y a la mitad comienza a sonar otra. Siempre te fijas en alguien y cuando vas a buscarlo ha desaparecido]. Entonces se me acerca un tipo al que creí Ray Loriga; se identificó como Rilke [en efecto, pensé en el asombroso parecido entre el novelista y el poeta]; nos estrechamos la mano. Tras unos momentos de silencio me dice: “He determinado el peso Internet calculando la suma del peso de todos los electrones que circulan por la Red, y sale exactamente 49 gramos”. Eso nos llevó a una copa. Me contó que había nacido en 1851, y que de pequeño su madre le había obligado a vestirse de niña hasta los cinco años por no haber superado la muerte de una hija. Hablamos también de lo extraños que son los gemelos, le comenté algo del 11-S , le dije que admiraba su poesía, y a mi pregunta de con quién había venido a la fiesta, apurando el gin-tonic respondió: “Con Bin Laden”. “Ah”, dije, “así que eres la fantasía de otra fantasía”. “Eso es, eso es”, respondió, y volví a preguntar: “Y tú, a su vez, ¿has traído alguna fantasía?”, e hizo un giro rápido con la copa vacía para señalarme y responder: “A ti”. Nos servimos otra, sonaba al fondo Sexy boy, de Air. “Creo que el día que Internet se haga tan grande que su peso supere al de la Tierra, el planeta ascenderá a objeto virtual en sí mismo, ése es el apocalipsis al que se refieren los textos sagrados”, comentó con aplomo en la tercera. Asentí preocupado. Después se fue. Amanecía. De camino a casa pensé que en las fiestas siempre amanece demasiado temprano, pero que eso ya no es culpa de los invitados invisibles, sino de los millones de e-mails, que aceleran todos los movimientos del planeta.

3) Llegué a casa y no me acosté. Encendí la tele. Adoro la tele. Sobre todo los anuncios. Suelo tenerla encendida todo el día, con el volumen a 0, es como la ventanilla de un tren, un paisaje que veo sin mirar, me hace compañía. Sólo me siento y subo el volumen cuando hay anuncios. Creo que la relación de cada cual con la tele es la de dos rectas paralelas: nunca se cortan; por muchos esfuerzos que hagas, nunca llegas a vivir en la tele, ni ella en ti, pero darías un brazo porque eso ocurriera. Sólo en la publicidad se puede dar por unos instantes ese trasvase entre mundos paralelos, porque la publicidad es real, el objeto existe, al final vas al supermercado y compras lo anunciado. Por eso comprar produce tanto placer. Sin quitarme la corbata ni los zapatos, y aún con el recuerdo muy presente de Rilke, me hice un café y llené la bandeja de magdalenas, esas de envase individual de celofán. Las siete de la mañana, estaba aún el telediario de TVE Canal 24 Horas, lo emiten toda la noche en loop. La presentadora, Raquel Martínez, gesticulaba en la pantalla. Me encanta cómo gesticula Raquel Martínez, me ha acompañado muchas noches de nada que hacer, me recuerda a Ingrid Bergman. Además de la tele, otra manera de paliar la soledad es dejar cada noche la mesa desordenada: cuando te levantas te da la sensación de que en casa hay alguien más. Supongo que una casa también se monta para vivir bajo el mismo techo que otro habitante simulado. Pero la manera de sentirte más solo, el error fatal, es comprar un sofá de dos plazas, porque necesariamente alude a la presencia de otra persona. Mi sofá no es de dos plazas. Llegaron los anuncios. La fregona mágica. El desatascador multifunción. Un indicador de sociedad realmente evolucionada es la invención de objetos inútiles. Hace años, mi hobby consistía en hacer guiones de anuncios, los hacía para nada, claro está, para mí, como otros leen novelas, para imaginar que algún día yo ascendería a un ser tan evolucionado como el tiempo que me ha tocado vivir. Por ejemplo:

“Después de comer, chaparrón de luz sobre Mallorca. El modista dormita en la habitación del fondo mientras en la mano del pintor, sentado en el porche, rotan uno en torno a otro dos huesos de aceituna. Hasta que atardece, y Balenciaga se levanta, se frota los ojos, y le dice a Joan Miró: ‘¿Sabes, Joan?, tú tienes suerte. Para hacer una obra maestra te bastas tú; yo necesito más de quinientas personas’.

Se sirven vino. Por turno bostezan.

[Para Intel; microprocesadores]“.

 

4) ¿Y los desechos, vasos, latas, colillas y palabras de los invitados fantasma a las fiestas? ¿A qué contenedor van?

Sin jamás haberlo visto, Ingrid Bergman le escribió desde Norteamérica: “Señor Roberto Rossellini, si necesita usted una actriz sueca que habla muy bien el inglés, que no ha olvidado su alemán, que chapurrea el francés, y que en italiano solo conoce ti amo, estoy dispuesta a acudir y hacer un filme con usted”.

Esa carta fue durante años mi invitada fantasma a las fiestas. La guardé durante mucho tiempo, incluso cuando ya había dejado de serlo. Después, en una mudanza, la tiré. Habrá muchas vidas, pero la basura es la misma para todas. De ahí el interés del reciclaje, siempre parece que trae consigo algo añadido, algo que se parece mucho a la magia, pero que no es magia: lo que de imaginado le sobra al día.

AFM

 


3
Ago 08

HAIKU en Público [1-08-08]

1-08-2008

 

 

 

 

 

 

 

 


1
Ago 08

Sergio Algora [2]

El otro día tenía el nº1 de una revista encima de la mesa, una revista de la que ya hablé en algún post, “Catálogos de Valverde32″, editada en marzo de 2008, y que está dedicada a la poesía. Recordé que había un poema de Sergio Algora, un poema excepcional, y la abrí y lo leí:

Santo y seña le piden a mis ojos que se detienen en un parpadeo
y quedan pendientes del deshielo
mientras el médico de guardia dice a la familia
que no he muerto
que sigo en mis sueños


1
Ago 08

Los Mares de Wang, GABI MARTÍNEZ viaja de nuevo

“…hasta entonces había creído que la única fuerza capaz de provocarme una convulsión tan perturbadora era el amor doméstico. Porque no había sentido ese odio hacia nadie, ni sobre mí. Porque no había accedido esencialmente a las tinieblas del peligro” (Los mares de Wang)

He aquí un viaje escrito con técnica de ficción, mucho tiempo esperado: el nuevo libro de Gabi Martinez, Los Mares de Wang (Alfaguara). Su visión de la China actual a través de un periplo casi eterno por la costa del coloso-país, acompañado de su traductor, Wang, de quien tuvo que separarse llegado cierto punto del viaje. En esa ruptura se esconde toda la tensión esquizofrénica de un país que aborda el capitalismo sin dejar el comunismo atrás, y que no tiene claro cómo encaja en todo ese escenario su pensamiento tradicional. Gabi hace una lúcida radiografía de China, y continúa así su proyecto literario Anfibia, libros de viajes que participan de la creación así como del documento.

El libro está acompañado de multitud de fotos. Un legítimo Cosmonauta de La Autochina.

gabi martinez

Ayer en El Cultural (El Mundo), salía una reseña de Los Mares de Wang, firmada por Andrés Barba (Ceremonia del Porno, Premio Herralde de Ensayo 2007), que copio y pego:


LOS MARES DE WANG, visto por Andrés Barba
Para escribir un libro como Los mares de Wang hace falta una buena dosis de honestidad, inteligencia, valor y talento. Después de cerrar la última página de este voluminosa obra cabe decir sin reparos que Gabi Martínez (Barcelona, 1971) está más que bien servido de esas cuatro virtudes. Si ya de forma aislada son difíciles de encontrar en el panorama de nuestra narrativa, encontrarlas de forma conjunta es un raro placer que no se debería pasar por alto.

El libro se plantea como un largo viaje a lo largo de la costa china, desde Dandong hasta Dongxing, al sur de Macao, en forma de dietario de acontecimientos y ensayo acerca de la política, la economía y la filosofía china. Su primer acierto, cabría decir, es estilístico. Como todo buen libro de viajes se lee como una auténtica novela, se sufre las peripecias de su protagonista y se alegra uno de sus hallazgos como si fueran propios. Desde el principio queda marcada la que será una constante de todo el viaje; la incomprensión, la incomunicación, la imposibilidad de comprender, unida al serio deseo de hacerlo.

Gabi Martínez no sólo representa la aproximación del buen occidental a Oriente (culto, abierto, y peculiarmente bien preparado para su viaje) porque encarne el entusiasmo propio del acercamiento, sino también porque lo hace del desencanto de una incomprensión que no para de repetirse desde que aterriza, y que no es precisamente lingüística. El viajero que es Gabi Martínez cuando aterriza en Pekín va quedando moldeado ante nuestros ojos a medida que viaja no porque los acontecimientos que se ve obligado a vivir demientan o ratifiquen sus opiniones previas, sino porque las enmarcan en la mucho menos fácil de tratar –por ambigua– sustancia de la vida, porque le empujan a integrar lo que ya sabe con lo que cree descubrir.

En este libro –o al menos en su primera parte, hasta que llegan a la ciudad de Quingdao–, esa sustancia de la vida queda concretada básicamente en la figura de Wang, estudiante y traductor de español, con el que el autor se ve obligado a viajar para poder comunicarse. El aparentemente tímido y virginal muchacho, con el que se establece una relación cordial al principio, va desvelando uno a uno, en las diferentes situaciones en las que el occidental le pone en compromiso, todos los terrenos en los que la compresión y el diálogo entre oriente y occidente es poco menos que milagrosa. La forma en la que Wang protege sus sentimientos y su historia privada con un hermetismo sin fisuras va haciendo que, a ojos del occidental, sus cualidades humanas vayan haciéndose cada vez más remotas y su compañía cada vez más difícilmente tolerable. Por otro lado la “desfachatez irrespetuosa” del occidental, su individualismo, sus ganas de saber, su insistencia en vivir, no son menos agresivas e intolerables para el buen Wang. “El conflicto racial emergía en la cama de al lado disparando una serie de estímulos inéditos, sensaciones que jamás me había planteado, porque pese a las noticias terribles que a diario nos golpean, pese a los relatos asombrosos de conflictos entre razas, religiones, etnias, pese a haber sido testigo del odio de unos hombres contra otros, hasta entonces había creído que la única fuerza capaz de provocarme una convulsión tan perturbadora era el amor doméstico. Porque no había sentido ese odio hacia nadie, ni sobre mí. Porque no había accedido esencialmente a las tinieblas del peligro”.

La relación con Wang –verdadero tema y corazón de este libro, por mucho que su presencia no abarque todas sus páginas– es el verdadero conflicto, y la única verdadera conexión entre el autor y su viaje. Un viaje tan lleno de desencantos como de sorpresas por la belleza de algunas situaciones (y las hay ciertamente conmovedoras, como el descubrimiento del autor de que ya no será joven nunca más, de que ha cruzado su particular “línea de sombra”), pero transido de la primera página a la última del valor de los auténticos viajeros, que desean conocer aquello en lo que se sumergen, como Conrad en el mar, tal vez sólo porque lo aman sin saberlo y quieren dar cuenta de su amor.