Junio, 2008


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Jun 08

CREMA DE TIGRE EN LA FERIA

Estando en la Feria, boli de 10 colores en mano, sentado en un taburete y parapetado tras unas filas de libros, veo que la cabeza de alguien conocido asoma a la caseta: Germán Sierra. Me trae dos cosas de avituallamiento. No son barritas de muesli ni bocatas de mortadela, sino un libro y tarro de crema de cacao. La crema la encontró en una de esas tiendas de pillados de lo natural, se llama Crema Tigre [inmediatamente pensé en el gran disco de Belle & Sebastian, Tiger Milk, pero no] y consta en la etiqueta que procede de agricultura ecológica; alguien dice: “pues ya no mola”, lo suscribo. Germán no para de reírse. El libro es la compilación en de 3 en 1, [como el engrasador universal, pero no]: la poesía de Francis Ponge, La Soñadora Materia, editada por Galaxia Gutenberg, en edición bilingüe de Miguel Casado. Tiene un acercamiento a la naturaleza que no sé por qué me recuerda ciertos pasajes del Antonio Colinas de los Tratados de Armonía.

de El Prado:
Preparemos, pues, la página en que pueda hoy nacer
una verdad que sea verde.
[...]
A veces nuestra naturaleza nos ha preparado (para) un prado.

ponge

Germán y yo nos ponemos a hablar de cremas. Germán tiene 3 dimensiones, las dos espaciales, las visibles [novelista y bioquímico], y la oculta, la temporal, la que no se ve a simple vista: experto en cremas. Tiene una de las tiendas más exquisitas del país en ungüentos de última generación, tecnología punta: http://beauty-cube.com . Me embobo oyendo sus explicaciones.

Unos muchachos se acercan para que les firme un libro y para que les firme una dedicatoria, publicada en El Cultural, en la que yo dedicaba mi libro a Enjuto Mojamuto. Es decir, dediqué una dedicatoria. Un extraño loop.
Me ha tocado firmar junto a Vicente Verdú, hablamos de fútbol y los zapatos masai. Amenaza lluvia.
José Ángel Mañas pasa y hablamos de su nueva novela corta, La Paella. Coincidimos en que nos gustan la novelas cortas, aunque a veces hay que llegar hasta Orión [esta cursilada no la dice él, la digo yo].

Mucha gente me confunde con el librero, me hacen preguntas muy raras sobre libros que desconozco; es gracioso. Otros vienen con mis libros antiguos, me hace ilusión, claro. Me resulta curioso e ilusionante un chaval que dice tener 16 años, acompañado de una de 15, que se ha leído las nocillas y mis libros de poesía, y parece cierto porque se los sabe.

Llueve y hace un frío de miedo. Unas cañas en un kiosko del Retiro, Julio Llamazares me da su libro, Luna de Lobos, en una edición antigua, el único de su primera etapa que no he leído. Hablamos de la impresión que me causó en su día La Lluvia Amarilla.

Cenamos por ahí, claro, porque hay que comer. Hay gente que no entiende que si no comes te mueres, así de sencillo. El cuerpo termina por devorarse a sí mismo. El viernes había estado en la Universidad de Santiago, que me invitaron a hablar de las Nocillas, y surgió ese tema interesante de la alimentación. Hablamos de más cosas, claro, como el misticismo de la punta de una tiza, la pura vida que es la televisión [el envejecimiento es una enfermedad con una tasa de mortalidad del 100%, CSI dixit], y que esta bien escribir como si el tiempo se acabara para siempre al final de cada capítulo. Estuvo muy bien.

Ya casi al final del domingo, una chica se acerca con el que parecía ser su novio. Saca un tarro de Nocilla del bolso y una especie de pincel sólido, y me pide que le firme el libro con nocilla. Me hago el sueco pero insiste. Se va soplando la página, dice que tarde o temprano se secará.

La próxima semana, el domingo, será el encuentro con los lectores en la Carpa Matín Gaite. A ver.
El próximo sábado firma en la caseta nº 134 uno de nuestros mejores poetas, Eduardo Moga. Iré corriendo a pedirle firmas.

De Tiger Milk [Belle & Sebastian]: